Maestros

   
 

JOAN BARRIL
El Periódico de Cataluña, 16 de julio de 2003

Los maestros se despiden. Se les ve en grupos medianos, brindando por el verano, que para los maestros es siempre el tiempo de las cerezas. Ríen juntos y hablan, por fin, de sus cosas en vez de hablar de los hijos de los otros. Las verdaderas vacaciones del maestro no consisten en dejar de ir a la escuela, sino en dejar de implicarse en todos y cada uno de los niños. Saben que durante esas semanas volverán a mirar a los ojos de los niños que les salpiquen en la playa con esa ira tibia del fuerte ante el débil. Los niños de las vacaciones son, para el maestro, la reconfirmación de su vocación pedagógica. Enseñar a quien nada nos debe. Mostrar el mundo a quien no nos paga para hacerlo. Volver a creer que no hay niños de los señores Tal o Cual, sino que todos los niños son hijos --y al mismo tiempo padres-- de la humanidad.
A veces los maestros, tras el fin de curso, se acercan a la escuela vacía para recoger algunas cosas que se han dejado allí. Tal vez en las pizarras queden restos de dibujos, operaciones inconclusas, palabras medio borradas. Sin los ojos de los niños esos trazos podrían ser un pedazo de Altamira, una ecuación del teorema de Fermat o el fragmento que le falta a la piedra de Rosetta. Las aulas vacías, con sus sillas devueltas a la condición de muebles, son una apuesta por la esperanza. Los veranos se nos han vuelto peligrosos. Las piscinas parecen fauces de monstruos de cemento que se tragan a los niños. El mar les acaricia con su espuma y luego se los lleva. Los coches buscan el fondo de los barrancos y la salmonela se relame entre la mayonesa de una ensaladilla negligente. ¿Regresarán todos los niños cuando llegue septiembre? Los maestros parpadean. Se dan un cachete en las mejillas y se van para no pensar.
Pero no todos los maestros tienen fiesta de fin de curso. Exageran la palabra fiesta para no pronunciar la palabra fin. De todos los maestros que ahora empiezan vacaciones pienso ahora en Toñy Castillo, maestra del Hospital Arnau de Vilanova, de Lleida. La he escuchado varias veces a lo largo del curso. Esta maestra está en el vértice exacto entre la vida y la muerte. Dar clases en un hospital no tiene nada que ver con entretener a los pacientes. Ahí se trabaja y se aprende y cada multiplicación o cada redacción son en realidad una apuesta por la vida. Me decía una mañana Toñy: "Lo duro de ser una maestra en un hospital es que cuando vemos que en el aula falta un alumno sabemos que ya no volverá". Y entonces hay que recoger los recortables, los dibujos pegados en las paredes, las libretas y los lápices mordidos y guardarlos en el cofre de los tesoros de la infancia interrumpida. Para los maestros de hospital el fin de curso nunca es una fiesta. Y el día del éxito, aquel día en el que la inteligencia de haber resuelto la primera raíz cuadrada ha ganado momentáneamente la batalla a la leucemia, sólo el maestro o la maestra del hospital saben que ahí no hay un ingeniero, sino demasiado dolor para seguir enseñando.
Pero aman en este oficio de futuro. Se implican en sus alumnos, sanos o enfermos, brillantes o torpes. Saben que cada sillita vacía es el pedestal de un pequeño heroísmo. El verano se lo han ganado.