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Cuanto
más larga había sido su ausencia, más difícil se le antojaba
el camino para llegar hasta ella. Un camino que sólo se
recorría con palabras y pequeños gestos.
Además,
ella le parecía siempre otra, porque cada día la olvidaba por
el placer de volver a aprenderla. Conservaba vivo, eso sí, el
olor de su perfume y el sabor de su boca en la boca.
Como
si no supiera bien por donde empezar, le costaba pronunciar la
primera palabra. Y él prefería la duda a comprobar si se
repetía el milagro de las caricias, o si el calor que le
turbaba de lejos era todavía el calor. Era como si los besos
que le faltaban bloquearan en él cualquier posibilidad para la
amabilidad o la ternura. |