Las sobremesas de Navidad están mal
diseñadas en
Biescas: comemos tarde, y los cafés y conversaciones se
prolongan hasta la caída del sol, que en Biescas es
enseguida en
estos días cortos. Debe haber decenas de personas rondando
por
casa de los abuelos, no los he contado, unos entran, otros salen, cada
cual hablando de lo suyo, y hay montones de críos que no
levantan ni un metro corriendo de aquí allá.
Así
que buscando un poco de silencio y de sol nos subimos a Barbenuta y
Espierre, con Ivo y Oscar y su mamá. Están en un
repecho
elevado, detrás del Paco de Gavín, y
allí dura el
sol mucho más rato. Ahora se sube fácil, han
asfaltado la
carretera, no sé si estaba ya asfaltada la última
vez que
estuve. Vengo a subir una vez cada diez años, por lo que
veo.
Así que es un buen indicador de las cosas que van cambiando.
Algunas en Barbenuta y Espierre, otras en el que sube. Nunca sabes, por
cierto, si será ésta la última vez que
vas a esos
pueblos. Desde luego no hay nada allí para hacerte ir.
Están prácticamente deshabitados, con las casas
hundiéndose, aunque algunos herederos o nuevos compradores
han
rehabilitado la casa vieja y la mantienen en pie. En Espierre se
oía cortar leña, y alguien acarreaba materiales
de
construcción. También suben bastantes curiosos
como
nosotros a ver las iglesias. Me acuerdo que una de las veces que
subí, debe hacer veinte o treinta años, nos
comentaba Urbano, uno
de los últimos habitantes de toda la vida de Espierre que su
iglesia era mejor que la de Barbenuta—que habían
estado
unos expertos a verlas, y que la del otro pueblo no valía
nada.
La de Espierre, ciertamente, debe tener ochocientos o mil
años
de antigüedad. Cuando se hizo seguramente era por la
época
del monasterio de San Pelay, a la vuelta del
monte—desconocido
hasta hace poco, ahora se han desbrozado parte de las ruinas.
También nos contaba (era por cierto el abuelo, creo,
de
mi profesora de lengua en el instituto), también nos contaba
Urbano —que mira que llamarse Urbano, viviendo en semejante
pueblín— su versión condensada de la
historia de la
Humanidad. "Antes aquí no había nada, ni casas ni
iglesias ni nada. Los hombres no sabían nada, eran como las
bestias, y vivían en los árboles. Ni ropas
tenían.
Sólo las barbas para taparse. Eso hasta que llegó
Jesucristo y ya los empezó a civilizar un poco, les
enseñó muchas cosas. Y a vestirse."
Aquí yo le
interpuse que Cristo también llevaba barba (y yo
también,
por eso lo dije, eran los años setenta u ochenta). Pero
Urbano
no se dejó impresionar por el argumento. "Por entonces," dijo,
"es
cuando se construyeron estos pueblos, y San Juan, que está
más arriba hacia Erata. Ahora no queda nada de San Juan. Y
la
iglesia, y la casa Lacasa." No veía bien Urbano a los que se
dejaban barbas y querían volver a la vida
arborícola. No
se hablaba, tengo entendido, con la otra habitante del pueblo; a
veces bajaban a comprar a casa de mi tío
Sebastián a Biescas. Paseando aquella vez por el pueblo, en la
puerta de una casa vimos clavados unos discursos en estilo
realismo
mágico de extrema derecha. "En un cajón encuentro
una
fotografía de hace años. Sale en ella mi hermano,
junto a
Alcalá Zamora. Yo de la familia no lo considero. Hay muchos
negros en España. Pasan volando por encima de las
montañas. Miro arriba y veo aviones y aviones, todos llenos
de
negros. Nadie se da cuenta de que vienen a España. Alguien
debería avisar a los españoles".
(Por aquellos años no es que hubiese muchos negros ni pocos, la
verdad, y menos en Espierre...). ¿Qué hace
la gente en Espierre? Miran las casas hundidas, dan una vuelta a la
iglesia. Comprueban que la puerta está cerrada. Andan hasta
el
fondo del pueblo (no hay nadie). Se asoman a los pozos, disfrutan del
sol en algún carasol un rato. Ven el valle del
Aurín a lo
lejos, y la carretera lejana, en otra dimensión del tiempo.
Y
luego bajan hacia Barbenuta, donde quizá han dejado el
coche. De
Barbenuta me hablaba mucho Pura, que venía a ver la
televisión a casa en los años sesenta, alrededor
de la
mesa camilla, y nos contaba historias de lobos, y de Juan el Tonto, y
de Juan el Listo. Creo que ella era de Barbenuta, y había
bajado
a Biescas a servir. Como todos uno detrás de otro que se
fueron
por ese camino. De uno de los últimos de Barbenuta, Claudio,
me
contaba mi tío Sebastián, un día que
lo fue a ver,
cómo lo invitó a jamón y queso
directamente tras
ayudar a parir a una vaca, y sin limpiarse las manos. "Ehh….
No
cortes más jamón, Claudio, ya vale, ya".
—"Y el
vino qué tal?" —"Hombre, pues…
¿no le noto
un sabor como a cebolla?" —"Pues ya puede ser, ya. Que se me
perdió el tapon de la barrica y la tapo con cebollas." Pocos
subían, y menos a hablar con ellos. Años más tarde
oí que se
suicidó el último habitante de Barbenuta. De vidas como
éstas ha escrito bien Julio Llamazares en La lluvia amarilla.
El tiempo en Barbenuta y Espierre parece paralizado para el que sube,
pero unas veces subes a los veinte años, otra a los cuarenta
y
tantos. No es lo mismo—tampoco subes con los mismos, y hay
una
perspectiva distinta sobre el valle ese también.
Qué
engañosas las casas que parecen no moverse.
También se
hunden, también. De San Juan ni rastro queda. Pero han hecho
pista, creo, hasta Otal, donde una vez fuimos de niños
andando,
no había ni camino para llegar. Ahora es más
fácil
moverse, llegar, irse ya ni se plantea la cuestión, pues
todos
se fueron hace tiempo. Cuando vinimos con MJ hace veinte
años era todo pista. No recorrerás dos veces la
misma
pista. Ahora han asfaltado la carretera, ahora que no vive nadie (menos
los que mantienen su casa en pie). Pero la han asfaltado
sólo
hasta que se separa el camino de Barbenuta hacia la izquierda, y de
Espierre hacia la derecha. Como si no quisiesen ofender a ninguno de
los dos pueblos, llevando el asfalto sólo hacia uno de
ellos—empatados hasta el final. O como si les indicasen que
el
único camino practicable era el camino monte abajo. Bajamos
andando de Espierre, con Barbenuta a contraluz, ya se pone el sol hasta
en este valle alto. A mitad de camino entre los dos pueblos
está
el cementerio: como el camino, lo comparten. Me pregunto, si entro,
¿estará enterrado ahí Urbano? Hay muchos Usietos,
pero no
veo a Urbano, debieron enterrarlo valle abajo. Sí
está en
cambio Claudio el de Barbenuta. Los pueblos muertos como el Nueva York
de Soy leyenda:
pero pueblos muertos que nos enterrarán a todos, no quepa la
menor duda, y ahí seguirán haciendo tiempo las
iglesias.
Ivo y Oscar ni siquiera han querido entrar en Espierre, han encontrado
un montón de nieve y se han quedado jugando a la entrada.
Hace
años vinimos con Álvaro, que se asomó
al pozo de
Barbenuta; ahora ya se había ido por su cuenta a otro sitio.
Hoy
los llevamos a todos a Pirenarium, "el parque temático de
los
Pirineos"—igual hasta vemos allí maquetas de
Barbenuta y
Espierre, quién sabe.
Hemingway meets Beckett meets Mad Max. Es un poquito el
planteamiento de The
Road,
de Cormac McCarthy, premio Pulitzer 2007. Una historia de ciencia
ficción con tratamiento contenido a la manera modernista. El
mundo habitable ha desaparecido, ya no hay animales ni
vegetación, sólo un paisaje desolado, oscuro y
cubierto
de cenizas, y una carretera infinita por la que avanzan un padre y un
hijo empujando un carrito de compras con víveres, mantas y
herramientas. Intentando sobrevivir, intentando encontrar comida y
esquivar a las hordas de bandidos caníbales que gobiernan
los
caminos en este mundo post-apocalíptico. Día a
día, aguantando nevadas y aguaceros, camino del sur,
esperando
encontrar algo distinto, algo que seguramente ya sólo
está en el pasado. Pues el futuro se va oscureciendo, como
la
luz del día en el invierno nuclear. "Like the onset of some
cold
glaucoma dimming away the world" (TR 3).
En el post anterior hablaba de otras
historias de catástrofe global, mortandad universal y
regresión de la civilización, a cuenta de la
película Soy
Leyenda. McCarthy
evita la espectacularidad fácil, y logra hacer una
épica
de los últimos días a base de
contención,
minimalismo e intensidad sostenida. El padre vive para proteger y
defender a su hijo, darle una oportunidad y mantener viva en
él
la memoria de lo que fue la humanidad. La narración vuelve
una y
otra vez a las actividades básicas de supervivencia: buscar
comida, empujar el carro, aguantar bajo la lluvia, encender el fuego.
Explorar las ruinas. Esconderse cuando se ve alguna figura a lo lejos.
Intercaladas, las conversaciones a base de monosílabos y
sobreentendidos entre el padre y el hijo, a modo de Vladimir y
Estragón en Esperando
a Godot. No conocemos el nombre de uno ni de
otro.
Y colocadas con precisión y eficacia en el viaje por este
camino
narrativo— las escenas de horror, de tensión, las
panorámicas de refugiados carbonizados en sus coches, las
ciudades devastadas habitadas por algún superviviente
espantado
entre las ruinas, las carreteras con cadáveres mezclados con
el
asfalto fundido, los cazadores de carne humana (única
proteína visible en el paisaje). Y los recuerdos de lo que
era
la vida normal, en los sueños, en flashbacks que parecen
venir
de otro mundo. Todo pasó hace años: pero la
devastación es tan grande que ha alterado la sustancia del
tiempo, y del lenguaje: la realidad va hundiéndose poco a
poco
en un marasmo de ceniza que cae del cielo y de supervivencia animal.
Como otro personaje de Beckett, el protagonista de How It Is, arrastrándose
por el barro y la oscuridad con su saco de provisiones. Pero la
visión de McCarthy es más terrible por
más
realista y por contener más verdad humana: los
enfangamientos
minimalistas de Beckett y sus monólogos parecen ejercicios
artificiales a su lado, experimentos modernistas. El estilo Hemingway
de observación externa, focalización centrada en
un
personaje, y frases cortas e impasibles trabaja en armonía
con
el minimalismo a que se ha reducido la realidad, y con los gestos
básicos de supervivencia, de recolección, de
manipulación y de bricolaje que se han vuelto el
centro de
la existencia.
Es un regreso desolado a On the Road de Jack Kerouac, y a
tantos
road movies reducidos aquí a su versión
carbonizada. Es
el camino de la vida, el Pilgrim's
Progress centrado
especialmente en el Slough of Despond. Es los ríos trucheros
de
Hemingway imaginados desde la vejez terminal, cuando no podremos volver
a ellos. Es una alegoría de la de la vejez sin esperanza,
con
Dios cada vez más inescrutable e improbable. ("The bastard.
He
does not exist" —decían en Final de
Partida).
Esta novela es un endgame ambulante, pero con una dosis de fe terminal
y sobre todo de amor que lo hacen más patético.
Es una
novela de padres e hijos, de la protección y del traspaso de
la
esperanza (donde apenas puede quedar ya ninguna). El protagonista
camina por paisajes desolados con su hijo: en algunos había
estado antes con su padre, y sabe que a él le toca ahora no
flaquear, y dar una oportunidad al futuro. La madre se ha
suicidado—hay aquí una cierta
reivindicación
vaquera de la virilidad, portando el fuego por territorio sin ley.
Vaquera y tejana: el colt es imprescindible en este salvaje oeste,
sobre todo cuando los nuevos indios disparan flechas y hieren al
protagonista… Un western postnuclear. Y viril—esta
es una
historia between men; la madre sólo podía vivir
en un
mundo a su medida, toma una opción débil, el
suicidio, en
lugar de luchar en circunstancias adversas. Apenas es compartida como
recuerdo entre el padre y el hijo. Y la nueva madre hallada al final
interviene únicamente como mediadora entre el
espíritu
del Padre, y el hijo. Una novela, pues, sobre la paternidad, y la
responsabilidad, sobre todo en la transmisión de la
ética
y la esperanza de abuelos a nietos, a través de los padres.
Que también una meditación sobre el poder (poder
limitado) del lenguaje para crear y sostener mundos posibles. Aun en
situaciones límite. Ahora el mundo ha desaparecido, y el
lenguaje es sobreabundante, le falta anclaje, le sobran cosas que
nombrar que ya nunca existirán. Va a minimalizarse. Pero
entretanto también sirve para evocar, para invocar, "like
some
ancient anointing" (74)—ceremonias amargas y ambivalentes,
éstas, ante la evidencia brutal de la muerte del mundo, que
va a
arrastrar tras de sí al lenguaje. Y a la literatura
(así
los libros destruidos [TR 187], que hacen pensar en todo el espacio que
había en el mundo de antes para las posibilidades, las
expectativas abiertas por la palabra).
Por no hacer una alegoría de la muerte de la humanidad sin
más, y una diatriba contra Dios, tiene McCarthy
que
ofrecer una esperanza al final—un gesto minimalista que se
esboza
continuamente a lo largo de la novela. Y es de hecho el final,
más abierto a la esperanza, el elemento más flojo
del
libro. El padre muere, dando confianza al hijo hasta el final con sus
últimas palabras. El chaval se preocupaba por un
niño que
habían visto en unas ruinas y no habían recogido
(por
estricto cálculo de supervivencia); le vuelve a la cabeza, y
el
padre le tranquiliza ahora sobre el destino de ese niño con
quien ve que ahora se identifica su hijo. Un vagabundo beckettiano en
la carretera les había dicho "There is no God and we are his
prophets" (170). Dios ha muerto, en efecto, pero aquí se le
sigue nombrando precariamente, manteniendo su recuerdo vivo entre las
cenizas. El recuerdo de Dios se identificará con el recuerdo
del
padre: "He tried to talk to God but the best thing was to talk to his
father and he did talk to him and he didnt forget (…) the
breath
of God was his breath yet though it pass from man to man through all of
time" (286). La novela la dedica Cormac McCarthy
implícitamente
a su padre, deduzco, y explícitamente a su hijo John Francis
McCarthy, que quizá no haya llegado a la edad adulta cuando
el
Autor muera.
Además de darle ánimos a su hijo para seguir
viviendo, el
padre, sin saberlo, ha conseguido acercarlo a un sitio donde hay una
familia que lo adoptará cuando él muere. Esta
solución (no menos implausible que el resto del libro)
parece
sin embargo tramposa, poco lograda. Bastaba, creo, para los fines
artísticos de McCarthy con expresar la esperanza que el
padre
lucha por mantener viva hasta el final. Estilísticamente, el
padre ha sido el focalizador principal y casi único, excepto
en
alguna frase aislada (TR 84). Ahora, tras la muerte del padre, el
relato parece perder consistencia al proseguir como si tal, como si no
desapareciese el mundo con la muerte (TR 170). La
sustitución
del padre por otro padre más fuerte y con un rifle
más
gordo, parece arbitraria, wishful thinking. Para mí
debería terminar la novela más o menos en
"Goodness will
find the little boy. It always has. It will again." Y hasta hay truchas
hemingwayianas en un río oculto en la última
frase—si oculto en el pasado o en el futuro, no lo sabemos.
Quizá sólo estén en el recuerdo, pero
se nos
recuerda que cerca del final hay que seguir recordando esos
emblemas de la vida, y de una inocencia radical que quizá
sólo existió en un pasado mítico. Pues
no podemos
tener a la vez la pureza de la sensación, y la consciencia
reflexiva de esa pureza, igual que no podemos tener a la vez la muerte
y la angustia por la muerte.
Y es que el final de verdad, el final de la humanidad y todas sus
esperanzas, incluida la muerte de los hijos que habrían de
perpetuarnos, y el cierre completo del futuro, es como un sol negro que
no podemos mirar directamente en el arte de la novela. "Please dont
tell me how the story ends" (75). Ya ha mantenido McCarthy la mirada
bastante rato, y la experiencia que nos da es de agradecer, y de temer.
Antes de que alguien me diga que esta vez me he pasado,
aclaro
que hablo de la película de Will Smith. Está
basada en un
clásico de la ciencia ficción (Richard Matheson, I Am Legend).
Y pertenece a un subgénero especialmente visible esta
temporada:
la ficción apocalíptica. Hasta en este blog ha
estado de
moda el tema: por ejemplo en
este post sobre la extinción súbita de los
dinosaurios y de los humanos.
También está visible para mí porque me
acabo de leer The Road, de Cormac
McCarthy,
que tiene un planteamiento casi análogo, si bien
más
realista. Después de una catástrofe nuclear, los
escasos
supervivientes en un mundo muerto viajan no se sabe donde, a lo largo
de una carretera donde el hombre es un hombre lobo para el hombre. Por
efecto de la falta de recursos, de la pura necesidad, y de la
naturaleza humana.
Más inmediato es el embrutecimiento ambiental en Soy Leyenda,
donde un virus ha exterminado al 99% de los humanos y ha convertido a
una minoría en monstruos enloquecidos. Y además
está Will Smith. O sea, que es una película de
zombis
(zombis blancos skinheads) porque además sólo
salen por
la noche. Y ya se sabe lo que dan de sí las
películas de
zombis, a los que hay que mantener atrancados fuera de la puerta,
rematar a golpes crueles, etc. La pura gimnasia de luchar contra estos
zombis desplaza el interés central de la
película—aunque las escenas de violencia son
extraordinariamente efectivas, y no de despreciar. Aunque la
película está clasificada para todos
públicos, mi
acompañanta pasó media película oculta
tras las
butacas y exigió al salir la devolución de media
entrada,
pues para ella había media película imposible de
contemplar. La tensión se mantiene tanto para Will Smith
como
para la espectadora oculta tras la butaca. Y donde el guión
flojea, eso se hace con trabajo inventivo de dirección y
cámara. Muchas escenas, de violencia o no, están
filmadas
de manera inventiva. Pongamos la escena en que Will ha de matar a su
fiel perra, a la que han mordido los perros zombis: se muestra
cómo la estrangula sólo enfocándole la
cara a
él. Y la espectacularidad está asegurada, en un
Nueva
York invadido por la maleza, con los restos de los últimos
embotellamientos y medidas de cuarentena. Pocos saqueos, por cierto.
Esta temática es recurrente en la época moderna,
al menos desde El
último hombre
de Mary Shelley, donde una peste exterminaba a tódios. Es
característica del género la sensación
de
sobreabundancia decadente, con los últimos supervivientes
perdidos entre un exceso de bienes de consumo o culturales dejados
atrás por el mundo que se va desmoronando. El mundo sin nosotros
de Alan Weisman— otro título éste que
ha hecho
furor en el 2007, hablando de cómo sobrevivirían
distintos objetos y artefactos culturales actuales si desapareciese la
humanidad. Quizá algunos supervivientes a la Peste Negra que
diezmó (es un decir, aunque en algunos sitios no fue un
decir)
la población europea en el siglo XIV, tuvieron esta
sensación de un mundo demasiado amplio y con demasiadas
cosas,
con poca gente entre muchas tumbas. Pero el tema vuelve insistente en
la época napoleónica, ligado quizá al
primer shock
de superproducción causado por la revolución
industrial.
Y cruzado con la visión de la exterminación
masiva de la
guerra moderna—los sitios de Zaragoza, etc. Y el
descreimiento de
un mundo sin dios. Byron tiene un poema sobre la muerte fría
del
cosmos.
Vuelve el mito del último hombre con fuerza renovada en el
relato de Jack London "La peste escarlata", que a principios del siglo
XX narra el desplome de la civilización occidental, a modo
de
crisis de sistema y revolución, a principios del siglo XXI.
Y de
ahí a muchas otras versiones del hundimiento de la
civilización, holocaustos postnucleares anunciados en la
época de la guerra fría… En los
años 70
Marvel tuvo su propio comic del último muchacho sobre la
tierra
(Claro que estos últimos hombres nunca están
solos
realmente). La crisis del petróleo nos trajo a Mad Max y a
sus
nuevos bárbaros motorizados en busca de gasolina. Con
versiones
incontables en años siguientes, como El
cartero o Waterworld
de Kevin Costner. Hay todo un subgénero de La Ciudad
Invadida
por las Tribus,, con visiones postapocalípticas de Nueva
York.
Quizá la imagen más potente en la consciencia
colectiva
sea la Estatua de la Libertad semienterrada de El Planeta de los Simios.
Y en el XXI la visión pesimista no afloja, si nos atenemos a
la tremenda novela de Cormac McCarthy.
Presentan ciertos problemas narrativos estas ficciones del
último hombre. La tragedia debe tener testigos al margen del
héroe trágico (la sola presencia de los
espectadores/lectores no parece ser suficiente). Y el tema del
último hombre es como digo intratable: siempre ha de quedar
la
duda de si eres el último o no. Nadie lo sabría
realmente, como bien se dice en la novela de McCarthy.
Ahora mismo me hablaba mi padre de los viejos que van quedando en los
pueblos abandonados: sólo dos octogenarios quedan en
Betés. Un mundo que se acaba, me dice. Hay una buena novela
ambientada en Ainielle, pueblo abandonado cerca de Biescas: La lluvia amarilla
de Llamazares, que trata a la vez del fin de un pueblo y del fin de su
último habitante—otra historia del
último hombre. El
último mohicano. Y es que hay muchas
experiencias distintas del fin del mundo, y nunca se está
tan solo. En La lluvia
amarilla hay fantasmas, como en todo realismo
mágico. En The
Road hay sueños, recuerdos. Flashbacks en Soy Leyenda.
Y aparte están los otros, los que ya no son de este mundo y
sin
embargo están en él, vampiros, bandidos, hombres
de las
sombras. Y por fin, como señal de esperanza para la
clausura, the good guys,
los iguales, los que garantizan la continuidad de la vida y hacen que
el final del relato no sea el final del cosmos. Es como digo curioso
que (casi) ningún relato del último hombre lo
presente
realmente como el último.
La plaga exterminadora viene a ser en última instancia
sólo una severa lección, por un camino
erróneo que
se emprendió, y la humanidad ha de empezar de nuevo. El
Diluvio.
El relato que comienza con el fin del mundo (humano, occidental,
tradicional…) y abocado a la extinción total,
termina con
un gesto de esperanza, con el establecimiento de una nueva comunidad,
descubrimiento de otros supervivientes, un nuevo comienzo. Es decir, el
relato comienza con un final, y termina con un comienzo. Como en todo
Apocalipsis, hay un nuevo cielo y una nueva tierra. Y un Nuevo Hombre.
Se anuncia un nuevo ciclo de la historia humana. (Last and First Men,
fascinante especulación futurista de Olaf Stapledon).
Esto aparece sólo apuntado en algunas versiones (como El último hombre).
En otras, como en La
peste escarlata o la memorable Earth
Abides,
de George R. Stewart, se nos presenta una teoría de la
decadencia y resurgimiento de las civilizaciones. Un poco a la manera
del pensamiento clásico, o más bien de su
reelaboración en la obra de Vico (Scienza
Nuova)
que postulaba una teoría protoevolucionista de la cultura,
pero
no enraizando la naturaleza humana en los animales (lo cual hubiera
sido darwinista) sino imaginando sucesivas épocas de
decadencia,
embrutecimiento y nuevo florecimiento de la civilización. El
narrador intradiegético de La peste
escarlata, Granser,
único testigo vivo de la gran plaga, habla a sus nietos de
un
mundo desaparecido que a ellos les parece pura ficción. El
lenguaje decae, y el conocimiento y la conceptualización; el
mundo va degenerando a la época tribal o de las cavernas.
Granser ha rescatado una biblioteca, con la esperanza de reconstruir la
civilización humana, pero en su vejez le puede la
desesperación, y ve como un ciclo estúpido y
vicioso esta
secuencia inevitable de épocas de civilización y
barbarie. Pues la naturaleza y circunstancias humanas tienen un
límite: la superpoblación y la
dinámica social
tienen un límite, y con ellos se topará la
humanidad una
y otra vez. En Earth
Abides, la perspectiva es similar. Como en La peste escarlata,
también es una plaga la que ha acabado con la
práctica
totalidad de la humanidad. El énfasis recae en la
supervivencia
en un world without us,
con
abundantes recursos, comidas enlatadas y coches, pero sin habitantes.
La reconstrucción precaria de una comunidad con un
puñado
de supervivientes. Pero pasadas unas décadas, la
población ha aumentado, hay pequeñas tribus, y se
han ido
borrando las huellas de la cultura occidental. El protagonista, uno de
los escasos inmunes, es ahora el patriarca de la tribu, leyenda viva,
un dios primitivo sobre la tierra para su tribu, y es en la
última escena una especie de ídolo senil
transportado
entre la maleza por sus descendientes, nuevos pieles rojas de una
América que ha invertido el proceso de
europeización.
Es éste un final muy tentador para el imaginario profundo
americano, para la mala conciencia de la nación
—ver las Crónicas
Marcianas
de Ray Bradbury para otras alegorías del retorno de los
indios
exterminados. La Peste Escarlata también es en cierto modo
el
retorno del Piel Roja (celebrado con ambivalencia por Jack London, ese
admirador horrorizado de la llamada de lo salvaje).
El final de Soy Leyenda
se
encamina en otra dirección. Aquí
también se
reconstruye la comunidad de supervivientes. (No con Will Smith entre
ellos, aunque su leyenda perviva). Pero no hay regresión
total
de la cultura. Los supervivientes viven en un pueblito de Vermont nada
menos, rodeado de muralla y defendido con armas
automáticas—pero lo que hay dentro es la
clásica
pequeña comunidad ideal americana, el mito colonial
ideal—una comunidad básicamente blanca, rural, y
agregada
en torno a la iglesia. Back
to Basics, el lema vendido por Reagan/Bus a la
imaginación americana.
El mal surge en la película como resultado accidental de la
manipulación genética. Una científica
descubre una
vacuna contra el cáncer modificando un virus. Y provoca sin
buscarlo una pandemia universal que extermina a casi todos, y enloquece
a la mayoría de los supervivientes. Conocida es
también
la oposición de cierta derecha americana a la
experimentación con los límites de lo permisible
en
medicina. Y la película también sigue,
sorprendentemente,
la genocida convención de Hollywood de que hay que matar al negro bueno,
como al malo. Lo que me parece francamente exagerado es
que Will Smith se apunte a esta convención.
Naturalmente una película de ciencia ficción no
traduce
ni alegoriza punto por punto un programa político ni un
conflicto ideológico o pol,ítico real.
Más bien
trabaja (de modo un tanto insidioso, podría decirse) creando
analogías subliminales, fusionando de manera tendenciosa
situaciones y símbolos, y jugando con temores subyacentes y
estereotipos desplazados. Pero a veces las líneas
ideológicas generales emergen con claridad meridiana en el
argumento.
Por ejemplo, el rescate de Dios. En principio, Dios no existe:
está refutado por el tratamiento que ha dado a los humanos.
No
se ve muy bien el por qué de esta refutación:
Dios
siempre ha matado a los individuos, todos y cada uno de ellos, aunque
ha conservado a su Pueblo—aunque consista en una sola
persona.
Pero en fin, la película vuelve a las argumentaciones
clásicas de las teodiceas, justificando los Actos de Dios
por
terribles que parezcan. Aquí Will Smith ha perdido la fe,
sobre
todo por la muerte de su familia, pero al final la recupera con una
comunicación del más allá. Aunque los
miles de
millones que murieron tengan otra opinión de Dios, oye:
quien
cuenta el cuento es quien sobrevive, y ese siempre deduce que
Dios le ha ayudado. La película se traga ese razonamiento
sin
parpadear.
La brasileña que lo rescata de los zombis (bastante
implausiblemente por cierto) es una mensajera de Dios. Sabe que existe
la comunidad de Vermont no por la radio ni otro tipo de mensajes
humanos, sino porque
Dios se lo ha dicho. Así,
con dos pelotas, información que resultará
precisa y
fiable. La película nos coloca, para refutarnos mejor, en el
punto de vista de Will Smith cuando niega esta posibilidad—y
seguidamente descubre en un tatuaje de la chica una señal de
su
hija difunta, que antes de morir le había hecho el signo de
una
mariposa (el alma inmortal)—y una mariposa es el tatuaje. Las
marcas en el cuerpo no mienten—véase la Poética
de Aristóteles al respecto. Y la transformación
de Will
es inmediata: su conversión a la Fe le lleva a sacrificarse
para
salvar a la brasileña (y de paso a su recién
descubierta
vacuna contra la rabia zombi).
Está bien el sacrificio del héroe, eso de que no
sólo esté dispuesto a dar su vida sino que de
hecho la
pierda de verdad. Es estadísticamente probable, pero
observemos
que no se ve mucho en Hollywood—y aquí coincide
sospechosamente con la necesidad de evitar un coito interracial, otra
eterna convención de Hollywood. Se me dirá que la
difunta
esposa de Will Smith era ambiguamente blanca—pero es
precisamente
la difunta esposa. Y hasta la prole se extermina. A veces las lecciones
de Hollywood son pasmosamente transparentes. Con una
brasileña
no anglosajona bien le podían haber permitido un extra, pero
nada. Claro que ésta también parece monja seglar.
En fin, que Will Smith será leyenda, pero la
pequeña comunidad WASP estará libre de sus genes.
El
Nueva York complejo, la urbe problemática e interracial,
globalizada, industrializada y multimediada se ha colapsado, y el
sueño de Hollywood nos promete un futuro en forma de
pueblito
idílico de Nueva Inglaterra. Bien. La película da
con una
mano y quita con la otra, a la manera de los géneros
populares
histeroparanoicos. Los zombis blancos eran como skinheads linchanegros
persiguiendo a Will Smith, y al final comunidad blanca tenemos.
Otra asociación simbólica histerizada que se
añade
en esta sopa asociativa estimulada por la ciencia ficción es
el
fundamentalismo antiamericano. Los zombis son seres enloquecidos, con
los que no se puede razonar, son vidas gastables sin cuenta, carne de
cañón que se autodestruye a cabezazos, bombas
humanas
vivientes. Son el Otro abyecto. Son por tanto también una
visión de pesadilla de un Occidente entre los escombros,
dominado por seres irracionales que se "autoinmolan" como se suele
decir, masas sanguinarias cuyo credo está más
allá
de nuestras posibilidades comunicativas—y en
última
instancia, malas bestias a las que hay que exterminar ya que no hay
vacuna para curarlos. Es decir, que la película
también
utiliza los temores internalizados al terrorismo suicida, que lleva al
americano a enclaustrarse en su fortaleza y a usar generosamente el
rifle. (La Asociación de Charlton Heston también
parece
haber subvencionado esta producción).
Todo esto puede llevarse a cabo eficazmente en términos
cinematográficos. Y se hace una buena película de
género, y funciona el ritmo. Cuando flojea realmente la
cuestión es cuando la abyección parece salirse de
madre y
contaminar al propio protagonista—aunque supongo que
semejante
intercambio de papeles es inevitable en este tipo de producciones
histéricoparanoicas. Este flojeo afecta también
al
personaje cinematográfico de Will Smith el actor,
problemáticamente encajado en sus avatares a
través de
los géneros, de gracioso a poli superhéroe, papi
imbatible y ahora encima candidato póstumo al Nobel de
medicina.
Smith es aquí a la vez un militar de alta
graduación y un
científico—es el que siembra dudas al principio
sobre la
eficacia de la vacuna contra el cáncer, y el que
acabará
descubriendo la curación de la plaga. Pero
también es
llanero solitario, hombre de familia traumado por la
pérdida. Se
comunica con su perra. Les habla a los maniquíes (presencias
semihumanas inquietantes y fantasmales). Ve películas, y se
sabe
Shrek de memoria. Hace experimentos con ratas y zombis capturados. Caza
ciervos neoyorkinos. Huye de las bandas de neonazis. Tiene que hacer de
chistoso y de forzudo, y de científico con la otra mano, ya
casi
no llega. Está ocupado, desde luego, pluriempleado. Lleva un
control racional organizado, emite mensajes de ayuda a posibles
supervivientes. Pero cuando aparecen éstos (la
brasileña
y un niño) está al borde de la
crisis—se nos dice.
Lo que vemos es que de repente pasa a ser un negrata de la calle,
posiblemente peligroso, violento, impulsivo, poco racional, que les
hace temer por su seguridad. Un tipo con lenguaje primario, y
prioridades comunicativas mal puestas. Una escena mal llevada, o
malintencionadamente llevada. Estúpida para un actor negro,
vamos.
Y más inversiones abyectas: si los zombis son islamistas
fanáticos, terroristas suicidas, es sin embargo Will Smith
el
que más directamente encarna el papel de hombre bomba, al
lanzarse contra ellos empuñando una granada. Se vuela a
sí mismo y los vuela, para salvar el futuro, claro. Y sin
embargo, es una sospechosa apropiación de un gesto suicida
que
en otras películas recientes (Cartas
de Iwo Jima)
se reservaba para mentes muy equivocadas. ¿Será
que hay
algo muy equivocado en este sueño de la
renovación de las
esencias de América, con abyecciones conglomeradas, con Dios
de
nuestro lado y manteniendo a los infrahombres a raya?
Soy Leyenda. Dir.
Francis
Lawrence. Basada en la novela de Richard Matheson. Reparto: Will Smith,
Alice Braga, Dash Mihok, Salli Richardson. USA, 2007. http://www.soyleyenda-es.com
Casi todas las versiones de Abandoned
Love
que se ven por YouTube, y empieza a haber unas
cuantas, son mejores que la versión original de Dylan. Y
mejores
también que mi original versión. Aquí
hay una muy
vivida; al parecer el cantante autorretransmisor se llama Bruce Maclean.
Esta otra noticia va más en serio, al menos
para los pobres pingüinos
del Ártico (Aptenodytes
aurorae),
especie ya de por sí de existencia precaria (los
pingüinos
siempre han abundado mucho más en el Antártico).
Supongo
que con el calentamiento global seguirán, si no han seguido
ya,
como se dice en esta página dedicada a ellos, los pasos de
otras
víctimas del calentamiento global, como los escasos (escasos
por decir
algo) osos blancos de la Antártida. Y que dentro de cinco
años es más que seguro que no habrá ni
uno.
Habrá que hacerlos con Photoshop, como éste que
pongo
(que por cierto éste sí que parece decidido a
ganarse la extinción).
Si es broma, no es broma mía, lo juro y lo
asejuro. Nos envía el
Secretario General de la Universidad el anuncio de un concurso para
escribir la letra del himno de la Universidad de Zaragoza. Como no
sabíamos que existiese, nos adjunta el mismo en un fichero
que nos
aclara que es la versión
King Africa del mismo. Aquí
se puede oír.
El toquecillo "ruedo ibérico" que le han dado me parece muy
adecuado. Sólo espero que la letra esté a tono y
a la
altura.
Por
cierto, la Universidad (el Rectorado) parece que ha decidido optar por
el mutismo y no contesta al requerimiento que le enviamos el 4 de
diciembre solicitando la aplicación de sus propias
resoluciones en lo
relativo a la Ordenación Docente de nuestro postgrado.
Así que
tendremos que lidiar esta corrida en los juzgados, otra vez.
Una frase ésta, "la incertidumbre implacable de
lo cotidiano", que me recuerda a La
insoportable levedad del ser—película
que había comprado con intención de regalarla a
alguna
amiga con bombín. La frase viene de aquí:
"Tal como Ulrich Beck
definió el riesgo, los bloggers se ocupan
de los peligros y de las inseguridades inducidos por las interminables
olas de la modernización. Lo que se bloguea es la
incertidumbre
implacable de lo cotidiano. Mientras que los empresarios colonizan el
futuro, repletos de alucinaciones colectivas, los bloggers exponen el
presente que ellos mismos captan."
Que a su vez viene del interesante artículo de Geert Lovink "Blogging:
The Nihilist Impulse" / "Bitácoras:
el impulso nihilista"
(traducción corregida arriba y más que
habría que
corregirla). Si bien oscila Lovink entre el Escila de la
generalización panorámica y el Caribdis del
impresionismo
nihilista que denuncia, sí reconozco allí algunas
reflexiones relevantes para repasar las líneas de puntos de
la
blogosfera, que uniendo muchas vanidades nos dibujan aquí la
figura del eterno
Nihilismo Contemporáneo.
" 'Networking begins and ends with pure self-referentiality',
añade Friedrich Kittler, y esta autopoiesis no es tan
evidente
en ninguna parte como en la blogosfera."
Especialmente aquí, donde los autoenlaces superan con mucho
a
los enlaces. Para que quien me quiera poner verde se documente, este
artículo: soy un síntoma, nomás.
Aunque también soy, cómo no, una
excepción a mucha
de la sintomatología allí detectada. Estoy
repasándome mi post sobre el
blog como ensayo para colgarlo en
el SSRN.
Y como planes festivos, esta tarde pensamos ir a ver Soy Leyenda.
Leyendo estoy, por cierto, una novela de temática muy
parecida: The Road, de
Cormac McCarthy. Altamente recomendable para enfrascarse en el paisaje
nihilista, o en el desierto de lo Real, ese que decían
Morfeo y
Zizek.
Algunas salen más apagadas que otras,
qué se le va a hacer.
Ps. Acababa de poner este crismas cuando nos comunican la muerte de
Luis Vicente, el padre de Pilindrín. Es
el tercer
consuegro de
mis padres que muere estos últimos meses. Los nietitos Elsa
y
Marco se quedarán sin conocerlo, pues aún no han
llegado
al umbral de la memoria.
A resultas de esta
conversación y aprovechando que la ví
durante una razzia por MediaMarkt, me compro y reveo Deep Impact, una
película coetánea y con el mismo argumento
prácticamente que el más conocido Armageddon
de Bruce Willis. Esta sin embargo no pertenecía tanto al
género aventuras como al género
catástrofe - y -
respuesta - de - diversas - personas - en - circunstancias - y -
líneas - argumentales - diferentes. Aunque son
géneros
permeables, claro. Era por tanto algo más realista
que Armageddon,
y de hecho tuvo un impacto suficiente como para inpirar a la NASA
(aunque aquí
no lo reconozcan) a que nombrasen Deep
Impact a una
misión espacial auténtica
que hace un par de años llevó a una sonda a
lanzar
experimentalmente un misil contra un el cometa Tempel 1 (juio de 2005).
La película alterna las historias de diversas personas que
ante
la perspectiva de la destrucción total de la
civilización
y quizá de la humanidad, reaccionan de maneras diversas.
Algunos
morirán de hecho—entre ellos los astronautas de
la misión Ulises que
optando por el suicidio consiguen destruir la mayor parte del asteroide
que se acercaba a impactar con la tierra. Una divorciada
solitaria interpretada por Vanessa Redgrave se suicida. Su hija
(Téa Leoni) se reconcilia en el último momento
con su
padre, y mueren juntos en una playa donde habían sido
felices
toda la familia un verano—parece que las reconciliaciones
simbólicas de divorciados y el consiguiente retorno a las
esencias son un mensaje importante en mucho cine americano del ala
patriótica.
Esta película también pertenece al género
presidentólatra.
El presidente es (cómo no, siendo Morgan Freeman) un hombre
de
conciencia y sentimiento, y un guía práctico y
espiritual
para su nación en tiempos difíciles, a la manera
cinematográfica que tan bien interpretaba Ronald Reagan, y
que
naturalmente es copiada por la realidad, con sus limitaciones, cuando
la nación sufre de hecho su Deep Impact y Bush sale a hablar
de
momentos cruciales y confianza en las propias fuerzas.
También
vemos en directo la destrucción de símbolos
patrios (a la
manera de El
día de mañana
o de las películas de la Tercera Guerra Mundial)—y
de un
modo que no permite leer esta película sino como un anticipo
del
11-S, o del 9/11 como lo llaman por allí.
Pánico de las masas, muerte de inocentes, caída
de las
más altas torres, caos en la urbe, serenidad y firmeza en
los
líderes, rearme moral, reconstrucción y fe en la
continuidad de la patria. Si es que la experiencia norteamericana
está orientada y educada por el cine. Casi podemos sentir la
cuenta atrás para la gran explosión en la que los
protagonistas escapan en el último momento aunque peta todo
tras
ellos. Esperanza siempre queda, pero para los que sobreviven. Al menos
esta película es sufientemente honesta para presentarnos
algunos
de los millones de muertos que menciona: pero son todas muertes
éticas y aceptadas: narrativizadas, vamos, presentadas como
un
final previsto y elegido. Las muertes caóticas, o inmorales,
desaparecen del horizonte—aquí oímos
hablar de
saqueos, disturbios, y peleas, pero no los vemos.
Ateniéndonos a
la lectura 11/S, hay una curiosa simetría: aquí
los
pilotos suicidas son los buenos, pilotando una Atlantis mejorada contra
el cometa, y no los malos (Atta & Co.) atacando con
aviones/bólidos y llevando un cargamento de rehenes. La
historia
a veces no se priva de ironías crueles. Pero en conjunto la
experiencia premonitoria es análoga a la
histórica, tal
como la encauza la ideología oficial. La
catástrofe
colectiva es ante todo una experiencia moral, si no religiosa ("with
God on our side")—a eso se refiere ese "Heaven and Earth are
about to colllide", a un nuevo renacer a la fe o al patriotismo, tan
mezclados en el país que confía en Dios hasta en
el
dólar. Es América, como nuevo pueblo elegido,
quien
organiza en la película una
nueva arca de Noé, que por suerte no será
necesaria.
También es cierto que se nos dice que otras naciones,
según sus propios criterios, toman sus propias medidas. Pero
la
opción de América es regresar al origen,
interpretar la
catástrofe como un nuevo diluvio, y tomarla como
ocasión
para un renacimiento moral. Y reafirmarse una vez más como
el
pueblo elegido, y protagonista principal de la Historia.
Y allí está el mensaje principal de la
película:
quien tiene la fuerza (nuclear) y la supremacía
tecnológica, tiene el protagonismo moral. Los
demás
serán comparsas—América
decidirá. Y estas
historias de amenazas cósmicas, cuya realidad sigue siendo
una
incógnita, tienen sin embargo un potente papel
ideológico: moralizan y justifican el armamento
atómico y
las inversiones masivas en investigación aeroespacial y
nuclear.
También, más indirectamente, la teoría
de que es
América quien debe mantener esa supremacía. Van
unidas la
potencia de fuego nuclear y el retorno a la inocencia, el renacer
espiritual. Aunque todos sabemos que estas armas no se han hecho
precisamente para volar cometas.
Deep Impact.
Dir. Mimi Leder.
Written by Bruce Joel Rubin and Michael Tolkin. Cast: Robert Duvall,
Tea Leoni, Elijah Wood, Vanessa Redgrave, Maximilien Schell and Morgan
Freeman. Music by James Horner. Special effects Industrial Light
&
Magic. Ed. David rosenbloom. Prod. des. Leslie Dilley. Photog. Dietrich
Lohmann. Exec. prod. Steven Spielberg, Joan Bradshaw and Walter Parkes.
Prod. Richard D. Zanuck and David Brown. USA: Dreamworks / Paramount /
Amblin, 1998. Spanish DVD: Deep Impact. Madrid: Dreamworks Home
Entertainment, 2006.
Estos son los antepasados de Cristo según el
primer
capítulo del Evangelio según San Mateo. Suele
pasar
desapercibido que entre ellos se encuentran un Salmón y un
Azor:
1 Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo
de Abraham:
2 Abraham fue padre de Isaac; Isaac, padre de Jacob; Jacob, padre de
Judá y de sus hermanos.
3 Judá fue padre de Fares y de Zará, y la madre
de estos fue Tamar.
Fares fue padre de Esrón;
Esrón, padre de Arám;
4 Arám, padre de Aminadab;
Aminadab, padre de Naasón;
Naasón, padre de Salmón.
5 Salmón fue padre de Booz, y la madre de este fue Rahab.
Booz fue padre de Obed, y la madre de este fue Rut.
Obed fue padre de Jesé;
6 Jesé, padre del rey David.
David fue padre de Salomón, y la madre de este fue la que
había sido mujer de Urías.
7 Salomón fue padre de Roboám;
Roboám, padre de Abías;
Abías, padre de Asaf;
8 Asaf, padre de Josafat;
Josafat, padre de Jorám;
Jorám, padre de Ozías.
9 Ozías fue padre de Joatám;
Joatám, padre de Acaz;
Acaz, padre de Ezequías;
10 Ezequías, padre de Manasés.
Manasés fue padre de Amós;
Amós, padre de Josías;
11 Josías, padre de Jeconías y de sus hermanos,
durante el destierro en Babilonia.
12 Después del destierro en Babilonia:
Jeconías fue padre de Salatiel;
Salatiel, padre de Zorobabel;
13 Zorobabel, padre de Abiud;
Abiud, padre de Eliacím;
Eliacím, padre de Azor.
14 Azor fue padre de Sadoc;
Sadoc, padre de Aquím;
Aquím, padre de Eliud;
15 Eliud, padre de Eleazar;
Eleazar, padre de Matán;
Matán, padre de Jacob.
16 Jacob fue padre de José, el esposo de
María, de la cual nació Jesús, que es
llamado Cristo. Parece claro que hasta Dios necesita presumir de
parientes.
Ahora bien, dado lo que cuenta el capítulo 2 del mismo
evangelio, produce extrañeza o pasmo tanta insistencia en la
línea paterna, y más aún que el
evangelista franquee
impertérrito la quebrada súbita del
versículo 16.
Y es que el patriarcado sienta sus derechos hasta el extremo de la
reducción al absurdo.
A falta de un diálogo en directo o un mano a
mano entre
Steven Pinker y George Lakoff que contraste sus visiones de la
lingüística cognitiva, aquí
hay un
vídeodiálogo entre John Horgan y George Johnson: "Are
metaphors a cage or a key?" (me encanta la reflexividad del
título)—comentando algunas ideas del
último libro de Pinker, The
Stuff of Thought: Language as a Window into Human Nature,
y situándolas en la tradición del debate contra
teorías de determinismo lingüístico
anteriores a la
de Lakoff, como la de Sapir-Whorf.
Pero el mismo Pinker argüía en The
Blank Slate
que nuestra naturaleza nos orienta y nos limita, y la mente no es una
mente en blanco sino que parte de un cuerpo y que es producto de una
determinada estructura cerebral. Ese parece un punto mínimo
de
acuerdo entre Lakoff y Pinker: que la naturaleza humana no es moldeable
ilimitadamente. Aunque tanto llama la atención su
flexibilidad
como el sustrato común de tanta variación. Y el
problema
de cuándo deja de ser humana esa naturaleza, tanto por el
límite inferior como por el tecnológicamente
modificado,
no es menos fascinante. Food
for thought: otra metáfora.
Huesos de dinosaurio en
la Luna Vale,
el título es sensacionalista, pero es que esto es un blog. Y
los tipos
que lo dicen son científicos—al menos el que lo
dice es un científico
(Peter Ward, de la Universidad de Washington) en
conversación con Carl
Zimmer, autor del blog de divulgación científica The Loom. Me
refiero a su videoconversación
sobre "Mass Extinctions" (en inglés) en bloggingheads.tv,
un sitio muy interesante. Me ha impactado siempre el tema de
la
extinción masiva por catástrofe
cósmica. Aquí hablan de estas
extinciones desde el punto de vista geológico, de Alvarez y
la verdad
incómoda de los dinosaurios, del bólido de
Tunguska, de la extinción
del Pérmico, de la posibilidad de que un asteroide termine
con la
especie humana. Del calentamiento global—y hasta de Bruce
Willis, que
tuvo algo que ver con un impactos profundos. De proyectos
tipo Spaceguard.
Y de esos huesos
de dinosaurio en la Luna. A quien le vaya el tema, también
le
recomiendo la novela de Arthur C. Clarke, The Hammer of God.
Temblaba
yo cuando nuestra asesora cinematográfica ha elegido esta
película para
los niños, siendo una
continuación/variación de otra, y con una intriga
de historia-ficción demasiado complicada para mentes de
críos... pero
no, se lo han pasado genial con las claves y las persecuciones y las
disparatadas pistas del tesoro. Así que con críos
se puede ir. Y es de
Disney, o sea que hasta las parejas de separados y divorciados se
acaban reconciliando.
El cartel muestra a Nicolas Cage en plan
Estatua de la Libertad. Y además del
ésta, desfilan por aquí todos los
iconos patrios, y más. El asesinato de Lincoln. La
otra Estatua de la
Libertad, la de París. El palacio de Buckingham
(—la pérfida Albión que
ayudaba a los sudistas, faltaría más). La Casa
Blanca. El Despacho
Oral, con intriga erótica/no sexual incluida. Roosevelt.
Kennedy y
John-John. La Biblioteca del Congreso. El monte Rushmore... Vamos, que
no se empachan de provocar un empacho. Y se descubre la perdida ciudad
de oro de las leyendas, que está bajo el monte Rushmore, y
da lugar a
abundantes Indiana
Jones antics entre las antiques.
Pero ojo: que mayor icono es el Presidente. La peli pertenece al
género de la Presidentolatría—como Independence
Day o
Air Force One,
casi casi. Aquí el presidente de los EE.UU. no da
puñetazos a los
terroristas, ni derriba platillos volantes en su jet (cuesta creer que
nos logren vender estas cosas, ¿eh?) pero hace algo que
últimamente
parece más de ciencia ficción: es un
tipo culto y sutil.
Por
otra parte, todos los presidentes lo son, según esta
película. Llevan entre todos
un libro secreto (que no es un diario, para nada) donde se pasan los
gajes del oficio que sólo otro presidente podrá
leer. No me he enterado
bien de lo que había en la página 47, algo que
debía remediar Nicholas
Cage a cambio de consultar unas pistas para el tesoro que
había en otra
página...
Y,
en fin, que se ayuda a crear mito de lo que hubo, y de lo que no hubo.
Esa soñada civilización avanzada en la antigua
América. Tan ficticia
como la capacidad craneal sobrehumana de los presidentes. Claro que con
retrato de veinte metros en piedra, y con el guionista a su favor,
cualquier presidente puede parecer un hombre de talla, en lugar de un
caradura. Y de eso se trata, sobre todo, de crear devoción
icónica y
sobrecogimiento instintivo ante la historia viviente. (Como sucede
aquí
con el signo del Zorro, o la N napoleónica tumbada,
sueños de gloria).
Recomiendo como antídoto, para reducir las cosas a su justa
proporción, el cuento "The President", de Donald Barthelme,
en Unspeakable
Practices, Unnatural Acts.
La Búsqueda: El Diario secreto. Director:
Jon Turteltaub. Interpretes: Nicolas Cage, Diane Kruger, Justin Bartha,
Jon Voight. Disney, 2007.
Son ciudades de larga memoria, donde las familias se
observan
mutuamente entre visillos, y la información va pasando de
generación en generación. Hablábamos
del gran auto
de fe de 1610 en el curso del cual se redactó un sumario de
doce
mil folios y se interrogó a miles de personas. Algunas
acabaron
en la hoguera.
"Yo sé dónde las quemaban. Es que tengo un
recuerdo."
Recuerda cuando era pequeña, y que era el día
de su primera comunión, lo recuerda porque en los
años
sesenta se llevaba a las niñas más que
arregladas—le había puesto su madre una diadema
con
flores, y el velo, y para que todo se tuviese bien, unas horquillas que
apretaban lo suyo, todo tenso—que le hacía tener
la
diadema bien clavada en la cabeza bien presente, y buenas ganas de que
acabase todo para quitársela de una vez.
E iban en expedición familiar disgregada, a Santa
María
de Palacio, la iglesia que
está a la entrada de la ciudad, al lado del puente viejo del
Ebro. No sabe por qué se adelantó
con la novia de su tío, y ésta la
llevó de propio
por la calle Ruavieja un poco más lejos de la iglesia, justo
fuera de la ciudad, donde ahora empieza el parque del Ebro y
está el
puente de hierro.
—Mira, ¿ves ahí abajo? Allí
quemaron a unos parientes nuestros.
Saco a ventilar a los niños, después de ver un
vídeo de Conectados
y su ración de tele. Pero aún
quieren más, y van lamiendo escaparates viendo lo que
proyecten
ahí en las teles que venden. Cierto es que dos teles juntas
echando la misma imagen atraen la vista más que
una—quizá el doble. Y tengo esta
conversación
fenomenológica con Álvaro:
- Mira estos críos, están como locos mirando
cualquier
pantalla que les aparece ante los ojos. Deberíais mirar
menos
pantallas. Y yo también.
- Ya, pero es que las pantallas atraen la vista. Como el movimiento a
la visión de los depredadores. Hay estudios
científicos de eso. Luego te
lo enseño, salía en el Muy
Interesante.
Y es que las pantallas son muy interesantes: si comparas una pantalla
así con lucecitas y movimiento, y al lado un cuadro... pues
miras la pantalla.
- Hm. Sí. Pero el cuadro al menos es más
interesante que la realidad, ¿verdad?
- Verdad. Entre una cosa de verdad y una pintada, pues miras la
pintada. Bueno, sobre todo si el cuadro es bonito.
- O entre una chica y un maniquí, pues el
maniquí. A
menos que la chica sea un auténtico maniquí.
Porque a
ver: si ponemos en fila: una pantalla, un cuadro, un espejo, y
la realidad, aún te miras cualquier
cosa antes que la
realidad.
¿O no?
- Si, sí, es verdad. Así van ordenadas las cosas,
lo
primero la pantalla, y lo último la realidad. Hasta el
espejo es
más interesante que la cosa sin más.
- Aunque la realidad de hecho es bonita, es como un diseño
gráfico con
acabados muy acabados. Mira qué combinaciones de colores tan
inesperadas, qué estética tan avanzada tiene.
- Ya, pero una pantalla con su recuadro, y con colores, y cosas que se
mueven... A mí me da pena la realidad, pobre realidad, no le
hacemos ni caso, la verdad es que no puede competir con los
vídeos.
- Y sin embargo si le hiciésemos caso sí que hay
cosas
bonitas. Mira por ejemplo este niño Otas, qué
saltitos va
pegando, qué salao.
- Sí que es gracioso, sí. Pero en una pantalla
aún quedaría mejor.
- Os trás, mira esa pantalla. (Que
está al otro
lado de la calle, y pasa por enmedio un autobús de los
largos)—Se
ve el programa a través de las ventanas del
autobús. Y
eso también es más interesante que ver la
realidad,
¿no? Digo—que ver la pantalla sin más.
- Ahá.
A una mala, nos haremos gafas con los dedos, para ver el mundo a
través de algún medio auxiliar.
Felicidades a todos mis lectores por el solsticio
invernal / cumpleaños
de Cristo.
(A las lectoras las felicitaré otro día). Si me
atengo al contador de visitas deben ser los lectores felicitados
más de los que normalmente imagino, o en todo caso
más de
los que se manifiestan. Igual se sienten obligados a ponerme un
comentario contestando "gracias", jeje—es broma, no os
molestéis, ni tampoco os molestéis.
Qué cosas, en cuestión tarjetas
navideñas estoy bajo mínimos; me llegan
bastantes en
concepto de Sr.
de Penas, pero lo que es "a mí - a mí", me
felicitan
desde
hace años tres o cuatro personas nada más, viejos
conocidos con quienes no tengo
más contacto: una pareja de gays mayorcitos, y
también
una antigua alumna... También una ex me felicita a
veces—y
se me alteran súbitamente las pulsaciones. Si a eso le
sumamos
una felicitación que me ha llegado de Albert Rivera, el
hombre
desnudo de Ciutadans (—quizá más
abrigado por estas
fechas: ¡gracias, Albert!) y la del presidente del Corte
Inglés, pues somos realmente una
extraña pandilla. Aunque habría que ver juntos a
los
felicitados
lectores de este blog para ver otra colección de gente
diversa,
supongo.
También habría que ver, por el ojo de la
cerradura de la
mente, a los grupitos y familias que se reunen efectivamente
sólo por Navidad, agregaciones de personas a veces
igualmente
arbitrarias. Nos atenemos a nuestro grupito y nos deja de
parecer
improbable: los demás son cosas que sólo existen
en la imaginación.
Como tantas otras maneras de pasar las navidades, posibles
sólo
como ejercicio cerebral. Atención, pregunta (dijo Cormac
McCarthy)—¿cómo se distingue lo que
nunca ha sido
de lo que ya se sabe que nunca será?
Y qué vueltas mentales en la sala de los pasos perdidos, a
la
hora de mandar una felicitación a tal o cual persona, si
será adecuado, si habrás encontrado el tono
apropiado, si
habrán recompuesto el ambiente en la pareja para mandar
recuerdos a los dos o no, si enviar una felicitación que
quizá sea la
última, o no, si se va a malinterpretar o va a parecer
intrusiva tu
felicitación, si conviene pasar por casa de tal o de cual,
glubs... Las redes sociales son terreno minado.
¿Cómo aburrirse en Navidad, con este First Life
hiperrealista?
Y eso que ni siquiera he empezado a poner el belén, que es
otro
aliciente para mis compañeros de piso. ("¡Mira,
somos
papanueles!")
Extracto de mi Chatterbox o miniblog dentro
del blog Vanity Fea:
JoseAngel: Para celebrar a mi manera la nueva ley del
canon
digital, me he comprado unos CDs (legales), cinco de Emmylou Harris y
uno de Marlango. Por el puro gusto de subvencionar a quien me
dé
la gana.
21 dic 07, 18:59
JoseAngel: Creo que me voy a pasar a dar las clases en
español,
como dice el Rectorado que hacemos, a ver si así me explico
más.
21 dic 07, 18:58
JoseAngel: Buenas medias en educado, cumplidor, etc. etc. - pero en lo
referido a si mis clases son útiles, interesantes o
explicativas, saco por debajo de la media de mi centro y departamento.
21 dic 07, 18:57
JoseAngel: Recibimos las encuestas de evaluación. Nada de
tirar
cohetes. Aunque me aprueban sobradamente, nada de tirar cohetes.
21 dic 07, 12:34
JoseAngel: Le ha llegado al abuelo por fin su tarjeta sanitaria.
19 dic 07, 17:59
JoseAngel: Hale, me voy a dar la última clase del
año.
17 dic 07, 12:31
JoseAngel: Eusko Alkartasuna, o sea, el gobierno vasco, ovaciona a
Pernando Barrena. ¿Hace falta más claridad? El
terrorismo
tiene apoyo popular e institucional. El éxito es rotundo.
Como se ve es también un monólogo,
dentro de un monólogo. ¡Vivan las redes sociales!
PS: Otra de redes sociales. Estaba en esto y entra Pibo a las once en
pijama:
- Papá, te has olvidado de venir a darnos besito. Estabas
con el ordenador: lo sabía.
- Huy sí. Es que se me ha ido el santo al cielo con el
ordenador. Pero Ivo, que son las once.
- Habías dicho un minuto. Yo me quedaría
despierto media noche hasta que vengas.
- Cómo eres, Pibo. Gracias por avisarme, bonito.
- Papá, me parece que tú sin el ordenador no eres
nadie.
- Jaja, y cómo lo sabes. Oye, Otas, ¿y
tú qué me dices, bonín?
- Que
estabas con el ordenador: lo sabía. Que sin un minuto de ordenador
te morías.
Hoy dos cantantes francesas. A Mireille Mathieu recuerdo
haberla oído toda
la vida, pero la primera vez que la ví cantar era en
Francia, a principios de los setenta, viendo la tele en casa de los
abuelos. Esta canción "On ne vit pas sans se dire adieu" es
de 1975.
La historia, "ton service", etc... pasaría diez
años más tarde.
La segunda cantante, Gribouille, se suicidó muy joven,
pronto
hará cuarenta años. De ella no oí nada
hasta esta
canción, "Mathias" hace unos diez
años, pero es de esas voces que te dan la
sensación de que estaban en algún lugar de tu
persona, esperando el momento de manifestarse. Últimamente
comienza a manifestarse por YouTube, ce
lieu hanté par les
fantômes du passé.
Me releía (releía digo) hoy un
interesante artículo de Richard van Oort sobre "The
Cognitive and Anthropological Origins of Narrative" (2001),
que retoma ideas de Terrence Deacon y de Mark Turner (nota 1) sobre el
origen y naturaleza cognitiva de la narración.
Turner basa la narración en maniobras cognoscitivas
más
básicas: reconocimiento de secuencias de acontecimientos,
intencionalidad de acciones, identificación de procesos,
"pequeñas narraciones" que son también parte de
la base
cognitiva de otras especies distintas a la humana. Pero para van Oort
no
queda explicada con eso la especificidad humana de la
narración.
Deacon proporciona una clave asociando (como Ricoeur había
hecho, siguiendo otra
línea de indagación) narración y
metáfora, o más bien, la
capacidad simbólica de la narración para asociar
unos
sentidos con otros, con las fusiones y desplazamientos conceptuales que
caracterizan al
pensamiento simbólico.
Establece Deacon una jerarquía entre los tres tipos de
signos
distinguidos por Peirce (iconos, indicios y símbolos), una
jerarquía que podemos calificar de emergente, pues la
generación de los signos más elaborados (los
símbolos) descansa sobre los procesos mentales necesarios
para
esas actividades semióticas más
básicas que son la
identificación de iconos y de indicios.
Los gritos de los primates, por ejemplo, son indiciales: aunque pueden
ser distintos para referirse a distintos depredadores, no son lenguaje
porque van estrechamente ligados espacial o temporalmente a la
presencia de su referente. No los emplean los monos para hablar de
depredadores cuando los depredadores no están
allí.
El símbolo es un signo más elaborado, que tiene
según Deacon una doble referencia—doble, un
fernómeno emergente podríamos llamarlo, que
descansa
sobre una referencia simple más elemental. El
símbolo se
refiere tanto a su objeto como a otros símbolos—un
poquito
a la manera de lo que Jakobson llamaría función
poética. Es esta poiesis la que desvincula al
símbolo de
su asociación directa con un estímulo, y permite
la
referencia a entes imaginarios, no presentes, significados. La
capacidad de ficción (o la capacidad de mentir, que
diría
Umberto Eco) es por tanto crucial en la disociación de signo
y
estímulo que requiere la aparición de la
inteligencia
humana.
Esta disociación querría relacionarla yo con la
idea de
"reproyección" a la que aludía en mis comentarios
a la
teoría del origen del lenguaje de Arbib (nota 2).
La emergencia del símbolo ha de asociarse al desarrollo de
procesamientos
cognitivos reflexivos, que generan imágenes
autónomas que regulan la comunicación entre
distintas
funciones cerebrales. A su vez, estas imágenes pueden estar
asociadas a los procesos comunicativos interactivos, por ejemplo los
que surgen de la acción de las neuronas espejo. El
procesamiento
simbólico debería entenderse como un
fenómeno que
surge tanto de la autocomunicación del sujeto (o de partes
de su
cerebro o procesos cerebrales unos con otros—de la necesidad
de
asociar la boca con la mano, por ejemplo) como de la
comunicación entre sujetos. La comunicación
interna y la
externa no están aisladas, sino estrechamente involucaradas
una
con otra.; se retroalimentan, y es por eso que la complejidad de la
elaboración de símbolos comunicativos
"públicos"
se traduce en una mayor complejidad de los procesos mentales del sujeto.
Las estrategias desarrolladas para crear y sustentar
símbolos
autónomos (no indiciales, sino que reposan sobre estructuras
simbólicas previas) sirven a su vez para crear sentidos y
modalidades de procesamiento más complejas. Tal es el
funcionamiento, por ejemplo, de la intertextualidad en la literatura
evolucionada. Y estas estructuras simbólicas permiten el
desarrollo no sólo de procesos mentales más
complejos,
sino también de acciones simbólicas colectivas
más
elaboradas. El desarrollo posible de una literatura en Second Life,
pongamos—como ejemplo quizá extremo de
desplazamiento
simbólico.
Y las narraciones, y las técnicas narrativas asociadas al
desarrollo de sus tradiciones, son una de las maneras más
elaboradas de crear espacios simbólicos para unificarlos,
desplazarlos, o manipularlos. Una teoría de la narratividad
emergente, por tanto, continúa y complementa la
teoría del simbolismo emergente.
———
Nota
1) Terrence Deacon, The
Symbolic Species: The
Co-Evolution of Language and the Brain (New York: Norton,
1997);Mark
Turner, The Literary
Mind (Oxford: Oxford UP, 1996).
Estudia
el fenómeno de la fluidez ortográfica en los
SMSs, chats y correos
electrónicos que tanto irrita a los puristas, y lo presenta
como la
potenciación del fenómeno de la
"ortografía vernácula" o popular que ya
existía antes, y que adquiere un nuevo nicho de
expansión en los medios
electrónicos. Es inadecuado intentar reducir estos a un
normativismo
propio de la era de la imprenta: pues a la era de la imprenta pertenece
la obsesión con la higiene verbal (frase de Deborah Cameron)
de la
lengua estándar, y del normativismo ortográfico.
En una era
electrónica en la que la escritura tiene otros instrumentos
y otras
funciones sociales, los nuevos principios
ortográficos—y no sólo
ortográficos, sino gramaticales,
normalingüísticos— siguen cumpliendo
funciones de adecuación sociolingüística
al contexto, a la relación
comunicativa entre hablantes, a la economía expresiva, y a
la función
poética. Y tampoco hay un caos, sino una "paleta
ortográfica"
(gramatical, etc.) de opciones seleccionables. De hecho se vuelve mucho
más flexible y rica la expresividad de la lengua, al
extenderse el
margen de creatividad y abrirse más espacio a la
innovación y a formas
desestandarizadas y expresivas de la personalidad, circunstancias o
gustos del hablante/escribiente.
En el caso concreto de la ortografía (traduzco):
En
la era post-imprenta
de escritura
no estrictamente reglamentada
en los contextos informales, las prácticas
ortográficas asociadas con
la era de la imprenta parecen estar dando paso a un sentido
más laxo y
más permeable de lo que se entiende por
ortografía. La ortografía se
está convirtiendo en un despliegue de elecciones tomadas
sobre una gama
de opciones que incluyen la forma inglesa estándar entre
otras. Es un
asunto de adecuación e identidad más que una
cuestión de rectitud y
uniformidad. Se trata de un desplazamiento a un modelo de la
ortografía
como herramienta semiótica adaptada y flexionada por los
usuarios para
re/hacer sus sentidos y posiciones identitarias. Es un modelo
análogo a
la definición que da Street de la "alfabetización
ideológica",
en la que las opciones literarias pueden entenderse
únicamente en
términos de sus funciones sociales y contexto. (no como una
reglamentación autónoma,
reglamentación por la reglamentación misma).
(Street, 1993). (Shortis 17).
(Creo que se refiere Shortis a Cross-Cultural
Approaches to Literacy, de Brian V. Street - Cambridge
Studies in Oral and Literate Culture, Cambridge UP, 1993. El de Deborah
Cameron, por cierto, es Verbal
Hygiene, Londres: Routledge, 1995).
Antes,
observa Shortis, esta ortografía des-reglamentada se
encontraba en los
principiantes o personas con poca educación, en la
creatividad
publicitaria o de la cultura popular, etc. Ahora tienen mucho
más
potencial comunicativo gracias a la ubicuidad de teléfonos
móviles y
ordenadores. Los principios de transformación
ortográfica son los
mismos, únicamente se aplican con mayor o menor intensidad
según un
género electrónico u otro (más en los
SMSs que en el e-mail, etc.).
Así
pues, concluye Shortis que "es posible sostener que la
tecnología
informática y de comunicaciones distorsiona y reconfigura
las
corrientes culturales que alimentan las opciones
ortográficas, y hacen
así de la ortografía una cuestión
menos sometida a expectativas
prescriptivistas" (18).
Es un excelente análisis, y naturalmente
se puede llevar más allá de la
ortografía, que no es sino la superficie
más visible del normativismo. Todo normativismo
lingüistico—la
gramática, la sintaxis, la estilística—
está sufriendo la conmoción de
lo nuevo, se ha visto transportado repentinamente a la era de la
producción masiva de texto electrónico, y de
texto en red. Los SMSs
suelen ser privados, de persona a persona, pero son una experiencia
ubicua y de proporciones colosales. En cuanto a la escritura
pública,
también se ha visto súbitamente transformada con
la irrupción de los
foros primero y de los blogs después. La academia y el
sistema
educativo, y las autoridades culturales, aún
están todos noqueados por
el impacto, y aún no integran satisfactoriamente estas
prácticas en su
teoría lingüística.
Con el prescriptivismo, aún no se sabe qué
hacer en concreto, aunque siempre será bueno seguir el
consejo de
clásicos como Pope, que aconseja un elegir con cuidado el
tipo de
lenguaje para cada asunto y contexto:
For diff'rent styles
with diff'rent subjects sort As several garbs with
country, town, and court.
Elegir con cuidado y elegir juiciosamente—que luego los
demás enjuiciarán el juicio, y la
oortografía de
cada cual.
Más Dryden y más Purcell. (Aunque a
quién le importa el pobre Dryden en este siglo...).
Esta canción, "Music for a While", es de una
escena en la
que se invoca a un espíritu para que haga su
aparición,
en el Oedipus de
Dryden
y Nathaniel Lee, y
la
cantó memorablemente Alfred Deller:
Hubo una anécdota (sangrienta)
durante la representación original de esta obra.
Según
Margaret Campbell (Henry
Purcell, Glory of His Age,p.
196) "como si la obra misma no fuese bastante horripilante, parece que
el público también contempló una
muerte inesperada y accidental en el
escenario". Lo cuenta Narcissus Luttrell en A Brief Historical Relation of
State Affairs
(Vol. 2, p. 593, traduzco): "Estando Sandford y Powell interpretando
sus papeles, confundió el primero una daga afilada con una
de
las que la hoja se desliza dentro del mango, y le metió al
otro
una
puñalada de tres pulgadas de hondo".
Es un caso llamativo de esas interferencias
entre vida y
teatro, donde se juntan dos planos de realidad
inesperadamente—el
plano teatral se esfuma como el humo ante la irrupción de lo
real, pero esa realidad se ve también atacada en su esencia,
penetrada del dramatismo y evanescencia de su contrapartida teatral.
Para Powell, desde luego, parece que terminaron a un tiempo el teatro
de la escena y el de las bambalinas, y una función no
debió parecer menos arbitraria que la otra.
Hace poco releía The
Spanish Tragedy, de Thomas Kyd,
releía
he dicho. Es una obra que incorpora en su argumento una
fusión
semejante de planos de realidad. ¿Se inspiraría
Kyd en
alguna experiencia, propia o ajena, de transición
súbita
entre la escena y la vida? No necesariamente tan violenta como la
escena que crea Kyd, o como el apuñalamiento del actor
Powell.
La dimensión dramatúrgica de la vida es
especialmente
visible para un dramaturgo, y situaciones como los ensayos, o la
periferia de las representaciones, proporcionan abundantes ejemplos de
rupturas de marcos, de fenómenos situados en un espacio
indeterminado entre la realidad y la ficción (esos besos de
mentira, pongamos) o de transiciones imposibles entre dimensiones
paralelas, entre los mundos imaginarios y la carne sólida.
The Spanish Tragedy es
la
historia de una venganza, y la venganza se lleva a cabo durante la
representación de una obra dentro de la obra. Las
víctimas de la venganza son quienes interpretan esa obra, en
la
que deben morir: el vengador Hieronimo, un aristócrata, se
finge
loco para llevar a cabo su venganza contra Balthazar y Lorenzo, los
asesinos de su hijo Horatio. Los ha convencido (un tanto
implausiblemente) para que actúen en una obra que se va a
representar en la corte ante los reyes. En la obra actúa
también Bellimperia, novia de Horatio, que había
sido
violada por uno de los asesinos. Hieronimo les asigna unos papeles en
la tragedia de Solimán y Perseda—en la que
Solimán
hace matar al novio de Perseda, Erasto, y es a su vez
apuñalado
por ésta, que luego se suicida. A los asesinos a quienes van
a
castigar se les asignan los papeles de Solimán y del novio
de
Perseda; el propio Hieronimo hace de sicario para vengar a su hijo, y
Bellimperia apuñala a su violador que intepretaba el papel
de
Solimán:
Hieronimo (como sicario)—Erasto,
Solimán te
saluda,
Y te hace saber por mí la voluntad de su alta majestad
que es, que debes ser así
tratado. [Lo
apuñala]
Bellimperia (como Perseda)—
¡Ay de mí! ¡Erasto! Mira,
Solimán, han matado a Erasto! Balthazar
(como
Solimán)—Pero
está vivo Balthazar para consolarte.
Hermosa reina de la belleza, no muera tu favor,
Sino contempla su dolor con ojo clemente
Dolor que aumenta con la belleza de Perseda,
Si por Perseda su dolor no es liberado. Bellimperia
(como Perseda)—Tirano,
desiste de solicitar vanas demandas
Despiadados son mis oídos a tus lamentos,
Como es de vil y cruel tu carnicero,
Que ha hecho presa en mi Erasto, caballero inocente,
Pero con tu poder tú piensas que puedes ordenar,
Y a tu poder Perseda obedece:
Pero si pudiera, así vengaría
Tus traiciones en tu persona, príncipe innoble: [Lo
apuñala] Y sobre sí
misma se vengaría de esta manera. [Se
apuñala a sí misma] Rey—
Bien dicho! —Viejo mariscal, ha
estado muy bien.
Hieronimo— ¡Pero Bellimperia
interpreta bien a Perseda!
Virrey— Si esto fuera en serio, Bellimperia,
tratarías mejor a mi hijo.
Rey— ¿Pero ahora qué sigue
para
Hieronimo?
Hierónimo— Pues esto sigue para
Hieronimo:
Aquí interrumpimos nuestros variados idiomas
Y así concluyo en nuestra lengua vulgar.
Quizá penséis—pero de nada sirven
vuestros pensamientos—
Que esto está fingido de modo extraordinario,
Y que hacemos como todos los trágicos:
Morir hoy (imitando en nuestra escena)
La muerte de Ayax, o de algún noble romano,
Y un minuto más tarde levantarnos,
Revivir para complacer al público de mañana.
No, príncipes: sabed que soy Hieronimo,
Padre desesperado de un hijo desdichado,
Con la lengua afinada para contar su último relato,
No para excusar los fallos de la obra.
Obsérvese que aun dentro de la obra dentro de la obra hay un
nivel más de ficción, pues Bellimperia/Perseda
dice que mataría a Solimán así "si
pudiera" (y lo hace)—con lo cual la misma obra dentro de la
obra vuelve a reflejar la ruptura de marcos que se produce en The Spanish Tragedy—un
efecto buscado sin duda por el autor Hieronimo.
Hieronimo es sin embargo también uno de los sorprendidos por
el
final, pues en la versión de la tragedia que
escribió
había cambiado ex profeso la historia para que Bellimperia
no muriera (como si a estas alturas la mezcla de realidad y
ficción fuese inevitable y la actriz fuese a morir
inevitablemente con el personaje—) pero sin embargo
Bellimperia improvisa
y decide incluirse en la obra y morir de este modo tan teatral. No
tenemos noticia, sin embargo, de ninguna actriz que se haya suicidado
interpretando el papel de Bellimperia.
Termina la obra con el suicidio del propio Hieronimo:
Autor y actor en esta tragedia,
Con su última fortuna agarrada en el puño,
Y que va a concluir su papel con tanta decisión
Como cualquiera de los actores que antes han pasado.
Y, gentil público, así termino mi drama,
No me apremiéis a más palabras, nada
más tengo por decir.
Y como para subrayarlo, se arranca la lengua de un mordisco
y la escupe. Este Kyd era tremendo.
La escena de la obra dentro de la obra (La muerte de Gonzago o
La ratonera)
en
Hamletes
heredera directa de esta obra de Kyd:
Pero más ambicioso es Shakespeare cuando la
ruptura de marcos y la precariedad ontológica no quedan
restringidas al interior de la obra, y contenidas con la
última barrera de seguridad (es decir, el sentido que el
público tiene de la diferencia entre su propia
sustancialidad y la convencionalidad del teatro). Cuando todo el mundo
queda proclamado teatro, según rezaba el lema del teatro del
Globo ("Todos
actuamos como un actor"), o cuando la evanescencia de la
ilusión dramática parece desbordar del escenario
como humo escénico, y extenderse entre el
público, y desparramarse por el mundo.
Habría que recordar aquí que un
cañonazo de mentira incendió de verdad el teatro
del Globo en 1613, a modo de despedida alegórica de la
carrera de Shakespeare en una de sus últimas obras, Enrique VIII, o Todo es Verdad.
Otra despedida metadramática
célebre, en otra obra tardía,
es la que se da en La Tempestad. Allí
la magia de Próspero ha actuado a modo del ilusionismo del
dramaturgo, creando ficciones a partir de la nada, visiones y
tempestades imaginarias, o incluso (de nuevo) montando una obra dentro
de la
obra, esta vez una mascarada interpretada por espíritus
incorpóreos. La representación de la mascarada es
interrumpida bruscamente por Próspero, para sorpresa de su
mínimo público, la pareja que forman Ferdinand y
Miranda.
A quienes así les explica Próspero:
Terminó nuestro espectáculo. Estos actores
nuestros,
Como os había avisado de antemano, eran todos
espíritus, y
Se han disuelto en aire, en aire tenue,
Y, como la trama insustancial de esta visión,
Las torres que se alzan a las nubes, los palacios magníficos,
Los templos solemnes, el gran orbe mismo,
Sí, y todos los que lo han de heredar, se
disolverán
Y, esfumados como este show inmaterial,
No dejarán ni rastro de sí. Del mismo material
somos
Del que están hechos los sueños, y nuestra vida
pequeña
Empieza como acaba, durmiendo.
—Una fusión reflexiva de los niveles de realidad
que hace temblar la sustancia no sólo de Miranda y
Ferdinand, sino también de los espectadores reales y la del
gran teatro del Globo, y el otro orbe, y nos incluye hasta a nosotros,
los que lo hemos heredado ahora que de Shakespeare y sus
contemporáneos no queda ni rastro.
Intacto queda aún, sí, su obra, La
Tempestad, precisamente
por estar hecha de texto, de esa sustancia inmaterial que mejor resiste
el paso
del tiempo, y mejor se reencarna. Pero también ese material
etéreo
desaparecerá, and
leave not a rack behind—que nadie lo dude.
Entretanto, music for a while—
When
I consider every thing that
grows Holds in perfection but
a little moment, That this huge stage
presenteth nought but shows Whereon the stars in
secret influence comment; When I perceive that men
as plants increase, Cheered and cheque'd
even by the self-same sky, Vaunt in their youthful
sap, at height decrease, And wear their brave
state out of memory; Then the conceit of this
inconstant stay Sets you most rich in
youth before my sight, Where wasteful Time
debateth with Decay, To change your day of
youth to sullied night; And all in war with Time
for love of you, As he takes from you, I
engraft you new.
Se ha publicado el
Acuerdo del
Consejo de Universidades con la designación de las
comisiones de acreditación nacional, en el BOE
299 de 14 de
diciembre.
Se han aprobado las
condiciones de
los planes de estudios de los títulos oficiales de
Grado
para el ejercicio de las actividades profesionales reguladas
de
Arquitecto, Arquitecto Técnico, Maestro
en Educación
Infantil, Maestro en Educación Primaria, Médico,
Profesor
de Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato,
Formación Profesional y Enseñanzas de
Idiomas y
Veterinario, en el Consejo de Ministros celebrado el 14 de
diciembre.
En Filología Inglesa, para quien le dé pereza
mirar, se
ha nombrado a Román Álvarez y a
Fernando Galván, para la comisión de
acreditación
para profesores Titulares de Universidad.
Para la comisión de acreditación de
catedráticos, se ha nombrado a Susana Onega.
Visto que en los últimos cuatro años he
presentado no
menos de veinte denuncias, recursos y pleitos contra decisiones
administrativas tomadas por Susana Onega o inspiradas/alentadas por
ella....
... mejor me abstengo de intentar acreditarme en esta
sesión, ¿no?
Narcotizados Artículo (y
comentarios) de Voto en Blanco: "España:
estudiantes narcotizados".
En el doble sentido de la palabra. A veces nos hemos preguntado sobre
el nivel de consumo de drogas, ginebras y narcóticos en
nuestro entorno
laboral, sin llegar a conclusiones claras. Aunque algo narcotizado
sí
que parece el personal, sí. Y poco dado a disentir con
nadie. Y no sólo
los estudiantes, ni mucho menos. Lo que no sé es con
qué se droga la
gente: quizá sea la televisión el
narcótico más potente. O ya me dirán.
Es dudoso que valga la pena ponerse a escribir ninguna
reseña de
una película taquillera, cuando en la Internet Movie
Database ya
te ofrecen una colección entera de reseñas
más
amplia de las que te dan ganas de leerte—aunque siempre es
entretenido cotejarlas, y de hecho también escribir otra. Te
ofrecen además ya toda una página expresa para la
intertextualidad de la película, bueno, lo que llaman las
"movie
connections" (aquí
están las de Just
Like Heaven),
con lo cual el analista no sabe si agradecer el trabajo que se le
evita, o si desesperarse y renunciar al ejercicio del
análisis.
Queda el consuelo de que cada
crítica—supuestamente—nos ofrece un
punto de vista
personal e intransferible. Como por ejemplo el de ver esta
película sobre fallecidos que vuelven a la vida justo
después de tener una pérdida en la familia,
supongo...
aunque en eso no voy a entrar. Las escenas de hospital se ven de otra
manera, apunto.
Ghost es
aquí la
referencia ineludible, siendo ésta una comedia
romántica con aderezos
para viudos y corazones magullados en la que hay una historia de amor
entre una fantasma (Reese Witherspoon) y un hombre joven (Mark Ruffalo)
que lleva luto interno por su esposa, que murió
repentinamente
de un derrame cerebral. Aunque en realidad es una película
más
bien como de Meg Ryan—Kate&
Leopold también viene a la mente, o Sleepless in Seattle.
Bien, pues el fantasma Witherspoon no es de una muerta sino de una
médico que está en coma y con
animación asistida
en el mismo hospital en el que trabajaba. Era una chica que
desconocía el amor y vivía para su carrera. Y
resulta que
el día en que la promocionan, y en que su hermana le iba a
concertar una cita a ciegas...
plas, accidente y punto. Y coma. Está bien llevado el giro
del guión por el
cual descubrimos que esa pareja que estaba predestinada a conocerse se
conocen al fin, pues el psicoanalista/amigo del viudo era quien le
concertaba la cita con la médica a través de su
hermana,
antigua novia suya. Este giro es un ejemplo de tratamiento del
argumento que ayuda a crear trabazón y dar una
impresión de inevitabilidad a las casualidades y
fantasías de la película—que
está bien llevada, como digo.
Alquila Ruffalo la casa de Witherspoon, con intención de
llevar una vida de couch
potato, y allí se conocen en
escenas divertidas: ella convencida de que él es un intruso,
y
negándose a creer que ella misma sea un fantasma
amnésico. Hasta que al final no sólo descubren
que se
gustan, sino que descubren el cuerpo aún vivo de ella en el
hospital, y la salvan de ser desconectada por su hermana bien
intencionada y por un médico trepa, rival de la comatosa.
Naturalmente
vuelven a la vida, y aunque vuelve amnésica otra vez, acaba
recuperando la memoria y todo acaba felizmente.
Están muy bien llevadas las escenas de desencuentros, en las
que
cada una de los interlocutores copresentes está en una
situación comunicativa distinta. Por ejemplo, sabemos que
Ruffalo no es un intruso en el piso de la fantasma, pero se nos hacen
ver sus respuestas (sorprendidas ante la situación) a
través
de la percepción aparentemente más racional de
ella, con efectos hilarantes. Esto sucede
también en escenas tipo "fantasma de Banquo" o tipo Ariel
invisible en La
Tempestad
(Shakespeare innovó mucho en estas convenciones
escénicas de realidades superpuestas). En estas escenas,
Ruffalo interactúa a la vez con el
fantasma Witherspoon, a quien es el único en ver, y con
otros
allí presentes que se pasman de sus incoherencias y sus
acciones
extravagantes.
Por cierto que cada vez nos vemos más en situaciones
parecidas,
con la gente que con teléfono móvil (o peor
aún,
sin él, al menos visible) va hablando con un tercero por las
ondas y nos interrumpen la interacción y las reuniones con
presencias fantasmales, y no sabemos si nos hablan a nosotros o a
quién, o si están del bolo o tienen buena
tecnología.
Aparte, la película explota hasta la desvergüenza
las
convenciones de la distorsión retrospectiva: las parejas que
rememoran su encuentro siempre leen en el pasado que les
llevó a
juntarse una
especie de oscuras pistas o ironías del destino—y
una
película
romántica se basa en reforzar ese tipo de lectura
retrospectiva
con un argumento ya diseñado para inspirarla y reforzarla, y
reforzar así nuestras supersticiones y rituales narrativos.
Tampoco se
priva el guionista de hacer un uso indebido de la fantasía
fantasmal para atacar a la eutanasia—entre eso y la
imposibilidad
de hacer el amor con una fantasma (que ni siquiera tiene la ocurrencia
de desnudarse para el chico, a falta de pan) queda una
película bastante
neocón o neopacata. Aquí la paciente en coma
aparente está
bien viva en tanto que alma, o fantasma, movimiento tramposillo donde
los haya, y se nos muestra además al médico
partidario de
la eutanasia como un interesado en quitar de enmedio concurrencia para
favorecer su propia promoción. Y la hermana que
daba su
autorización era bien intencionada, pero estaba equivocada.
En
fin, que toda película de fantasmas parte de este axioma, la
existencia de almas incorpóreas capaces de interactuar y
comunicarse al margen del cuerpo, y de una providencia benevolente que
organiza los encuentros y desencuentros a la manera de un guionista de
Hollywood. No sé si decir que ójala fuera
cierto—pero en todo caso no lo es.
Y resurrecciones, pocas. En
todo caso se suelen dar las emocionales—y es ésa
naturalmente la
lectura más favorable de la película, una
alegoría o patrón narrativo
de las ceremonias de superación del luto.
Just Like
Heaven. Dir.
Mark Waters. Written by Peter Tolan and Leslie Dixon. Cast: Reese
Witherspoon and Mark Ruffalo. Dreamworks / Parkes/Macdonald, 2006.
Spanish DVD: Ojalá
fuera cierto. Dreamworks, 2006.
En español: que en el SSRN hay que poner siempre
título y
abstract en inglés, pero luego el artículo puede
estar en
una variedad de idiomas.
Este artículo ofrece un panorama del desarrollo de la
consciencia humana como producto de la internalización de la
interacción comunicativa—desde los reflejos
manipulativos
de los primates hasta desarrollos culturales avanzados, como el teatro
de Shakespeare, la Interné (también
internalizada), o los gestos que hacemos cuando tenemos
que pisar un suelo fregado.
Como siempre muerdo más de lo que puedo masticar, pero
ahí queda el intento. Por cierto, compruebo que ya llevo
más de 50 descargas de artículos en el SSRN.
Ahí
se distinguen visitas al abstract de descargas de tu peipa. Lecturas
efectivas de los artículos, seguro que son muchas menos,
sobre
todo porque muchos usuarios anglófonos no habrán
procesado eso de que el artículo esté en
español.
Y lecturas con comprensión e interacción
todavía
menos, supongo.
Nada, que hay sobreabundancia de medios y escasez de tiempo que
dedicarle a tanta oferta enredada. Si al final resultará que
con
tanto medio de por medio aún tendremos que ir a los
congresos
especializados, arrastrando nuestro cuerpo in the flesh por la
superficie rugosa del planeta, para tener una audiencia de diez o doce
personas que nos oferten igualmente su tiempo real y no virtual...
Y los que no somos especializados, sino tendentes a la combinatoria
itinerante, pues ni congresos especializados tenemos. Nos quedaremos en
el blog, medio ambiente natural de las asociaciones de ideas, e
interactuaremos con nuestras propias sinapsis y con visitantes
selectos,
o con personas de Porlock que nos interrumpan el stream of
consciousness.
He encontrado esto en la cámara. Visto que yo no he sido,
que
Beatriz sale en la película y que Álvaro
mira a una
persona muy bajita, me inclino a pensar que el cámara es
Otas.
Primer thriller ambientado en la Facultad de
Filosofía y Letras de Zaragoza... que yo sepa, claro,
quién sabe lo que nos depararían los archivos de
la Historia. Vía Ireth
(que también está entre las víctimas).
También alguna alumna mía ha pasado el casting.
Aclaración: el profesor que no estaba a las horas de
tutorías no era yo. Como me saquen les haré un
análisis desconstructivista.
Ingenieros y filólogas. Es que filólogos hay
pocos.
Hoy me terminaba de leer la novela de Doris Lessing El quinto hijo, y
también me leía su discurso del premio Nobel, "On
not winning the Nobel Prize".
Sobre la sobreabundancia de medios (culturales y demás) en
Occidente, y qué poco los agradecemos, comparados con la
miseria
de África, a la que personifica como una joven madre
mísera pero llena de aspiraciones, y sedienta de
conocimiento. Y
de agua.
"We are a jaded lot, we
in our world
– our threatened world. We are good for irony and even
cynicism.
Some words and ideas we hardly use, so worn out have they become. But
we may want to restore some words that have lost their potency."
Ojala fuera esa muchacha de la fábula de Lessing la
encarnación de África. Aún
iríamos bien. Me
sospecho que en realidad aún vamos peor, y que la sed es
mayormente de agua, sin más. Aunque no lo sé, no
he
estado en Africa, y espero no ir nunca. Creo que más bien
vendrá África aquí—al menos
la que
más aspiraciones tenga.
Pues hoy sin muchas ganas de escribir. La muerte funde un tanto los
plomos cuando da cerca con el rayo desintegrador. A cambio hablamos
bastante con la familia, que se materializa súbitamente o
telefonea como posesa. También son ocasiones para que uno
oiga
cosas que no creía oír—la realidad
siempre
desfamiliarizándose, como diría Shklovski. Pero
hay que mantener el cráneo entrenado y
acostumbrarse a ella continuamente: las cosas nunca son como
pensábamos que iban a ser. Y eso que el abuelo
tenía bien
planificado su funeral.
De la película El Quinto
Elemento.
La voz es, mayormente, la de Inva Mula:
El error sería creer que es una soprano del futuro la que
vemos.
Es, naturalmente, del pasado. A veces el futuro llega, y pasa, antes de
lo que
esperamos.
—Papá. No tengo wii. Y todos los
demás
sí. Soy el único niño de mi clase que
no tiene
wii. Y me insultan porque no tengo, me dicen que no tengo de nada.
—Ni pecé. Todos los demás tienen
pecé, y se pueden bajar juegos.
—Nadie quiere un mac. Me dicen que por qué tengo
un mac,
está tan atrasado tener un mac. Y géimboy.
Tampoco tengo.
—Tampoco tenemos, Oscar.
—Y todos me insultan, me dicen que los macs no sirven.
Además los demás son todos unos suertudos, se
pueden
quedar al comedor todos los días, y nosotros nunca.
—Nunca nunca nos quedamos. Y además en el comedor
del cole dan macarrones casi todos los días.
—Y tenemos que ir a casa, no podermos quedarnos dos horas en
el
patio como hacen los demás. Queremos jugar con los de mi
clase.
—No es justo. Y en casa tenemos que estudiar
francés. No nos dejas casi ver la tele.
—Y se me cansa la mano de llevar estos tebeos de Rahan.
Francia y España colaboran desde hace
años—se supone—en la lucha
antiterrorista.
Constantemente estamos en la fase de lanzar declaraciones
enérgicas que se felicitan de haber dejado atrás
las
ambigüedades y las dudas del pasado, y haber entrado en una
nueva
fase de colaboración sin trabas.
Y sin embargo, ni los dos guardias civiles que fueron asesinados en
Francia hace una semana, ni los demás agentes
españoles allí, antes y
despúes, van armados. Los envían a luchar contra
los
terroristas, y no les dejan ni llevar pistola.
Para esto tanta reunión en la cumbre, tanta
declaración
presidencial
con atriles y banderas, tantos acuerdos bilaterales, tanta
comisión conjunta, tantos
protocolos de actuación cuidadosamente diseñados,
tras
largas conversaciones y negociaciones, por expertos. Expertos
expertísimos en lucha antiterrorista. Expertos incapaces de
hacer que los policías vayan armados.
Sinvergüenzas. Cuentistas. Falsarios.
¿Y aún quieren que nos manifestemos contra la Eta
a
invitación del gobierno? Hay que manifestarse contra esta
pandilla de ineptos, y echarlos de sus cargos cuanto antes. Empezando
por el infame ministro, y por el presidente.
El ensayo de Victor Hugo WilliamShakespeare
(1864) no va tanto sobre Shakespeare como sobre el fenómeno
de
los hombres geniales, los grandes escritores como motores de la
historia (un tanto al modo de los Héroes
de Carlyle). Es también un libro sobre la herencia de la
Revolución francesa; cada gran escritor aparece
allí como
un revolucionario pugnando por arrancar a la humanidad del oscurantismo
y la sumisión a un pasado abyecto. Es también, a
ese
nivel, una apologia pro
vita sua,
una vindicación de la clamorosa oposición de
Victor Hugo
el exiliado frente a Napoleón III y a quienes lo aceptaban y
apoyaban. Y más allá, es una llamada a la
responsabilidad
de la literatura y de la creatividad con la verdad, el progreso y la
sociedad. El escritor debe comprometerse, aunque su forma de compromiso
más profunda es seguir los dictados de su genio, cuando lo
tiene. Eso es lo que más ofende a los críticos
mediocres
y tiralevitas del gobierno (es también un libro sobre la
crítica buena y mala) —y eso es lo que ayuda a
minar el
poder de los tiranos. Es también un libro sobre la Historia,
y
los historiadores y la manera servil en que tratan a los Grandes
Hombres de los cuales dios nos libre. El genio, los mediocres y los
tiranos. Hablando de Esquilo, de Juvenal, de Dante, de Cervantes o
de Shakespeare, habla del genio.
Aquí hay dos fragmentos sobre los otros—los
mediocres y
los tiranos, grupos que por otra parte se solapan y refuerzan entre
sí.
Sobre los mediocres:
El
espíritu libre que
levanta el vuelo, como un pájaro llamado por la aurora, lo
miran
con desagrado las inteligencias saturadas de ignorancia y los fetos
conservados en alcohol. Quien ve, ofende a los ciegos; quien oye,
indigna a los sordos; quien anda, insulta abominablemente a los que
carecen de piernas. Para los enanos, los abortos, los aztecas, los
mirmidones y los pigmeos, unidos para siempre al raquitismo, el
crecimiento es una apostasía.
Sobre los tiranos:
En tiempo de los
Césares
era muy raro morir en la cama de muerte natural. Pisón es
célebre por la rareza de haber fallecido de enfermedad. El
jardín de Valerio Asiático agrada al emperador y
la cara
de Estatilio desagrada a la emperatriz. Pues sólo por esto
se
cometen crímenes de Estado: se estrangula a Valerio porque
tiene
un jardín y a a Estatilio porque tiene cara
antipática.
Basilio II, emperador de Oriente, hizo quince mil prisioneros
búlgaros: los dividió en grupos de ciento,
haciéndoles saltar los ojos a todos menos a uno, que era el
encargado de conducir a los noventa y nueve ciegos. Envió
después este ejército de ciegos a Bulgaria. La
Historia,
por la pluma de Delandine, juzga de la manera siguiente a Basilio II:
"Amó demasiado la gloria". Pablo de Rusia consigna este
axioma:
"Sólo son poderosos aquellos a quienes el emperador se digna
dirigir la palabra, pero su poder dura lo que la palabra en sus
oídos." Felip II de España, el que
asistía
ferozmente tranquilo a los autos de fe, se espantaba ante la idea de
mudarse de camisa, y estuvo en la cama seis meses sin lavarse y sin
cortarse las uñas, temiendo ser envenenado con las tijeras,
con
el agua de la jofaina, con la camisa que le entregaran o con los
zapatos que se pusiera. Iván, abuelo de Pablo,
mandó
torturar a una mujer antes de hacerla acostar en su cama;
mandó
ahorcar a una recién casada, poniendo de centinela al
infeliz
marido para que nadie se atreviese a cortar la cuerda; mandó
a
un hijo que matase a su padre; inventó el partir a un hombre
en
dos mitades por medio de un cordel; quemó por sí
mismo a
Bariatinsky a fuego lento, y cuando el martirizado daba gritos de
dolor, le aproximaba los tizones con su bastón. Pedro, en
punto
a grandezas, aspiró a tener la del verdugo y
ejercitóse
en cortar cabezas. Al principio cortaba cinco cada día, pero
gracias a su aplicación llegó a cortar
veinticinco
diarias. Reveló gran talento el zar que arrancó
el pecho
a una mujer de un solo latigazo. ¿Qué son todos
estos
monstruos? Son síntomas, tumores en supuración de
un
cuerpo enfermo. No son ellos los responsables, como tampoco es
responsable el total de la adición de los sumandos. Basilio,
Iván, Felipe, Pablo, etcétera, son el producto de
la
inmensa estupidez que los rodea. Cuando un ciego como el clero griego
profesa, por ejemplo, la siguiente máxima:
"¿Cómo
hemos de ser jueces de aquellos que son nuestros amos?", es
perfectamente natural que el zar y el mismo Iván hagan coser
a
un arzobispo dentro de una piel de oso para que se lo coman los perros.
El zar se divierte con eso y es justo que lo haga. En tiempo de
Nerón, el hermano de un asesinado iba al templo a dar
gracias a
los dioses. En tiempo de Iván, un boyardo empalado
empleó
su agonía, que duró veinticuatro horas, diciendo:
"¡Dios mío, protege al zar!" Un día, la
princesa
Sanguzko se acerca y se arrodilla ante el zar, bañada en
llanto,
y le presenta un memorial suplicando la gracia y el perdón
del
horrible destierro a Siberia de su marido. Sanguzko (polonés
culpable de amar a Polonia). Nicolás escucha en silencio la
súplica, toma el memorial de sus manos y escribe debajo:
"Que
vaya a pie." Después de esta escena, Nicolás sale
a la
calle y la multitud se agolpa para besarle humildemente las botas.
¿Qué significa esto? Que Nicolás es un
demente y
la multitud una bestia. Del khan proviene el knes, y del knez el tzar, y del tzar,
el zar. Serie de fenómenos, mas no filiación de
hombres.
¿No es acaso lógico que Iván suceda a
Pedro, a
Pedro Nicolás y a Nicolás Alejandro? Si obran
así,
es por el consentimiento unánime, es porque los
mártires
se pliegan al martirio. "El zar medio podrido y medio helado", como
dice Madame Staël, hace lo que le toleran. Que un pueblo,
siendo
una fuerza, se preste a sufrir esas monstruosidades, equivale a tener
complicidad en ellas. La presencia pasiva ante el crimen estimula y
alienta al que lo comete.
Pero siempre
precede la corrupción a la perpetración de los
crímenes. La fermentación pútrida de
toda clase de
bajezas engendra a los opresores.
El lobo es
producto de las selva. Es el fruto feroz de la soledad sin defensa.
Reunid y agrupad el silencio, la oscuridad, la victoria
fácil,
la infatuación monstruosa, la víctima ofrecida
por todas
partes, la muerte en seguridad, la connivencia de quienes
estén
alrededor, la debilidad, el desarme, el abandono y el aislamiento. Del
punto de intersección de estas cosas sale el animal feroz.
Claro que... esto son
cosas del siglo diecinueve, ¿no? Libros viejos. Ahora no hay
ni tiranos, ni mediocres. Y Victor Hugos, siempre ha habido menos que
pocos.
Vaya, ahora recuerdo que hace un año exactamente estaba de
visita en su casa, en la plaza de los Vosgos. Aparte de montar
revoluciones y escribir panfletos incendiarios y novelas geniales, era
decorador y diseñaba muebles. Bonitos.
A veces desesperaba menos de la multitud, Victor Hugo. Como sugiere
esta canción de esperanza en el futuro, que buena falta nos
hace—"Do You Hear the People Sing?", del musical de Les Misérables:
Yet more Atlantic
narratologizing, courtesy of the Internet:
Dear Rui Dias,
I am attaching a file with my contribution to Theorizing Narrativity.
Thank you for your interest in my work; it is a benefit to have good
readers... above all if they are not too hard on one's limitations!
Anyway, there are as many narrative theories as narratives (almost) and
maybe you will find things both to agree and to disagree with here. By
the way, if you intend to come back to narrative theory, are you
subscribing to the University of Ohio Narrative-L
e-mail distribution list? There are often stimulating discussions on
narrative theory there, if you don't mind having a bit too much mail in
your inbox occasionally.
All best wishes,
JoseAngel
www.garcialanda.net
PS: Maybe you already know, but in case you decide to go on there are
more papers of mine available online, here:
http://www.unizar.es/departamentos/filologia_inglesa/garciala/publicaciones.html
Dear
Prof. Garcia Landa,
Thank you very much
for your most interesting paper, which I have just printed to read this
weekend.
There is something,
however, I
would like to draw your attention to right now. On p. 2, you claim
that «it is significant that Percy Lubbock proposes
'showing' and 'telling' (not 'saying' or 'speaking'). Well, I think
that Genette will have remarked, somewhere in his «Nouveau
discours du récit» (which you refer to in its
English
version), that Lubbock never explicitly used these terms, and I also
have the strong feeling that I never came across them when reading
«The Craft of Fiction» --- one of the masterpieces
of New
Criticism on a par with J. W. Beach's «The Twentieth
Century
Novel». Furthermore, in a footnote to his well-known
article «Point of view in fiction: the development
of a
critical concept», Norman Friedman makes an attempt to trace
back
the origin of the 'showing--telling' distinction and the name he comes
up with is certainly not Lubbock's. Be that is it may, I will have to
check all this back home, since I have none of the material referred to
above as I scribble this note.
If you wish me to
make any further comments upon reading the paper, please just let me
know. Thanks again for sending it to me.
Best wishes, Rui
Dear Rui,
Yes, by all means, if you have any comments to make on the paper I'm
all for it, I quite like to reconsider my views and see complementary
perspectives on these issues. So you're quite welcome, with thanks!
As to the Lubbock concepts, the whole of his Craft of Fiction
is devoted to a discusson of these contrasted ways of conveying a
story, through direct statement or through inference and suggestion.
The precise terms vary, and he uses a great number of alternative
formulations (e.g. stating and dramatizing, etc.). But he does use, of
course, the verbs "show" and "tell", or "showing" vs. "telling", among
others, no matter what Genette may say!
E.g. on page 62 of the 1926 edition (Jonathan Cape, Traveller's
Library) of The
Craft of Fiction:
"I speak of his 'telling' the story, but of course he has no idea of
doing that and no more; the art of fiction does not begin until the
novelist thinks of his story as a matter to be shown, to be so
exhibited that it will tell itself" (italics and inverted commas by
Lubbock).
Anyway, I only referred to Lubbock as perhaps the most clear, definite
and insistent propounder of these views—but of course much
the
same may be found in comments on technique by Henry James, or in
Friedrich Spielhagen, even in Dickens! Stendhal too said much the same,
opposing his showing the story to the reader to other novelists'
telling it. Of course using French terms; but beyond the exact terms,
which may vary, the basic notions are common enough before Lubbock. Of
course, each theorist will add his own perceptions and connexions, to
this issue which has been worrying narratologists' minds perhaps going
back to Aristotle!
Un instant
Estamos en una fase de hospitales, y sábanas y
oxígeno, y
cuartos con ventana pequeña, y esperas, y confusos
monólogos interiores. Como en una novela de Beckett (o como
en la vida
misma, mientras dura, dura).
Et il en est
peut-être
là de son instant où vivre est errer seul vivant
au fond
d'un instant sans bornes, où la lumière ne varie
pas et
où les épaves se ressemblent. Les yeux
à peine
plus bleus qu'un blanc d'œuf fixent l'espace devant eux, qui
serait alors le plein clame éternellement des
abîmes. Mais
de loin en loin ils se referment, avec cette douce
soudaineté
des chairs qui se serrent, souvent sans colère, et se
referment
sur elles-mêmes. Alors on voit les vieilles
paupières,
rouges et fripées, qui semblent avoir du mal à se
rejoindre, car il y en a quatre, deux pour chaque lachryme. Et c'est
peut-être alors qu'il voit le ciel du vieux rêve,
des
croisières et de la terre aussi, et les spasmes des vagues
dont
nulle ne bouge sans que toutes les autres en bougent d'autant, et le
mouvement si différent des hommes par exemple, qui ne sont
pas
attachés les uns aux autres mais libres d'aller et venir,
chacun
à sa guise. Et ils ne s'en font pas faute et vont et
viennent,
dans le fracas de crécelle de leurs déclics de
grands
articulés, chacun de son côté. Et quand
il y en a
un qui meurt, les autres continuent, comme si de rien
n'était. (Samuel Beckett, Malone meurt).
(Et
cependant j'écris sur moi, avec le même crayon,
dans le même cahier, que sur lui).
Aquí estoy en la Casa Grande, la siniestra Casa Grande donde
nos
acercamos todos sólo cuando no queda más remedio.
Estoy
con el abuelo en el cuarto, está solo, no le han puesto
vecino.
El cuarto está casi vacío: está la
cama del
abuelo, una maravilla de la tecnología, y los aparatos y
goteros
que la rodean. Y un par de sillones, y mucho trozo de suelo verde y
paredes blancas y grises, todo vacío. Y un televisor
apagado. Se
oye el ruido de gorgoteo de aparatos llenos de agua haciendo burbujas,
y la respiración trabajosa del abuelo. Cuando aún
podía hablar me preguntaba, - “está muy
bien esta
instalación, pero.. todo esto, habrá que
pagarlo” Y
le decía yo, “Nada, hombre, tranquilo, de eso no
se
preocupe para nada, si ya lo tiene todo pagado, entra en el
seguro”. Ahora ya no sé hasta qué punto
se entera
de algo, cuando me telefonean preguntando por él. Le han
hecho
una radiografía, le toman la tensión, la
temperatura, lo
tienen monitorizado, inyectado, y observado, pero casi más
parece un acopio de información que nada que lo
esté
curando mucho. Hay cosas que no tienen curación, claro.
Aparte,
la digoxina al parecer le hacía tanto daño como
bien, lo
intoxicaba a la vez. No sabemos la cuenta atrás
cómo va.
Segundos, años. Le dan sustos repentinos, al parecer ve
visiones, se altera, pero se calma enseguida. No sé si
está consciente, aunque tiene los ojos abiertos, y te mira,
pero
no está claro lo que ve o lo que piensa. Yo
también lo
monitorizo. Qué le vamos a hacer, si no. Al final no tenemos
nada, sólo aparatos para monitorizarnos. No nos quedamos ni
con
lo puesto. No creo que vuelva a ver a los nietos. Pero quién
sabe. Desde la ventana se ven más habitaciones, donde hay
más gente, la mayoría supongo con mejores
perspectivas
(ven ventanas con peores perspectivas). Y terrazas, estamos altos, y
casas donde vive gente que conozco, entre ellas la mía
supongo,
más a lo lejos, y hasta las torres del Pilar se ven por
encima
de los tejados, y montañas muy lejos, con esas vistas
panorámicas que da Aragón. Hay un helipuerto,
donde veo
aterrizar y despegar a los casos más graves o más
urgentes supongo. Y el cielo nublado y plomizo todo el
día… Vaya, de repente una luz dorada al caer el
sol,
cuando me asomaba a comprobar la exactitud de la
descripción. Y
un azul inexpresivo. Las sábanas: sábanas de
hospital,
impresas: pone al menos una veintena de veces en ellas: salud, salud,
salud… Le ha bajado la tensión al abuelo en la
última medición. No creo, sin embargo, que salga
de
ésta. Continúa el gorgoteo de los goteros; entre
ensueños y delirios se podrían confundir con una
fuente a
la sombra de algún rincón de Galicia, en 1919.
Interesante sitio para oír música, Seeqpod music.
A ver si dura más que Pandora... Desde luego, plantea un
problema
irresoluble más a los controladores de copyrights y a los
teorizadores
de derechos y obligaciones.
Aunque últimamente, más que comprar
música (o
bajármela de Internet, cosa que nunca me ha
atraído
mucho) me dedico a oírla en YouTube. Y calculo de todos
modos
que apenas me dará tiempo de volver a escuchar todos los
discos
que tengo, y que contienen la mejor música de los
siglos—¿para qué buscar
más?
El inglés para fines específicos (English for Specific Purposes)
está de capa caída en la Universidad. Con la
reforma de las titulaciones universitarias para su
adaptación el Espacio Europeo de Educación
Superior,
aquí va a haber que recortar las licenciaturas: lo que
significa
en principio menos horas de docencia que justificar, y menos
posibilidades de plazas docentes, de carne fresca académica
en
algunos departamentos, etc. Y menos sitio en el plan de estudios para
acomodar todo lo que necesita ser acomodado. Hay que minimizar
pérdidas, y se impone recortar michelines.
Es la
lucha por la vida, la hora del Anschluß.
Visto que en las titulaciones de ciencias sociales,
técnicas,
científicas, biomédicas, etc., no hay ni gimnasia
ni
religión en los planes de estudio, toca aplicar el cuchillo
al
inglés. Al "idioma moderno" o "idioma extranjero" que lo
llaman
(y cierto es que también se da el caso de quien estudia
francés o alemán, sí).
Ahora en lugar de 300 créditos de licenciatura, pongamos,
hay
240. Fuera florituras, y fuera el inglés. Como
serán "los
de la casa" los que hagan el plan de estudios, los departamentos
fuertes en las facultades científicas, sociales (y
humanísticas, también), o en las escuelas de
ingenieros,
harán pesar su influencia, y eliminarán lenguas
de sus
planes de estudio para hacer sitio a estadísticas, motores y
sociologías. Naturalmente.
Tomemos un caso: biblioteconomía. Que ni siquiera es
tecnológica o biomédica: es de humanidades, y de
hecho en
mi
centro era una diplomatura, con lo cual en lugar de disminuir
créditos, gana en tamaño con su
transformación en
grado. Pero tate:
en inglés pierde. De 24 créditos que
tenía, y
hasta obligatorios, se va a quedar en la cuarta parte. Y optativos. Y
gracias. En las demás carreras, la transición va
a ser
bastante más espectacular, me temo.
Las consecuencias en nuestro departamento, distribuido en dieciocho
centros, y tan volcado en el inglés para fines
específicos, van a ser bastante espectaculares. Porque no
hay
un lugar claro para profesores que vayan ofertando docencia que
sistemáticamente queda fuera de programa, o es de libre
elección. Aún más estando cubierta la
enseñanza de inglés básico con
el Centro de Lenguas Modernas. La batalla por mantener el ESP en las
carreras como materia con entidad propia me temo que está
perdida antes de empezarla. Así que veremos consecuencias, a
partir de este año en que se
rediseñarán los
planes de estudio. Quizá no inmediatas, pero se
verán,
vaya si se verán. Me lo dice la percepción
extrasensorial.
"La ley
suficientemente compleja es indistinguible de la falta absoluta de ley."
(—de Arthur Bloch, La
Ley de Murphy, 2006).
Me temo que todos vivimos bajo la ley de Murray, puesto que la ley es,
en efecto, suficientemente compleja.
Nuestra situación se parece en algunos aspectos a la de la
Inglaterra isabelina: allí había
muchísimas leyes
muy represivas, pero rara vez se cumplían ni se tomaban en
serio, excepto en cuanto convenía empapelar a alguien. En
aquel
momento, siempre resulta que había estado violando varias
leyes.
Todos fuera de la ley, y es la mejor manera de estar acogotados y de
que nadie chiste contra los poderes fácticos, por si acaso
te
abren un expediente por tener la ropa tendida en la calle.
La complejidad de la ley. El número de leyes, producidas a
chorro por el legislativo. Imposible conocerlas.
Eso sin contar la imposibilidad de predecir cuándo se
aplicará y cuándo no la ley, aun en el caso de
que la
conozcas—un proceso que parece seguir su propia ley
suficientemente compleja, y estar sujeto a la ley de Murray.
Por ejemplo, hoy hemos presentado ante el Rectorado una solicitud de
ejecución: para que el Rectorado aplique resoluciones del
propio
rectorado, resoluciones no recurridas por nadie y por tanto firmes, y
tomadas por repetida vez, pero
nunca ejecutadas. Nada hace pensar que
con esta petición vayan a ser ejecutadas esas resoluciones.
Otro ejemplo: decide el Tribunal Supremo hoy que en los juicios por
procedimiento abreviado (y por abreviar más supongo) no se
podrá abrir juicio oral si no insta a ello la
Fiscalía.
Que las acusaciones particulares ya pueden cantar misa: si el fiscal no
quiere, todos absueltos antes de entrar. Por ejemplo (todos los
ejemplos en los que están pensando son tendenciosos, claro,
que
para eso precisamente se decide este procedimiento): Botín,
Ibarretxe, los servicios secretos que mangoneaban el 11-M...
Las acusaciones particulares ya pueden haber ayudado a instruir la
causa, aportar pruebas, o rabiar: si el fiscal no quiere, no se juzga a
nadie.
—¿Qué se apuestan a que el fiscal no
quiere?
Como cuando en pleno "proceso
de paz"
se retiraban acusaciones contra etarras en el último minuto:
se
iba el fiscal con sus papeles y con la toga enfangada, haciendo su
contribución a estos tiempos que corren y siguiendo
órdenes o guiños de la superioridad.
El fiscal ahora tampoco querrá, súbitamente
desarrollará antojos.
Menos cuando quiera, claro: siguiendo la Ley de Murray y otras leyes no
escritas. Y si un caso ha logrado contra viento y marea elevarse hasta
esas instancias, la actuación errática de la ley,
de un
papirotazo, cuidará de que vuelva al archivo del que para
qué molestarse en salir.
Gran contribucion a la corrupción y enviciamiento del
sistema,
la que ha instaurado hoy el Tribunal Supremo. Muy en su
línea,
por otra parte. Cada vez será más
difícil que las
interferencias del ejecutivo en el poder judicial se corrijan. Con esta
decisión, está lo judicial un poco (un mucho)
más
sometido al poder ejecutivo, a las disciplinas de partido invisibles y
alianzas secretas. Al dedo, sin más: al dedo que ni siquiera
necesita señalar directamente, pues se nota su influencia en
el
aire ambiente: el dedo que es el que siempre más ha mandado,
y
no lleva traza de dejar de hacerlo.
La compleja maquinaria legal, y nuestros últimos garantes,
los homines honesti
al decir de Auguste Dupin, los hombres incorruptibles y expertos
excelsos del Tribunal Constitucional, aseguran la perpetuidad del
sistema más directo, el dedo relevante, el que se abre paso
como
un rayo a través de la maraña de legajos, y
resuelve "sin
que se note", dando su ley a la ley.
PS: Viernes, 7 de diciembre:
COMUNICADO DE PRENSA
DEL FORO ERMUA
EL TRIBUNAL SUPREMO PODRÍA DEBILITAR SEVERAMENTE
EL ESTADO DE DERECHO Y CONSTITUIRSE EN LA MEJOR
DEFENSA DE BATASUNA Y DE IBARRETXE
-
Si se impusiera una doctrina de máximos, impidiendo que la llamada
"acusación popular" permitiera en solitario la apertura del
juicio oral,
estaríamos ante el más grave retroceso del Estado
de Derecho español. -
La doctrina del Tribunal Supremo sería, a nuestro juicio, inconstitucional,
irrazonable y contraria a la doctrina anterior del propio Tribunal Supremo. -
El Foro Ermua hace un llamamiento a los Magistrados del TS para que mediten las
gravísimas consecuencias que su voto podría tener
para la democracia
española y para el sometimiento del poder
político al Estado de Derecho.
Bilbao, 7 de diciembre de 2007. La doctrina sentada por el Tribunal
Supremo
en el llamado caso Botín podría suponer un
inaudito retroceso en el
sometimiento al poder político del Estado de Derecho. Dicha
doctrina vendría
a impedir juzgar a una persona con la petición exclusiva de
la acusación
popular, esto es, cuando la fiscalía no comparta la
acusación. Resta por
saber si la misma va a extenderse tanto a los delitos en los que hay un
perjudicado concreto como a aquéllos en los que la
perjudicada es la
sociedad en su conjunto y ningún ciudadano en particular.
Si, como parece
muy probable, la resolución del Tribunal Supremo lo fuera de
máximos
significaría, en definitiva, que la Fiscalía,
órgano jerárquico cuyo Fiscal
General es nombrado por el Gobierno, decidiría si se juzgan
o no las
conductas delictivas en las que no hubiera un ofendido
concreto por el
delito.
La aplicación y consolidación de esta doctrina de
máximos dejaría en manos
del Fiscal General del Estado la posibilidad de impedir que fueran
juzgados
los delitos de desobediencia a las resoluciones judiciales de Batasuna
o su
entorno, los delitos de enaltecimiento del terrorismo o muchos de los
delitos de terrorismo callejero. A nadie se le escapa que de esta
manera se
allanaría el camino a Rodríguez Zapatero para, en
una segunda fase de la
negociación con ETA, conseguir lo que gracias a la
acusación popular no pudo
lograr de manera completa en la primera parte del diálogo
con la banda:
suspender la aplicación de las leyes en los tribunales,
declarar una tregua
de facto en la persecución en vía penal a la
organización terrorista
Batasuna.
Tampoco serían los jueces los que determinarían
si ha resultado delictiva la
conducta de Arnaldo Otegi o cualesquiera otros miembros de Batasuna o de
Juan José Ibarretxe, Patxi López o Rodolfo Ares.
Sería el Fiscal General del
Estado, insistimos, nombrado por el Gobierno, quien
decidiría si son
juzgados o no por hechos que magistrados independientes consideran
indiciariamente constitutivos de delito. En definitiva, la
aplicación de la
ley penal no estaría en manos de un poder independiente como
el judicial,
sino de un Fiscal dependiente del poder ejecutivo, con el atentado que
ello
supone a la separación de poderes.
Esta doctrina permitiría, además, que fuera el
Fiscal General quien
decidiera que se juzgaran o no conductas constitutivas de delitos
medioambientales, delitos urbanísticos (recalificaciones
ilícitas,
construcciones prohibidas, etc.), falsedades cometidas por funcionarios
públicos, tráfico de influencias o
prevaricaciones donde no se perjudique a
una persona concreta, entre otros muchos delitos.
¿Permitiría un Fiscal
General del Estado nombrado por el Gobierno de turno un juicio sobre un
caso
de corrupción política que pueda perjudicar al
partido que lo ha nombrado?
Por evitar que Juan José Ibarretxe, Patxi López,
los policías implicados en
el caso del ácido bórico o el Sr.
Botín pudieran ser juzgados o por permitir
al Presidente del Gobierno llevar adelante una negociación
en la que se
pueda alcanzar una tregua fáctica en los tribunales frente
al brazo político
de ETA, podríamos estar reduciendo de manera
dramática el control del poder
ejecutivo por el poder judicial.
La gravedad de la situación es todavía mayor si
tenemos en cuenta que esta
doctrina se fundamenta en una interpretación de la Ley que a
nuestro juicio
es claramente inconstitucional, irrazonable y contraria a otra doctrina
anterior del propio Tribunal Supremo.
Sería inconstitucional, en primer lugar, porque
afectaría a la tutela
judicial efectiva, recogida en el artículo 24 de la
Constitución, dado que
no se permitiría a la acusación popular, cuya
legitimación está recogida en
la Constitución (art. 125 C.e.), obtener una
auténtica resolución judicial
en un proceso ante los tribunales. Quien realmente
determinaría la
resolución sería el Ministerio Fiscal y no el
juez o magistrado.
En segundo lugar sería inconstitucional porque
supondría una interpretación
de la ley en el sentido menos favorable al ejercicio de los derechos
constitucionales (tanto al derecho a ejercer la acción
popular, como el
derecho a la tutela judicial efectiva). Es unánime y
numerosísima la
doctrina que exige interpretar siempre la normativa en el sentido
más
favorable al ejercicio de dichos derechos.
En tercer lugar sería inconstitucional porque
supondría dejar vacía de
contenido a la acusación popular recogida en el
artículo 125 de la C.e.
Sería además irracional porque, en primer lugar,
la interpretación referida
se basa en el hecho de que en el artículo 782 y 783 de la
LECrim. no se cita
expresamente a la llamada "acusación popular" como parte
legitimada para
autorizar al juez o magistrado a abrir el juicio oral. Sin embargo, lo
inaudito de esta interpretación es que en ningún
lugar de la Ley de
Enjuiciamiento Criminal se cita en absoluto a la "acusación
popular". Y no
se la cita porque dicha categoría es una creación
jurisprudencial y
doctrinal que no figura en la Ley. Para la Ley, cuando un ciudadano
ejercita
la acción pública penal (art. 101 de la LECrim.)
se convierte en "acusación
particular", no estableciéndose diferencia alguna entre
quien ejercita la
acción penal por haber sido o no ofendido por el delito
(art. 270 de la
LECrim.). Por eso cuando la ley habla del acusador particular, incluye
tanto
al ofendido por el delito como a quien sin serlo ejercita la
acción penal.
Aplicando coherentemente la doctrina del Tribunal Supremo la llamada
"acusación popular" no podría ser condenada a las
costas, ni podría recusar
magistrados, ni tendría que ser incluida en los antecedentes
de la
Sentencia, porque en ninguno de los artículos que regulan
estas cuestiones
(ni en ningún otro) se la cita expresamente,
hablándose en los mismos
únicamente del "acusador particular".
En segundo lugar sería irracional porque, según
ha sido publicado, parece
que la perniciosa doctrina se basaría, asimismo, en que la
mera voluntad de
un ciudadano no ha de ser suficiente para sentar a una persona en el
banquillo. Sin embargo, ese argumento olvida que es el juez de
instrucción
quien decide previamente si existen indicios de delito en la conducta
del
imputado. Resolución que es, a su vez, recurrible ante otra
Sala compuesta
por otros magistrados. Sólo después de ese doble
filtro judicial la llamada
"acusación popular" puede solicitar la apertura del juicio
oral.
Por último, la doctrina del Tribunal Supremo es contraria a
otra anterior
en la que se había concluido que el hecho de que no se
citara a la acusación
popular en el artículo correspondiente no significaba que no
pudiera abrirse
el juicio oral con su sola petición (En la Sentencia
168/2006 de 30 de enero
de 2006 se trató exactamente este mismo asunto, con un
resultado contrario
al que ha alcanzado el Pleno).
La falta de sometimiento del poder político al Estado de
Derecho, la
reducción drástica del control del ejecutivo por
el poder judicial derivada
de una doctrina probablemente contraria a la Constitución,
basada en una
interpretación irrazonable de la norma y opuesta a
pronunciamientos
anteriores del Tribunal Supremo, puede llevar a la democracia
española a una
situación de peligroso deterioro y de irreversible
pérdida de legitimidad.
Por este motivo desde el Foro Ermua hacemos un llamamiento a los
Magistrados
del Tribunal Supremo para que mediten en profundidad el sentido de su
voto y
eviten que se imponga una doctrina de máximos que otorgue el
monopolio de la
acción penal al Ministerio Fiscal, regido, como ya hemos
señalado, por el
principio jerárquico y cuyo Fiscal General del Estado es
nombrado por el
Gobierno. El Tribunal Supremo ha de ser el garante máximo
del Estado de
Derecho y entre sus obligaciones está la defensa de una
interpretación de la
norma favorable a la separación de poderes y al sometimiento
de todos ellos
al Estado de Derecho.
En picado está cayendo el abuelo, justo antes
de cumplir
los 93. Si mis padres hubieran venido la semana pasada, lo
habrían encontrado en su ser, tan normal, con su ritmo lento
el
hombre. Pero hoy, una semana después, no sé si lo
van a
encontrar en absoluto cuando vengan esta tarde. Tras una gripe, se ha
desorientado y ha perdido la noción de dónde
está
y qué es lo que va a hacer. Primero con despistes ligeros,
pero
desde ayer tarde está entrando en un mundo irreconocible. Se
levanta y no sabe dónde va, sale al balcón
creyendo que
es la cocina, y ni siquiera cuando le señalas la calle
comprende
dónde está. Los recuerdos y la
información
básica sobre quién es y dónde
está se le
volatilizan como por ensalmo, y delira: ve cosas por el suelo, charcos,
hormigas; globos flotando por el aire, terneras en el
cuarto—o se
mete en la ducha con una vaga idea de ir a ver a no sabe qué
vecino y se queda allí traspuesto. Y sin embargo anteayer
vinieron a verlo su hija y nietos de Madrid, y los reconoció
a
todos y bien que se alegró de la sorpresa. La cosa va de un
momento a otro: de repente ya no sabe bien en lo que está,
se
pregunta si está viviendo en un colegio, no distingue un
cuarto
de otro ni entiende lo que le preguntas—está en
otra
película (de buen humor, pero en otra dimensión).
Lo peor
es que sin información no funcionamos, no hay manera. Se
levanta
a afeitarse a las seis sin una idea muy clara, no encuentra la luz, y
se ha dado un costalazo. Cierto que aun teniendo información
apenas se tenía en pie esta semana. Posiblemente tenga la
cadera
rota; de momento lo están examinando en el hospital. Me ha
parecido una despedida definitiva cuando se lo llevaba la ambulancia.
Es dudoso que se vuelva a parecer al que era: ése se ha ido
esta
semana sin que nos enterásemos, por evaporación
súbita.
Y otra cosa que da miedo pensar, casi igual de terrible: lo poco que se
enteran los niños de lo que está pasando y de lo
que
significa. Todo realidades alternativas que se cruzan a oscuras,
ignorándose y casi sin tocarse.
Este es un metachiste que le oí hace poco a un
conferenciante, y que es especialmente interesante para el tema del narrating narrating:
Va
un inspector de prisiones haciendo sus inspecciones,
acompañado de un
funcionario carcelero, cuando al pasar por el patio de la
cárcel ve a
un corro de presos ahí sentados, partiéndose de
risa.
- ¡El 88! - dice uno. Y todos: "¡Jua,
jua, juaaa! ¡Muy bueno!"
- ¡El 72! - dice otro. Y los demás
"¡¡¡Jaaajaaa!!!"....
El inspector, extrañado, le pregunta al guardia
qué hacen los presos:
-
Ah, es que estos ya llevan tanto tiempo en la cárcel que se
han contado
unos a otros todos los chistes que saben. Así que los han
numerado, y
ahora sólo se cantan el número y se
ríen.
Entonces el inspector:
- Ya, pero ahora ese preso ha dicho: "¡el 57!" y no se ha
reído nadie. ¿Es que es un chiste malo, o
qué?
- No, qué va; es que ese no sabe contar los chistes; cuando
los cuenta él, pierden toda la gracia.