Modelos docentes

En el centenario de Santiago Hernández Ruiz

Víctor M. Juan Borroy

 

 

"La forma que don Gregorio tenía de mostrarse muy enfadado era el silencio.

"Si vosotros no os calláis, tendré que callarme yo".

Y se dirigía al ventanal, con la mirada ausente, perdida en el Sinaí. Era un silencio prolongado, descorazonador, como si nos hubiese dejado abandonados en un extraño país. Pronto me di cuenta de que el silencio del maestro era el peor castigo imaginable. Porque todo lo que él tocaba era un cuento fascinante. El cuento podía comenzar con una hoja de papel, después de pasar por el Amazonas y la sístole y la diástole del corazón. Todo conectaba, todo tenía sentido. La hierba, la lana, mi frío. Cuando el maestro se dirigía hacia el mapamundi, nos quedábamos atentos como si se iluminase la pantalla del cine Rex. Sentíamos el miedo de los indios cuando escucharon por primera vez el relinchar de los caballos y el estampido del arcabuz. Íbamos a lomos de los elefantes de Aníbal de Cartago por las nieves de Los Alpes, camino de Roma. Luchábamos con palos y piedras en el Ponte Sampaio contra las tropas de Napoleón. Pero no todo eran guerras. Fabricábamos hoces y rejas de arado en las herrerías del Inicio. Escribíamos cancioneros de amor en la Provenza y en el mar de Vigo. Construíamos el Pórtico de la Gloria. Plantábamos las patatas que habían venido de América. Y a América emigramos cuando llegó la peste de la patata".

Manuel Rivas, La lengua de las mariposas.

 

En La lengua de las mariposas, ese cuento de Manuel Rivas tan hermoso como estremecedor, puede leerse -además del certero retrato del odio, del dolor de la sinrazón, o el vacío que deja la desesperanza-, la luminosa relación que se establece entre un niño y su maestro. Quiero detenerme en la precisa descripción que Rivas hace de aquel maestro republicano empeñado en mostrar a sus alumnos la lengua de las mariposas, porque me parece que, en un par de párrafos tan solo, se resumen con precisión algunos de los principios metodológicos que deberían guiar nuestra práctica pedagógica:

El valor de la palabra. La educación es, esencialmente, un proceso comunicativo dirigido a mostrar algo valioso. Somos fundamentalmente lenguaje y la palabra es un preciado bien y, por eso mismo, el silencio de don Gregorio despertaba un sentimiento de desamparo en sus alumnos que quedaban abandonados, sin la luz de la palabra. Nos humanizamos con palabras. Y eso es la educación: un proceso constante y permanente de humanización.

Todo tenía sentido. Los niños han de contar con la mediación intelectual de un profesional preparado para relacionar aspectos de la realidad que se muestra fragmentada. Una de las consecuencias de vivir en la sociedad de la información, o en Telépolis, como la ha llamado Javier Echeverría, es, precisamente, la abundancia de mensajes, de informaciones, de bases de datos, etc. Esta dispersión y este desorden exigen a los alumnos, y a los profesores, claro, desarrollar, ahora más que nunca, el sentido crítico, que les permita orientarse en un mundo complejo.

La reconstrucción del conocimiento. Se precisan docentes capaces de ayudar a los alumnos a construir sus propios aprendizajes, profesores que sepan acompañar a los alumnos en el proceso de descubrir el mundo.

La motivación. Una de las principales dificultades que hemos de enfrentar los profesores es la aparente falta de motivación de los estudiantes. La escuela ya no es hoy, como lo era en el tiempo de don Gregorio, un lugar privilegiado o exclusivo del saber o de la cultura, pero los profesores deberíamos despertar en nuestros alumnos la fascinación que despertaba este maestro de La lengua de las mariposas.

Los de don Santiago

El don Gregorio de Manuel Rivas es un maestro ficticio, pero hubo en Paniza un maestro ejemplar que influyó tanto en sus alumnos que un grupo de hombres han sido considerados toda la vida como "los de don Santiago". En la primavera de 1993 tuve la suerte de conocer a media docena de aquellos alumnos de Santiago Hernández Ruiz (Atea, Zaragoza, 1901- Valderrobres, Teruel, 1988), y me recordaban, emocionados, que ellos fueron quienes fundaron la cooperativa, organizaron la biblioteca escolar, etc. Se reconocían fruto del trabajo de aquel maestro joven que tuvieron en su pueblo durante cinco años (1925-1930). Me he preguntado muchas veces, porque aún pretendo la utopía, qué hay que hacer para que a una generación se le distinga por el nombre del maestro o de la maestra que tuvieron.

Tras aprobar las oposiciones de magisterio, Paniza fue el primer destino de Santiago Hernández Ruiz. Antes había trabajado en algunos centros privados como el Colegio de San Felipe (Zaragoza) o el Santo Ángel de la Guarda (Madrid), donde regentó, con éxito, una numerosa clase de párvulos. Después de dejar Paniza, Santiago Hernández fue maestro en Madrid y director del Grupo Escolar Tirso de Molina. En 1934 ganó oposiciones al cuerpo de Inspección y fue destinado a Teruel, donde pasó gran parte de la guerra civil. El desarrollo de la guerra empujó a Hernández Ruiz a Barcelona, y allí fue secretario general del último Ministerio de Instrucción Pública republicano. Este compromiso con la República motivó que, tras una breve estancia en Francia al frente de una colonia escolar, se embarcase con toda su familia en el Mexique rumbo a Veracruz para iniciar en México un largo exilio.

En la capital mexicana, Santiago Hernández fue maestro en el Colegio Luis Vives, y en el legendario Colegio Madrid. Después ingresó como inspector en el sistema educativo mexicano, profesó de la Escuela Normal y en la Universidad Nacional Autónoma de México. Además, durante una década, trabajó como experto itinerante del Proyecto Principal Nº 1 de la UNESCO para Latinoamerica.

Santiago Hernández fue un publicista que se formó en la prensa y su obra es extensa y diversa. En Zaragoza fueron muy frecuentes sus artículos en El Magisterio de Aragón y en La Educación. Prácticamente desde los primeros números, fue colaborador fijo de El Magisterio Nacional, órgano de expresión de la Asociación Nacional del Magisterio que el propio Hernández terminaría dirigiendo durante su estancia en Madrid.

Con Letras españolas, una cuidada antología literaria, obtuvo el premio del concurso "Nacional de Literatura" de 1928. Con la lectura de este libro, los escolares podrían familiarizarse con las obras de Gómez de la Serna, Azorín, Valle Inclán, Pereda, Ramón y Cajal, Castelar, Valera, etc. De cada uno de estos autores (sesenta y cinco en total) recogía Santiago Hernández unas breves notas biográficas y algunos comentarios generales sobre su obra.

Esta actividad literaria propició que Enrique González Villanueva, propietario de la librería "La Educación" de Zaragoza, le encargase tres libros de lecturas que Hernández Ruiz entregó a este editor con tres títulos: Mis amigos y yo; Un año de mi vida y Curiosidades. Tras la Guerra Civil, en sus obras, propiedad de la librería "La Educación", no podía figurar su nombre, pero como nada había en ellas que no pudiera leerse, continuaron publicándose nuevas ediciones, pero con algunas modificaciones en el título. Por esta razón, Mis amigos y yo pasó a titularse Mis camaradas y yo, Un año de mi vida siguió en los escaparates con el título de Un año escolar y Curiosidades, se tituló a partir de entonces Conocimientos.

Posteriormente, Santiago Hernández publicó La legislación de Primera enseñanza de la República, Cooperativas escolares, El Maestro y Disciplina escolar, ambas en la editorial Salvatella (Barcelona). También colaboró en la revista pedagógica Avante de esta editorial catalana.

Hernández Ruiz y Domingo Tirado Benedí, también aragonés e inspector, fueron, quizá, quienes más voces redactaron para el Diccionario de Pedagogía (1936) de la Editorial Labor, dirigido por Luis Sánchez Sarto. En México, muy pronto, recibió el encargo de redactar la Ciencia de la Educación, preparó algunos libros para las escuelas, que tuvieron una gran aceptación. Tras el éxito de sus obras para uso escolar, Hernández Ruiz abordó la redacción de libros de pedagogía, de antologías de autores clásicos, de ensayos eruditos, como el que dedicó a Miguel Servet o a analizar la historia universal de la humanidad en El correr de los siglos. Una historia total de hombre (dos tomos).

Desde 1961, Santiago Hernández pudo regresar a España y sus viajes siempre incluían una visita a Paniza y largas estancias en Valderrobles, el pueblo de su mujer. En 1984 el Ayuntamiento de Paniza le otorgó el título de Hijo Adoptivo, dieron su nombre a una calle y a las escuelas de la localidad.

Junto a todos estos trabajos, y por encima de la indudable proyección internacional de la obra de Santiago Hernández Ruiz, creo que merece destacarse la herencia que dejó en Paniza: aquel grupo de alumnos que fueron desde entonces y para siempre "los de don Santiago".

El maestro, según Santiago Hernández Ruiz

En 1936 la editorial Miguel Salvatella de Barcelona publicó un libro de Santiago Hernández Ruiz titulado El maestro. En esta breve obra, Hernández Ruiz reflexionaba sobre las condiciones que debía reunir el maestro, sobre su formación, sobre la proyección social de magisterio, etc.

En primer lugar, el maestro era para Santiago Hernández un profesional muy apegado a la realidad, y esta circunstancia la resaltaba especialmente porque al maestro se le adornaba con un discurso vacío sobre la vocación, las dotes innatas, la llamada, etc., que ocultaba las pésimas condiciones que rodeaban el trabajo de estos profesionales.

Contrariamente a las tendencias que apuntaban las últimas modas pedagógicas de la época, que reservaban para el maestro la tarea de animar, sugerir, guiar o acompañar al niño, Hernández Ruiz reclamaba el protagonismo de los docentes. A su juicio, aquella concepción del aprendizaje había originado un mito: la capacidad de autogobierno y la acertada elección del trabajo más conveniente por parte del niño.

El maestro de Santiago Hernández es un maestro intelectual, un maestro capaz de analizar la realidad en la que se desarrolla el proceso de enseñanza aprendizaje, un maestro que sabe lo que ha hecho y lo que le queda por hacer, un maestro con una visión global de la escuela, que tiene una idea precisa de las exigencias concretas que reclama el momento histórico que le ha tocado vivir, un profesional dueño de sus actos, capaz de gobernarse a sí mismo, que da razones de sus decisiones, un maestro con pocas dependencias, un maestro, en el mejor sentido del término, emancipado, capaz de discrepar de las modas pedagógicas que pretendían someter la actuación del maestro a una metodología estricta. El maestro debía tener libertad para organizar su trabajo:

"No concibo yo la escuela supeditada a una cuestión de forma ni al maestro esclavizado por la sugestión de una particularidad metodológica. Concibo la escuela viviendo y trabajando, y al maestro dirigiendo el trabajo; dominando el movimiento general de la escuela; sabiendo en cada momento lo que tiene hecho y lo que le falta por hacer; conociendo el estado en que se encuentra cada niño; abriendo paso al escolar apto; empujando al retrasado; animando al perezoso; dejando al que tiene iniciativa que la ejercite; insistiendo con el torpe y volviendo a insistir con renovada energía si todavía resiste...".

De entre las cualidades necesarias para ser un buen maestro, Santiago Hernández apuntaba algunas como la inteligencia, el amor a la cultura, la moralidad, la tolerancia o la paciencia -"un maestro con mentalidad destructora, capaz de odiar a un semejante, no sirve para maestro. Un maestro sin amor a la cultura y al progreso es una contradicción lógica"-, huyendo del desgastado discurso sobre las dotes innatas, sobre la llamada o la vocación. Y llamó parlanchines de feria a todos aquellos que utilizaban adjetivaciones rimbombantes y sublimes cursilerías al referirse al maestro: "moderador de generaciones hasta apóstol de la enseñanza, pasando por sacerdote de la cultura, el maestro es una porción de cosas estupendas y magníficas".

Santiago Hernández hacía un resumen muy acertado de la falsa polémica que se debatía recurrentemente en los medios profesionales sobre la formación del magisterio: "He aquí dos frases típicas: No es menester que el maestro posea una gran inteligencia; le basta con un poco de buena voluntad (…) No es preciso que el maestro sepa, sino que sepa enseñar". Pero Hernández Ruiz concluía: "Por un maestro inteligente doy todos los tontos con buena voluntad del mundo y por un maestro de cultura amplia y sólida todas las fórmulas didácticas de la tierra".

Por encima de cualquier otra consideración, Hernández Ruiz exigía al maestro la capacidad de hacerse preguntas, la capacidad de reflexionar sobre la realidad, sin dar por concluido ningún asunto. Reflexionar sin lastres, analizar sin límites: "Maestro que no lee, que no elabora y reelabora las ideas adquiridas, que no rebusca incesantemente formas nuevas de demostración o exposición, que no somete a crítica las utilizadas, que no otea diariamente el horizonte intelectual del mundo desde la altura (…) no merece que se pongan en él muchas esperanzas".

* * *

Celebramos este año el centenario del nacimiento de Santiago Hernández Ruiz y, como se ve, algunas de las cuestiones relativas a la formación del profesorado son todavía asuntos pendientes. Tal como resume Pilar Benejam, «la preparación específica del maestro consiste en saber observar al alumno, analizar el acto educativo, diagnosticar, planificar, aplicar, evaluar, rectificar y colaborar, y cada uno de estos pasos requiere no sólo una técnica, sino también un arte y una filosofía".

Pero no hay una fórmula –la realidad no admite soluciones fáciles- que garantice que la formación que reciben los docentes les capacitará para afrontar los retos que plantea la educación del futuro. Sin embargo, creo que es posible apuntar una serie de aspectos que deberían estar presentes en la formación inicial del profesorado:

La formación del profesorado debería estar unida a la investigación. Se combinarían, de este modo, desde el principio, la teoría y la práctica.

Uno de los objetivos de la formación debería apuntar al desarrollo de la capacidad de trabajar en grupo. Que los docentes sepamos aceptar la mirada del otro.

La sociedad actual, caracterizada en buena parte por la diversidad, por el mestizaje, por la relatividad de los contenidos, etc., demanda que la formación del profesorado se propicie la ausencia total de rigidez en el pensamiento y en las actitudes de los profesores.

La formación del profesorado debería contemplar el desarrollo de la empatía de los profesores hacia los alumnos, porque educar, lo he escrito al principio, es voluntad de mostrar lo valioso, intentar acompañar al alumno en el descubrimiento de lo valioso.

La formación del profesorado debería perseguir el desarrollo de la capacidad de reflexión que capacita al profesor para elaborar teorías prácticas.

La formación del profesorado debería potenciar en los docentes la creatividad: la capacidad de mirar la realidad desde perspectivas distintas.

Este breve texto pretender ser un homenaje a Santiago Hernández Ruiz, uno de los pedagogos españoles más importantes del siglo XX, dignísimo representante de aquellos educadores que llevaron a México, tras el gran desastre de la guerra civil –guerra vil, escribía siempre Hernández Ruiz- lo mejor de nuestra pedagogía. Y es urgente recuperar la memoria, el testimonio y el compromiso de aquellos educadores que son una prueba evidente del país que pudo ser.

Briznas. Revista de innovación e investigación pedagógica, Nº 1, pp. 61-67.

 

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Santiago Hernández Ruiz (1901-1988)