George Herbert Mead

La filosofía del presente

Traducción de
 José Ángel García Landa
(Universidad de Zaragoza)

Nota del traductor:

Esta traducción del ensayo de G. H. Mead se ha elaborado y difundido en red entre el verano de 2006 y el de 2009, en la dirección http://www.unizar.es/departamentos/filologia_inglesa/garciala/publicaciones/meadpresente.html
    E l texto utilizado para esta traducción ha sido el de George Herbert Mead, The Philosophy of the Present, serie "Great Books in Philosophy" (Amherst, New York: Prometheus Books, 2002). Reproduce la edición original, póstuma (Chicago, 1932), que fue preparada por Arthur E. Murphy, autor de la introducción y a quien probablemente se deben también las notas editoriales. Estas ediciones contienen también otros ensayos de Mead y un prólogo de John Dewey. Las notas originales aparecen aquí sin enlace hipertextual, al final del texto.
Las notas del traductor aparecen con enlace hipertextual. Puede encontrarse en red el texto original en The Mead Project (Toronto): The Philosophy of the Present.
    En 2008 publicó Ignacio Sánchez de la Yncera una traducción de La Filosofía del Presente (Madrid: BOE). Hay una versión preliminar en PDF en la página del grupo de estudios peirceanos: http://www.unav.es/gep/FilosofiaPresente.pdf
    Pueden encontrarse también en la página de este grupo diversos ensayos críticos sobre la obra de Mead: http://www.unav.es/gep/BibliografiaMead.html


Dedicado a mi padre, Ángel García Pomar, pensador de la Rutina y la Repetición





Indice

Capítulo I: El presente como lugar de ubicación de la realidad
Capítulo II: Emergencia e identidad
Capítulo III: La naturaleza social del presente
Capítulo IV: Las implicaciones del sujeto
Ensayos suplementarios



Capítulo I

EL PRESENTE COMO LUGAR DE UBICACIÓN DE LA REALIDAD


El tema de esta lección puede resumirse en la tesis de que la realidad existe en un presente. El presente, naturalmente, implica un pasado y un futuro, y tanto a uno como a otro les negamos la existencia. La propuesta de Whitehead, según la cual al variar los pseudo-presentes en su extensión temporal, puede concebirse un presente que abarcase el conjunto de la realidad temporal, al parecer nos dejaría el transcurrir, pero eliminaría el pasado y el futuro. Fuese lo que fuese, no sería un presente, pues aquello a partir de lo cual había surgido no habría cesado de existir, y lo que está por existir ya estaría en ese presente inclusivo. (i). Podría dudarse sobre si esto mantenía la naturaleza del transcurrir, pero en cualquier caso la naturaleza esencial del presente y de la existencia habría desaparecido. Porque lo que caracteriza a un presente es su devenir y su desaparición. Mientras está pasando el destello del meteorito en nuestros propios pseudo-presentes está todo allí, siquiera sea durante la fracción de un minuto. Extender esa fracción de un minuto hasta el conjunto del proceso del cual es un fragmento, darle la misma solidaridad de existencia que posee el destello en la experiencia, sería eliminar su naturaleza como acontecimiento. Semejante versión de la existencia no sería un presente eterno, porque no sería ni siquiera un presente. Tampoco sería una existencia. Porque no existe una realidad parmenídea. La existencia conlleva la no-existencia; tiene lugar efectivamente. El mundo es un mundo de acontecimientos.

Poco sentido ni provecho hay en establecer antinomias y desechar unas con otras, o en relegar la permanencia a un mundo subsistente y atemporal mientras se hace del acontecimiento, en el que no hay sino transcurrir, el elemento sustancial de las cosas existentes. El carácter permanente en el que estamos interesados es tal que reside en la existencia, y frente al cual el cambio existe también. Está, es decir, el pasado que se expresa por la irrevocabilidad, aunque nunca ha estado presente en la experiencia un pasado que no haya cambiado con el paso de las generaciones. Los pasados en los que estamos involucrados son a la vez irrevocables y revocables. Es inútil, al menos para los propósitos de la experiencia, recurrir a un pasado "real" en el seno del cual estamos haciendo descubrimientos constantes; porque ese pasado debe contraponerse a un presente en el seno del cual aparece lo emergente, y el pasado, que debe entonces contemplarse desde el punto de vista de lo emergente, se vuelve un pasado diferente. Lo emergente cuando aparece siempre resulta seguirse del pasado, pero antes de que aparezca no se deduce del pasado, por definición. Es inútil insistir en caracteres universales o eternos por medio de los cuales los acontecimientos puedan identificarse al margen de cualquier emergente, porque estos o bien están más allá de nuestra capacidad de formulación o se vuelven tan vacíos que que no cumplen ningún papel identificativo. El papel del infinito en el pensamiento matemático antiguo y moderno ilustra esta impotencia.

Queda la posibilidad de reducir el conjunto de la realidad auténtica a un mundo de acontecimientos en un espacio-tiempo de Minkowski que transcienda nuestros marcos de referencia, y los caracteres de los acontecimientos a un mundo de entidades subsistentes. En qué medida semejante concepción de la realidad pueda sustentarse desde el punto de vista de la lógica es algo en lo que no voy a entrar. Lo que me parece de interés es la significación que tiene en la experiencia un concepto como el de irrevocabilidad.

No voy a gastar tiempo ni retórica en presentar la película de las historias que se han sucedido una a otra desde los mitos de las épocas primitivas hasta la versión de Eddington o Jeans del "Universo que nos rodea". Sólo interesa observar que la rapidez con la cual estos pasados se suceden uno a otro ha aumentado a ritmo constante a medida que aumentaba la exactitud crítica en el estudio del pasado. Tales representaciones carecen por completo de carácter definitivo. Por supuesto, nuestro método de investigación supone que el historiador de cualquier campo de la ciencia será capaz de reconstruir lo que ha sido, como narración autentificada del pasado. Pero sin embargo esperamos con un interés vivo la reconstrucción, en el mundo que será, del mundo que ha sido, porque nos damos cuenta de que el mundo que será no puede diferir del mundo que es sin reescribir el pasado al que ahora miramos atrás. (ii).

Y sin embargo el carácter de irrevocabilidad nunca se pierde. Lo que ha sucedido ha desparecido sin remedio y, fuese lo que fuese, su deslizarse al pasado parece ponerlo fuera de la influencia de los elementos emergentes de nuestra propia conducta o de la naturaleza. Es el "lo que fue" lo que cambia, y este título de irrevocabilidad aparentemente vacío se le adhiere sea lo que resulte ser. La importancia de que sea irrevocable se adhiere al "lo que fue", y el "lo que fue" es lo que no es irrevocable. Hay un carácter definitivo inherente al paso de cada acontecimiento. A cada representación (iii) de ese acontecimiento se le añade este carácter definitivo, pero todo el valor de este carácter definitivo pertenece al mismo mundo de la experiencia al que pertenece esta representación.

Ahora bien, frente a esta evidente incidencia de un carácter definitivo a un presente hallamos la suposición corriente de que el pasado que nos determina está allí. La verdad es que el pasado está allí, en su certidumbre o probabilidad, en el mismo sentido en que el planteamiento de nuestros problemas. Parto del supuesto de que la cognición, y el pensamiento en tanto que parte del proceso cognitivo, es reconstructiva, porque la reconstrucción es esencial para la conducta de un ser inteligente en el universo.(1) Esto no es sino parte de la afirmación más general de que en el universo tienen lugar cambios, y de que como consecuencia de estos cambios el universo se está transformando en un universo diferente. La inteligencia no es sino un aspecto de este cambio. Es un cambio que forma parte de un proceso viviente en curso que trata de mantenerse a sí mismo. Lo que es específico de la inteligencia es que es un cambio que conlleva una reorganización mutua, un reajuste en el organismo y una reconstitución del medio ambiente; porque en su mínima expresión cualquier cambio que tiene lugar en el organismo lleva consigo una diferencia de sensibilidad y de respuesta y una diferencia correspondiente en el medio ambiente. Es en el seno de este proceso donde surge la llamada inteligencia consciente, porque la consciencia es tanto la diferencia que surge en el medio ambiente por su relación como el organismo en su proceso orgánico de ajuste, como también la diferencia que se produce en el organismo a causa del cambio que ha tenido lugar en el medio ambiente. Nos referimos a la primera como significado, y a la segunda como ideación. El reflejo del organismo en el medio ambiente y el reflejo del medio ambiente en el organismo son fases esenciales del mantenimiento del proceso que constituye la inteligencia consciente.

Trataré el significado de la consciencia en otra lección más adelante. Ahora me interesa sólo localizar la actividad a la que pertenece la cognición y de la cual es el pensamiento una expresión. Distingo aquí especialmente la existencia del mundo para el individuo y organismo social que responde a la acepcion más general del término consciencia de aquella situación que responde al término "consciencia de". Es esta última la que, a mi parecer, connota cognición. La distinción entre las dos se corresponde con aquello a lo que me he referido antes sobre el problema y su planteamiento. El planteamiento en el seno del cual tiene lugar el ajuste es esencial para el ajuste y cae dentro de lo que pertenece al "ámbito consciente", en el sentido en que se suele usar este término—especialmente en cuanto reconocemos las implicaciones de lo que está más claramente dentro del ámbito consciente. El término "ámbito de atención" se usa a veces en el mismo sentido, pero es más dado que el término "consciencia" a conllevar el sentido de "atención consciente a". Dicho de otro modo, en el conocimiento siempre existe la presuposición de un mundo que está allí y que proporciona la base para el proceso inferencial e ideacional de la cognición. Esto naturalmente restringe la cognición o la "consciencia de" a aquello que contiene en sí un elemento de inferencia.

Ahora bien, el mundo que está allí en su relación al organismo, y que pone las condiciones para el ajuste del organismo y para el cambio consiguiente en y de ese mundo, incluye su pasado. Nos aproximamos a toda cuestión de carácter histórico con un determinado aparato, que puede recibir una definición refinada, y este material más técnicamente definido consistente en documentos, testimonios orales, y vestigios históricos subyace a un determinado pasado que se extiende hacia atrás a partir de los recuerdos de ayer y de hoy, y que no cuestionamos. Usamos el aparato para responder de modo hipotético a los interrogantes históricós que se nos plantean, y para poner a prueba nuestras hipótesis una vez han sido elaboradas. Se entiende, naturalmente, que cualquier parte de este aparato y del pasado en el que está inserto puede verse sometido a duda, pero ni siquiera el escepticismo más heroico puede, en su misma enunciación, escapar a la memoria de las palabras e ideas que formulan la doctrina escéptica.

Un pasado recibido así es el que se ve involucrado en las cuestiones que se refieren al pasado. Y este pasado recibido extiende el pseudo-presente. Es cierto que el acuerdo final sobre los significados de dos documentos pueda encontrarse en la experiencia en el pseudo-presente, pero sólo si presuponemos la comparación previa que hemos hecho de los documentos. Esta comparación se remonta hacia atrás a partir de nosotros, y permanece incuestionada hasta que alguien señala un error en ella y así la pone en cuestión, pero eso únicamente sobre la base de su pasado y el de otros. Tomemos la ingeniosa sugerencia hecha creo por el padre de Gosse, (iv) al efecto de que Dios había creado el mundo con fósiles y otras evidencias de un pasado distante con el fin de poner a prueba la fe de los hombres; y retraigamos esa sugerencia hasta hace media hora. Supongamos que el mundo ha comenzado a existir, con su estructura actual, incluyendo los llamados contenidos de nuestras mentes, hace treinta minutos, y que tenemos alguna evidencia adicional, tal como las opiniones fundamentalistas del Sr. Gosse, de que esto ha tenido lugar. Podríamos examinar la hipótesis únicamente a la luz de algún pasado que estuviese allí, por escaso que se hubiese vuelto. Y este pasado se extiende indefinidamente, al no haber nada para detenerlo, ya que cualquier momento suyo, al ser representado, tiene su pasado, y así sucesivamente.

¿Qué queremos decir, pues, con la afirmación de que ha existido algún pasado real con todos sus acontecimientos, con independencia de cualquier presente, y cuyo contenido vamos descifrando lenta e imperfectamente? Volvemos, naturalmente, a las mimas correcciones que hacíamos en nuestra investigación histórica, y al grado de evidencia mayor que se haya descubierto frente a la que podría apoyar la representación que descartamos. Grados mayores de probabilidad y datos adicionales suponen que hay o ha habido alguna realidad allí que estamos trayendo a la luz. Hay pues una referencia palpable al pasado incuestionado, con datos del cual investigamos y solventamos los problemas que surjan. Y el hecho mismo al que me he referido, que cualquier representación aceptada del pasado, aunque ahora no esté siendo cuestionada, puede concebiblemente verse puesta en duda, parece implicar algún pasado incuestionable que sería el trasfondo para la solución de cualquier problema concebible. Admitamos esto de momento y hagamos otra pregunta: si este pasado independiente de cualquier presente entra en absoluto en nuestras investigaciones—quiero decir en tanto que presuposición que juegue algún papel en nuestro pensamiento. Si eliminásemos esa presuposición, ¿se verían afectados de modo alguno nuestro aparato y su funcionamiento en la investigación histórica? Ciertamente no, si nos ocupamos sólo del problema que concierne a los historiadores en la historia social o de la ciencia. Allí nos referimos siempre y únicamente al pasado recibido a partir del cual ha surgido un problema; y los rasgos de ese problema y las pruebas a que se someten las hipótesis presentadas se encuentran en el pasado recibido. Como hemos visto, también este pasado recibido puede en fecha posterior verse sujeto a duda y someterse a discusión. Y sin embargo el posible carácter dudoso del pasado recibido en modo alguno afecta a la empresa. Eso es otra manera de decir que el carácter dudoso de todos los pasados posibles nunca entra en el pensamiento del historiador. La única aproximación a una entrada que se da es la exigencia de que todos los pasados deberían explicarse y recopilarse en la última enunciación. Y cada pasado pasado, en la medida en que es reconstruido, demuestra así ser incorrecto. En las implicaciones de nuestro método parecería que nos aproximarnos a una enunciación límite, aunque sea en el infinito,  que llenase todos los huecos y corrigiese todos los errores. Pero si estamos haciendo correcciones debe haber alguna representación que sea correcta, e incluso si contemplamos un futuro indefinido de investigación científica emprendiendo esta tarea, nunca escapamos de esta implicación. (v).

Hay otra manera de decir esto, a saber, que nuestro trabajo de investigación es descubrir, y sólo podemos descubrir lo que está allí lo descubramos o no. Creo sin embargo que esta última afirmación contiene un error, si se supone que implica que hay o ha habido un pasado que sea independiente de todos los presentes, porque puede haber, y sin duda hay en cualquier presente con su propio pasado, muchísimo que no descubrimos, y sin embargo esto que descubrimos o no descubrimos adquirirá un significado distinto y será diferente en su estructura en tanto que acontecimiento cuando se vea desde algún punto de vista posterior. ¿Existe un error similar en la noción de la corrección del error pasado, y en la noción que sugiere de implicar lo absolutamente correcto, aunque nunca lo alcance? Me estoy refiriendo a la corrección "en sí" de una representación de los acontecimientos, implicada en una corrección hecha por un historiador posterior. Creo que resultaría que la corrección absoluta que se halla implícita en la mente del historiador no sería sino la presentación completa del pasado recibido, si todas sus implicaciones se desarrollasen. Si pudiésemos conocer todo lo que implican nuestros recuerdos, nuestros documentos y nuestros monumentos, y fuésemos capaces de controlar todo este conocimiento, el historiador daría por hecho que tenía algo que era absolutamente correcto. Pero un historiador de la época de Aristóteles, extendiendo de este modo su pasado conocido, habría alcanzado un pasado correcto que sería totalmente ajeno al mundo conocido de la ciencia moderna, y sólo hay una diferencia de grado entre semejante comparación y las que los cambios debidos a la investigación llevan a cabo en nuestros pasados de año en año. Si nos referimos a algúna otra corrección "en sí" debe ser a la de una realidad que por definición jamás podría formar parte de nuestra experiencia, o a la de una meta en el infinito en la que cese el tipo de experiencia en la que nos encontramos. Naturalmente es posible suponer que la experiencia en la que nos encontramos está incluida en algún mundo de experiencia que la trasciende. Mi única observación es que una suposición tal no juega ningún papel en nuestros juicios sobre la corrección del pasado. Podemos tener otras razones, teológicas o metafísicas, para suponer un pasado real que pudiese darse en una presentación independiente de cualquier presente, pero esa suposición no entra en los postulados ni en la técnica de ningún tipo de investigación histórica.

Aunque pueda ser que la concepción de un pasado irrevocable "en sí" sea el trasfondo común del pensar, es interesante volver a la afirmación que he hecho antes al efecto de que el investigador científico espera no sólo con ecuanimidad sino también con vivo interés los cambios fundamentales que la investigación posterior introducirá en las determinaciones más exactas que podamos hacer hoy. El cuadro resultante es el de presentes deslizándose uno al interior del otro, cada uno con un pasado que es referible a sí mismo, con cada pasado incorporando los que se hallan a su espalda, y en cierta medida reconstruyéndolos desde la perspectiva de este nuevo pasado. Desde el momento en que consideramos estos presentes anteriores como existencias independientes de su presentación como pasados, dejan de tener sentido para nosotros y pierden todo el valor que pudieran tener para interpretar nuestro propio presente y determinar nuestros futuros. (vi). Puede que estén localizados en la geometría del espacio-tiempo de Minkowski, pero incluso suponiendo eso, sólo nos pueden llegar a través de nuestros propios marcos de referencia o perspectivas; y lo mismo sucedería desde el punto de vista de cualquier otra metafísica que localizase la realidad del pasado en pasados independientes de cualquier presente.

Se podría contraargumentar, posiblemente, que la irrevocabilidad del pasado se ubica en un orden metafísico de esa naturaleza,  y ése es el punto que deseo discutir. El historiador no duda de que algo ha sucedido. Lo que duda es qué es lo que ha sucedido. También actúa con la presuposición de que si pudiese disponer de todos los hechos o datos, podría determinar qué es lo que sucedió. Es decir, su idea de la irrevocabilidad va ligada, como ya he dicho, al "qué" que ha sucedido, además de al hecho de que haya sucedido. Pero si existe la emergencia, tiene lugar al punto la reflexión de esto al pasado. Existe un nuevo pasado, pues desde cada nueva elevación el paisaje que se extiende tras nosotros se vuelve un paisaje diferente. Esta analogía es defectuosa, porque las alturas están allí, y los aspectos de los paisajes que revelan también están ya allí y podrían reconstruirse desde el presente del caminante si tuviese ante él todas las implicaciones de su presente; mientras que lo emergente no está allí por adelantado, y por definición no podría traerse al ámbito de la presentación del presente, por completo que éste fuese. La realidad metafísica sugerida por la frase de Eddington, a saber, que nuestra experiencia es un aventurarse de la mente en la geometría ordenada del espacio-tiempo, correspondería sin embargo a un paisaje preexistente.

Está también, naturalmente, la doctrina alternativa de Whitehead, según la cual las perspectivas existen en la naturaleza como sistemas temporales en intersección, que dan así no sólo diferentes presentes sino también diferentes pasados que les corresponden. No consigo ver, sin embargo, cómo Whitehead, con la geometría espacio-temporal fija que acepta, puede escapar de un orden fijo de los acontecimientos, aun cuando el "qué" de estos acontecimientos dependa de la ingresión de objetos externos que surgen por actos de Dios, dando lugar así a la emergencia.(3) El asunto clave es si la necesidad con la que se las de ver el científico es una que determine el presente a partir de un pasado independiente de ese o de cualquier presente. Un espacio-tiempo ordenado conlleva una necesidad metafísica tal. Desde este punto de vista los diferentes pasados de la experiencia son reinterpretaciones subjetivas, y el físico no está interesado en convertirlas en parte de la estructura total de acontecimientos. La filosofía de Whitehead es un valiente intento de armonizar este tipo de necesidad geométirca con la emergencia y con las diferencias entre perspectivas varibles. Yo no creo que esto se pueda llevar a cabo, pero me interesa más la respuesta a la cuestión de si la necesidad relativa a las relaciones entre el presente y el pasado depende de semejante necesidad metafísica, es decir, de una que sea independiente de cualquier presente.

Vuelvo aquí a mi tesis inicial de que una realidad que trascienda el presente debe exhibirse en el presente. Esta alternativa es la que se encuentra en la actitud del investigador científico, la confiese o no en su doctrina. Se trata de que hay y siempre habrá una relación necesaria del pasado y el presente, pero que el presente en el que lo emergente aparece acepta lo que es nuevo como una parte esencial del universo, y desde ese punto de vista reescribe su pasado. (vii). Lo emergente cesa entonces de ser un emergente, y pasa a derivarse del pasado que ha reemplazado al anterior pasado. Hablamos de la vida y de la consciencia como emergentes, pero nuestras naturalezas racionalistas nunca quedarán satisfechas hasta que hayamos concebido universo en el seno del cual surjan inevitablemente a partir de aquello que las precedía. No podemos hacer que lo emergente sea parte de la relación pensada entre el pasado y el presente, e incluso cuando cuando al parecer hemos aceptado tal cosa, llevamos todo lo lejos que podemos la bioquímica y la psicología behaviorista en un esfuerzo por reducir la emergencia hasta el punto de su desaparición. Pero aun concediendo al investigador científico una victoria total—un universo completamente racionalizado en el cual existe un orden determinado—todavía seguirá a la espera de nuevos problemas que emerjan en nuevos presentes, para ser de nuevo racionalizados con otro pasado que absorba armoniosamente dentro de sí al antiguo pasado.

Hay que admitir que la racionalidad total del universo se basa en una inducción, y en qué se basa la inducción es un punto discutible en la doctrina filosófica. Si se concede alguna razón justificable para creerla, todas nuestras correlaciones la refuerzan enormemente. Pero ¿existe tal razón? En este punto crucial encontramos la mayor incertidumbre. Evidentemente, el proceder del científico ignora esto. No es un punto discutible para él. No es en absoluto cuestión para su proceder. Él se ocupa sencillamnte de hallar orden racional y extenderlo hacia atrás, para poder prever el futuro. Es aquí donde funciona el mundo que le es dado. Si puede adecuar su hipótesis a este mundo y si ésta anticipa lo que ocurre, entonces se convierte en la explicación de lo que ha sucedido. Si se desmorona, otra hipótesis la reemplaza y otro pasado reemplaza a aquél que venía implicado por la primera hipótesis.

Resumiendo: que el pasado (o la estructura significativa del pasado) es tan hipotético como el futuro. (viii). La explicación que da Jeans acerca de lo que ha tenido lugar en el interior de Aldebarán o Sirio Menor durante los últimos millones de años es inmensamente más hipotética que el listado que hace el astrónomo de los eclipses que tendrán lugar a lo largo del próximo siglo, y desde dónde serán visibles. Y la presuposición metafísica de que los acontecimientos han tenido un pasado definido ni añade ni quita nada al grado de seguridad de cualquier hipótesis que ilumine nuestro presente. Sí que proporciona la forma vacía en el seno de la cual lanzamos una hipótesis y desarrollamos sus implicaciones, pero ni siquiera tiene la fijeza que Kant veía en sus formas de la intuición. La paradojas de la relatividad, lo que Whitehead llama los diversos significados del tiempo en los diversos sistemas temporales, revelan la naturaleza hipotética de los horarios establecidos del tiempo en el seno de los cuales hemos de alojar los acontecimientos que nuestras teorías físicas desenrollan detrás nuestro. Podemos recurrir al espacio-tiempo absoluto con sus coincidencias de acontecimientos e intervalos entre ellos, pero incluso aquí queda abierto al debate si tal interpretación de la transformación efectuada de un marco de referencia a otro es la definitiva—si hemos alcanzado la estructura final del universo físico o únicamente un aparato matemático más potente para alcanzar una mayor exactitud en medidas y cálculos, cuya interpretación variará con la historia de la física matemática. El espacio-tiempo de Minkowski es tan hipotético como la constitución ondulatoria de la materia de de Broglie.

Pero la irrevocabilidad del acontecimiento pasado se mantiene aun si estamos inseguros sobre cuál fue ese acontecimiento pasado. Incluso el carácter reversible de los procesos físicos que parecen revelar las ecuaciones matemáticas no elimina este carácter de la experiencia temporal. Puede ser pensable que, vistos desde una inmensa distancia, el orden de algunos de los que llamamos los mismos acontecimientos pudiese diferir según perspectivas diferentes, pero en el seno de cualquier perspectiva, lo que ha pasado no puede recurrir. En esa perspectiva, lo que ha sucedido ha sucedico, y cualquier teoría que se plantee debe acomodarse a un orden tal según esa perspectiva. Hay una dirección temporal inalterable en lo que está teniendo lugar, y si podemos ligar otros procesos a este transcurrir, les podemos atribuir tanta certidumbre como justifique su grado de ligazón. Dado un valor determinado para la velocidad de un móvil en un marco de referencia dado, podemos determinar dónde estará necesariamente el cuerpo. Nuestro problema es determinar qué es exactamente lo que ha precedido a lo que está teniendo lugar ahora, de modo que la dirección del progreso temporal pueda determinar lo que va a ser el mundo. Lo que ha tenido lugar surge en lo que está teniendo lugar, y en este pasar lo que ha ocurrido determina espacio-temporalmente lo que está pasando al futuro. Así pues, en la medida en que podamos determinar las constantes del movimiento, podemos hacer un seguimiento de esa determinación, y nuestro análisis busca resolver el acontecimiento en movimiento, en la medida de lo posible. En general, ya que el paso mismo se da en la experiencia, la dirección de los cambios que están teniendo lugar condiciona en parte lo que tendrá lugar. El acontecimiento que ha tenido lugar y la dirección del proceso en curso proporcionan la base para determinar racionalmente el futuro. El pasado irrevocable y el cambio que tiene lugar son los dos factores a los que ligamos todas nuestras especulaciones con respecto al futuro. La probabilidad se sitúa en el carácter del proceso que tiene lugar en la experiencia. Sin embargo, por muy ávidamente que busquemos estructuras espacio-temporales que llevan consigo resultados deducibles, reconocemos sin embargo relaciones de las cosas en su proceso que no pueden reducirse a elementos cuantitativos, y aunque en la medida de lo posible las correlacionamos con aspectos mensurables, en todo caso las reconocemos como condiciones determinantes de lo que está teniendo lugar. Buscamos sus antecedentes en el pasado y juzgamos sobre el futuro en base a la relación de este pasado con lo que está teniendo lugar. Buscamos sus antecedentes en el pasado y juzgamos el futuro por la relación de este pasado a lo que está teniendo lugar. Todas estas relaciones en el seno del proceso en curso son relaciones determinantes de lo que será, aunque la forma específica de esa determinación constituye el problema científico de cualquier situación concreta. El carácter actual de la determinación en el transcurso de la experiencia directa es lo que Hume mediante sus presuposiciones y su tipo de análisis eliminaba de la experiencia, y lo que le da la el grado de validez que tiene a la deducción de las categorías hecha por Kant.

Es tarea de la filosofía actual aportar congruencia mutua a esta universalidad de la determinación que es el texto de la ciencia moderna, y a la emergencia de lo novedoso que es propia no sólo de la experiencia de los organismos sociales humanos, sino que también se encuentra en una naturaleza que la ciencia, y la filosofía que la ha seguido, han separado de la naturaleza humana. La dificultad que se presenta de inmediato es que apenas ha surgido lo emergente, nos ponemos a racionalizarlo, es decir, emprendemos la tarea de mostrar que o bien ello o al menos las condiciones que determinan su aparición, pueden encontrarse en el pasado que le antecedía. (ix).  Así pues, los pasados anteriores a partir de lo cual emergió como algo que no lo comprendía (incluía), quedan asumidos en un pasado más incluyente que conduce a ello (al fenómeno emergente). Ahora bien, lo que viene a suponer esto es que cualquier cosa que suceda, incluso lo emergente, sucede bajo condiciones determinantes—especialmente desde el punto de vista de las ciencias exactas, bajo condiciones espacio-temporales que conducen a conclusiones deducibles respecto a qué sucederá dentro de ciertos límites, pero también bajo condiciones determinantes de tipo cualitativo, cuya certidumbre es meramente probabilística—pero que esas condiciones nunca determinan completamente el "qué" que sucederá. Puede surgir agua como algo diferente de combinaciones de oxígeno e hidrógeno. Puede surgir la vida y lo que llamamos consciencia. Cuando estos fenómenos emergentes han aparecido, se vuelven parte de las condiciones determinantes que ocurren en los presentes reales, y estamos especialmente interesados en presentar el pasado que en la situación anterior condicionó la aparición de lo emergente, y muy particularmente en presentarlo de modo que podamos conducir a nuevas apariciones de este objeto. Nos orientamos no por referencia al pasado que era un presente en el seno del cual apareció lo emergente, sino por referencia a una reformulación del pasado condicionante del futuro, para que podamos controlar su reaparición. (x) Una vez ha aparecido la vida, podemos criar vida, y, dada la consciencia, podemos controlar su aparición y sus manifestaciones. Incluso la aseveración del pasado en el seno del cual apareció lo emergente está hecha inevitablemente desde la perspectiva de un mundo en el seno del cual lo emergente es un factor condicionante, además de un factor condicionado. (xi).

No podríamos volver a traer esos presentes pasados sencillamente tal y como ocurrieron—si se puede usar esta expresión—a no ser que sea como presentes. Una presentación exhaustiva de los mismos equivaldría a meramente revivirlos. Es decir, un presente deslizándose en el seno de otro no connota lo que denominamos pasado. Pero incluso esta afirmación implica que hubo presentes tales deslizándose en el seno uno de otro, y los contemplemos o no desde esa perspectiva parece que estamos implicando su realidad como tales, como la estructura en la cual debe residir el tipo de pasado en el cual estamos interesados, si es un aspecto del pasaod real. Pasando por alto las ambigüedades que contiene semejante aseveración, lo que quiero enfatizar es que la irrevocabilidad del pasado no surge de una concepción tal del pasado. Porque en nuestro uso del término irrevocabilidad, señalamos hacia lo que debe haber sido, y es una estructura y un proceso del presente lo que es la fuente de esta necesidad. Ciertamente no podemos volver a un pasado tal y someter a prueba nuestras conjeturas comprobando efectivamente sus acontecimientos en su transcurrir. Sometemos a prueba nuestras conjeturas sobre el pasado mediante las direcciones condicionantes del presente y mediante acontecimientos posteriores, en el futuro, que habrán de ser de tal manera si el pasado que habíamos concebido estaba allí. La fuerza de irrevocabilidad se encuentra, pues, en la extensión de la necesidad con la cual lo que acaba de suceder condiciona lo que está emergiendo en el futuro. Lo que va más allá de esto pertenece a una representación metafísica que no se interesa por los pasados que surgen tras nosotros.

En el análisis que he llevado a cabo llegamos pues, primero, al transcurrir en el seno del cual lo que está teniendo lugar condiciona lo que está surgiendo. Todo lo que está teniendo lugar tiene lugar bajo condiciones necesarias. Segundo, estas condiciones, aun siendo necesarias, no determinan a lo que emerge en la totalidad completa de su realidad. Obtenemos reflejos interesantes de esta situación en la crítica que hace el propio científico sobre los métodos que sigue apra alcanzar una determinación exacta de la posición y de la velocidad, y en las implicaciones de los cuantos. Lo que aparece en esta crítica es que mientras que el científico nunca abandona el condicionamiento al cual lo que ha sucedido somete a lo que tiene lugar, expresado en forma de probabilidad, se encuentra perfectamente capacitado para concebir como emergentes incluso a los acontecimientos que se ven sometidos a la determinación más exacta. No estoy intentando ver por anticipado qué interpretación se hará sobre las especulaciones de de Broglie, Schroeder, y Planck. Simplemente indico que incluso en el campo de la física matemática el pensamiento riguroso no implica necesariamente que el condicionamiento del presente por el pasado conlleve la determinación completa del presente por parte del pasado. (xii).

Tercero; en el transcurrir presente, el condicionamiento de lo que está teniendo lugar por lo que ha tenido lugar, del presente por el pasado, está allí. El pasado en este sentido está en el presente; y, en lo que llamamos experiencia consciente, su presencia se exhibe en la memoria, como esa parte de la naturaleza condicionante del transcurrir que se refleja sobre la experiencia del individuo orgánico. Si todos los objetos de un presente están condicionados por las mismas características en el transcurrir, entonces sus pasados son implícitamente los mismos, pero si, por seguir una idea tomada de la especulación cuántica, un electrón de cada dos mil libera energía, cuando no hay condiciones determinantes para la selección de este electrón frente a los otros mil novecientos noventa y nueve, es evidente que el pasado tal y como se exhibe en el comportamiento de este electrón será de un tipo que no será ni siquiera implícitamente igual al de los otros de ese grupo, aunque su salto estará condicionado por todo lo que ha sucedido antes. Si de dos mil individuos en una situación social de desintegración uno se suicida cuando, en lo que se puede apreciar, uno tenía tantas probabilidades de sucumbir como otro cualquiera, su pasado tiene una naturaleza peculiarmente conmovedora que está ausente del pasado de los otros, aunque el hecho de que se suicide sea una expresión del pasado. El pasado está allí condicionando el presente y su paso al futuro, pero en la organización de las tendencias que toman cuerpo en un individuo puede haber un elemento emergente que da a esas tendencias una estructura que pertenece únicamente a la situación de ese individuo.  Las tendencias que provienen del transcurrir pasado, y del condicionamiento inherente al transcurrir, se convierten en influencias diferentes cuando han adoptado esta estructura organizada de tendencias. Esto sería tan cierto del equilibrio de los procesos de desintegración y aglomeración en una estrella, como del ajuste mutuo entre un ser vivo y su medio ambiente. La relación estructural de su equilibrio o ajuste recíproco dispone esos procesos del transcurrir que se reflejan hacia atrás y nos llevan a una explicación de la historia de la estrella. Como ha sostenido Dewey, los acontecimientos aparecen como historias que tienen un desenlace, y cuando un proceso histórico está teniendo lugar la organización de las fases condicionantes del proceso es el elemento novedoso que no es predecible a partir de las fases mismas tomadas por separado, y que de inmediato prepara el escenario para un pasado que lleva a este resultado.(4)  La organización de cualquier cosa individual lleva consigo la relación de esta cosa con procesos que tuvieron lugar antes de que esta organización se instalase. En este sentido el pasado de esa cosa está "dado" en el transcurrir presente de la cosa, y nuestras historias de las cosas son elaboraciones sobre lo que está implícito en esta situación. Este "estar dado" en el transcurrir está allí y es el punto de partida para la estructuración cognitiva de un pasado. (xiii)

Cuarto; este carácter emergente, siendo responsable de una relación entre procesos de transcurrir, instala un determinado pasado que es, por asi decirlo, una perspectiva del objeto en el seno de la cual aparece este carácter. Podemos concebir un objeto como, pongamos, tal átomo de hidrógeno, que haya permanecido siendo lo que es durante períodos inmensos, en perfecto ajuste con su entorno, que ha permanecido real en el deslizarse de un presente a otro, o, mejor, en transcurrir ininterrumpido y sin acontecimientos. Para tal objeto habría habido una existencia ininterrumpida, pero no un pasado, a menos que nos remitiésemos a la ocasión en la cual surgió como átomo de hidrógeno. Esto viene a ser como decir que donde el ser es existencia pero no devenir, no hay pasado, y que la determinación que conlleva el transcurrir es una condición del pasado pero no su realización. La relación de transcurso supone naturalezas distinguibles en los acontecimientos antes de que puedan surgir el pasado, el presente y el futuro, ya que la extensión es una relación que supone objetos físicos distinguibles antes de que pueda surgir un espacio estructurable. Lo que vuelve a un acontecimiento distinguible de otro es un devenir que afecta a la naturaleza interna del acontecimiento. Me parece que la matematización extremada de la ciencia reciente, en la cual la realidad del movimiento se reduce a ecuaciones en las cuales el cambio desaparece en una entidad, y en las cuales el espacio y el tiempo desaparecen en un continuo cuatridimensional de acontecimientos indistinguibles que no es ni espacio ni tiempo, es un reflejo del tratamiento del tiempo como un transcurrir sin devenir.

¿Qué es, pues, un presente? La definición de Whitehead se remitiría a la extensión temporal del transcurrir de los acontecimientos que hacen una cosa, una extensión suficiente como para hacer posible que una cosa sea lo que es.(5)  La de un átomo de hierro no necesitaría ser más larga que el período en el cual se completa el giro de cada uno de sus electrones en torno al núcleo. El universo durante este período constituiría una duración desde el punto de vista del átomo. El presente aparente en este sentido de un individuo humano sería, presumiblemente, el período durante el cual pudiese ser él mismo. Desde el punto de vista que he sugerido, conllevaría un devenir. Debe haber al menos algo que sucede a la cosa y en la cosa, que afecte a la naturaleza de la cosa de modo que un momento pueda ser distinguible del otro, de modo que pueda haber tiempo. Pero en una afirmación tal se da un conflicto de principios de definición. Desde un punto de vista estamos buscando lo que es esencial para un presente; desde otro, estamos buscando el límite inferior en un proceso de división. Me referiré a esto último en primer lugar, ya que lleva consigo la cuestión de la relación del tiempo al transcurrir—a aquello en el seno de lo cual parece ubicarse el tiempo y en términos de cuya extensión situamos el tiempo y comparamos los tiempos. La milésima parte de un segundo tiene una significación real, y podemos concebir que el universo se hunda en un marasmo de entropía en el que todo devenir haya cesado. Tratamos aquí con una abstracción de la extensión del mero transcurrir partiendo del tiempo en el que los acontecimientos suceden porque tienen devenir. En el tratamiento que le da Whitehead, esto se llama "abstracción extensa" y conduce a una partícula de acontecer del mismo modo que el análisis matemático conduce a la diferencial. Y una partícula de acontecer debería tener, con respecto a algo que deviene, la misma relación que el diferencial de un cambio como por ejemplo una velocidad que se acelera tiene con respecto al proceso completo. En esta medida, una abstracción extensa es un método de análisis e integración y no requiere otra justificación que la de su éxito. Pero Whitehead la emplea como un método de abstracción metafísica, y halla, en el mero acontecer del acontecimiento, la sustancia de lo que deviene. Transfiere el contenido de lo que deviene a un mundo de "objetos eternos" que tiene ingresión a los acontecimientos bajo el control de un principio que se halla fuera de su acontecer. Por tanto, mientras que la existencia de lo que ocurre se encuentra en el presente, el "qué" que ocurre no surge a partir del acontecer: le sucede al acontecimiento por medio del proceso metafísico de la ingresión. (xiv). Esto me parece un uso inadecuado de la abstracción, ya que conduce a una separación metafísica entre lo que es abstraído y la realidad concreta a partir de la cual se efectúa la abstracción, en lugar de dejarlo como una herramienta para el control intelectual de esa realidad. Bergson se refiere, creo, al mismo uso indebido de la abstracción, en otro contexto, llamándolo espacialización del tiempo, contrastando la naturaleza exclusiva de tales momentos temporales con la intepenetración de los contenidos en la duración "real".

Si, por el contrario, reconocemos lo que deviene como el acontecimiento que en su relación con los demás acontecimientos le da estructura al tiempo, entonces la abstracción del transcurrir a partir de lo que está teniendo lugar es puramente metodológica. Podemos llevar nuestro análisis hasta el punto que se requiera para el control de la temática, pero siempre reconociendo que lo que se extrae mediante análisis tiene su realidad en la integración de lo que está teniendo lugar. Que este es el resultado de definir el acontecimiento como aquello que deviene, es algo evidente, pienso, en la aplicación y puesta a prueba de nuestras hipótesis más abstrusas. Para tener validez y ser acreditadas éstas deben presentar los acontecimientos nuevos surgiendo de los anteriores, como por ejemplo la expansión y contracción del universo en las especulaciones de Einstein y de Weyl sobre las aparentes recesiones a enormes velocidades de las nebulosas distantes; o la pérdida de electrones de los núcleos atómicos en el centro de los cuerpos estelares, en las especulaciones de Jeans sobre la transformación de la materia en radiación. Y estos procesos deberían ser congruentes con nuestros hallazgos experimentales, de tal manera que puedan hallar su realidad en la concreción de lo que está teniendo lugar en un presente efectivo. Los pasados que estas hipótesis hacen extenderse tras nosotros son tan hipotéticos como el futuro que nos ayudan a predecir. Se vuelven válidas para la interpretación de la naturaleza en la medida en que presentan una historia de aconteceres en la naturaleza que lleva hasta lo que está aconteciendo hoy, en la medida en que hacen surgir lo que se adecúa a la trama que va surgiendo del telar en marcha del tiempo, no en la medida en que erijan entidades metafísicas que no son sino el reverso tenue de un instrumental matemático.

Si, según la frase de Bergson, "la duración real" se convierte en tiempo por medio de la aparición de acontecimientos únicos que son distinguibles mutuamente mediante su naturaleza cualitativa, algo que es emergente en cada acontecimiento, entonces el trancurrir desnudo es una manera de disponer estos acontecimientos. Pero lo que es esencial para esta disposición es que en cada intervalo que se aísle ha de ser posible que algo devenga, que algo único surja. Somos víctimas de una ilusión psicológica si asumimos que el ritmo del contar y el orden que surge del contar responden a una estructura del transcurrir en sí mismo, al margen de los procesos que van siendo ordenados por la emergencia de los acontecimientos. Nunca alcanzamos el intervalo entre acontecimientos en sí, excepto en las correlaciones entre ellos y otras situaciones en el seno de las cuales encontramos congruencia y sustitución, algo que nunca puede tener lugar en el transcurrir como tal. (xv). Alcanzamos lo que podría llamarse una igualdad funcional de intervalos representados en el seno de procesos que conllevan equilibrio y ritmo, pero instaurar el tiempo sobre esta base como una cantidad que tenga una naturaleza esencial que pueda ser en sí misma dividida en porciones iguales es hacer un uso injustificable de la abstracción. Podemos reconstruir hipotéticamente los procesos pasados involucrados en lo que está teniendo lugar, como base para la construcción cognitiva del futuro que está surgiendo. Lo que nos aseguran los datos experimentales es que comprendemos lo que está sucediendo lo suficiente como para predecir lo que sucederá, no que hayamos alcanzado una representación correcta del pasado independiente de cualquier presente, porque esperamos que esta representación cambie según vayan emergiendo nuevos acontecimientos. Con esta actitud estamos relacionando en nuestra anticipación unos presentes que se insertan en otros, y sus pasados les pertenecen a ellos. Han de ser reconstruidos conforme son absorbidos por un nuevo presente, y como tales pertenecen a ese presente, y no ya al presente a partir del cual han pasado al presente presente.

Un presente, por tanto, en contraposición a la abstracción del mero transcurrir, no es cualquier fragmento seccionado de cualquier punto de la dimensión temporal de una realidad que transcurre uniformemente. Su principal referencia es el acontecimiento emergente, es decir, el ocurrir de algo que sea más que los procesos que han llevado a ello y que por su cambio, continuidad, o desaparición, añade a los transcurrires posteriores un contenido que de lo contrario no habrían poseído. La marca del transcurrir sin acontecimientos emergentes es su formulación en ecuaciones en las cuales las llamadas instancias desaparecen en una identidad, como ha señalado Meyerson. (6)

Dado un acontecimiento emergente, sus relaciones con los procesos antecedentes se vuelven condiciones o causas. Tal situación es un presente. Delimita y en cierto sentido selecciona lo que ha hecho posible su peculiaridad. Crea, mediante su carácter único, un pasado y un futuro. Tan pronto como lo contemplamos, se convierte en una historia y una profecía. Su propio diámetro temporal varía con la extensión del acontecimiento. Puede haber una historia del universo físico en tanto que la aparición de una galaxia de galaxias. Pero no habría tal historia del universo físico hasta que apareciese la galaxia, y continuaría sólo mientras la galaxia se mantuviese contra fuerzas disgregadoras y cohesivas. Si preguntamos cuál podría ser la extensión temporal de la unicidad que es responsable del presente, la respuesta habría de ser, en términos de Whitehead, que ha de ser un periodo suficientemente largo para permitir al objeto ser lo que es. Pero la pregunta es ambigua puesto que el término "extensión temporal" implica una medida del tiempo. El pasado, tal como aparece con el presente y el futuro, es la relación del acontecimiento emergente a la situación de la cual surgió, y es el acontecimiento el que define esa situación. La continuidad o desaparición de lo que emerge es el presente transcurriendo hacia el futuro. Pasado, presente y futuro pertenecen a un transcurrir que alcanza estructura temporal por medio del acontecimiento, y pueden considerarse largos o cortos al ser comparados con otros transcurrires similares. Peor tal y como existen en la naturaleza, en la medida en que esta expresión tenga sentido, el pasado y el futuro son los límites de lo que llamamos el presente, y están determinados por las relaciones condicionantes del acontecimiento con su situación.

Los pasados y futuros a los que nos referimos se extienden más allá de estas relaciones contiguas del transcurrir. Los desplegamos en la memoria y en la historia, en la anticipación y la previsión. Constituyen, de modo preeminente, el campo de la ideación, y encuentran su lugar de ubicación en lo que se llama la mente. Aunque están en el presente, se refieren a lo que no está en ese presente, como indica su relación al pasado y al futuro. Su referencia va más allá de sí mismos, y de esta referencia surge su naturaleza representacional. Pertenecen de modo evidente a organismos, es decir, a acontecimientos emergentes cuya naturaleza incluye la tendencia a mantenerse a sí mismos. (xvi). Dicho de otro modo, son inherentes a su situación los ajustes realizados con respecto a un pasado, y una sensibilidad selectiva mirando a un futuro. Lo que se podría llamar el material a partir del cual surgen las ideas son las actitudes de estos organismos, hábitos cuando miramos hacia el pasado, y ajustes tempranos en el seno del propio acto hacia los resultados de sus respuestas cuando miramos hacia el futuro. En esta medida estas actitudes pertenecen a lo que se podrían llamar el pasado y futuro inmediatos.

Esta relación del acontecimiento a su situación, del organismo a su entorno, con su dependencia mutua, nos lleva a la relatividad, y a las perspectivas en que ésta aparece en la experiencia. La naturaleza del entorno responde a los hábitos y actitudes selectivas de los organismos, y las cualidades que pertenecen a los objetos del entorno pueden expresarse únicamente en términos de las sensitividades de estos organismos. Y los mismo sucede con las ideas. El organismo, a través de sus hábitos y actitudes anticipatorias, se encuentra relacionado con lo que se extiende más allá de su presente inmediato. Las características de las cosas que en la actividad del organismo se refieren a lo que se encuentra más allá del presente adoptan el valor de aquello a lo que se refieren. El campo de la mente, pues, es el entorno extendido que requiere la actividad del organismo, pero que trasciende el presente. Lo que está presente en el organismo, sin embargo, es su propia actividad naciente, tanto en sí misma como en el entorno que la sostiene, y está presente también su movimiento que parte del pasado y va más allá del presente. Es propio del organismo llamado consciente el completar este entorno temporal más amplio mediante el uso de características que se encuentran en el presente. El mecanismo mediante el cual la mentalidad social lleva esto a cabo lo comentaré más adelante; lo que deseo resaltar ahora es que el campo de la mente es la extensión temporal del entorno del organismo, y que una idea reside en el organismo porque el organismo está usando aquello que hay en sí mismo que lleva más allá del presente para ocupar el lugar de aquello a lo que su propia actividad tiende. Lo que hay en el organismo y que da ocasión para la mente es la actividad que se extiende más allá del presente en el que existe el organismo. (xvii).

Pero con una explicación tal, he venido instalando implícitamente este período más amplio en el seno del cual, pongamos, un organismo empieza y completa su historia como si estuviese en él, aparentemente, con independencia de cualquier presente—y es mi propósito insistir en la tesis contraria: que estos períodos más amplios no pueden tener realidad excepto en la medida en que existen en presentes, y que todas sus implicaciones y valores se ubican allí. Naturalmente, esto nos remite, primero, al hecho evidente de que todo el instrumental del pasado (imágenes memorísticas, monumentos históricos, restos fósiles y demás) está en algún presente, y, segundo, a esa porción del pasado que está en transcurso en la experiencia en tanto que determinada por el acontecimiento emergente. Y nos remite, en tercer lugar, a la prueba necesaria de la formulación del pasado en los acontecimientos que surgen a la experiencia. El pasado del que estamos hablando yace, con todas sus características, en el seno de ese presente.

Existe, sin embargo, la susposición de que este presente se refiere a entidades que tienen una realidad independiente de este y de cualquier otro presente, entidades cuyo detallado completo, aunque por supuesto irrecuperable, se presupone inevitablemente como existente. Ahora bien, existe una confusión entre semejante suposición metafísica y el hecho evidente de que somos incapaces de revelar todo lo que va implicado en cualquier presente. Aquí nos hallamos, como Newton, frente a un mar ilimitado, y sólo recogemos piedrecitas en la orilla. No hay nada trascendente en esta incapacidad de nuestras mentes para agotar cualquier situación. Cualquier adelanto que se haga hacia un conocimiento más amplio simplemente extiende el horizonte de la experiencia, pero todo permanece en el seno de la experiencia concebible. Una mente mayor que la de Newton o la de Einstein revelaría en la experiencia, en el mundo que está aquí, estructuras y procesos que nosotros no podemos hallar, ni siquiera barruntar. O tomemos esa idea de Bergson: todos nuestros recuerdos, o todos los sucesos en forma de imágenes, agolpándosenos encima, y sólo contenidos por un sistema nervioso central. Todo esto es concebible en un presente cuya riqueza completa estuviese a disposición de ese mismo presente. Esto no quiere decir que los eones revelados en esas estructuras y procesos, o las historias que esas imágenes connotarían, se fuesen a desplegar en un presente tan extenso temporalmente como implica su formulación. Significa, en la medida en que un concepto o invención tan desbocada pueda tener sentido, que cuando tratásemos cualquier problema que surgiese en la experiencia, se ofrecería a nuestro análisis una riqueza inconcebible.

El pasado en su transcurrir es irrecuperable, además de irrevocable. Está produciendo toda la realidad que existe. El significado de lo que es, queda iluminado y expandido frente a lo emergente de la experiencia, como (a + b) a la 25ª potencia en el teorema del binomio, por la expansión del transcurrir que está teniendo lugar. Decir que la Declaración de la Independencia se firmó el 4 de julio de 1776 quiere decir que en el sistema temporal que acarreamos con nosotros y con la fomulación de nuestros hábitos políticos, sale esta fecha en nuestras celebraciones. Siendo lo que somos en el mundo social y físico que habitamos, explicamos lo que tiene lugar en este esquema temoral, pero como los horarios de ferrocarril, siempre está sujeto a cambio sin previo aviso. Cristo nació en el año cuatro antes de Cristo.

Nuestro punto de referencia es siempre la estructura del presente, y la prueba a que sometemos la formulación es siempre la de llevar a cabo con éxito nuestros cálculos y observaciones en el futuro que va surgiendo. Si decimos que algo sucedió en tal fecha, podamos o no jamás especificarlo, querremos decir que si en la imaginación volviésemos atrás a la fecha supuesta, deberíamos tener tal experiencia, pero esto no es lo que nos ocupa cuando desciframos la historia del pasado. Lo que precisa iluminación y dirección es el sentido de lo que está teniendo lugar en la acción o en la apreciación, por la aparición constante de circunstancias novedosas desde el punto de vista de las cuales nuestra experiencia requiere una reconstrucción, que ha de incluir al pasado.

La mejor manera de definir este sentido se encuentra en el mundo en el seno del cual surgen nuestros problemas. Sus cosas son cosas duraderas que son lo que son debido al carácter condicionante del transcurrir. Su pasado está en lo que son. Un pasado como ese no es eventual. Cuando elaboramos la historia de un árbol cuya madera se encuentra en las sillas en las que estamos sentados, en todo el trayecto desde la diatomea hasta el roble cortado hace poco, esta historia gira en torno a la reinterpetación constante de hechos que están surgiendo constantemente: y estos hechos novedosos no se encuentran simplemente en el impacto de las experiencias humanas cambiantes sobre  un mundo que está allí. Pues, en primer lugar, las experiencias humanas son tan parte de este mundo como cualquier otra característica que éste tenga, y el mundo es un mundo diferente debido a estas experiencias. Y, en segundo lugar, en cualquier historia que construyamos nos vemos forzados a reconocer el cambio de relaciones entre el transcurrir condicionante y el acontecimiento emergente, en esa parte del pasado que pertenece al transcurrir, incluso cuando ese pasado no es expandido con la ideación. (xviii).

El resultado de lo que he dicho es que la valoración y sentido de todas las historias se encuentra en la interpretación del presente y bajo el control del presente; que en tanto que estructuras ideacionales surgen siempre del cambio, que es una parte de la realidad tan esencial como lo permanente, y de los problemas que el cambio conlleva; y que la exigencia metafísica de que haya una serie de acontecimientos que esté inalterablemente allí en un pasado irrevocable, con el que estas historias busquen una consonancia creciente y progresiva, procede de motivos ajenos a los que orientan la investigación científica más exacta.


Nota al capítulo 1 (7)

Las duraciones son un continuado deslizarse de presentes uno al interior del otro. El presente es un transcurrir constituido por procesos cuyas fases tempranas determinan en ciertos sentidos sus fases posteriores. La realidad, pues, siempre está en un presente. Cuando el presente ha pasado, ya no es. Surge la cuestión de si el pasado que surge en la memoria, y en la proyección de éste todavía más atrás, se refiere a acontecimientos que existieron como tales presentes continuos pasando uno adentro de otro, o a esa fase condicionante del del presente en transcurso que nos permite determinar la conducta con referencia al futuro que también está surgiendo en el seno del presente. Es esta segunda tesis la que mantengo aquí.

Se sigue de mi posición que el pasado es un constructo tal que la referencia que en él se encuentra no es a acontecimientos que tengan una realidad independiente del presente que es el asiento de la realidad, sino más bien a una interpretación tal del presente, en su transcurrir condicionante, que permita que tenga lugar una conducta inteligente. Es evidente por supuesto que los materiales a partir de los cuales se construye un pasado tal yacen en el presente. Me refiero a las imágenes memorísticas y las pruebas evidenciales con las que construimos el pasado, y al hecho de que cualquier reinterpretación de la imagen que nos hacemos del pasado se encontrará en un presente, y será juzgada con arreglo a los aspectos lógicos y evidenciales que tengan tales datos en un determinado presente. También es evidente que no hay apelación posible más allá de éstos y su ubicación en un presente, a un pasado real que se encuentre como un pergamino enrollado a nuestra espalda, y al que podamos recurrir para verificar nuestras construcciones. No estamos descifrando un manuscrito cuyos pasajes puedan hacerse inteligibles en sí mismos y queden como presentaciones seguras de esa porción que haya pasado antes, para ser suplementados con interpretaciones finales posteriores de otros pasajes. No estamos contemplando un pasado inamovible que pueda desplegarse tras nosotros en su integridad sin verse sujeto a más cambios. Nuestras reconstrucciones del pasado varían en su exhaustividad, pero nunca contemplan que sus hallazgos vayan a ser definitivos. Siempre están sujetas a reformulaciones concebibles, con el descubrimiento de nuevos datos, y esta reformulación puede ser drástica. Incluso las imágenes memorísticas más vívidas pueden ser erróneas. En una palabra, a nuestras seguridades en lo relativo al pasado nunca llegamos sobre la base de una congruencia entre el pasado construido y un pasado real independiente de esta construcción, aunque presupongamos una actitud tal—porque de hecho sometemos nuestras reconstrucciones hipotéticas inmediatas a la prueba del pasado aceptado y las evaluamos según se atengan al registro aceptado; pero este pasado aceptado se encuentra en un presente y es él mismo susceptible de una posible reconstrucción. (xix).

Ahora bien, es posible aceptar todo esto, admitiendo completamente que ningún elemento del pasado aceptado es conclusivo, y sin embargo mantener a la vez que pervive en nuestra formulación de un acontecimiento pasado una referencia a algo que sucedió y que nunca podemos esperar resucitar en el contenido de la realidad, algo que perteneció al acontecimiento en el pasado en el seno del cual ocurrió. Esto equivale a decir que hay tras nosotros un rollo de papiro de presentes que pasaron, al cual se refieren nuestras construcciones del pasado, aunque sin posibilidad de alcanzarlo jamás, y sin la anticipación de que nuestras continuas reconstrucciones se alcanzarán a él con una exactitud creciente. Y esto me lleva al asunto en cuestión. Semejante rollo de papiro, si se alcanzase, no es el relato que desean tener nuestros pasados. Si pudiésemos volver a traer el presente que transcurrió junto con la realidad que le pertenecía, no nos serviría. Sería ese presente, y le faltaría precisamente el carácter que exigimos del pasado, es decir, esa construcción de la naturaleza condicionante del transcurrir actualmente presente que nos permite interpretar lo que está surgiendo en el futuro que pertenece a este presente. (xx). Cuando uno recuerda sus días de niño no puede meterse en ellos tal y como era entonces, sin la relación que tienen a aquello en lo que uno se ha transformado; y si uno pudiese, es decir, si pudiésemos reproducir la experiencia tal y como tuvo lugar entonces,  no podríamos usarla, porque eso conllevaría no estar en el presente en el seno del cual habría de llevarse a cabo este uso. Una ristra de presentes concebiblemente existentes en tanto que presentes jamás constituiría un pasado. Si existe, por tanto, una referencia, no es a una entidad que no podría ubicarse en ningún pasado, y no puedo creer que la referencia, en el pasado tal como se experimenta, sea referencia a algo que no tendría la función o el valor que en nuestra experiencia corresponde a un pasado. No nos estamos refiriendo a un acontecimiento pasado real, que no sería el acontecimiento pasado que estamos buscando. Otra manera de decir esto es que nuestros pasados son siempre mentales, del mismo modo que los futuros que se encuentran en nuestra imaginación ante nosotros son mentales. Difieren, aparte de sus posiciones sucesivas, en que las condiciones determinantes de interpretación y conducta están encarnadas en el pasado en la manera en que éste se encuentra en el presente, pero se someten a la misma prueba de validez a la que se someten nuestros futuros hipotéticos. Y la novedad de cada futuro exige un pasado nuevo.

Esto, sin embargo, descuida un carácter importante de cualquier pasado, a saber, que ningún pasado que podamos construir puede ser todo lo adecuado que requiere la situación. Siempre existe una referencia a un pasado que no puede alcanzarse—uno que todavía sería consonante con la función y sentido de un pasado. Siempre es concebible que las implicaciones del presente se pudiesen llevar más adelante de lo que en efecto las estamos llevando, y más lejos de lo que pudiéramos llevarlas de hecho. Siempre hay más conocimiento que sería deseable tener para la solución de cualquier problema al que nos enfrentemos, pero que no podemos obtener. Con la obtención concebible de este conocimiento construiríamos indudablemente un pasado más auténtico para el presente en el que yacen las implicaciones de este pasado. Y es a este pasado al que siempre hay una referencia en el seno de cada pasado que imperfectamente se presenta a nuestra investigación. Si tuviésemos cada documento posible y cada monumento posible del período de Julio César, incuestionablemente tendríamos una imagen más verdadera del hombre y de lo que sucedió en su tiempo, pero sería una verdad que pertenecería a este presente, y un presente posterior la reconstruiría desde el punto de vista de su propia naturaleza emergente. Podemos, pues, concebir un pasado que en cualquier presente sería irrefragable. En la medida en que afectase a ese presente, sería un pasado definitivo, y si meditamos la cuestión, creo que es este pasado al que nos referimos en lo que va más allá de las afirmaciones que puede hacer el historiador, y el que tendemos a creer que es un pasado independiente del presente.



Capítulo II
EMERGENCIA E IDENTIDAD


Traducción  de José Ángel García Landa


Notas de la edición original (xxi)

(1). Para una exposición más completa de esta teoría el conocimiento, ver "A Pragmatic Theory of Truth", University of California Publications in Philosophy vol. 11, pág. 65 ss. (xxii)

(2). "Space, Time, and Gravitation", pág. 51.

(3). Las referencias recurrentes del Sr. Mead a Whitehead se basan principalmente en "The Principles of Natural Knowledge" y "The Concept of Nature", con alguna referencia también a "Science and the Modern World". No incluyó en su discusión "Process and Reality".

(4). Cf. "Experience and Nature", caps. 3 y 7.

(5). Cf. "The Principles of Natural Knowledge", 2ª ed., pág. 22 ss.

(6). "Identity and Reality" passim.

(7). Estas páginas se encontraron entre los papeles del Sr. Mead tras su muerte. Al parecer fueron escritos después del capítulo al que se anexan aquí, posiblemente como resultado de una discusión crítica del mismo en la reunión del Club de Filosofía de la Universidad de Chicago en enero de 1931.








Notas del traductor


(i)
Un tiempo tal es el que T. S. Eliot describe en Cuatro Cuartetos:

Time present and time past
Are both perhaps present in time future,
And time future contained in time past.
If all time is eternally present
All time is unredeemable.


(ii)
Esta formulación de Mead no deja de recordar la frase de Oscar Wilde en The Critic as Artist: que nuestro primer deber como historiadores es reescribir la historia—así como algunas nociones tempranas de su ensayo sobre los historiadores griegos, "The Rise of Historical Criticism". Ver mi comentario del mismo en esta nota: "Benefit of Hindsight", Vanity Fea 28 de enero de 2007.

(iii)
Account: narración, relato, representación, explicación, dar cuenta de. A pesar de las claras implicaciones narratológicas elijo un término narrativamente más neutro, "representación".

(iv)
P. H. Gosse, Omphalos: An Attempt to Untie the Geological Knot (Londres: John Van Vorrst, 1857). Ver dos excelentes ensayos sobre Gosse:
1) Jorge Luis Borges, "La creación y P. H. Gosse," en Borges, Otras inquisiciones (Madrid: Alianza, 1985), 31-34;
2) Stephen Jay Gould, "El ombligo de Adán," en Gould, La sonrisa del flamenco (Barcelona: RBA, 1995) 85-96.
Mead también alude a Edmund Gosse, hijo de P. H. Gosse y más conocido que él como hombre de letras.

(v)
Obsérvese que en este párrafo Mead ha separado la hipótesis de un pasado fijo (que considera innecesaria) del ideal regulativo de la verdad y coherencia que guía la investigación científica (y que él mantiene).

(vi)
Así pues, Mead no parece considerar fructífero o posible lo que Michael André Bernstein (en Foregone Conclusions: Against Apocalyptic History) denomina "sideshadowing", o sea, el retorno imaginativo al pasado como presente que fue, imaginando su futuro todavía abierto al neutralizar mentalmente el futuro determinado (para nosotros ya pasado) que efectivamente siguió.

(vii)
Obsérvese la imagen utilizada por Mead, "reescritura", derivada probablemente de la imagen común del pasado figurado como un registro o crónica, pero que el contexto de la presente discusión contribuye a enfatizar la naturaleza textual, semiótica (y por tanto inherentemente comunicativa, interactiva) del pasado.

(viii)
Para la investigación científica.

(ix)
Es lo que podría llamarse el "hindsight bias", o distorsión retrospectiva, de la racionalidad.

(x)
Esto llevaría a pensar que es en cierto modo falaz la noción de intentar imaginar o retomar el pasado "en sí", como un presente que no hubiese dado lugar a los fenómenos emergentes–que es lo que proponen en cierto modo Gary Saul Morson (Narrative and Freedom) y Michael André Bernstein (Foregone Conclusions) con la noción de "sideshadowing". Ello no quita para que esta noción tenga otras funciones cognitivas apreciables, que no son las que Mead está discutiendo aquí.

(xi)
Dada esta necesaria dialéctica parte/todo en el estudio de la emergencia, podría deducirse que la consideración de estas cuestiones conlleva un proceso de circulación hermenéutica entre las construcciones cognitivas que llamamos pasado y presente.

(xii)
Puede compararse en este punto la discusión de la causalidad y el determinismo que proporciona Gustavo Bueno. Ver mi nota "Crítica de la causalidad" en García Landa, Vanity Fea 16 Feb. 2007.

(xiii)
Es de notar en estas reflexiones de Dewey y Mead una teoría del conocimiento (y de la emergencia) explícitamente narrativística: atenta, de hecho, a una narratividad de la retrospección y de la relación dialéctica, mutuamente constitutiva, entre el punto de vista del narrador (por una parte) y el ser mismo de la historia transcurrida que lleva al acto narrativo como fenómeno emergente (por otra). Una teoría, en suma, de la retroacción narrativa (Ver, sobre otros aspectos cognitivos de esta retroacción, mis ensayos en Objects in the Rearview Mirror May Appear Firmer Than They Are).

(xiv)
Puede entenderse el sentido de este pasaje como una crítica pragmática al idealismo—idealismo en la versión de Whitehead, y crítica que se sitúa en la línea de los debates empiricistas y nominalistas, característicos de la filosofía anglosajona, argumentando contra la existencia real de las entidades ideales.

(xv) En estas reflexiones de Mead sobre los instrumentos conceptuales que utilizamos para definir el tiempo y su transcurso puede verse el establecimiento de las bases conceptuales primeras de una narratología—si por narración entendemos la representación de procesos temporales. Pues los primeros problemas a los que debe enfrentarse una narratología son la definición de sucesión temporal, por una parte, y la manera en que el instrumento conceptual de representación estructura el objeto representado, por otra. Y estos son los problemas que trata Mead cuando intenta definir el status conceptual de la noción de transcurso. Se observará el elemento de retroactividad y de prospección que hay en la definición que de Mead del presente. En este sentido se trata de una definición narrativizante del tiempo, especialmente sugerente por tanto para sentar los cimientos filosóficos de una teoría narratológica.

(xvi). Queda claro, pues, que para Mead el pasado y el futuro no existen en el mismo sentido en que existe el presente, sino que están subordinados a él. No están ubicados en la realidad sino a través del presente: más en concreto, son funciones semióticas y modalidades comunicativas de los organismos (y en especial de los seres humanos). Podríamos preguntarnos, sin embargo, si el presente no es, asimismo y en primer lugar, además del espacio de interacción de los organismos y lugar de ubicación de la realidad (abstraído por una observacion hipotética), una función semiótica y modalidad comunicativa de los mismos, en un sentido similar al del pasado y el futuro y en mutua delimitación con ellos.

(xvii).  Posiblemente haya que entender esta "presencia" no sólo en un sentido temporal sino espacial. Las tecnologías de comunicación a distancia, que hacen "presentes" otros lugares, tienen así mucho en común, en su carácter semiótico, con las tecnologías de almacenamiento o transmisión temporal.

(xviii). "... incluso cuando ese pasado no es expandido con la ideación": parece este último caso difícilmente instanciable en ejemplos concretos, pues todo pasado que concibamos es producto de la ideación—y se queda esta reflexión por tanto en una especie de aporía metodológica que en la que damos con frecuencia cada vez que intentamos aislar un hecho al margen de su representación.

(xix). Obsérvese, sin embargo, que el razonamiento de Mead puede extenderse al presente, que como apuntábamos en la nota (xvi) es también un constructo semiótico provisional, y en modo alguno sustentado en sí mismo: un constructo cuya entidad depende parcialmente del pasado y del futuro—del pasado y del futuro en él mismo contenidos. Por ejemplo, en el límite, cualquier situación presente podría ser una alucinación, cualquier situación social una fabricación o charada de las que tan magistralmente analiza Erving Goffman en Frame Analysis. El presente descansa, para ser lo que es, sobre el pasado que nos lleva a interpretarlo como lo que creemos que es, y sobre el futuro que nos "asegura" su sustancialidad mediante el refrendo continuado de los aspectos básicos de la identidad del presente tales como los concebimos. Tal es la naturaleza hermenéutica y dialéctica de la fenomenología temporal humana. Decimos humana, pues esta complejidad estructural de la experiencia temporal que estructura internamente el presente por respecto al pasado y al futuro es privativa de la especie humana, y de la complejidad de sus sistemas de representación temporal. El presente en el que vivimos está penetrado de futuro y organizado por la pervivencia del pasado de un modo mucho más intenso que el de otros seres inteligentes, hasta el punto que no puede considerarse como una base estable o "real" (por móvil que sea) para sustentar el pasado y el futuro, como propone Mead; antes bien, el presente humano se abisma de modo paradójico en el pasado y el futuro que él mismo contiene.

(xx). Podría leerse este fragmento como una refutación avant la lettre de la teoría del sideshadowing de Michael André Bernstein (Foregone Conclusions) y Gary Saul Morson (Narrative and Freedom). Si el pasado nos interesa, no es como el presente que fue, sino como el pasado que es, arguye Mead. Ahora bien, la cualidad reflexiva y paradójica del presente que señalábamos en la nota anterior proporciona un punto de apoyo para defender la validez, en su justa medida, de las tesis de Bernstein y Morson.

(xxi).
Notas originales de la edición póstuma de "The Philosophy of the Present", en numeración arábiga y sin enlace hipertextual. Mis comentarios y notas de traductor van en forma de comentarios hipertextuales como el presente, con numeración romana.

(xxii).
Este artículo y muchas otras obras de Mead, incluyendo The Philosophy of the Present, se encuentran en el sitio web The Mead Project de Brock University (Toronto), editado por Robert Throop y Lloyd Gordon Ward.



Capítulo II
EMERGENCIA E IDENTIDAD