Narración, Identidad, Interacción—Relectura

José Ángel García Landa
(Universidad de Zaragoza)

Este título ha cambiado varias veces desde que comencé a redactar el trabajo. A menudo descubrimos lo que queríamos decir únicamente cuando lo hemos dicho—o descubrimos quiénes somos sólo al ver lo que hemos hecho. También sobre esto versa este trabajo. Examinaré la naturaleza configurativa del discurso, haciendo converger varios temas diferenciados: (1) la relectura, (2) la narración, (3) la identidad y (4) la interacción. A ellos se refiere el título. También intenta realizar una configuración preliminar de estos términos uniéndolos parcialmente en una frase un tanto problemática, algo así como "relectura de las relaciones entre narración, identidad e interacción (y relectura)".[1]

Podríamos intentar una integración inicial de estos términos dispares mediante comparaciones tentativas o síntesis parciales, viendo primero los conceptos a que alude el título por pares, unos en términos de otros. Por ejemplo, empezando por "identidad" y "narración",  y seguidamente "relectura" y "narración", examinando la narración como una forma de relectura.

Identidad y narración

Identidad y narración son términos consonantes desde una perspectiva que partiendo de Heidegger sostenga la articulación del Ser por medio del lenguaje. De hecho podríamos remontarnos hasta Parménides, si consideramos que tiene relevancia para el tema que tratamos una identificación todavía más general del Ser y el pensamiento.[2]

Pero uno puede perder fácilmente el hilo estableciendo relaciones tan generales, especialmente cuando su relevancia para la cuestión de la narración y la identidad (que es nuestro objeto) está únicamente implícita. Prefiero remitirme, por tanto, a una línea de pensamiento con la que congenio más, y que creo proporciona una referencia clásica más inmediatamente relevante para fundamentar la relación entre la identidad personal y la narración. Se trata de la idea de Hume al efecto de que nuestra noción de identidad personal se constituye mediante nuestras asociaciones de ideas, como un efecto de la memoria. Las estructuras narrativas, aunque no son explícitamente mencionadas por Hume, son ciertamente un instrumento básico para establecer asociaciones entre recuerdos y proporcionar un sentimiento de la propia identidad. El análisis que hace Hume de la identidad personal empieza con una reflexión más general sobre los conceptos de identidad y diversidad:

Tenemos una idea diferenciada de un objeto, que permanece invariable e ininterrumpida a lo largo de una variación de tiempo que supongamos: y a esta idea la llamamos la de identidad o mismidad. Tenemos también una idea diferenciada de varios objetos diferentes que existen en sucesión y están conectados entre sí mediante una relación estrecha: y esto a una visión exacta le proporciona una noción tan perfecta de la diversidad como si no hubiese ningún tipo de relación entre los objetos. Pero aunque estas dos ideas, la de identidad y la de una sucesión de objetos relacionados, sean en sí mismas perfectamente distintas, e incluso contrarias, sin embargo es cierto que en nuestra manera corriente de pensar se confunden generalmente una con la otra. (Hume 1896: 253; traducción mía).

Si se acepta el diagnóstico de Hume, se verá fácilmente que una narración que conecta una diversidad de acontecimientos conducirá fácilmente a generar un objeto ideal (por ejemplo, un acontecimiento histórico) cuya identidad será producida por la configuración narrativa. Porque "nuestra propensión a confundir identidad con relación es tan grande, que somos dados a imaginarnos algo desconocido y misterioso que conecta a las partes, al margen de su relación" (1896: 254). Tanto las narraciones como las identidades personales parecen estar entre los ejemplos más claros de este principio general que describe la generación de  objetos ideales—aunque se cuestione el principio en sí en tanto que base para describir la generación de todo tipo de objetos ideales.

Todos los objetos a los que adscribimos una identidad, sin observar en ellos invariabilidad y falta de interrupción, consisten en una sucesión de objetos relacionados. (1896: 255)

La identidad que adscribimos, como de costumbre en Hume, depende al menos tanto del hábito como de la experiencia directa: ciertamente, "donde al fin se observa que los cambios se vuelven considerables, tenemos reparos en adscribir identidad a objetos tan distintos" (1896: 257). Pero si la identidad se crea mediante el "avance ininterrumpido del pensamiento" (1896: 256)—entonces cualquier interrupción del pensamiento también interrumpirá la adscripción no problemática de identidad. Por tanto, podríamos añadir, el debate sobre identidades que cuestione las ideas recibidas y los hábitos mentales puede producir una seria conmoción en los medios corrientemente utilizados para transmitir identidades—o para constituirlas.

Otro aspecto interesante de la concepción de Hume es que la identidad es adscrita por el observador; no es inherente a las cosas asociadas en sí mismas (1896: 260). Y de hecho, la identidad personal parece requerir para Hume una dimensión reflexiva, ya que es adscrita mediante la auto-observación del sujeto, en su capacidad reflexiva, no mediante la conexión espontánea de ideas en la mente. La identidad se cimenta con la repetición, con la duplicación semiótica, ya sea en forma de reflexión, o en forma de memoria:

el recuerdo no sólo descubre la identidad, sino que también contribuye a sus producción, al producir la relación de parecido entre las percepciones. . . . Como únicamente la memoria nos da a conocer la continuidad y extensión de esta sucesión de percepciones, ha de considerarse, sobre todo por esa razón, la fuente de origen de la identidad personal. (Hume 1896: 261)[3]

El concepto fluido del yo que asoma la cabeza en esta concepción de Hume encuentra una formulación decididamente moderna en la obra de Nietzsche. Para Nietzsche, el yo no es una sustancia, sino un devenir, una construcción, que se vuelve sobre sí mismo para conocerse y rehacerse indirectamente mediante signos y símbolos de auto-interpretación (Polkinghorne 1988: 154). Menos espectacularmente quizá que en Niezsche, el yo moderno tal como es teorizado por los existencialistas y por las ciencias sociales hermenéuticas siguiendo a Heidegger y a Paul Ricoeur es un yo que tiene una dimensión narrativa como ingrediente esencial. Citando a Donald Polkinghorne,

los seres humanos existen en tres dimensiones: la dimensión material, la dimensión orgánica, y la dimensión del significado. La dimensión del significado se estructura de acuerdo con formas lingüísticas, y una de las formas más importantes para crear sentido en la existencia humana es la narración. (Polkinghorne 1988: 183)

Desde el punto de vista de la psicología hermenéutica, el yo es un producto de la acción y de la representación, y las narraciones del yo son un principio de representación y estructuración de primer orden. En este sentido la realidad está entretejida con ficciones narrativas. El análisis que hace Ricœur de las configuraciones temporales en Tiempo y narración, de la interpenetración que se da entre historia y ficción en cualquier representación narrativa, es quizá la intervención teórica contemporánea de mayor calado desarrollando esta línea de pensamiento.

En Narrative and the Self, Anthony Paul Kerby observa que las implicaciones de la hermenéutica narrativa son igualmente relevantes para la historiografía, la teoría literaria y la psicología:

Las historias que contamos sobre nosotros mismos están determinadas no sólo por la manera en que somos narrados por otras personas, sino también por nuestros lenguajes y por los géneros narrativos heredados de nuestras tradiciones. (Kerby 1991: 6)

La autonarración es una actividad interpretativa: el significado del pasado del sujeto se reconfigura en el presente: "nuestras narraciones conscientes inevitablemente reconfiguran y añaden incrementos al nivel prenarrativo de la experiencia" (Kerby 9). Para pensadores como Alasdair MacIntyre y Hannah Arendt, la autocomprensión conlleva la estructuración argumental de las experiencias propias: somos "animales narradores" (MacIntyre 1981, cit. en Kerby 1991: 12). Según comenté al discutir la teoría de Hume, hay una relación entre el acceso a la memoria y la estructuración argumental (cf. también Kerby 28). La estructuración narrativa de los recuerdos genera nuestra comprensión del pasado. El pasado no tiene un significado determinado, ya que no podemos evitar "la historicidad de nuestra mirada y de nuestros intereses". Para Kerby, "nuestro discurso sobre la identidad es constitutivo de la identidad, no se refiere a un sujeto ontológicamente previo. . . . El sentido de una vida puede comprenderse adecuadamente sólo mediante un marco narrativo, un relato" (Kerby 31, 33). La distancia de la que hablan los analistas de la novela entre el yo personaje, sujeto de la experiencia, y el yo narrador, es esencial también para el estudio de la subjetividad en general (Kerby 38).

La narración es un instrumento cognitivo que transmite articulaciones sociales de la identidad. Cada acto de comunicación implica en mayor o menor medida un acto de interpretación y de reconfiguración. Los esquemas narrativos, por tanto, son comunicados, pero también son transformados en el curso de su aplicación a casos concretos. Esto se da tanto más cuando las narraciones son auto-reflexivas, deliberadamente experimentales. Si la narración es una configuración de tiempo y sentido, las configuraciones complejas como las que desarrollan las narraciones artísticas son modelos y prototipos esenciales para el desarrollo de una comunicación social creativa.


"Narración" y "Relectura"

La narración puede considerarse como una modalidad de la relectura. No tanto desde el punto de vista del receptor, a quien normalmente se informa mediante la narración de algo nuevo para él, sino más bien desde el punto de vista del narrador, que ya "conoce la historia" pero ha de darle una nueva configuración cada vez que la cuenta. La narratividad tiene muchas dimensiones, pero la capacidad de repetición, de re-narración, es ciertamente una de ellas. Cuanto más repetible, tanto más narrativa es una historia; tanto más claros están los protocolos narrativos. Por ejemplo, en lo relativo a la narración conversacional, los protocolos narrativos están poco presentes en las narraciones que sólo se efectúan una vez (por ejemplo, cuando relato a mi esposa lo que he hecho por la mañana en la oficina), pero se vuelven más definidos en las narraciones que han adquirido una identidad—por ejemplo, y todavía en el nivel de la conversación, anécdotas "célebres" que los conocidos se recuerdan unos a otros e incitan a recontar, pero también, por supuerto, en las narraciones que han adquirido importancia cultural: narraciones con títulos, escritas y publicadas (que desarrollan convenciones narrativas propias), mitos, novelas, películas... La ficción, por supuesto, no puede considerarse una "relectura" de acontecimientos en sentido literal, pero sus protocolos comunicativos derivan de los de las narraciones que son una relectura de acontecimientos, y además toda ficción recicla esquemas narrativos existentes, arquetipos, personajes que responden a una tipología.

La lectura en sí misma contiene elementos de relectura, ya que requiere un momento retrospectivo de revisión y de reconfiguración del pasado: no hay una línea nítida de demarcación entre lectura y relectura. Como observa Wolfgang Iser, 

durante el proceso de relectura, hay un entretejerse activo de anticipación y retrospección, que en una segunda lectura puede convertirse en una especie de retrospección por anticipado. (1974: 282; traducción mía)

La relectura es un fenómeno complejo en el que pueden diferenciarse varias dimensiones. Por ejemplo, la relectura inherente a la linealidad del lenguaje (que vuelve sobre la pura secuencia de sonidos, letras, palabras o frases para estructurarlos y reinterpretarlos a la luz de los signos que los han seguido en la cadena hablada o escrita). También, la relectura de esquemas discursivos y retóricos, o esa otra dimensión de relectura que es consecuencia de la reconfiguración operada por estructuras narrativas.

Sostiene David Galef que "la relectura hace resaltar algunos aspectos del texto y otros los amortigua" (1998: 21, traducción mía). Lo mismo podría decirse en lo referente a otras formas de duplicación semiológica, como la adaptación de una novela en una película, o la interpretación crítica: en cada caso hay pérdidas y ganancias, y algunas cuestiones desaparecen con la transformación de un texto en otro. Y lo mismo se aplica también a la configuración narrativa considerada como relectura: intensifica algunos aspectos de la serie prenarrativa de acontecimientos, y amortigua otros. La narración en tanto que lectura de acontecimientos está inherentemente abierta a respuestas conflictivas cuando los acontecimientos a que se refiere son factuales y del dominio público, como en el caso de las narraciones históricas. El conflicto sobre la lectura o representación narrativa se da incluso en torno a aquellos acontecimientos ficticios que en cierto sentido son, podría decirse, propiedad e invención personal del autor: el conflicto puede surgir, sin embargo, ya que se basan en arquetipos, esquemas valorativos y presuposiciones que existen con anterioridad, tipos de carácter, modelos argumentales, etc. El conflicto en torno a la configuración narrativa es, por tanto, una modalidad prominente de interacción narrativa. (Por suerte también hay otras).

Si la narración es en cierto sentido una relectura, entonces releer (literalmente) una narración es siempre ya una duplicación de una relectura inicial. Algunas narraciones reconocen esto, y crean efectos de relectura en su primera lectura: por ejemplo Les Faux Monnayeurs de Gide, paradigma de muchas ficciones reflexivas (cf. Galef 1998: 28). Al hacer esto, llevan el proceso de relectura implícita un paso más allá. La repetición, por tanto, conduce tanto a la diferenciación como a la identidad; no puede haber repetición exacta, sino únicamente una identidad convencional, para determinados propósitos, entre dos fenómenos semióticos distintos.

Naturalmente, podríamos llevar al extremo este principio, y negar en absoluto la posibilidad de identidad. Por ejemplo, si nuestra visión retrospectiva como relectores modifica la segunda lectura (ya que esta vez conocemos el final de la historia), ya no estamos leyendo "lo mismo", así que paradójicamente la relectura lleva a la negación de la relectura en sentido estricto (ver Birkets 1998). Pero se aprecia rápidamente que para la mayoría de las finalidades prácticas necesitamos un grado de abstracción que nos permita hablar tanto de identidad como de diferencia en los fenómenos que analizamos.

Cuando la narración se hace literatura, la densidad de la significación procedente de la relectura se hace mayor.[4]La literatura (en el sentido de "algo que se escribe como literatura, o para que se vuelva literatura") es un tipo de escritura que aspira a ser releída. La literatura (en el sentido de "clásicos consagrados, obras canónicas") es aquello que ya ha sido releído por una tradición cultural. Nos llega ya evaluada, lista para su uso en la interacción comunicativa—y a ella van adheridos muchos intertextos y muchas duplicaciones semióticas potencialmente útiles (lecturas, crítica, alusiones...). Hay muchas individualidades y contextos con los que podemos elegir interactuar mediante el vehículo que nos proporciona un clásico.[5]

"Lectura" e "interacción"

Antes de adentrarnos en el tema apuntado, tomemos dos términos más de nuestro título para ver la manera en que se interseccionan, o interactúan: "lectura" e "interacción". La lectura debería conceptualizarse como interacción, o incluyendo la interacción entre sus componentes, con roles textualizados para los receptores, según teorizaron Walker Gibson, Wayne Booth o Wolfgang Iser, con sus diversos conceptos de lectores de pega ("mock readers"), autores implícitos o lectores implícitos, respectivamente.

El énfasis de los teóricos de la literatura en la interacción textual debería entenderse conjuntamente con otros desarrollos paralelos en el estudio de la interacción conversacional, o del uso del lenguaje en general. Los lingüistas del texto y analistas del discurso también han enfatizado los protocolos colaborativos que hacen posible la comunicación textual. Michael Hoey, por ejemplo, arguye que

[l]os escritores se anticipan a nuestras necesidades presentando la información en el orden en que la necesitamos y en el que la hemos recibido en el pasado, y nosotros por nuestra parte tenemos expectativas conformadas por nuestra confianza en que el escritor va a anticiparse a nuestras necesidades. (Hoey 2000: 49, traducción mía)

Un texto es una interfaz de interacción en la que autor y lector se reúnen para un encuentro comunicativo que ha sido diseñado por los autores, pero que es iniciado por los lectores, y se desarrolla en un marco de entendimiento común que podría describirse en términos generales con las máximas de Grice sobre la cooperación comunicativa ("Sé relevante", "sé ordenado", "no digas cosas sobre las que no tienes evidencia suficiente", etc. —ver Grice 1989). Además,

Además de ser un lugar de interacción entre autor y lector, un texto también puede ser el lugar en el que un escritor registra interacciones anteriores, o representa de modo ficticio interacciones que invocan uno o más participantes además del escritor y lector mismos. (Hoey 2000: 186-87, trad. mía)

Así, el texto es el lugar donde interactúan una multiplicidad de intenciones (cf. Sell 2000: 202).

Los patrones interactivos descritos por Hoey se desarrollan sin embargo a lo largo de las líneas calculadas y diseñadas por un autor. Otras teorías de pragmática lingüística ofrecen una noción más flexible y abierta de significado en interacción. Para Jenny Thomas,

el significado no es algo inherente a las palabras en sí mismas, ni es producido por el hablante solo, ni por el oyente solo. La producción del significado es un proceso dinámico, que comprende la negociación del significado entre el hablante y el oyente, el contexto de enunciación (físico, social y lingüístico) y el potencial de significado de un enunciado. (Thomas 1995: 22)

¿Cuál es el papel de la pragmática en la lingüística? Según Thomas,

la pragmática se ocupa de las cuestiones que no se tratan en otras áreas de la lingüística, como la asignación de sentido en un contexto—significado del enunciado y fuerza pragmática—los actos de habla, la implicatura, la indirección y la negociación del significado entre hablante y oyente. (Thomas 1995: 184)

Se observa fácilmente que hay aquí un continuo entre pragmática y teoría literaria—tan pronto como caemos en la cuenta que la pragmática no se aplica únicamente a la interacción cara a cara, y sustituimos "hablante" y "oyente" por "escritor" y "lector" en el fragmento que acabamos de citar. Esto hace surgir el problema de los múltiples contextos de la comunicación escrita. Podemos tomar en consideración el contexto del autor, el contexto del lector, y el contexto implícito de la comunicación literaria en el que pueden entrar en contacto. Pero la relación entre estos contextos no está predeterminada.

Quizá estas cuestiones puedan enfocarse de manera útil por vía del terreno común que comparten con las propuestas del interaccionismo simbólico en otras ciencias sociales. Hay importantes coincidencias metodológicas entre los planteamientos de George Herbert Mead, Herbert Blumer y Erving Goffman, y los desarrollos contemporáneos de la pragmática literaria que derivan de la obra de Bajtín (1981, 1986), así como con la crítica de la lingüística formalista que efectúa la lingüística integracionalista.

Según el interaccionismo simbólico, el estudio de la interacción social ha de tener en cuenta la globalidad de la interacción de los actores, y no meramente los rasgos de la acción preseleccionados por un modelo estructural: "la interacción social es una interacción entre actores y no entre factores a ellos imputados" (Blumer 1986: 8). Este planteamiento de los interaccionalistas simbólicos recuerda a la "descripción espesa" (thick description) de los fenómenos sociales concretos abogada por Geertz (1973), así como la descripción del uso del lenguaje, en tanto que anclado en un proceso comunicativo más amplio, que realizan los integracionalistas.[6]

En virtud de la interacción simbólica, la vida de los grupos humanos es necesariamente un proceso formativo y no una mera arena para la expresión de factores preexistentes. (Blumer 1986: 10)

Los signos dirigidos al propio emisor, la comunicación reflexiva y las autorrepresentaciones del sujeto son parte de un proceso permanente de auto-interacción (1986: 13). La estructuración narrativa puede interpretarse como uno de estos signos dirigidos al propio emisor (aunque no se encuentran en Blumer referencias ni a la narración ni se halla en él vocabulario hermenéutico).

Los esquemas de acción preestablecidos no gobiernan las acciones futuras:

La acción conjunta repetitiva y estable deriva de un proceso intepretativo tanto como el desarrollo por vez primera de un nuevo tipo de acción conjunta (. . . ). Es el proceso social de la vida del grupo el que crea y mantiene las reglas, no las reglas las que crean y mantienen la vida del grupo. (Blumer 1986: 18-19)

El interaccionismo simbólico niega la fijeza de la realidad del mundo empírico: "la realidad del mundo empírico aparece en el el 'aquí y ahora' y es continuamente refundida al lograrse nuevos descubrimientos" (Blumer 1986: 23, trad. mía). El énfasis que pone Blumer en la interpretación casa bien con una perspectiva hermenéutica sobre las ciencias sociales. Hay aquí, como ya hemos apuntado, interesantes puntos de contacto con la lingüística integracional, en el sentido de que la situación significativa completa no está predeterminada por cualesquiera códigos preexistentes que se hayan tomado en consideración. La crítica de Blumer a los modelos formalistas en el análisis social tiene mucho en común con el rechazo de los integracionalistas a las "reglas" preexistentes que supuestamente gobiernan la actividad lingüística.[7]

Los estudios pragmáticos más influyentes hoy también han tenido que prescindir de reglas en favor de principios comunicativos más flexibles tales como la relevancia. En el uso del lenguaje tanto hablantes como oyentes tienen en cuenta el carácter abierto de la interacción. Por ejemplo, la fuerza intencionada de una enunciación (si es una pregunta, una solicitud, etc.) puede dejarse indeterminada por parte del hablante o por parte de la respuesta interpretativa que le da el oyente: "puede ser que ambos interlocutores tengan interés en que la fuerza de la enunciación sea negociable" (Thomas 1995: 195, trad. mía).  Lo mismo puede aplicarse, por cierto, a las prácticas literarias. Cuando Defoe publicó Robinson Crusoe como un relato en primera persona, su naturaleza factual o ficcional quedaba abierta para que la negociasen sus lectores. 

El habla en general, según Thomas, "no es simplemente una reflexión del contexto físico o social, ni de la relación entre los roles de los dos hablantes"; antes bien, su uso es creativo y dinámico; se emplea tanto para establecer como para cambiar la naturaleza de la relación entre los interlocutores y la naturaleza de la actividad en la que están participando. El lenguaje puede usarse para "romper el marco"[8] o recontextualizar el encuentro interactivo que está teniendo lugar, redefiniendo aspectos del contexto

el contexto no puede considerarse únicamente como algo dado, algo impuesto desde fuera. Los participantes, mediante su uso del lenguaje, también contribuyen a hacer y a cambiar su contexto. (Thomas 1995: 194, trad. mía)

Lo cual se hace, en parte, mediante la reinterpretación que hacen sobre cuál es el contexto relevante, y su comunicación mutua de esta reinterpretación.[9]

Esta contingencia del contexto ha sido enfatizada recientemente por Roger Sell (2000) con respecto a la comunicación literaria: el contexto no es algo ya dado, se establece no sólo mediante la presuposición, sino también mediante la negociación. Puede cambiarse por medio de la interacción. Esta co-adaptabilidad es un importante principio de la interacción comunicativa. Enfatiza Sell la importancia de ambos contextos, el contexto de escritura y el actual contexto de lectura, con el fin de desarrollar una pragmática histórica pero no historicista (Sell 2000: 183). Sin embargo, cuando Sell habla de la creatividad de los artistas a la hora de cambiar las ocnvenciones y para responder a sus predecesores haríamos bien, asimimismo, en recordar la creatividad de los críticos a la hora de cambiar las convenciones de lectura. Ambas actividades textuales revelan la importancia de la visión periférica, la capacidad de prestar atención a lo que es relevante en el contexto comunicativo preciso en el que estamos implicados. Los buenos comunicadores, sean hablantes, escritores creativos o críticos, adaptan las normas de cortesía comunicativa que regulan la interacción y las cambian de modo creativo para adaptarse a la situación (cf. Sell 2000: 219-20).

La naturaleza integrativa del evento comunicativo ha de tenerse en cuenta a la hora de analizar el contexto y sus transformaciones. Las situaciones comunicativas son densas, e incluyen más elementos de los que son señalados como relevantes por los hablantes o escritores. Pero, de nuevo, lo que es irrelevante para un interlocutor puede ser señalado como relevante por otro. Goffman (1981) observa que una respuesta interaccional no es lo mismo que una réplica. En una respuesta, el interlocutor que responde puede dirigirse a una parte del mensaje recibido más algún elemento del contexto global que no era contemplado por el hablante. Esto es cierto en la interacción hablada, y es cierto asimismo en el debate crítico entre escuelas en teoría literaria. Un Nuevo Crítico puede desear concentrarse en la dinámica formal de un texto, mientras una crítica feminista puede ver la relevancia que tienen para su propio proyecto crítico muchos aspectos del texto que eran desatendidos por el formalismo. Esto supone una recontextualización de la interacción propuesta, "cambiar el tema" de la conversación crítica y reafirmar el hecho de que las respuestas de lectores y críticos no están subordinadas a los planes de los autores literarios. La modalidad comunicativa propuesta por el texto puede reorientarse, y el texto usarse para un propósito comunicativo no calculado por su autor: por ejemplo, como tema de una interacción subsiguiente entre un crítico y sus propios interlocutores—que a su vez pueden desear contestar polémicamente a la intervención del crítico y no meramente asentir o aceptarla. 

Una actitud reverente hacia la literatura todavía desorienta a muchos estudiosos a la hora de interpretar la función interactiva de la crítica. Por ejemplo, lo que echo de menos en las teorías sobre pragmática literaria tanto de Wolfgang Iser como de Roger Sell es que haya un lugar para la interacción entre sí de lectores (o de críticos) usando los autores o las obras como medio o tema de interacción.Tanto Iser como Sell tienden a tener en cuenta únicamente la interacción autor-lector.

"Interacción", "Identidad" y "Relectura": Lectura resistente

La narración es, entre otras cosas, un drama de identidades, en el cual el autor y el lector interactúan de manera compleja, a través de una interacción simbolizada entre diversos sujetos textuales: autores y lectores implícitos, narradores y narratarios, personajes. El lector es invitado, a veces mediante una compleja retórica de alocución a narratarios ficticios, a adoptar una identidad propuesta por la narración—a comportarse como el lector implícito. La posición del lector implícito es, pues, el lugar provisIonal para la instalación del lector en el intercambio discursivo—en tanto que lector, no en tanto que interlocutor plenamente autorizado. Desde el momento en que el lector se convierte en alguien más, en escritor, en crítico, etc., se plantea la elección entre dos alternativas: o bien seguir siendo un lector ideal que simpatiza con el texto, o bien delimitar una actitud fuera de los cálculos del texto, volviéndose un lector resistente.[10] La lectura resistente conlleva delimitar la posición ideológica del lector frente al texto. La lectura resistente encuentra su espacio de expresión más propio en la escritura crítica: en realidad deberíamos hablar de crítica resistente o de escritura resistente. La lectura de por sí estimula la participación, la aceptación temporal de los presupuestos del texto (excepto en el caso de textos provocativos u ofensivos). Sólo la escritura tras la relectura invita a las modalidades más sutiles de análisis ideológico y de respuesta crítica considerada.

Podemos ahora reexaminar desde esta perspectiva el concepto de configuración narrativa desarrollado por teorizadores como Mink y Ricœur. Ambos insistieron en que la narración tiene una dimensión retrospectiva o aun retroactiva, haciendo resaltar un esquema interpretativo en los acontecimientos de la historia o de la experiencia personal. Así lo expresa Polkinghorne:

La actividad del argumento consiste en extraer una estructura a partir de una sucesión, y supone un tipo de razonamiento que va y viene desde los acontecimientos hasta el argumento hasta que se da forma a un argumento que a la vez respeta los acontecimientos y los comprende en un todo. Hasta la "más humilde" de las narraciones es  siempre más que una serie cronológica de acontecimientos: es la recopilación de los acontecimientos para formar una historia con sentido. (Polkinghorne 1988: 131, trad. mía)

La perspectiva hermenéutica, que considera a la narración un modo particular de conocimiento, ha resultado en una revalorización del concepto de argumento. Para Paul Ricœur, "el argumento puede aislarse de los juicios acerca de la referencia y contenido de una historia, y puede verse en lugar de eso como el sentido de una narración" (Polkinghorne 1988: 131). Naturalmente , el argumento de una narración es "el sentido" propuesto por la propia narración. El ojo de un lector resistente, de un crítico crítico o "disonante" con el texto, puede detectar la violencia que se ha usado con los acontecimientos para configurar el argumento.  Este es el tipo de razonamiento que emplean aquellas tendencias de la hermenéutica narrativa que denuncian la "distorsión retrospectiva" (hindsight bias) y las ilusiones perspectivísticas que se imponen mediante la forma narrativa, como por ejemplo la ilusión de fatalidad o la imposición artificial de esquemas interpretativos trágicos o cómicos sobre la experiencia (Bernstein 1994, Morson 1994).

La narración tiene una fuerza configuracional retrospectiva que puede llegar a ser incluso una especie de retroacción, ya que los acontecimientos pasados son "generados" en tanto que tales por las perspectivas actuales, y reciben la clase de identidad ideal que describía Hume. Lo que deberíamos enfatizar aquí es que la observación o valoración de una narración supone un nuevo tipo de reconfiguración, especialmente cuando la narración es recontextualizada críticamente.[11] Se genera un nuevo argumento, uno que incluye al observador o lector. Una de las principales tareas de la crítica (incluso de la crítica hermenéutica "consonante" con la ideología del texto) es hacer explícito lo que estaba implícito. Pero esto implica también transformar, interpretar, desplazar el énfasis, apropiarse del sentido, dar una nueva configuración a acontecimientos y relaciones.

Las ideas preconcebidas, la tradición o el dogmatismo pueden imponer una clausura narrativa predeterminada, una configuración narrativa estándar, a las narraciones imaginativas o factuales. Pero, arguye Kerby,

con frecuencia la clausura queda desmentida por el subtexto efectivo de la acción (el nivel prenarrativo); un subtexto que exhibe divergencias y contradicciones que no son retomadas en la empresa narrativa explícita. La autocomprensión va a la par con el encuentro con la alteridad, con una empatía imaginativa hacia el otro que a su vez revela o desarrolla nuevas posibilidades para uno mismo. (Kerby 1991: 63-64, trad. mía)

El análisis de semejantes fracturas textuales, o el retorno de los elementos marginales reprimidos, ha sido una tarea primordial de los desconstructivistas y de otros críticos post-estructuralistas. Lo que es interesante en la formulación de Kerby es la manera en que señala a las dimensiones interactivas y constructivas del yo que tienen tales posiciones críticas.

La complejidad configurativa de una narración es evaluada retroactivamente, en especial a través de la relectura y de la crítica, que es una forma de interacción textual. El componente retroactivo es esencial tanto para la narración como forma cognitiva como para la crítica en las valoraciones que hace del significado cultural de las narraciones. Nuevas formas de complejidad, nuevas relaciones, se van descubriendo constantemente en textos aparentemente simples o bien conocidos, sobre los cuales aparentemente se había dicho ya todo, una vez se recontextualizan en un nuevo marco teórico de análisis o un nuevo paradigma crítico.

La reconfiguración crítica de un texto tiene consecuencias para la evaluación de aquellas configuraciones que habían sido aceptadas sobre la base de una comunidad definida en el marco del propio texto (Gee 1999). La crítica, de modo más claro que otras modalidades menos activas de interacción textual, genera una dinámica de confrontación o disensión, opuesta a una mera comunidad comunicativa. Una disociación que se produce al releer y al oír como intruso y sin ser invitado, overhearing, un discurso dirigido a otro interlocutor, un interlocutor ideal. Es una disociación que, como todas las duplicaciones semióticas, produce significado. La experiencia de la lectura crítica nos hace recorrer el círculo hermenéutico consistente en distanciarnos del yo invocado en el texto. La idea tan de sentido común de que un texto hay que leerlo primero para captar su sentido global y luego releerlo para obtener una comprensión mejor, podría quizá recibir una formulación alternativa (también demasiado nítida, claro): que un texto habría de recibir primero una lectura consonante y colaboradora, y que la relectura habría de ser la ocasión para una lectura resistente, asumiendo una distancia crítica que habría de definir nuestra posición cara a nuestros interlocutores en el marco del encuentro comunicativo concreto de que se trate (con interlocutores me refiero no sólo al autor del texto, sino también a lectores anteriores del texto y a los receptores de nuestro propio discurso). Kerby ha propuesto una "Sistematización del yo en términos de un juego de posiciones semióticas—de sujetos hablantes, hablados e implícitos" (1991: 64, trad. mía). A esta concepción deberíamos añadir una dimensión interaccional y crítica, ya que todos estos aspectos del sujeto son representaciones comunicativas, y están por tanto sujetas en cada caso concreto a un proceso dialógico de reconfiguración y reevaluación.

"Verdad" e "interpretación"

Podríamos acercarnos a la cuestión de la verdad en las interpretaciones críticas por vía de un problema relacionado: la cuestión de la verdad en la autonarración, tal como es formulada por Kerby:

Esta cuestión guía nuestra investigación actual: hasta qué punto puede considerarse la verdad de una autonarración como una cuestión de adecuación pragmática y creativa, más bien que como una correspondencia a la manera en que las cosas fueron o son en realidad? (Kerby 1991: 83, trad. mía)

Existe en esta formulación un problema de circularidad, en el sentido de que la expresion "en realidad" tal como es usada aquí por Kerby es un concepto metafísico, y no interaccional.[12] La manera en que las cosas fueron o son en realidad—¿para quién? Es decir, una vez reconocemos que el observador también está situado nos vemos abocados a la definición de la verdad como una cuestión de adecuación pragmática.

El significado de nuestros actos intenta alcanzar esa adecuación en términos de dos clases de motivos: motivos "porque" y motivos "para" (según la terminología de Schutz).

El significado de nuestros actos, sin embargo, en tanto que se trata en términos de motivos "porque" y motivos "para", es un producto de configuraciones argumentales retrospectivas y prospectivas que se basan en el pasado prenarrativo, y lo reconfiguran a la luz de las actuales necesidades de coherencia y de sentido. Aquí una vez más encontramos la dialéctica de lo prenarrativo y la narración, una dialéctica que es, por tomar prestada una frase útil de Merleau-Ponty, una dialéctica de adecuación creativa. (Kerby 1991: 83-84, trad. mía)

Merleau-Ponty sostuvo un debate contra la noción tradicional de la verdad como algo previo a la experiencia, y en favor de una noción de verdad constituida mediante la experiencia y la expresión—una noción que, de nuevo, está emparentada con los planteamientos del interaccionismo simbólico.

Merleau-Ponty propuso que "la verdad" no es un propiedad natural del mundo en sí, sino que la consciencia descubre la verdad en contacto con el mundo. La verdad es inseparable de la operación expresiva que la dice; no precede a la reflexión sino que es su resultado. Es decir, la verdad es una creación en el marco del discurso que se presenta a sí misma como adecuada. (Polkinghorne 30)

Es ésta una concepción próxima sin duda a las de William James (1909) o George Herbert Mead (1929). Al igual que Roland Barthes, mejor que hablar de "realismo", hablaba de "efectos de realidad" creados por una determinada retórica, podemos así hablar, desde los planteamientos de una teoría interaccionalista simbólica del significado, de "efectos de verdad" que se producen localmente, en encuentros comunicativos concretos (por ejemplo, aquí). Esta noción podría relacionarse también con otras concepciones anti-metafísicas bien conocidas. La interacción y el debate crítico en contextos específicamente situados también parecen centrales para la posición polémica de Richard Rorty cuando sostiene que "mantener una conversación" podría ser un objetivo suficiente para la filosofía (1979: 378). Naturalmente, esa conversación debería incluir a determinados interlocutores, si aspira a ser relevante.

Desde el punto de vista de la hermenéutica narrativa,

La verdad de nuestras narraciones no reside en su correspondencia al significado previo de la experiencia prenarrativa; más bien, la narración es el significado de la experiencia prenarrativa. La adecuación de la narración, por tanto, no puede medirse frente al significado de la experiencia prenarrativa, sino, hablando con propiedad, únicamente frente a interpretaciones alternativas de esa experiencia. (Kerby 1991: 84, trad. mía)

Parece evidente que la experiencia prenarrativa mencionada no será vivida por otros de la misma manera en que es experimentada por el narrador. Las diferencias de intereses, de proyectos, de ideología, resultarán en un debate entre narraciones o entre interpretaciones de esas narraciones. La exposición de Kerby que acabo de citar no enfatiza el papel de la alteridad en el debate narrativo: de los otros, y de otras intenciones y proyectos, que resultarán en la crítica resistente o crítica crítica a la que nos hemos referido, más allá del impulso hermenéutico hacia la comprensión.

El lenguaje poético tiene el potencial de subvertir las categorías ordinarias, hablando desde una posición prenarrativa y presubjetivizada (tal como es teorizado, por ejemplo, por Kristeva—ver Kerby 85). El psicoanálisis también utiliza la dinámica narrativa de modo creativo, "superando intepretaciones de nosotros mismos previas y posiblemente bien asentadas. Esta es también una razón por la cual la literatura, en sus mejores manifestaciones, es a la vez turbadora y liberadora" (Kerby 86). Si los críticos son conscientes de estas potencialidades, también deberían ser conscientes del potencial creativo de su propio discurso, que es, como la propia literatura creativa, un encuentro crítico con la alteridad—una historia en curso.[13]

(Ahora relee este artículo, otro artículo).

 

Obras citadas

 

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[1]        Identidad narrativa: en Ricœur, Taylor, Polkinghorne, Kerby.  Interacción comunicativa: en Goffman, Bruner, Blumer. Con algunos toques de narratología literaria, especialmente de Walker Gibson, Wayne Booth y Wolfgang Iser. 

[2]         Este axioma de la identidad entre pensamiento y ser podría también usarse, naturalmente, para conducirnos, en virtud de lo que deja fuera, a otro tema relevante, a saber el conflicto de perspectivas y de interpretaciones: pensamiento—de quién? Ser—para quién? Es decir, no todo el ser (o seres) se piensa a la vez, ni en el mismo sentido, ni por todo el mundo. Así pues, la identidad de pensamiento y ser se disuelve en el momento en que tomamos en consideración la diversidad y multiplicidad de las mentes, y se revela como una noción metafísica en el peor sentido de la palabra: como una evasión de las situaciones y conflictos de la vida real.

[3]        Sin embargo, Hume también enfatiza, posiblemente como una objeción a Locke, que la memoria no produce  enteramente nuestra identidad, ya que la extendemos más allá de nuestra memoria (1896: 262). Y pasa a enfatizar la importancia del hábito y de las ideas recibidas

[4]        "De aquí la necesidad de repetir la obra como una experiencia temporal, secuencial, si uno desea repetir la aprehensión de su otredad (aunque la repetición exacta no pueda darse nunca)" (Attridge 1999: 27; traducción mía). La relectura también enfatiza la literariedad. 

[5]       Esto trae a la mente la boutade de Anatole France, a saber, que la crítica es sólo una forma elaborada de autobiografía: "Para hablar con franqueza total, el crítico debería decir: 'Caballeros, voy a hablar de mí mismo sobre el tema de Shakespeare, o Racine, o Pascal, o Goethe, temas que me brindan una hermosa oportunidad'" (France 1971: 671). Hay que admitir que el crítico puede tratar sobre su propia persona por la vía indirecta de tratar de la interpretación a cuenta de Rousseau, o de Poe, sobre "la cinta robada", o sobre "Excusas (Confesiones)"—por referirme a un caso célebre. Basta con tirar de la cinta, y se halla que "nos proporciona un evento textual  de interés exegético innegable: la yuxtaposición de dos textos confesionales unidos entre sí por una repetición explícita, la confesión, por así decirlo, de una confesión" (Paul de Man 1979: 279, traducción mía).  Las extrañas excusas que da Paul de Man a la mentira de Rousseau son la ocultación de una ocultación in plain view... casi, casi, la confesión de una confesión.

[6]        A esto se une un interés por la comunicación gestual y corporal que está presente también en G. H. Mead (Blumer 1986: 9) y naturalmente también en Goffman. 

[7]        Ver los ensayos recogidos en Harris y Wolf (1998), así como la monografía de Toolan (1996). 

[8]        Sobre la ruptura de marcos y la recontextualización, Goffman (1986) es y seguirá siendo un clásico.

[9]        Gee (1999) también enfatiza la capacidad constitutiva (o "reflexiva") del lenguaje: no sólo se adapta a un contexto, sino que ayuda a definir y crear ese contexto o situación social.

[10]      El término es de Judith Fetterley (1978). Cf. las "lecturas sintomáticas" de Abbott (2002: 97ss.), y mi artículo (2004) sobre las transformaciones de las situaciones comunicativas triangulares cuando son interpretadas por un tercero (o por un cuarto). 

[11]       Cf. Kerby sobre las autonarraciones: "También aparece aquí una división o no-coincidencia en el sujeto debido a la naturaleza interpretativa de esta participación. Puede ser, por ejemplo, que uno no acepte la expresión como una representación adecuada de sí mismo, lo cual puede hacer que el ciclo continúe de nuevo. Este ciclo de significaciones y apropiaciones constantemente nuevas no es, naturalmente, sino el marco dinámico en el cual tiene lugar el desarrollo personal" (1991: 108). Estas nociones de Kerby sobre la situación circular y hermenéutica del yo, interpretándose con sus propias expresiones, están también influidas por Taylor (1985). 

[12]        De hecho, el mismo Kerby observa que las narraciones "auténticas" sobre el pasado son sólo versiones canónicas de relatos (Kerby 1991: 38). 

[13]        Esta concepción interaccional del juego de la identidad y la alteridad en crítica literaria también está inspirada en la noción de Derek Attridge, de la alteridad como lo que nos transforma cuando innovamos: "La alteridad, pues, se produce en una relación activa, o semejante a un acontecimiento—podríamos llamarla un relacionar" (Attridge 1999: 22).  


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Este artículo apareció en versión inglesa con el título "Rereading(,) Narrative(,) Identity(,) and Interaction" en el volumen colectivo Interculturalism: Between Identity and Diversity, ed. Beatriz Penas Ibáñez y M. Carmen López Sáenz (Berna: Peter Lang, 2006, 207-26); y en versión española con el título "Narración, Identidad, Interacción: Relectura" en Paradojas de la interculturalidad: Filosofía, lenguaje y discurso, ed. M. Carmen López Sáenz y Beatriz Penas Ibáñez. (Madrid: Biblioteca Nueva, 2008, 183-202).