George Herbert Mead
La filosofía del
presente
(En curso de preparación - n. del t.)
En cualquier acto de conocimiento hay dos puntos de incidencia: la
deducción de lo que ha de ocurrir en la experiencia si la idea que
tenemos es verdadera, y la reconstrucción del mundo que conlleva la
aceptación de la idea. Así, en la teoría de la relatividad, el cálculo
de las posiciones aparentes de las estrellas próximas al borde del sol
eclipsado y la consonancia de los cálculos de la teoría con la
revolución de la órbita de Mercurio son ilustraciones de lo primero. La
teoría de Einstein de un espacio-tiempo curvo o la tesis de Whitehead
acerca de la intersección de sistemas temporales es ilustración de lo
segundo. Dejando de lado errores de observación, las llamadas pruebas
experimentales siguen siendo datos en cualquier teoría alternativa,
mientras que el mundo reconstruido que surge de la teoría nunca es
definitivo por derecho propio. Una nueva teoría reconsturirá éste del
mismo modo que ha reconstruido a su predecesor.
Es interesante observar que esta diferencia en cuanto al valor
definitivo de los datos y de las teorías bajo las cuales se organizan
los datos y a partir de la cuales obtienen nuevos sentidos no se debe a
un grado superior de competencia al llegar a ellos. Cuanto más
competentemente se aíslen y se observen los datos, más probable es que
sigan siendo elementos asegurados en la formulación y en la solución de
problemas posteriores; pero la perfección lógica de una teoría y la
amplitud de su aplicabilidad no tienen relación con la probabilidad de
que sobreviva al enfrentarse a nuevos problemas. Esto queda claro en la
actitud de los físicos de hoy día con respecto a la mecánica
newtoniana. De hecho la perfección misma y la amplitud de una hipótesis
hacen que disminuya su valor de supervivencia frente a problemas
fundamentales. Los científicos se encuentran en posesión de una masa de
datos fiables que continúa creciendo, mientras que la naturaleza misma
de su empresa investigadora requiere una reinterpretación constante del
mundo en el seno del cual tiene lugar esa investigación.
¿Qué efecto tiene esto sobre el realismo del científico, sobre su certeza de que hay un mundo inteligible allí
frente a su investigación? Un fenomenista como Mach encuentra su
realidad en los datos, y está dispuesto, o debería estarlo, a reconocer
nuevas uniformidades entre ellos sin sentir que ha cambiado su campo de
realidad. Puede contemplar las cosas y el mundo hecho de cosas como
meros ordenamientos convenientes y subjetivos de datos que pueden
redistribuirse sin afectar a la única realidad que es competencia de la
ciencia. Pero nuestros científicos costructivos no son fenomenalistas.
Einstein condena el fenomenismo (1), y entre teorizadores como
Eddington, Weyl, Minkowski o Whitehead no encontramos a ningún
fenomenista. Los técnicos como Rutherford, Bohr, Sommerfeld, Planck o
Schroeder pueden formular sus hallazgos únicamente en términos de cosas
y de un mundo de cosas, por muy alejadas que se hallen de la
experiencia perceptual.
Los datos son elementos aislados en un mundo de cosas. Su aislamiento
queda superado en el nuevo mundo de la hipótesis del científico, y es
en éste mundo en el que se encuentra la realidad que él va buscando. No
puede quedarse con los datos sin más en su avance cognitivo. Estos
pertenecen a una fase de la investigación que viene antes de la
obtención del conocimiento. Por inseguro que esté de su logro, el
impulso del científico no queda satisfecho hasta que los datos han
asumido la forma de cosas en algún tipo de todo ordenado. Estas cosas
pueden estar más allá de nuestra experiencia perceptual, y puede que se
ubiquen en una intuición matemática o lógica que pertenezca únicamente
al experto; pero es un mundo hecho de objetos, y no de datos, al que su
hipótesis le da al menos una realidad provisional que no les
correspondería en tanto que meros datos. (i).
Un rasgo adicional de la realidad del científico es su independencia
del observador. Esto lo ejemplifica de modo llamativo, en la teoría de
la relatividad, la geometría del espacio-tiempo. Un absoluto
independiente de todos los marcos de referencia de todos los
observadores era un objetivo inevitable para efectuar una crítica
fundamental de las experiencias espacial y temporal brindadas por el
sentido común. Por muy dispuesto que haya estado el científico a
reconocer la perspectividad de toda percepción, nunca se ha visto
infectado por los escepticismos que de tal reconocimiento han surgido
en las teorías filosóficas. Ha reconocido de manera mucho más apropiada
que el profano los obstáculos insuperables que defienden el mundo
cognoscible de cualquier comprensión total por parte de su ciencia;
pero nunca ha relegado el objeto de su conocimiento a las creaciones de
su propia percepción y pensamiento. Siempre ha dado por supuesta la
existencia de algo independiente de su percepción, y del pensamiento
del que se ocupa su investigación. Es esta independencia la que da
sello de validez a su experimento. Pero esta realidad independiente de
la percepción y del pensamiento del observador no se presenta en los
datos de la ciencia como separada del mundo al que pertenecen esos
datos. Estos datos son experiencias perceptuales, aisladas por el
problema en el que aparecen, y que ocurren en condiciones tan exigentes
que podemos contar con que se repitan no sólo en la experiencia del
científico, sino también, en condiciones similares, en la otros. En
ningún caso se identificaría la realidad independiente con la medición
refinada de puntos en una placa fotográfica, ni con las observaciones
de un astrónomo, en la medida en que éstas contradigan la teoría
vigente. Son estas últimas las que constituyen los datos de la ciencia.
La realidad independiente pertenece o bien al mundo en la medida en que
no se ve afectado por el problema, o a un mundo reestructurado. Las
observaciones son indicaciones de la necesidad de reestructurar y son
pruebas de la legitimidad de una hipótesis mediante la cual se lleve a
cabo esa reestructuración; pero en forma de datos no pueden pertenecer
a un mundo reestructurado. Un mundo tal es un sistema de cosas
inteligibles cuyos significados han eliminado el carácter aislado de
los datos, y quizá hayan llevado su significación más allá del ámbito
de la experiencia perceptual en la que se daban.
Nos vemos devueltos así a la realidad inteligible que es la
presuposición fundamental de la empresa del científico. Ya me he
referido al sentido que tiene la inteligibilidad de la realidad en la
búsqueda de sentido por parte del científico. Se halla en la
posibilidad de deducir, a partir de las condiciones determinantes de
los acontecimientos tal como se dan la experiencia, cuál ha de ser la
naturaleza de dichos acontecimientos. Hay, por tanto, dos
presuposiciones implicadas en esta inteligibilidad: (1) que los
acontecimientos en su transcurrir están determinados, aunque el grado
de su determinación no queda fijado por esta presuposición; y, (2) que
en la medida en que se den las condiciones determinantes, también
estará dada la naturaleza de los acontecimientos subsiguientes. Hay,
sin embargo, una diferencia entre el sentido en que vienen dadas las
condiciones determinantes y el sentido en que vienen dados los
acontecimientos subsiguientes. El primer sentido se refiere a la
dimensión temporal de la experiencia. Peo mientras que hay en todo
transcurrir una determinación—en fraseología abstracta, la permanencia
de relaciones—también está la falta de determinación de lo que ocurre.
Siempre hay una diferencia cualitativa en el transcurrir, además de una
identidad de relaciones que se extiendan a lo largo y ancho del
transcurrir. El "qué" que está ocurriendo viene dado en el aspecto
relacional únicamente. En esto yace la racionalidad de toda la
experiencia, y la fuente del simbolismo. Es aquí también donde
encontramos la distinción fundamental entre las fases objetivas y
subjetivas de la experiencia. La permanencia de relaciones es objetiva.
El "qué" cualitativo anticipado que tendrá lugar es subjetivo. Se ubica
en la mente. Aquí encontramos el segundo sentido en que algo viene
dado—el que se refiere a los acontecimientos posteriores. En la medida
en que las relaciones del transcurrir estén allí en la experiencia
pasan en su identidad a acontecimientos posteriores, pero el "qué" que
ocurrirá sólo está presente simbólicamente. Y el "qué" indeterminado
conlleva siempre la posiblidad de una situación nueva con un nuevo
complejo de relaciones. El carácter dado de los acontecimientos
posteriores es, pues, la extensión de la estructura de relaciones que
se halla en la experiencia, en la que el acontecimiento puede definirse
únicamente en su valor relacional, aunque podamos predecir
imaginativamente con diversos grados de probabilidad cuál será su
carácter cualitativo.
Notas de la
edición original
(1). Cf. Meyerson, "La Déduction Relativiste", págs. 61-62.
Notas del traductor
(i) La actividad del científico aparece aquí
como la de un configurador de estructuras de datos: los datos adquieren
su sentido una vez se articulan en el seno de una teoría o
argumentación. Recordemos el análisis de Paul Ricœur, comentando la Poética de
Aristóteles, sobre el poder de configuración del argumento con respecto
a los meros acontecimientos. La actividad del científico, como la del
poeta aristotélico, es una actividad configuradora, semiótica,
estructuradora—en este sentido, poética.