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Investigadores de la Universidad de Zaragoza descubren dunas eólicas con más de 50.000 años de antigüedad en el entorno de la capital aragonesa

Durante el Pleistoceno el paisaje de la Cuenca del Ebro era muy diferente al actual, existiendo importantes extensiones de terreno cubiertas por campos de dunas de arena de hasta más de 10 metros de altura.

El ejemplo del paisaje sería similar al que actualmente se observa en la parte sur de Islandia con dunas arenosas originadas en un ambiente de desierto muy frío y redes de canales fluviales con aguas procedentes de los deshielos.

Las conclusiones de este trabajo han sido publicadas en la revista Sedimentology, cuyo índice de impacto está entre los más altos de esta especialidad de la Geología.

(Zaragoza, jueves 31 de enero de 2013). Investigadores de la Universidad de Zaragoza, en colaboración con la Universidad Complutense de Madrid,  descubren dunas eólicas con más de 50.000 años de antigüedad en el entorno de la capital aragonesa. Se trata de la primera vez que se describen dunas eólicas pleistocenas en la cuenca del Ebro y se detalla su relación con los depósitos fluviales. Las conclusiones del trabajo han sido publicadas recientemente en la prestigiosa revista Sedimentology, cuyo índice de impacto está entre los más altos de esta especialidad de la Geología.
 
Los investigadores de los grupos de Análisis de Cuencas Sedimentarias Continentales y Geotransfer del departamento de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Zaragoza, junto con investigadores del grupo de Análisis de Cuencas, de la Universidad Complutense de Madrid, han demostrado así que hace más de 50.000 años, es decir durante el Pleistoceno, el paisaje de la Cuenca del Ebro en el entorno de la ciudad de Zaragoza era muy diferente al actual.
 
Con su trabajo se observa que existían importantes extensiones de terreno cubiertas por campos de dunas de arena de hasta másde 10 metros de altura. Estos campos de dunas se desarrollaban sobre mantos de gravas depositados en cursos fluviales procedentes de la Cordillera Ibérica y Pirineos, los precursores del actual río Ebro. El ejemplo del paisaje sería similar al que actualmente se observa en la parte sur de Islandia con dunas arenosas originadas en un ambiente de desierto muy frío y redes de canales fluviales con aguas procedentes de los deshielos.
 
Los estudios geomorfológicos y sedimentológicos realizados en afloramientos de canteras excavadas en antiguas terrazas del río Ebro, han permitido localizar antiguas dunas eólicas en la región del valle del Ebro comprendida entre Pedrola, al noroeste y Fuentes de Ebro, al sureste, lo que da una idea de la extensión de los campos de dunas. Estos se han desarrollado de forma recurrente en relación con las fases áridas y frías que han existido a lo largo del Pleistoceno, una época caracterizada por glaciaciones y en la que las zonas con hielo permanente alcanzaron en algunos momentos el sur de Europa. Las condiciones de viento en la Cuenca del Ebro, similares, o incluso con rachas más fuertes que en la actualidad construyeron estas grandes formas arenosas que migraban desde el Oeste hacia el Este, coincidiendo prácticamente con la dirección del cierzo actual.
 
Las dunas eólicas son depósitos fácilmente erosionables y con poca capacidad de preservación por lo que se requieren condiciones especiales para su conservación. De este modo durante etapas con más llegada de aguas al sector central de la Cuenca del Ebro (probablemente ligadas al deshielo de glaciares de montaña) los campos de dunas serían arrasados conservándose en cambio los depósitos fluviales (gravas) más resistente ante la erosión. Las peculiares características del entorno de Zaragoza, con una importante disolución de los materiales salinos infrayacentes, provocaron la subsidencia de grandes áreas con dunas de manera que éstas se situaron por debajo la superficie de erosión, quedando protegidas y conservadas. Esto evidencia además que en aquel momento ya existían en el sector central de la cuenca del Ebro, importantes extensiones de terreno afectadas por dolinas.
 
Las implicaciones en el conocimiento del escenario climático en el Noreste de la Península Ibérica son importantes ya que se ponen de manifiesto los efectos de las fases glaciares e interglaciares desde, al menos, 200.000 años atrás. Dada la facilidad de erosión de los depósitos de carácter glaciar, que son los que permiten deducir la existencia de etapas glaciares, estas fases tan antiguas no han quedado registradas en los sedimentos de las zonas montañosas.
 
Por todo ello, el estudio detallado que se está realizando por este equipo de investigación multidisciplinar sobre los sedimentos de las antiguas terrazas del valle del Ebro, son fundamentales para identificar con precisión la edad y características de los periodos climáticos glaciares e interglaciares que se alternaron en el Pleistoceno durante más de dos millones de años, hasta que con el inicio del Holoceno, hace unos 10.000 años, entramos en la fase climática interglaciar actual de carácter más cálido.

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