George Herbert Mead

La filosofía del presente

Traducción (en curso) de
 José Ángel García Landa
(Universidad de Zaragoza)


La filosofía del presente:
Capítulo I: El presente como lugar de ubicación de la realidad
Capítulo II: Emergencia e identidad
Capítulo III: La naturaleza social del presente
Capítulo IV: Las implicaciones del sujeto

Ensayos suplementarios




ENSAYOS SUPLEMENTARIOS


I. El realismo empírico
II. La cosa física
III. Los objetos científicos y la experiencia
IV. La realidad objetiva de las perspectivas
V. La génesis del yo y el control social



(En curso de preparación - n. del t.)

I. El realismo empírico

En cualquier acto de conocimiento hay dos puntos de incidencia: la deducción de lo que ha de ocurrir en la experiencia si la idea que tenemos es verdadera, y la reconstrucción del mundo que conlleva la aceptación de la idea. Así, en la teoría de la relatividad, el cálculo de las posiciones aparentes de las estrellas próximas al borde del sol eclipsado y la consonancia de los cálculos de la teoría con la revolución de la órbita de Mercurio son ilustraciones de lo primero. La teoría de Einstein de un espacio-tiempo curvo o la tesis de Whitehead acerca de la intersección de sistemas temporales es ilustración de lo segundo. Dejando de lado errores de observación, las llamadas pruebas experimentales siguen siendo datos en cualquier teoría alternativa, mientras que el mundo reconstruido que surge de la teoría nunca es definitivo por derecho propio. Una nueva teoría reconsturirá éste del mismo modo que ha reconstruido a su predecesor.

Es interesante observar que esta diferencia en cuanto al valor definitivo de los datos y de las teorías bajo las cuales se organizan los datos y a partir de la cuales obtienen nuevos sentidos no se debe a un grado superior de competencia al llegar a ellos. Cuanto más competentemente se aíslen y se observen los datos, más probable es que sigan siendo elementos asegurados en la formulación y en la solución de problemas posteriores; pero la perfección lógica de una teoría y la amplitud de su aplicabilidad no tienen relación con la probabilidad de que sobreviva al enfrentarse a nuevos problemas. Esto queda claro en la actitud de los físicos de hoy día con respecto a la mecánica newtoniana. De hecho la perfección misma y la amplitud de una hipótesis hacen que disminuya su valor de supervivencia frente a problemas fundamentales. Los científicos se encuentran en posesión de una masa de datos fiables que continúa creciendo, mientras que la naturaleza misma de su empresa investigadora requiere una reinterpretación constante del mundo en el seno del cual tiene lugar esa investigación.

¿Qué efecto tiene esto sobre el realismo del científico, sobre su certeza de que hay un mundo inteligible allí frente a su investigación? Un fenomenista como Mach encuentra su realidad en los datos, y está dispuesto, o debería estarlo, a reconocer nuevas uniformidades entre ellos sin sentir que ha cambiado su campo de realidad. Puede contemplar las cosas y el mundo hecho de cosas como meros ordenamientos convenientes y subjetivos de datos que pueden redistribuirse sin afectar a la única realidad que es competencia de la ciencia. Pero nuestros científicos costructivos no son fenomenalistas. Einstein condena el fenomenismo (1), y entre teorizadores como Eddington, Weyl, Minkowski o Whitehead no encontramos a ningún fenomenista. Los técnicos como Rutherford, Bohr, Sommerfeld, Planck o Schroeder pueden formular sus hallazgos únicamente en términos de cosas y de un mundo de cosas, por muy alejadas que se hallen de la experiencia perceptual.

Los datos son elementos aislados en un mundo de cosas. Su aislamiento queda superado en el nuevo mundo de la hipótesis del científico, y es en éste mundo en el que se encuentra la realidad que él va buscando. No puede quedarse con los datos sin más en su avance cognitivo. Estos pertenecen a una fase de la investigación que viene antes de la obtención del conocimiento. Por inseguro que esté de su logro, el impulso del científico no queda satisfecho hasta que los datos han asumido la forma de cosas en algún tipo de todo ordenado. Estas cosas pueden estar más allá de nuestra experiencia perceptual, y puede que se ubiquen en una intuición matemática o lógica que pertenezca únicamente al experto; pero es un mundo hecho de objetos, y no de datos, al que su hipótesis le da al menos una realidad provisional que no les correspondería en tanto que meros datos. (i).

Un rasgo adicional de la realidad del científico es su independencia del observador. Esto lo ejemplifica de modo llamativo, en la teoría de la relatividad, la geometría del espacio-tiempo. Un absoluto independiente de todos los marcos de referencia de todos los observadores era un objetivo inevitable para efectuar una crítica fundamental de las experiencias espacial y temporal brindadas por el sentido común. Por muy dispuesto que haya estado el científico a reconocer la perspectividad de toda percepción, nunca se ha visto infectado por los escepticismos que de tal reconocimiento han surgido en las teorías filosóficas. Ha reconocido de manera mucho más apropiada que el profano los obstáculos insuperables que defienden el mundo cognoscible de cualquier comprensión total por parte de su ciencia; pero nunca ha relegado el objeto de su conocimiento a las creaciones de su propia percepción y pensamiento. Siempre ha dado por supuesta la existencia de algo independiente de su percepción, y del pensamiento del que se ocupa su investigación. Es esta independencia la que da sello de validez a su experimento. Pero esta realidad independiente de la percepción y del pensamiento del observador no se presenta en los datos de la ciencia como separada del mundo al que pertenecen esos datos. Estos datos son experiencias perceptuales, aisladas por el problema en el que aparecen, y que ocurren en condiciones tan exigentes que podemos contar con que se repitan no sólo en la experiencia del científico, sino también, en condiciones similares, en la otros. En ningún caso se identificaría la realidad independiente con la medición refinada de puntos en una placa fotográfica, ni con las observaciones de un astrónomo, en la medida en que éstas contradigan la teoría vigente. Son estas últimas las que constituyen los datos de la ciencia. La realidad independiente pertenece o bien al mundo en la medida en que no se ve afectado por el problema, o a un mundo reestructurado. Las observaciones son indicaciones de la necesidad de reestructurar y son pruebas de la legitimidad de una hipótesis mediante la cual se lleve a cabo esa reestructuración; pero en forma de datos no pueden pertenecer a un mundo reestructurado. Un mundo tal es un sistema de cosas inteligibles cuyos significados han eliminado el carácter aislado de los datos, y quizá hayan llevado su significación más allá del ámbito de la experiencia perceptual en la que se daban.

Nos vemos devueltos así a la realidad inteligible que es la presuposición fundamental de la empresa del científico. Ya me he referido al sentido que tiene la inteligibilidad de la realidad en la búsqueda de sentido por parte del científico. Se halla en la posibilidad de deducir, a partir de las condiciones determinantes de los acontecimientos tal como se dan la experiencia, cuál ha de ser la naturaleza de dichos acontecimientos. Hay, por tanto, dos presuposiciones implicadas en esta inteligibilidad: (1) que los acontecimientos en su transcurrir están determinados, aunque el grado de su determinación no queda fijado por esta presuposición; y, (2) que en la medida en que se den las condiciones determinantes, también estará dada la naturaleza de los acontecimientos subsiguientes. Hay, sin embargo, una diferencia entre el sentido en que vienen dadas las condiciones determinantes y el sentido en que vienen dados los acontecimientos subsiguientes. El primer sentido se refiere a la dimensión temporal de la experiencia. Peo mientras que hay en todo transcurrir una determinación—en fraseología abstracta, la permanencia de relaciones—también está la falta de determinación de lo que ocurre. Siempre hay una diferencia cualitativa en el transcurrir, además de una identidad de relaciones que se extiendan a lo largo y ancho del transcurrir. El "qué" que está ocurriendo viene dado en el aspecto relacional únicamente. En esto yace la racionalidad de toda la experiencia, y la fuente del simbolismo. Es aquí también donde encontramos la distinción fundamental entre las fases objetivas y subjetivas de la experiencia. La permanencia de relaciones es objetiva. El "qué" cualitativo anticipado que tendrá lugar es subjetivo. Se ubica en la mente. Aquí encontramos el segundo sentido en que algo viene dado—el que se refiere a los acontecimientos posteriores. En la medida en que las relaciones del transcurrir estén allí en la experiencia pasan en su identidad a acontecimientos posteriores, pero el "qué" que ocurrirá sólo está presente simbólicamente. Y el "qué" indeterminado conlleva siempre la posiblidad de una situación nueva con un nuevo complejo de relaciones. El carácter dado de los acontecimientos posteriores es, pues, la extensión de la estructura de relaciones que se halla en la experiencia, en la que el acontecimiento puede definirse únicamente en su valor relacional, aunque podamos predecir imaginativamente con diversos grados de probabilidad cuál será su carácter cualitativo.






Traducción (en curso) de José Ángel García Landa


Notas de la edición original 

(1). Cf. Meyerson, "La Déduction Relativiste", págs. 61-62.





Notas del traductor


(i)
La actividad del científico aparece aquí como la de un configurador de estructuras de datos: los datos adquieren su sentido una vez se articulan en el seno de una teoría o argumentación. Recordemos el análisis de Paul Ricœur, comentando la Poética de Aristóteles, sobre el poder de configuración del argumento con respecto a los meros acontecimientos. La actividad del científico, como la del poeta aristotélico, es una actividad configuradora, semiótica, estructuradora—en este sentido, poética.