Para
entender la significación de María Sánchez Arbós (Huesca, 31
de octubre de 1889-Madrid, 15 de agosto de 1976) en la educación
española es necesario remontarse un poco en el tiempo para
considerar el trabajo que realizaron aquel grupo de intelectuales
que se reunieron en torno al círculo filosófico de Julián Sanz
del Río, profesor de la Universidad Central que, tras su viaje a
Alemania, introdujo en España las ideas de Krause, un discípulo
de Hegel. A partir de entonces, y bajo la bandera del krausismo,
germinaron algunas de las iniciativas más importantes de nuestra
historia social y cultural. Una de ella fue, sin ninguna duda, la
Institución Libre de Enseñanza (ILE) que fundó Francisco Giner
de los Ríos en 1876 en compañía de un grupo de liberales –muy
vinculados al proceso revolucionario de la Gloriosa (Gumersindo de
Azcárate, Figuerola, Federico Rubio, Eduardo Gasset y Artimo,
Eduardo Chao, Joaquín Costa, Segismundo Moret, Eugenio Montero
Ríos, Nicolás Salmerón, etc.)- que pensaron que el
principal problema de este país era el de la educación. Como ha
señalado Cuesta Escudero, si sólo se atendiera a los 200 ó 300
alumnos que se formaron en las aulas de la ILE, habría que
reconocer que la influencia de este centro no pudo ser mucha, sin
embargo, los institucionistas crearon un estado de opinión que se
extendió a todos los ámbitos culturales, políticos e
ideológicos. En muchas ocasiones, fueron los poderes públicos
los que recurrieron al bagaje de la Institución para plantear las
reformas legislativas.
La
extensión de los ideales de aquel reducido grupo de personas fue
posible a través de diversos medios como el Boletín de la
Institución Libre de Enseñanza (BILE) que se publicó desde
1877 hasta 1936 y que fue cauce de penetración de las grandes
corrientes de pensamiento europeo; por la presencia y
participación de destacados institucionistas en congresos
pedagógicos y científicos; por la dispersión de profesores
formados en la ILE o en sus Centros por todo el territorio del
Estado (como por ejemplo, las Universidades de Oviedo, Barcelona,
Sevilla, Salamanca, Valladolid, etc., que acogieron en sus
claustros a profesores pertenecientes a la Institución o que
compartían sus postulados o simpatizaban con sus ideas). A este
último grupo, el de los simpatizantes, suscriptores de
publicaciones, etc., se le ha denominado la Institución difusa,
y ha sido considerado por los historiadores de la educación como
el grupo más determinante en la extensión de la influencia
institucionista.
Además
de las vías de difusión del pensamiento institucionista que
acabamos de señalar, durante las últimas décadas del siglo XIX
y el primer tercio del siglo XX se hicieron realidad algunas
iniciativas por influencia de los institucionistas que acabarían
transformando el panorama intelectual y científico español.
Entre éstas podemos considerar el Museo Pedagógico (1882); la
Junta para Ampliación de Estudios (1907), que auspició viajes de
científicos, profesores, maestros y estudiantes al extranjero; la
Escuela de Estudios Superiores del Magisterio (1909), donde se
formaban los inspectores y profesores de Escuelas Normales; la
Residencia de Estudiantes (1910), que fue la casa de
personalidades como Alberti, García Lorca, Menéndez Pidal,
Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Unamuno, Ortega y Gasset,
Américo Castro, Dalí, Moreno Villa, Buñuel, Jorge Guillén,
Salinas, Azorín, etc., y en sus laboratorios trabajaron
científicos como Ramón y Cajal, Achúcarro, Calandre o
Sacristán; el Instituto-Escuela (1918), que se convirtió en
laboratorio pedagógico para ensayar reformas que permitieran la
unidad dentro del sistema educativo, la unidad entre la educación
primaria y la secundaria; las Misiones Pedagógicas (1932), cuyo
patronato presidió Manuel Bartolomé Cossío y que pretendieron
llevar la cultura a aquella anacrónica España rural de los años
treinta.
En
buena medida, ésta es la tradición pedagógica que conformaría
la filosofía educativa de la II República que, tal y como
expresaba Marcelino Domingo, primer ministro de Instrucción
Pública, heredó "una tierra poblada de hombres rotos",
y mediante la educación, mediante la acción de la escuela se
intentó una revolución pedagógica. Así lo defendió Rodolfo
Llopis en Zaragoza en diciembre de 1932: "La misión de la
escuela es transformar el país en estos momentos (...) que los
que estaban condenados a ser súbditos, puedan ser ciudadanos
conscientes de una República". De ahí que el régimen de
Franco pusiera tanto empeño en borrar de las memorias todo lo que
recordase el trabajo en favor de la educación y en beneficio de
la extensión de la cultura realizado por la República.
El
magisterio -y, por supuesto, el sistema educativo-, después de la
Guerra Civil, tras la persecución, se convirtió en una
profesión al servicio de los intereses del régimen totalitario.
Muchos maestros, profesores, artistas e intelectuales sufrieron el
exilio. Otros, enfermos de soledad, de impotencia y de miedo
permanecieron en el interior de un país que les había sido
arrebatado.
María
Sánchez Arbós fue la maestra aragonesa que más cerca estuvo de
todo aquel movimiento de renovación cultural y pedagógica que
defendía el respeto a la libertad; la importancia de la
educación integral como alternativa al intelectualismo imperante;
la necesidad de que la vida penetrase en la escuela; la
importancia de conocer al niño y respetar sus ritmos evolutivos
de desarrollo; la urgencia de abrir los centros científicos y
docentes a Europa; la coeducación; la educación para la
tolerancia, etc. Como veremos, conoció, trató y gozó de la
amistad de hombres y mujeres con grandes responsabilidades en
estos proyectos y, además, trabajó en la concreción práctica
de algunas de las empresas educativas más fecundas de la época.
Luego, sufrió la depuración y la cárcel. Con este trabajo
quisiéramos arrojar sobre ella un poco de luz y librarla de un
injusto olvido.
*
* *
María
Sánchez Arbós era hija de Manuel Sánchez Montestruc, secretario
del Ayuntamiento de Huesca, y de Paciencia Arbós Campaña. Fue
una joven inquieta y como tenía deseos de independizarse, tras
cursar los dos primeros años de Magisterio en Huesca, en la
Normal instalada en el convento de Santa Rosa, se trasladó a
Zaragoza con el decidido propósito de obtener el grado superior.
Ya había concluido el Bachillerato en el instituto de la capital
oscense. Los estudios de magisterio fueron, durante décadas, uno
de los pocos caminos abiertos para aquellas mujeres que deseaban
continuar estudios más allá de la escuela primaria. Para muchas
jóvenes, sin ninguna aspiración laboral, se convertían en unos
"estudios de adorno". En Zaragoza ejerció como maestra
de párvulos, pero descontenta con la labor que realizaba, firmó
las oposiciones que convocó el rectorado de Madrid (1912) y
obtuvo la escuela de La Granja de San Ildefonso.
Lo
más importante para esta maestra parece que ocurrió por
casualidad y, además, casi todo sucedió en abril. Como si el
destino hubiera querido hacerle un guiño, cuando acudió a La
Granja a tomar posesión de su escuela, el 11 de abril de 1913,
allí estaba Francisco Giner de los Ríos con los niños de la ILE
disfrutando de una de sus frecuentes excursiones. Ya durante el
primer año de estancia en esta escuela e impulsada por una
inquietud intelectual que le acompañó siempre, inició los
estudios de Filosofía y Letras. Más tarde, en septiembre de
1915, cuando paseaba por Madrid se encontró con Rosa Roig, una
antigua compañera de la Normal de Zaragoza que acababa de
graduarse en la Escuela Superior del Magisterio. Aquella tarde,
después de muchas confidencias y de compartir sueños e
insatisfacciones, Rosa Roig llevó a María al Museo Pedagógico.
Allí escuchó la conferencia de Manuel Bartolomé Cossío
"El maestro, la escuela y el material de enseñanza"
que, tal y como escribiría casi cincuenta años después María
Sánchez Arbós, "borró todos mis pesares y me dio ánimo
para conquistar la escuela con que yo soñaba". Cuando
Cossío defendió la importancia del juego en el desarrollo
infantil, la necesidad de buscar en la realidad el mejor material
de enseñanza, la urgencia de "gastar" en maestros y de
formar superiormente al profesorado de todos los grados... la
joven maestra supo que en ese ambiente, en esa escuela, entre ese
grupo de personas encontraría las respuestas que buscaba porque
"el alma" que transmitía Cossío con sus palabras era
lo que perseguía y no había encontrado hasta entonces.
Es
fácil suponer cómo aquel encuentro con Manuel Bartolomé Cossío
y con lo que Cossío representaba terminó condicionando toda la
vida de María Sánchez Arbós: sus estudios en la Escuela
Superior del Magisterio, su estancia en la Residencia de
Señoritas, su trabajo en el Instituto-Escuela, su matrimonio con
Manuel Ontañón, su relación con los hombres y mujeres de la
ILE, sus colaboraciones en el Boletín de la Institución Libre
de Enseñanza, en la Revista de Pedagogía, en La
Escuela Moderna, etc. y, después, como ya hemos apuntado, la
depuración, la cárcel y la expulsión del magisterio.
Mi
diario: la mirada de una
maestra
Quizá
convenga empezar por lo que sería, cronológicamente, el final.
En 1961 María Sánchez Arbós publicó en México un diario del
que se hizo una edición limitadísima de tan sólo 100
ejemplares. Este diario es la principal fuente documental
utilizada en la elaboración de este trabajo.
María
Sánchez Arbós preparó esta edición partiendo de las notas que
contenían unos cuadernos que le habían acompañado desde 1918,
desde su primera época como maestra en el Instituto-Escuela.
Cuando lo hizo, se encontraba en un momento muy especial: su
marido había muerto unos meses antes y ella estaba abatida,
desanimada y sola, a pesar de la cercana compañía de sus hijos y
nietos. Por otra parte, hay que considerar que en España no
habían cambiado los pilares del régimen impuesto por el general
Franco en 1939. Además, algunos dolorosos hechos estaban muy
vivos en el recuerdo de esta maestra. Estas circunstancias
explican, en primer lugar, que el libro se editase tan lejos y,
después, las elipsis, los silencios de algunos episodios que
necesariamente hubieron de invitarle a la reflexión porque un
diario se caracteriza por la inmediatez, por el presentismo de lo
que el testimonialista cuenta. En el caso del diario no existe el
filtro del tiempo tan presente en las memorias. El diarista carece
de perspectiva y la escritura se convierte en "lugar de
repliegue, de confinamiento, de preservación del yo; el diario se
erige como un espacio privilegiado para exprimir ese indefinible
malestar que atenaza el ánimo y arrojarlo por la borda".
Esta maestra tuvo en su vida muchos momentos de angustia, como
tantos españoles que compartieron los mismos dramas.
Un
diario está escrito para sí porque nadie más, en principio, ha
de leerlo. Escribir un diario es un ejercicio de descarga
emocional. Por eso sorprende que en la versión del diario que se
publicó en México en 1961 no haya enjuciamientos de cada uno de
los regímenes políticos que se sucedieron en esta etapa tan
convulsa de la historia de España, como tampoco hay,
prácticamente, alusiones a los padecimientos, a las privaciones,
a la angustia y a las tragedias tan cotidianas en el Madrid de la
Guerra Civil. La autora decidió, por razones que ya se han
señalado, no incluir en esta edición algunas de las páginas que
redactó en los cuadernos originales.
En
aquella situación de 1961, María Sánchez Arbós se empeñó en
ofrecer su visión como educadora en unas notas que fueron
escritas en la propia escuela, en la mesa de la profesora y en
presencia de las niñas. De esta manera, podemos leer las dudas y
las satisfacciones que nos descubren a una maestra comprometida
con la tarea de enseñar, a una maestra que gozaba estando en
clase, a una maestra –como las que hoy son tan necesarias-
contenta de serlo.
Los
cuadernos manuscritos fueron rescatados por su autora al menos dos
veces: primero del Grupo Escolar "Francisco Giner"
cuando ya había sido ocupado por la columna Durruti y, luego,
entre los restos de la casa de la familia Ontañón Sánchez de
Madrid, en la calle Bretón de los Herreros, después de la
depuración, de los juicios de urgencia y de la cárcel.
Este
diario recoge, en definitiva, "lo que una maestra entusiasta
de su oficio ha pensado sobre los niños, y cómo se ha preocupado
por ellos". María Sánchez Arbós nos muestra en este diario
cómo lo esencial, cómo lo más importante es la mirada sobre las
cosas:
"Estas
notas no han sido escritas sobre la mesa de un despacho; han
sido vividas en la propia escuela y experimentadas ante la
presencia de los niños. No he sentido prisa por darlas a
conocer. Siempre he creído que casi nadie las leería.
Ahora que ya vivo retirada de todo, me ocurre pensar que
quizá a algún padre preocupado por la suerte de sus hijos
o a algún maestro apasionado por su escuela, les pueda
servir de agradable curiosidad leer lo que una maestra
entusiasta de su oficio ha pensado sobre los niños, y cómo
se ha preocupado por ellos".
La
formación: el ambiente de la Institución Libre de Enseñanza
Ya
hemos adelantado que el pensamiento pedagógico de María Sánchez
Arbós, su manera de entender la educación se consolidó en su
relación con la Institución Libre de Enseñanza. Fue alumna de
la octava promoción (1916-1919) de la Escuela Superior de
Estudios del Magisterio en la sección de Letras donde
coincidiría con Rodolfo Llopis, futuro director general del
primer Ministerio de Instrucción republicano. A la vez cursó la
Licenciatura en Filosofía y Letras y los cursos de doctorado. Por
su brillante expediente académico, Asín Palacios le ofreció
acceder al reducido grupo de arabistas de la época, y Menéndez
Pidal le encargó trabajos de colaboración. En la Escuela de
Estudios Superiores del Magisterio profesaba Magdalena Santiago
Fuertes, que había sido durante bastantes años maestra en
Huesca. A ella se presentó María Sánchez Arbós con una carta
de su padre y esta profesora la propuso para que le fuera
concedida media beca para la Residencia de Señoritas que dirigía
María de Maeztu. Allí asistió a las clases de Literatura que
impartía María Goyri, "mi mejor maestra", como la
calificaba María Sánchez Arbós. La herencia intelectual que
María Sánchez Arbós conservó de su relación con María Goyri,
la esposa de Menéndez Pidal, fue su amor por El Quijote, por el
romancero, por las leyendas y los mitos... Su estancia en la
Residencia también fue determinante para su futuro porque María
de Maeztu propuso a la Junta para Ampliación de Estudios que
María –quien ya había iniciado entonces el tercer curso de la
Escuela Superior de Estudios del Magisterio- hiciera sus
prácticas en el Instituto-Escuela, desde el mismo año de su
inauguración (1918) como maestra de la Sección Preparatoria. En
este mismo centro profesaron, entre otros, Miguel A. Catalán
Sañudo, Samuel Gili Gaya o Domingo Barnés.
Como
la juventud y el entusiasmo son fuente de inagotables energías,
por las tardes daba clase desinteresadamente en la Institución
Libre de Enseñanza porque, simplemente, allí encontraba el
ambiente que, como maestra, buscaba:
"En
mi continuo contacto con la Institución aprendí más que
enseñé dando clases desde párvulos hasta mayores; asistí
a las colonias infantiles en verano y me vi siempre rodeada
de sinceridad y de ánimos para la lucha. Aún me parece
oír la dulcísima voz del señor Cossío, diciéndome:
"Alma, alma, María", en los momentos de desánimo
de mi trabajo".
El
matrimonio con Manuel Ontañón y Valiente
En
1920, María Sánchez Arbós se casó con Manuel Ontañón y
Valiente (Madrid, 4 de diciembre de 1891 - Madrid, 19 de mayo de
1960), el hijo menor de Teófila Valiente y de José Ontañón
Arias, profesor de la Institución Libre de Enseñanza que en
colaboración con Joaquín Costa escribió en 1882, en las
páginas del Boletín de la Institución Libre de Enseñanza,
el primer artículo en España sobre colonias escolares de
vacaciones.
El
curso 1896-1897 fue el primero en que Manuel asistió a la
Institución, donde ya eran alumnos sus hermanos José, Juana y
Esteban. Para el pequeño Manuel las actividades escolares fueron
una prolongación de su vida familiar. En aquel ambiente
transcurrieron para él años de gran felicidad y el recuerdo de
sus profesores (Giner de los Ríos, Cossío, Rubio, Flórez, etc.)
le acompañará toda su vida.
En
1905 se reincorporó al claustro institucionista Edmundo Lozano,
que había residido durante 15 años en Sudáfrica. El joven
Manuel se sintió muy influido por su nuevo profesor, lo que le
decidirá a estudiar la Licenciatura en Ciencias, sección
Físicas.
Colaboró
en la organización de las actividades de la Institución:
excursiones, colonias escolares... Durante un tiempo, las
deficiencias en la salud de su hermano Esteban, desde muy joven
topógrafo del Instituto Geográfico, le impulsaron a acompañarle
y secundarle durante sus campañas de campo, muchas de ellas en el
Maestrazgo.
Conoció
a María Sánchez Arbós en el Instituto-Escuela, donde él mismo
dio clases en su época inicial. A partir de entonces, siempre
sometió sus intereses profesionales a las conveniencias de su
familia. Así, en Tenerife fue profesor del Instituto al tiempo
que impartía clases en la Universidad de La Laguna. También por
aquellos días, comenzó sus estudios de Doctorado bajo la
dirección de Blas Cabrera sobre efectos de corrientes eléctricas
inducidas. Luego, en Huesca, se inició en la hidráulica
aplicada, en los Riegos del Alto Aragón, especialidad que
ocupará en adelante la mayor parte de su vida profesional. En
Madrid, formó parte de la Secretaría Técnica del Canal de
Isabel II y fue profesor de Física y Química del Instituto San
Isidro. Además, su dedicación a la Institución (clases,
conferencias, excursiones, colonias, etc.) fue continua. En 1930,
para no apartarse de su familia, renunció a una beca de la Junta
para Ampliación de Estudios en la Universidad de Praga.
En
julio de 1936 se encontraba en San Vicente de la Barquera, donde
había organizado una colonia escolar para los hijos de empleados
del Canal de Isabel II. Con gran esfuerzo logró que alumnos y
profesores regresaran a Madrid a través de Francia. Meses más
tarde recuperó, con la ayuda de su condiscípulo, entonces
embajador en Londres, Pablo Azcárate, y también a través de
Francia, a sus tres hijos mayores, sorprendidos por la Guerra
Civil en la finca de la familia del señor Cossío en la aldea de
San Victorio (Bergondo, A Coruña).
Terminada
la contienda, lo que antecede aparece como motivo para procesarle,
con detenciones y pérdida de puesto de trabajo en el Canal de
Isabel II.
La
posguerra fue especialmente dura para él y su esposa. Su dominio
de los principales idiomas científicos y sus conocimientos de
Hidráulica le permitieron desarrollar su actividad profesional en
empresas consultoras y en editoriales técnicas. Por su formación
humanista pudo realizar traducciones como Siete estadistas
romanos de Charles Oman (Pegaso, 1944). No le faltaron alumnos
particulares, generalmente aspirantes a Escuelas Técnicas.
Cuando
se creó, en 1950, el Laboratorio de Puertos de la E.T.S. de
Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos trabajó en el canal
experimental de oleaje de dicho laboratorio, durante los diez
últimos años de su vida.
En
1952, con motivo de la boda de su tercera hija, la acompañó a
México, donde el nuevo matrimonio fijó su residencia. Manuel
Ontañón visitó a antiguos condiscípulos residentes en aquel
país y en Venezuela, y se reunió con su hermana Juana a la que
no había vuelto a ver desde 1938.
La
acuarela y la interpretación de música constituían sus
principales distracciones. Por su afición a los viajes y a la
naturaleza, iniciada en los años de alumno de la Institución,
conoció en profundidad el territorio español.
Murió
a causa de una dolencia cardiocirculatoria, sin ver realizada su
nunca perdida esperanza de normalización de la vida política y
social de España.
La
pasión de educar
El
20 de mayo de 1920 le comunicaban a María Sánchez Arbós desde
la Escuela Superior del Magisterio que había sido nombrada
profesora en la Escuela Normal de La Laguna (Tenerife). Llegó a
la isla a finales de septiembre sin ningún entusiasmo, convencida
de que había dejado un apasionante trabajo pendiente en el
Instituto-Escuela. Ya se había casado con Manuel Ontañón, quien
no dudó dejar Madrid para acompañar a su esposa.
Como
profesora de Escuela Normal, muy pronto encontró en falta algunas
cosas que sólo la escuela primaria le daba: la alegría de
comenzar las clases; frente a las espontáneas preguntas de las
niñas, en la Normal las alumnas estaban excesivamente preocupadas
por tomar unos apuntes que luego habrían de repetir en el examen;
le dolían la rutina y sus propios fracasos en el empeño de hacer
las clases más activas. Consciente de la importancia de la
lectura, recomendaba a sus alumnas las de la colección de la Revista
de Pedagogía, que dirigía en Madrid Lorenzo Luzuriaga.
En
1925 le correspondió en el turno de ascenso una vacante en
Huesca. En septiembre dejaba la Normal de La Laguna. Ya habían
nacido sus tres primeros hijos. Como quería retrasar el momento
de incorporarse a la Normal de Huesca, firmó unas oposiciones a
cátedras de Instituto que le permitirían vivir unos meses en
Madrid.
El
día 1 de abril de 1926 tomó posesión de la Escuela Normal de
Huesca. Acudía a su ciudad natal con el presentimiento de que no
iba a encontrarse a gusto. En Huesca, además del calor de la
familia, tuvo otros apoyos afectivos: coincidió con Leonor
Serrano, una inspectora que había sido expedientada por discrepar
con la política de Primo de Rivera; también se reencontró con
Ramón Acín y con su esposa, a quienes visitaban con mucha
frecuencia en una casa llena de magia que hechizaba a los hijos de
María Sánchez Arbós (allí había, entre otros
"tesoros", un misterioso esqueleto, una hermosa caja de
música, o un arpa que Ramón Acín tañía para los niños). A
pesar de esto, en octubre de 1927, escribía que su desánimo no
disminuía, y que estaba haciendo gestiones para abandonar aquel
trabajo, trasladarse a Madrid y volver a la escuela primaria.
Estas dudas profesionales ya habían comenzado el mismo día que
le anunciaron que había una plaza para ella en la Normal de La
Laguna y tuvo que abandonar el Instituto-Escuela. Ninguna de las
supuestas pérdidas que representaba dejar el Escalafón del
profesorado de Escuelas Normales le importaban tanto como volver a
recuperar la ilusión por el trabajo, el entusiasmo por la
educación. Madrid representaba, además, la posibilidad de que
sus hijos pudieran educarse en la Institución Libre de
Enseñanza. Firmemente decidida, no empezó el curso 1928-29 en la
Normal de Huesca porque se anunciaron oposiciones a las escuelas
de Madrid y, entretanto se celebraban, solicitó volver a trabajar
en el Instituto-Escuela, donde le asignaron, a partir de octubre
de 1928, un grupo de secundaria.
Aprobó
las oposiciones y fue destinada, en febrero de 1930, al Grupo
Escolar "Menéndez Pelayo". Allí volvió a recuperar la
ilusión por un trabajo que le apasionaba. Un mes más tarde
cesaba oficialmente en la escuela Normal de Huesca.
Proclamada
la II República, fue invitada por el Ministerio de Instrucción
Pública para elaborar una propuesta de reglamento de
funcionamiento de los nuevos grupos escolares que se construyeron
para paliar el grave problema de la escolarización. En 1933,
ganó las oposiciones a la dirección de Grupos Escolares. Como
había obtenido el número 1, pudo elegir la dirección del que se
levantó en la Dehesa de la Villa y que se llamaba, precisamente,
"Francisco Giner", nombre que tantas sugerencias
despertaba en ella. Se enfrentó entonces al reto de poner un gran
Grupo Escolar en marcha: el problema que representaba que el
profesorado fuera interino, la falta de autonomía en la
organización y funcionamiento del centro, la falta de previsión,
los meses que se perdían en la aplicación de soluciones
provisionales, etc. Convencida de que la escuela daría sus
mejores resultados cuando además de ser de los niños fuera de
los padres, les animó para que constituyeran una asociación de
padres que colaborase en la escuela y ayudase a resolver los
muchos problemas que el Grupo Escolar planteaba.
Como
maestra, puso todo lo suyo, todas sus relaciones y todos sus
conocimientos a disposición de la escuela. Así no dudaba en
solicitar ayuda y colaboración de antiguos alumnos del
Instituto-Escuela o de la Institución Libre de Enseñanza y, por
supuesto, de su familia. En 1934 organizó un ciclo de
conferencias para los padres en el que participaron Manuel
Ontañón, que habló de las aguas de Lozoya que surtían a
Madrid; Juana Ontañón, profesora de la Normal, del Romancero;
Emilia Elías sobre alimentación; José Subirá sobre música
popular; y Enrique Rioja Lo-Bianco, que proyectó una serie de
películas científicas.
María
Sánchez Arbós sostenía que era preciso crear una escuela nueva,
alegre y risueña donde los niños disfrutasen, donde tuvieran
más comodidades que en su casa, y donde hubiera maestros
satisfechos de serlo, amigos de los niños, fervientes amadores de
la escuela. En este sentido, compartía aquella solución tan
simple y tan compleja de los hombres de la Institución:
"Maestros, maestros, sólo ellos harán la escuela"
porque el maestro es lo que más importa.
Como
consecuencia de la renovación metodológica que sacudió la
escuela del primer tercio del siglo XX, participó en el debate
sobre lo nuevo y lo viejo en educación, sobre el papel del
maestro, sobre el uso y abuso del libro de texto, etc., pero
tampoco se dejó llevar exclusivamente por lo que dictaban las
teorías: llegó a escribir que las teorías de Rousseau eran
maravillosas para su Emilio, pero en el "Francisco
Giner" tenían unos niños concretos, y unos padres, y un
ambiente y una vida que les acuciaba sin cesar. Muchas de sus
dudas y de sus preocupaciones las compartió con Manuel Bartolomé
Cossío, como se desprende de la página que María Sánchez
Arbós redactó en septiembre de 1935, pocos días después del
fallecimiento del maestro:
"Vengo
a la escuela triste de verdad. Mañana se abrirá a los
niños sin la sombra protectora del señor Cossío que se
nos fue el día 1. Conocía la escuela porque yo se la
había descrito tantas veces... ¡Cuánto hemos discutido
sobre ella! "Quite usted, María, todo lo que sobre -me
decía-; no se preocupe usted de que sobre más que
alma". Y yo lo tomaba con tanto ahínco que llegaba él
a regañarme amorosamente cuando veía que me excedía en mi
afán. Más de una vez he ido a él desconsolada y débil, y
siempre he hallado ánimo en sus palabras. "No se
desconsuele, María; usted conseguirá cuanto se
proponga". ¡Qué ganas de llorar he sentido hoy al
entrar en la escuela! He recordado una vez más el valor
inestimable que para mí tenía su sola sombra, dentro y
fuera de la escuela".
Durante
los meses que precedieron al levantamiento de los militares contra
la República, María Sánchez Arbós sólo recogió en su diario
algunas referencias, escasas, a las circunstancias que afectaban
al trabajo de los maestros en la escuela de una barriada obrera,
al desasosiego de los alumnos, a las elecciones de febrero de
1936, a las huelgas que influían en el estado de ánimo de los
escolares, a la tensión social que crecía conforme se acercaba
el verano de 1936: en mayo ardía un colegio católico a 200
metros de la escuela. Y, por supuesto, después, a "la
maldita guerra" que le robó, entre tantas cosas, su querido
Grupo Escolar "Francisco Giner". El 12 de octubre de
1936 escribía:
El
8 de noviembre de 1936 cayó una bomba en uno de los torreones de
la escuela. Niños y maestros abandonaron el edificio que fue
ocupado, pocas semanas más tarde, por la columna Durruti, llegada
de Barcelona para defender Madrid. Participamos con la lectura de
este episodio de la inmensa tristeza de María cuando le rogaba a
un oficial respeto y cuidado por la escuela, por el edificio, por
el material. Para tranquilizarla le ofrecieron un salvoconducto
que le permitiría visitar la escuela cuando ella quisiera. Cuando
regresó a las pocas semanas comprobó que el oficial no había
podido cumplir su palabra y entonces, ante la contemplación de la
escuela, María Sánchez Arbós describe con precisión el fin de
la utopía: "Yo me llevo ahora mi diario, el retrato de don
Francisco, y las llaves de la escuela. ¡Triste recuerdo
totalmente ilusorio porque las puertas han desaparecido! ¡Con
qué desesperación abandono estas ruinas!".
Tras
perder el edificio, y empujada por la apremiante necesidad de
escolarizar a los niños de su escuela, pidió permiso a Julián
Besteiro –rector entonces de la Institución- para trasladar a
las dependencias de la ILE a los alumnos del "Giner de los
Ríos". Pero era necesario contar con la autorización del
Ministerio, que no llegó hasta 4 de febrero de 1937.
A
pesar de la desolación de la guerra, del Madrid asediado, había
que sobrevivir y las anormales circunstancias de aquellos días le
llevaron en el invierno de 1937 a dar clase en los locales de la
ILE en el barrio de Chamberí. Después, de marzo a agosto de
1938, estuvo en Valencia prestando servicios de Inspección.
"Allí como aquí, es inútil trabajar en estos momentos.
(...) Mis hijos no se separaron de mí". El trabajo daba una
nota de normalidad y de esperanza entre tanto caos: "Yo me
agarro a estas dos clases como a tabla de salvación. No quiero
sucumbir".
"No
ha llegado la paz, ha llegado la victoria": el asalto a la
Institución Libre de Enseñanza
Cuando
cayó Madrid, les dieron instrucciones a los vencedores para que
ocupasen los edificios abandonados por republicanos en su huida o
tras su desaparición. Siguiendo estas consignas, un grupo de
falangistas se presentó muy pronto en la sede de la Institución
Libre de Enseñanza. María Sánchez Arbós les salió al paso y
les advirtió que aquel edificio no estaba abandonado, pues en él
funcionaba un Grupo Escolar del Estado –el "Francisco
Giner"- y era, por consiguiente, un centro oficial. Los
asaltantes no atendieron sus razones y la obligaron a salir del
edificio, casi empujándola, y, penetrando en él, comenzaron su
tarea destructora: quemaron muebles y libros, talaron los árboles
que en otro tiempo fueron testigos de felices encuentros y dieron
cobijo a las conversaciones de Giner, de Cossío, de los hombres y
mujeres que soñaron un país mejor.
Como
escribe Antonio Jiménez Landi, las pérdidas materiales podían
haber sido mayores, pero los maestros de la Institución fueron
previsores y ya habían retirado los cuadros de Sorolla y de
Beruete de la sala del Sr. Cossío y habían llevado el grueso del
archivo a un lugar más seguro: al "Instituto Valencia de don
Juan", con la colaboración de Leopoldo Torres Balbás.
Tras
la victoria, el celo depurador fue especialmente severo entre
magisterio. Aunque la depuración alcanzó todos los órdenes de
la vida social y profesional, es necesario admitir que fue
especialmente relevante en el aspecto cultural. Como ya se ha
señalado, la República se había apoyado en la educación para
conquistar las mentes y los corazones de los ciudadanos. Los
maestros fueron las "luces de la República". Luego, el
régimen de Franco intentó borrar todo vestigio de modernidad, de
laicismo, de coeducación, de tolerancia, del respeto a la
conciencia del niño y del maestro, de igualdad de oportunidades,
etc. También se pretendió borrar todo recuerdo a personas
alejadas ideológicamente del nacional-catolicismo. Así por
ejemplo, en Madrid, el Grupo Escolar "Francisco Giner"
se denominó a partir de entonces, y hasta hoy mismo,
"Andrés Manjón".
María
Sánchez Arbós, aquella maestra que era toda alma, conoció los
horrores de la cárcel. Pasó tres meses (de septiembre a
diciembre de 1939) en la cárcel de mujeres. En 1941 fue absuelta
por el tribunal militar de urgencia que la juzgó, aunque la
expulsaron del magisterio. Luego pasaron muy despacio los años de
la subsistencia, del dolor, del silencio y del no olvido. A pesar
de todo, se impuso la fuerza de la vida y la urgencia de sacar
adelante a cinco hijos: "tuvimos que ponernos a trabajar
donde pudimos, para llevar a cabo nuestra empresa de sacar
adelante a nuestros cinco hijos. No vacilamos en aceptar cuanto
nos tocó en suerte, aunque nuestra decisión fue no mendigar
favores".
Llegó,
pues, la dura y amarga postguerra y además de las clases
particulares, trabajó en algunos colegios privados en los que la
educación y la cultura -tal y como las entendía- no tenían
demasiada cabida. Ella creía en la función social de la escuela,
en la importancia de la educación en la liberación y promoción
intelectual del individuo. Pero en aquellos colegios privados se
estudiaba para otra cosa: las notas, los premios o el prestigio.
En
julio de 1952 fue rehabilitada para el magisterio, gracias a las
gestiones de un hombre próximo al régimen cuyo hijo recibía
clases particulares de María Sánchez Arbós. Con la vuelta al
ansiado ejercicio oficial, todavía le esperaba una amarga
experiencia. En septiembre de 1953 acudió a Daganzo (Madrid) con
el mismo entusiasmo que a su primera escuela, aunque habían
pasado 38 años. Pero pronto comprendió que no existía en el
pueblo el ambiente propicio para la educación y que su trabajo
era cuestionado por las autoridades locales. Esto les ocurrió
también a otros maestros rehabilitados. Si dura era la labor del
magisterio, todavía lo era más cuando se sabía que el maestro o
la maestra habían tenido problemas con el régimen.
Cuando
ya estaba dispuesta a renunciar a la que había sido la gran
vocación de su vida, por un favor personal le devolvieron su
plaza de maestra en Madrid (una plaza que, por otra parte, había
ganado en tres ocasiones). Prestó sus servicios en la escuela
preparatoria del Instituto Isabel La Católica donde disfrutó de
los últimos gozos profesionales, de las últimas alegrías y
donde le llegó, por fin, en octubre de 1959, la jubilación.
Su
obra
María
Sánchez Arbós colaboró asiduamente en las más importantes y
significativas revistas pedagógicas de la época en un momento en
que se estaba construyendo la pedagogía y muchos maestros,
inspectores y profesores de escuelas normales participaron en
estos debates: el Boletín de la Institución Libre de
Enseñanza, La Escuela Moderna, la Revista de
Pedagogía, la Revista de Escuelas Normales, etc. No es
mi propósito ofrecer una relación completa de los artículos que
firmó en cada una de estas revistas.
Además
publicó una serie de libros y folletos, que se señalan a
continuación, todos ellos antes de la Guerra Civil, salvo Mi
diario que, como sabemos, se editó en México en 1961.
También hay que destacar el breve, pero hermoso texto titulado
"Recuerdos de una maestra", que redactó para contribuir
al libro colectivo dedicado al centenario de la Institución Libre
de Enseñanza.
.-
Morrison, Henry C.: La práctica del método en la enseñanza
secundaria. Adaptación al castellano de María Sánchez
Arbós. Madrid, La Lectura, 1930, pp. 181.
.-
Don Marcelino Menéndez Pelayo al alcance de los niños. Anotado
expresamente para el Grupo Escolar Menéndez Pelayo.
Madrid, 1931, Diana Artes Gráficas, pp. 15.
.-
Muresanu, Constantino: La educación de la adolescencia por la
composición libre. Traducción de María Sánchez Arbós.
Madrid, Espasa-Calpe, 1934, pp. 214.
.-
El Grupo Francisco Giner. Sus dos primeros años de
funcionamiento, Madrid, Imprenta La Rafa, 1935, pp. 31.
.-
Mi Diario, México, Tipográfica Mercantil, 1961, pp. 225.
.-
"Recuerdos de una maestra", En el centenario de la
Institución Libre de Enseñanza, Madrid, Tecnos, 1977, pp.
19-21.
Colofón
María
Sánchez Arbós fue la maestra aragonesa que vivió más de cerca
todo aquel movimiento de renovación cultural y social que
representaba la Institución Libre de Enseñanza. Las relaciones
con las personas de la Institución se vieron incrementadas y
favorecidas por su matrimonio con Manuel Ontañón, que
pertenecía a una de las familias que acompañaron a Francisco
Giner en sus empresas.
Por
otra parte, estamos ante el caso de una maestra que redactó un
diario, que comprende un amplio y muy significativo período de
nuestra historia reciente (1918-1959). Ésta es una circunstancia
muy especial, por la escasez de este tipo de documentos. Mi
diario es un libro hermosísimo para los educadores, por la
limpieza de la mirada de su autora, por la pasión y lucidez de
sus planteamientos educativos. Para los historiadores de la
educación constituye una fuente insustituible porque ofrece un
testimonio personal y directo de las principales transformaciones
pedagógicas de una época muy significativa de la historia
contemporánea y de la historia de la educación. Por otra parte,
el libro es un homenaje a toda una tradición, a un ambiente, a
una sensibilidad silenciada tras la Guerra Civil. Todavía hoy,
cuando en ocasiones algunos acontecimientos parecen tan lejanos,
son necesarias recuperaciones como ésta. Todavía hoy es
necesario recuperar a personas e ideas que se pretendieron
sepultar en el olvido. Mi Diario es el texto que hemos
utilizado para reconstruir, en sus rasgos más sobresalientes, la
trayectoria profesional de María Sánchez Arbós.