|
|
El parque de Ramón Acín
María José Calvo SalillasHistoriadora del Arte Quisiera realizar una aportación acerca de la construcción del parque y del monumento a Vicente Campo, un oscense que ya dispone de dos puntos urbanos bien significativos que nos recuerdan su memoria: Una calle estupenda, prestigiosa ella, desde donde se divisa una perspectiva de calidad de la ciudad, y que discurre a la vera del parque, en su comienzo con la parte antigua del mismo; también nos habla de este personaje el busto que está dispuesto en el mismo parque, acompañando a otras figuras de relieve representadas en este espacio urbano: Miguel Servet, Lucas Mallada... No entiendo este empecinamiento en una nueva escultura, cuando quedan tantos personajes a los que recordar. Vicente Campo sí que participó en la gestión del proyecto del parque, primero como teniente de alcalde desde 1923 y como alcalde desde mayo de 1927 hasta el final de la Dictadura de Primo de Rivera. Aportación que aún siendo importante no deja de ser una más. No salió de su imaginación la idea de construir un parque. Dejémoslo sentado claramente: el parque municipal no fue idea ni obra exclusiva de Vicente Campo. Hagamos historia. El proyecto del parque es heredero del movimiento paisajista del siglo XVIII (que se materializó en el Paseo de la Alameda, frondosa ya a finales de siglo), pasó por el urbanismo higienista del XIX con plantaciones en los accesos a la ciudad y en sus paseos y plazas, además de recrear los espacios urbanos del entorno (Las Miguelas, Salas...), y desemboca en los planteamientos de principios del siglo XX, a medio camino entre el antiguo concepto medicalizador del espacio urbano a través de la naturaleza (habría que hablar de la Fiesta del Árbol) y la idea evolucionada del movimiento de la “ciudad jardín”. Tras varias aproximaciones en 1907 y 1916, será en 1922, siendo alcalde Augusto Vidal Perera, cuando se defina la intención de construir un parque y la propuesta de comprar parcelas en torno al río Isuela para materializarlo. Pero es en 1926, durante el periodo de mandato de Manuel Ángel Ferrer como alcalde, cuando se inicia el expediente del parque, comenzando las negociaciones con los propietarios de los terrenos que circundan la ermita de las Mártires, el río y el popular “Puente de tablas”. De las propuestas de los propietarios sólo se acepta como razonable la de Pablo Ramón Piedrafita, determinando el alcalde que se tome como referencia y en caso extremo se expropie. Mientras tanto, la sociedad oscense participa de la idea del parque y a través de la prensa local (“Diario de Huesca”) se puede seguir un interesante debate en el que intervienen entre otros Luis López Allué y Ramón Acín, defensores de la opción de la Alameda apoyando al alcalde. Sin embargo, no había unanimidad en el concejo ya que Vicente Campo representaba la opción de ubicar el parque en la prolongación de los terrenos del Círculo Oscense, opción que también otros compartían. Finalmente Manuel Ángel Ferrer dimite, ocupando el sillón de alcalde Vicente Campo en 1927. Éste, desde una posición enérgica, la posición del hombre fuerte, dispuso que se realizara en el centro de la ciudad, en los terrenos de huertas que se encontraban cerrando la línea del Coso Alto y siguiendo los parámetros marcados por el Circulo Oscense, para ello y sin negociaciones previas, se realizaron las expropiaciones oportunas que le supusieron la enemistad de alguna familia con solar en el Coso y jardín expropiado (Casa Carderera). Hasta aquí su aportación, a partir de este momento entran en juego otros personajes como los autores del proyecto: el arquitecto Antonio Uceda, colaborando también Bruno Farina y José Luis de León, igualmente José Beltrán construye el esbelto depósito de agua ya desparecido y el estanque del paseo central, también los jardineros Domingo Rivera y Juan Quimera que dedicó su trabajo y vida a este parque (si lo viera ahora se quedaría horrorizado: el elemento vegetal está dejando de ser el protagonista), y es posible que olvide a alguien, porque el proyecto del parque es interdisplicinar, agentes de todo tipo intervinieron para crear un espacio mítico. No obstante, si hubiera que hacer un monumento, reconocer la memoria de algún personaje admirado que esté relacionado con el parque, ese no es otro que Ramón Acín, él sí que participó de forma activa en el diseño del parque, y junto a Antonio Uceda en idas y venidas por el terreno, fueron recreando los distintos espacios del futuro parque. El espacio de “Las Pajaritas”, por ejemplo, es creación suya, y es precisamente esta escultura la que se ha convertido a través de los tiempos y los acontecimientos vividos, en el símbolo espontáneo de la ciudad. Ramón Acín es a día de hoy, y junto a muy pocas figuras, el personaje oscense con mayor proyección fuera y dentro de la ciudad. Sin embargo, nada se le ha reconocido, ni calle, ni monumento, ni placa, sólo la desmemoria, la misma desmemoria que ha propiciado que Vicente Campo haya pasado a la historia de la ciudad como el más presentable de entre todos los políticos de esos momentos, y el parque como lo más mediático de su gestión. Pero la realidad es otra, y no hay más que acudir a las fuentes y comprobar el alcance de los hechos de cada protagonista. Señalémoslo de nuevo para deshacer el equívoco: el parque no fue idea ni obra exclusiva de Vicente Campo Palacio. Digamos también que en este debate no se analiza su posición en el campo de la pedagogía, aunque si así fuera, habría que recordar en realidad la importante labor de Ramón Acín en el mismo ámbito, dado que fue pionero en la introducción en España de movimientos de renovación pedagógica como la “Escuela Freinet”, de cuya asociación fue secretario, organizando en Huesca en junio de 1932 el primer Congreso Nacional de Maestros junto a Herminio Almendros. Estoy convencida de que Vicente Campo no se sentiría molesto porque “su” tercer reconocimiento se dedicara a Ramón Acín, motivo de orgullo ciudadano porque fue un hombre libre, cabal y valiente, un gran creador, uno de esos hombres imprescindibles que como decía Bertolt Brecht, no deberían morir nunca. Nada más oportuno y justo que honrar su memoria.
María José Calvo SalillasHistoriadora del Arte
|
|