Víctor Pardo Lancina
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Resulta verdaderamente conmovedor, por patético, que un artista de la talla de Javier Sauras quiera defender a Vicente Campo y a su homólogo actual Fernando Elboj, calificando el debate acerca del nonato monumento al primero como “hierba borde”. ¿Acaso le parece inoportuno, atrevido o imprudente, que los ciudadanos opinemos y pongamos en tela de juicio las decisiones de su “amigo” Elboj, cuando así nos parezca en el libre ejercicio de nuestro derecho a la crítica? Me atrevo a asegurar que no se había producido en esta ciudad, y sólo desde las acogedoras estrecheces de esta página de opinión, un análisis más atinado, certero y vigoroso en argumentos e ideas que el desarrollado en torno al homenaje al franquista Vicente Campo. Le diré más al escultor que, de paso, defiende corporativamente al desideologizado Alberto Gómez Ascaso, el debate, la polémica a la que contradictoriamente dice no querer incorporarse, no ha sido tal, ha sido en sentido estricto un monólogo, puesto que frente a la postura contraria y argumentada, no ha habido absolutamente nada: polvo y humo, tinta de calamar, como atinadamente se dijo en algún momento. Habla Javier Sauras de nuestros “prejuicios ridículos” y “anacrónicos”, de nuestra perspectiva subjetiva y “desenfocada”, nada menos que de “farisaicos debates ideológicos postizos”. Nos ofrece, por contra, como irrefutable argumento de verdad y a título de prueba que legitima la oportunidad de la exhumación de Vicente Campo y la construcción de una estatua, una afirmación –otra más– en el vacío: “Tuvo que sacar Huesca adelante y lo hizo, y al parecer fue quizá (sic) el mejor alcalde de la ciudad en el siglo pasado”. Pruébelo, señor Sauras, pruébelo usted y que lo haga también el alcalde actual, digan porqué, esgriman razones, ofrezcan datos, aduzcan con inteligencia y método, enumeren motivos, señalen realidades. Por mi parte, abundaré en algo esencial, inapelable: nadie hizo más por la ciudad en el siglo pasado, que aquellos alcaldes que fueron asesinados por el hecho de haberlo sido, dieron su vida. Iré más lejos, frente a ese sacrificio inicuo, el “talante realista y constructivo” de Vicente Campo, su “capacidad para dar la mejor orientación municipal a nuestra ciudad” es pura retórica franquista alimentada de juicios sumarísimos, fusilamientos, cárcel, represión y exilio. De todo ello se contaminó, guste o no guste, la figura de Vicente Campo. No es tampoco la primera vez que nos vemos en la obligación moral de señalar que en este análisis de la actitud y la obra del ex alcalde, quiénes verdaderamente puede sentirse dolidos son sus familiares, desde luego no por nuestro empeño cívico en el debate, sí por el silencio de quien propuso el reconocimiento y no ha sido consecuente en su defensa y legitimación social. Pero recordemos a renglón seguido a tantas viudas, hijos, amigos, parientes de fusilados, también ellos tienen todo el derecho a sentirse insultados, agraviados, vejados, cuando nada se les reconoce en Huesca. Cuesta decirlo, pero “el izquierdismo y el progresismo de sobra conocidos” tributan homenajes a los que desde “nuestra óptica y sistema de valores actual” sólo podemos señalar como antidemócratas, cómplices de la represión y protagonistas del periodo más oscuro y tétrico de la historia española reciente. “Vicente Campo fue alcalde con Primo de Rivera y con Franco, ¿y qué?”, pregunta provocador Javier Sauras en un arrebato de amistad que le honra, pero que deja al descubierto la tremenda realidad de que todavía no haya elaborado una respuesta juiciosa a su propio desafío, o lo que sería peor, que no la pueda reconocer. Por si fuera poco lo anterior, en un extraño ejercicio conmiserativo nos enteramos de que a Javier Sauras “alguien” le “comentó” que “Vicente Campo lloró cuando mataron a Ramón Acín”. Es curioso que no le comentaran al tiempo, que quizá podría haber hecho algo por salvar su vida, o al menos haber tratado de salvar la de Conchita Monrás, asesinada por el delito de ser su esposa. Veamos los hechos. Campo Palacio fue nombrado concejal del Ayuntamiento de Huesca por el comandante militar de la plaza, el general Gregorio de Benito con fecha ¡19 de julio de 1936!, el mismo día que declaró el estado de guerra y poco antes de ordenar la detención del alcalde constitucional Mariano Carderera, quien sería asesinado el 13 de agosto siguiente. Vicente Campo tomó posesión del cargo en el pleno del 28 de julio de 1936, en una ciudad militarizada y con las cárceles repletas de sus vecinos republicanos, hombres y mujeres. El siguiente pleno municipal tuvo lugar el 5 de agosto, mientras Concha Monrás era apaleada en su casa de la calle de las Cortes, como casi todos los días, por conocidos falangistas y policías que buscaban a Ramón Acín. Sus hijas Katia y Sol, no movían la compasión de los verdugos. En el Ayuntamiento, a pocos metros de la denominada casa de Ena donde vivía la familia Acín, Vicente Campo proponía por el trámite de urgencia: “Protestar enérgicamente ante la alcaldía de Zaragoza del atentado contra el Templo del Pilar, realizado por la aviación al servicio de Cataluña”. También propuso conceder un donativo de quinientas pesetas a Úrsula Torréns Jubierre, hermana del joven falangista José María Torréns, muerto en Siétamo. Ramón Acín, harto de ver sufrir a su mujer, se entregó al día siguiente para morir fusilado. Concha quedó detenida. En el pleno del 19 de agosto, Campo nada dijo de su dolor, así como tampoco en los plenos siguientes, una vez muerta también Conchita, a los que acudía en cumplimiento de su sagrado deber patrio, quizá ascendiendo por la calle de las Cortes. El 11 de septiembre, con más de ciento cincuenta fusilados en el hoyo, entre ellos alcaldes, diputados, obreros, farmacéuticos, labradores... y maestros, don Vicente, que nada señaló al respecto en la sesión municipal, aceptó el nombramiento que le proponía el alcalde como miembro del Consejo Social de Primera Enseñanza, es decir, integrante cualificado de la comisión que debía dar el visto bueno a los maestros “aptos” por su reconocido celo nacionalista... En fin, a qué seguir por la senda de semejante “encarnizamiento”. Elegir la figura de Vicente Campo –recordemos que tiene calle y busto– para hacerle otro homenaje y levantar una nueva estatua en su memoria, es una determinación que a pesar del inequívoco sesgo ideológico derechista, ni siquiera el PP se hubiera atrevido a proponer. Si además la decisión la adopta un historiador profesional, el hecho se reviste de responsabilidad personal. Se podía haber pensado, por ejemplo, en honrar a José Bello, felizmente centenario y lúcido, a Julio Alejandro, Antonio Saura, Lucas Mallada... naturalmente, a los republicanos y anarquistas fusilados por defender la libertad y la justicia empezando por Ramón Acín, pero ninguno tuvo la fortuna de comparecer en el ideario y el programa político de los munícipes tan ponderados. Así las cosas, y guiados siempre por nuestra “buena voluntad”, no dejaremos de reprochar los desmanes, aunque alguien nos señale con intención inequívoca, como a la hierba borde, la cizaña. Víctor Pardo Lancina
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