Katia Acín / Anamaría

María Jesús Buil Salas

            La vida, - que a veces pega duro – nos depara también momentos extraordinarios, magnificas oportunidades que nos reconcilian con el ser y premian nuestro acontecer diario, generalmente plagado de incertidumbres y perplejidades.

            Uno de los hechos que inscribo en este capítulo – intensamente gratificante, extraordinario– ha sido mi amistad con Katia Acín Monrás. Estar con ella, escuchar sus proyectos, compartir ilusiones, cada vez que se acercaba a  Huesca, desde su estudio en Altafulla, se había convertido en los últimos años en una constante.

            Su tremenda vitalidad, ya cumplidos los ochenta, nos hacía creer que ese milagro de plenitud creativa, al que había llegado en sus grabados se iba a plasmar en otros campos expresivos: escultura, pintura, en los que  últimamente se estaba adentrando.  Creíamos en una  Katia eterna. El terrible zarpazo de una enfermedad rápida y letal nos ha dejado, en este frío diciembre,  sin su presencia física.

            Katia, - que durante muchos años, por circunstancias de sobras conocidas, respondió al nombre de Ana María -, vivió experiencias terribles en aquel agosto de 1936, - primeros días de la guerra -, sucesos que la apartaron de su profunda vocación por el arte. Esbozos, dibujos y pinturas trazados bajo la sabia tutela de Ramón Acín, su padre, quedaron relegados al olvido o fueron destruidos, “en aquel momento pareció oportuno quemarlo todo”  me confesó un día. Acabó siendo, me consta, una magnífica profesora de Historia. Quienes  tuvieron la suerte de asistir a sus clases, dentro y fuera de Aragón, la siguen recordando.

            Llegada la jubilación como docente, su abandonada vocación se impone. Katia entiende que le quedan proyectos por cumplir y se siente con fuerzas para alcanzarlos. Se examina e ingresa en la Facultad de Bellas Artes de Barcelona. En 1993 obtiene la licenciatura y se especializa en grabado.

            Han sido once años de fructífera e intensa labor creativa, no me cabe ninguna duda de que su obra se acrecentará con el paso del tiempo. Pero lo que por encima de todo nos quedará de ella, a cuantos tuvimos la suerte de contar con su amistad, es el recuerdo de un ser humano excepcional que supo seguir viviendo “apartando el rencor y sin olvido”. Que amó la vida por encima de todo y nos demostró con su ejemplo que es posible mantener las ilusiones hasta el último aliento.

            Katia, llena de vida,  ha muerto. Descanse en paz su cuerpo. Su presencia,  su calor,  a cuantos intensamente la conocimos, nos acompañará siempre.