Introducción

por Víctor Manuel Juan Borroy

 

Aunque el lector encontrará cumplida información sobre el autor de este relato autobiográfico, quizá convenga situar, desde el principio, la lectura que se puede hacer de este texto. Santiago Hernández Ruiz [Atea (Zaragoza), 1901-Valderrobres (Teruel), 1988] pasó su infancia y adolescencia en varios lugares de Aragón: Atea, Cubel, Sena de Sigena, Villamayor, Casetas y Zaragoza. Completó su educación primaria con su hermano Joaquín, también maestro, que se convirtió, además, en su tutor. Decidió cursar los estudios de magisterio y para ello hubo de trabajar en la librería "Gómez Pastor" de Zaragoza. Este trabajo influyó considerablemente en el despertar intelectual del joven Santiago Hernández. Posiblemente ésta fue una época de abundantes lecturas que contribuyeron a su formación, al tiempo que establecía una serie de interesantes relaciones con personalidades del mundo social y cultural de la capital aragonesa. Trató, entre otros, a Benjamín Jarnés, tal y como recordaba en un artículo en La Voz de Aragón:

"Cuando yo lo conocí, en los días de mi rosada pubertad -diez años, muchos años pasaron ya- él, que era a la sazón sargento del 21, tocaría, probablemente, la treintena. Leía mucho y escribía poco; no tengo idea de otra cosa que una sección encabezada "Bagatelas" que de tarde en tarde aparecía en "La Crónica". Sentía aversión por Vargas Vila, y uno de sus trabajos terminaba con una frase que se me "pegó" para no despegarse nunca: "lo demás es música wagneriana". Conocí también personas que nunca olvidaré del todo. Luis Franco, el conocido Barón de Mora. Don Emilio Ucelay y el Doctor Manzano, parroquianos asiduos. Don Fermín Delás, prodigio de capacidad lectora. Castán Palomar venía alguna vez, pero no cruzó jamás una palabra conmigo".

A los 20 años, tras una corta experiencia profesional en el Colegio San Felipe de Zaragoza, se marchó a Madrid y esta independencia temprana, lejos de la familia, forjaría su carácter. Allí encontró un ambiente pedagógico marcado por la influencia que ejercía entre los jóvenes aspirantes al magisterio el Museo Pedagógico. En Madrid tuvo que ponerse a trabajar espoleado, en parte, por la necesidad económica, primero en la editorial Ruiz Hermanos y, después, como maestro de párvulos, en el Colegio "Santo Angel de la Guarda", donde empezó a replantear las prácticas establecidas, asumidas, simplemente, por el peso de la costumbre y de la tradición. Aquellas experiencias fueron una excelente preparación para las oposiciones, que aprobaría en la convocatoria de 1923 ganando la plaza de Paniza (Zaragoza). Posteriormente, tras unos meses de ejercicio en Valderrobres, se trasladó a Madrid donde fue maestro en el Grupo Escolar "El Pilar de Zaragoza" y director del "Tirso de Molina". En 1935, ganó una plaza de inspector y ejerció en Teruel, donde pasó buena parte de la Guerra Civil. Tras una breve estancia en Barcelona, inició un largo exilio.

Un pedagogo crítico

Fruto más de una inteligencia natural que de amplios estudios académicos, Santiago Hernández elaboró una teoría global de la educación y se posicionó intelectualmente ante un mundo complejo, enfrentando sus experiencias con la información que obtenía de los libros. Este talante crítico, indagador y reflexivo lo conservó siempre, de tal forma que al final de su vida profesional reconocía que todavía se hacía la misma pregunta que cuando iniciaba su carrera:

"¿A qué vengo yo aquí, a rendir culto a un producto metodológico que me ha sido prescrito en forma dogmática y apremiante por los círculos teóricos más autorizados, o a educar e instruir en la medida de mis fuerzas (¡y de las suyas!) a este montón de rapaces que proyecta sobre mi angustia sus curiosas miradas?

(...) De lo que yo tengo que responder aquí es de la educación de estos pequeños; por consiguiente, debo dejar en receso las prescripciones confesadamente inadecuadas y ver qué se puede hacer en esta situación concreta, viviente y palpitante; por que algo hay que hacer, y siempre se puede hacer algo, cualesquiera que sean las circunstancias".

Santiago Hernández se ocupó de las condiciones que debía reunir el maestro, situándose lejos del discurso sobre las dotes innatas, la vocación, la llamada y "demás palabrería". Según Hernández Ruiz eran exigibles algunas cualidades a todo maestro: inteligencia, amor a la cultura, moralidad, tolerancia, paciencia... Reclamaba una formación más realista para los estudiantes de magisterio que, ni sabían lo que era el niño, ni la escuela, ni tenían ningún contacto con los problemas de su futura profesión. Defendía que sólo podían ser maestros quienes mostrasen interés e inquietud por las cosas que les rodeaban: "Maestro que no lee, que no elabora y reelabora las ideas adquiridas, que no rebusca incesantemente formas nuevas de demostración o exposición, que no somete a crítica las utilizadas, que no otea diariamente el horizonte intelectual del mundo desde la altura, sea humilde de sus dominios culturales, no merece que se pongan en él muchas esperanzas".

Respecto a las declaraciones retóricas que rodearon al magisterio, se mostraba tan crítico como en otras ocasiones y señalaba el verdadero fondo de esta cuestión, que era más bien un intento de someter al maestro económica y moralmente:

"La pomposa fraseología de los parlanchines encuentra en el maestro fertilísimo campo de adjetivaciones y sublimes cursilerías. Desde modelador de generaciones hasta apóstol de la enseñanza, pasando por sacerdote de la cultura, el maestro es una porción de cosas estupendas y magníficas: a fuerza de oirlas y leerlas en los compendios pedagógicos, acaba el maestro por creerlas, y se encuentra al cabo con uno de dos resultados: o se torna un completo majadero o se resigna a su inferioridad material y social por vergüenza de descubrir necesidades impropias de la superferolítica espiritualidad con que le abruman, o más bien por miedo de que le afrenten echándole en cara que piensa en el bien material, insignificante, con olvido de las elevadísimas preocupaciones de su condición".

Leyendo las primeras colaboraciones de Santiago Hernández en la prensa profesional del magisterio, hay muchos detalles que sorprenden y que llevan al lector a pensar: "este es un maestro especial". Es necesario considerar, además, que esta es una época determinante en la Historia de la Educación española. Efectivamente, durante el período que transcurre desde 1900 a 1936 se produce la consolidación de un sistema educativo nacional muy similar al que hoy mismo conocemos. Este proceso estuvo unido a la formación del corpus teórico de una ciencia, la pedagogía, que todavía entonces estaba muy unida a la filosofía más especulativa. Empezaban a extenderse, en el tantas veces desolador panorama educativo español, los principios postulados por un grupo de médicos, psicólogos y educadores que pronto recibió el nombre de Escuela Nueva. Los maestros, quizá por la escasa formación que tradicionalmente habían recibido, eran poco propensos a disentir del discurso pedagógico que estuviera más de moda en cada momento. Podemos decir que había una serie de tópicos que caracterizaron y definieron la escuela. Virgilio Hueso, Director del Grupo Escolar "La Florida" de Madrid, sostenía en la ponencia que presentó al III Congreso Nacional de Pediatría, celebrado en Zaragoza en 1925, que entre el magisterio había individuos "tan sensibles a las novedades como faltos de cultura para reflexionar" que aceptaban todo lo nuevo y, sin un mínimo análisis, se convertían en sus principales propagandistas. En este contexto, sorprenden las opiniones de un maestro de un pequeño pueblo de la provincia de Zaragoza que desconfiaba de los resultados que ofrecían investigaciones procedentes de la psicología y que comenzaban a aplicarse a la pedagogía. En educación, advertía Santiago Hernández, los resultados de los experimentos de laboratorio y de las investigaciones (sin negar totalmente el valor de la psicología experimental) no eran fácilmente generalizables, entre otras cosas, por la naturaleza cambiante del niño, el ambiente y la organización de la escuela.

Censuró, en distintas ocasiones, el radicalismo de algunos partidarios de la Escuela Nueva, a la que según Hernández Ruiz, "ya le iban saliendo algunas canas", y sostuvo que estos principios no podían hacer olvidar las ideas pedagógicas anteriores. Reivindicó las aportaciones de autores como Alcántara, Pestalozzi y Froebel, advirtiendo explícitamente que no se consideraba un defensor de la pedagogía tradicional, sino un convencido de los valores positivos -y todavía vigentes- que habían planteado estos pedagogos.

Hernández Ruiz se mostró, tanto en los primeros años de su ejercicio profesional como al final de su carrera, como un hombre prudente y depositario de una sabiduría que emana de la experiencia. Más que las sutilezas metodológicas de tal o cual tendencia didáctica, a este pedagogo le preocuparon las urgencias de la educación. Por ello denunció el peligro que entrañaba considerar la graduación como el único medio posible para mejorar la calidad de la enseñanza. Este tipo de organización escolar exigía, en puridad, clasificar a los alumnos en grupos homogéneos; aumentar el número de profesores; construir nuevos edificios ad hoc; modernizar el material de enseñanza; establecer principios que rigiesen la evaluación y promoción de los alumnos... Todo ello era bastante utópico en el primer tercio de nuestro siglo y, en general, en cualquier escenario que no fuese el de una gran ciudad.

Santiago Hernández Ruiz, tal y como podrá comprobar el lector en sus memorias, no fue un maestro esclavo de modas. Antes bien defendió la independencia del maestro, la necesidad de darle la formación necesaria que le capacitara para analizar, con rigor e independencia, cada situación escolar y social concreta. Quizá por las mismas razones se pronunció como un defensor de la escuela unitaria bien organizada, como única alternativa posible considerando la dispersión de la población y los recursos económicos disponibles. Dio una gran importancia a la trilogía pestalozziana: leer, escribir y contar. Todo aquello que había de convertirse en una poderosa herramienta intelectual para apropiarse del mundo cotidiano. Además, condenar la escuela unitaria suponía, en la práctica, convertir la educación en el privilegio de una minoría. Este argumento encierra una especial importancia si se considera que no se ha teorizado pensando en la escuela rural, ni en las necesidades de una gran parte de la población que, tanto en América como en Europa, vive en pequeñas poblaciones.

La gran modernidad de los planteamientos de Santiago Hernández podemos encontrarla en algo, tan simple y tan complejo, como fue su compromiso con el progreso educativo de todos sus alumnos, a los que supo animar constantemente intentando inculcarles este optimista mensaje: "tú puedes hacerlo mejor".

El maestro de Paniza

Vamos a ocuparnos, aunque sea brevemente, de su estancia en Paniza que tanta importancia tuvo en el desarrollo del pensamiento pedagógico de este maestro. Hernández Ruiz se refiere en sus memorias a esta época como "la inserción en un nuevo medio social y profesional" y "un quinquenio feliz".

Tras aprobar las oposiciones, tomó posesión de la escuela de niños de Paniza el 11 de abril de 1925. Contaba, pues, tan sólo 23 años y, durante el tiempo que permaneció en Paniza, se ganó el cariño y el respeto de cuantos con él convivieron. Supo estar con los viejos analfabetos, con los pequeños que aprendían a escribir y ser, al mismo tiempo, un intelectual, que no despreció el duro trabajo que representaba el vérselas, todos los días, con un grupo de unos cien niños.

La esencia del pensamiento pedagógico de Santiago Hernández se forjó en esta población, de tal manera que en muchas de sus obras, incluso en las escritas bastantes años más tarde, apeló a su experiencia en Paniza, en una escuela completa de maestro único que con tanta pasión defendería en su época de experto itinerante de la UNESCO. En la vida de este pedagogo, hasta la dolorosa experiencia del exilio, pueden considerarse, a mi juicio, dos grandes influencias: el magisterio de su hermano Joaquín, con quien tantas cosas compartió, y los años en los que personal y profesionalmente creció en Paniza. Esta fue la época de las lecturas reposadas, de las primeras relaciones profesionales, de su matrimonio con Josefina Puig Agut (Valderrobres, 1905-México, D.F., 1990) con quien formó una familia que le apoyó siempre y en la que encontró fuerzas en los momentos de desánimo. Este fue, además, el tiempo de su despertar como escritor y publicista.

En la primavera de 1993 mantuve una emocionante entrevista con un grupo de exalumnos de Santiago Hernández Ruiz en Paniza que durante cinco años -de 1925 a 1930- tuvieron en su pueblo a un maestro joven, preocupado porque todos aprendieran, que fue capaz de crear la biblioteca escolar, que comenzó a aprovechar todas las oportunidades que le brindaba el entorno para hacer "lecciones de cosas", etc..

Quizá pudiera sorprender que ya en estos años se publicara en la escuela un periódico mensual, El Escolar de Paniza, con trabajos de los niños, crónicas culturales, sucesos, etc. En cada sección había un responsable de que los trabajos estuvieran bien presentados y terminados para la fecha convenida. Lo primero que llama la atención desde un punto de vista pedagógico es el distinto ritmo de aprendizaje que seguía cada alumno, tal y como se desprende de los resúmenes de los trabajos realizados por cada sección. Un niño escribía que en la sección primera "en el mes de Noviembre se ha trabajado menos que en el mes pasado y no por eso Don Santiago nos castigó: Nuestra obligación es de 40 trabajos mensuales. Ninguno los tuvo. De lecciones peor también". Junto a estas referencias cotidianas encontramos otras sobre la situación nacional, como el nombramiento del arzobispo Segura como cardenal primado y noticias más locales, tales como el reparto anual de las suertes de leña o el resumen de unas conferencias que dio el médico de la localidad, Martín García, sobre aspectos relacionados con la salud.

Santiago Hernández tenía que solucionar los problemas de disciplina que se originaban en una escuela numerosa, con noventa chiquillos. Durante aquellos años, todo lo que hacían los niños, dentro y fuera del aula, era competencia del maestro que representaba la educación, la cultura y el civismo. Así, en los "Procesos de noviembre", se recogían inocentes conflictos protagonizados por los niños, como enredar en misa o espantar ovejas, y otros no tan inocentes, como el pinchazo que le propinó un niño a otro con una navaja, y sobre el cual, después de tomarles declaración la Guardia Civil de Cariñena, tenía que pronunciarse un tribunal de niños. Aquel joven maestro quiso responsabilizar del orden y de la disciplina a los alumnos. En clase había un juez, un fiscal, un abogado y un código de comportamiento lo suficientemente estricto como para que los niños pensaran dos veces si les convenía hacer alguna travesura. Además consiguió que todos los niños en edad escolar asistieran a clase, enfrentándose incluso con algunos padres que preferían utilizarlos en las tareas del campo, práctica habitual en la época.

En una de las crónicas nacionales también podemos intuir el trabajo que hacía Hernández Ruiz para dar una formación integral a los alumnos. Un joven cronista comenta el tratamiento que se dio en la escuela a la muerte de Blasco Ibáñez, escritor enfrentado abiertamente con Primo de Rivera: "El día 27 cayó gravemente enfermo el ilustre novelista D. Vicente Blasco Ibáñez y murió pocos días después. El duelo por su muerte ha sido universal y digno de su fama y su talento. Don Santiago nos leyó algunas cosas referentes a él".

Para los alumnos de Santiago Hernández su maestro explicaba más de lo que se establecía en las enciclopedias de Dalmau Carles. Todos los días los niños tomaban notas de la lección que habrían de recitar al día siguiente, en "la hora trágica". Los contenidos de los proyectos que las secciones elaboraban los hallaban los chicos en la biblioteca escolar, que el maestro quiso que estuviera abierta a todo el pueblo y no sólo a los niños. Con este propósito estableció un horario de lectura en la escuela y un sistema de préstamos a domicilio. Así se señalaba en la crónica de El Escolar de Paniza:

"Don Santiago dio una conferencia que trató de la cultura y dijo que España está en un período de renacimiento y aún podía estar adelantada y consiste el retraso en que la mitad de los aldeanos son analfabetos y los que saben leer, no quieren; pues ahora se ha establecido una biblioteca escolar, lo cual no quiere decir que solo es para los niños, sino también para los adultos.

Las horas de la biblioteca son los días de hacienda de 5 a 6 de la tarde y los días de fiesta de 11 a 12. Ahora viene bastante gente, pero D. Santiago espera que vendrá más. El precio de los libros es: los recreativos, 10 céntimos y los de aprender, nada".

Exigente y severísimo con todo lo que tenía que ver con el aprendizaje, no inspiraba miedo, aunque a veces "llovían los palos". Con una matrícula próxima al centenar de alumnos, tuvo que establecer un sistema de monitores o de "ayuda mutua" para conseguir que todos aprendieran. Uno de sus alumnos recordaba para ilustrar el talante de este maestro que: "un día me castigó en la escuela. Me dijo que me fuera a casa a comer y que volviera. Yo me fui y como mi madre no estaba en casa, volví a la escuela. Me preguntó si ya había comido. Yo le dije que sí. Él, como sospechaba que era mentira, llamó a su mujer y me dio de comer".

Muchas veces lo veían pasear con el joven cura de la localidad, Agustín Callejas, que había llegado a Paniza en noviembre de 1926 y sustituía al maestro cuando éste se ausentaba, por motivos profesionales. Como los dos eran magníficos deportistas, jugaban apasionantes partidos de pelota. Para este cura, Santiago Hernández era un maestro distinto. Pese a su juventud se mostraba juicioso, vehemente, activo y muy preocupado por la escuela. En Paniza apreciaron estas cualidades.

Santiago Hernández noveló muchas de sus vivencias en Paniza en un libro de lecturas escolares titulado Un año de mi vida. Se dio a sí mismo el nombre de don Julio. Los niños de la escuela ficticia: Avendaño, Manén, Arias, Antonio y Félix Álvarez, Vicente Serrano, Alberto Quesada... también tienen su correspondencia con la realidad. Algunos episodios, como su empeño por conseguir mesas más modernas para los escolares, ocurrieron en realidad, tal y como se reflejó en el acta de la sesión de la Junta local de primera enseñanza del día 1 de diciembre de 1925. La Junta se reunió para dar cuenta de la iniciativa de Santiago Hernández quien solicitaba el apoyo y concurso de la Junta para llevar a cabo "las funciones escolares que tiene proyectadas cuyos fondos serán íntegramente destinados a mejorar el material de ambas escuelas".

Desde que en 1961 pudo regresar a España, acudió puntualmente a la cita con esta localidad y sus gentes. El día 6 de septiembre de 1984 el Ayuntamiento de Paniza otorgó a Santiago Hernández Ruiz el título de Hijo Adoptivo de esta villa y le dio su nombre a una calle. Las escuelas ya estaban dedicadas a este maestro y a Felisa Gambón con quien compartió la responsabilidad de la escuela en los años veinte.

El exilio mexicano

Santiago Hernández comenzó su destierro en 1939. Vivió, pues, muchos años añorando la patria, aunque desde muy pronto sintió una enorme gratitud hacia un país, México, que tan generosamente les había acogido. Con el paso del tiempo este maestro, como otros españoles, entendió que tenía dos patrias y Hernández Ruiz iba más allá: había tenido la suerte de vivir dos juventudes. Pero este sentimiento nació unido a la bonanza económica y a la envidiable situación profesional y personal que disfrutó. Para formarse un juicio cabal hay que imaginar lo que supone para un hombre joven dejar su patria, su trabajo, la familia y encontrarse a miles de kilómetros, sin otro bagaje que su inteligencia y su tesón. Si algo queda fuera de toda duda es que Santiago Hernández gozó de una plena felicidad en el terreno privado, a pesar de las grandes dificultades de la huida y del exilio.

Para entender cómo se organizaron aquellos exilados, hay que considerar la creación de dos organismos que nacieron para apoyar a los españoles que perdieron la guerra. En marzo de 1939 se constituyó el SERE (Servicio de Evacuación de los Republicanos Españoles) y, algunos meses más tarde, en julio de 1939, la Diputación de las Cortes Españolas, reunida en París, acordó crear la JARE (Junta de Ayuda a los Refugiados Españoles), en la que iba a gozar de gran poder de decisión el socialista Indalecio Prieto. El primer objetivo de ambas organizaciones, cuya convivencia no fue fácil por cuestiones relacionadas con el reparto de presupuestos y la delimitación de competencias, fue sacar a los republicanos de España. Cuando Francia dejó de ser un lugar seguro para los refugiados españoles, comenzó el éxodo a otros lugares y, fundamentalmente, a México, que dio cobijo a buen número de maestros, profesores, intelectuales y técnicos para una economía en fase desarrollista.

Los refugiados españoles llegaron por oleadas. En primer lugar 500 niños, a los que el gobierno quiso evitar los sufrimientos de la guerra, desembarcaron en el puerto de Veracruz el 7 de junio de 1937. Fueron los niños de Morelia que salieron de España por iniciativa de un grupo de mujeres que habían creado el Comité de Ayuda a los Niños del Pueblo Español, con sede en la capital mexicana. Más tarde, llegó un primer grupo de intelectuales. Para darles una mejor acogida se había fundado, el 20 de agosto de 1938, la Casa de España en México. El 25 de mayo de 1939 partió la primera gran expedición del puerto de Sète en Francia en el buque Sinaia, al que siguieron otros (Mexique, Ipanema...). Aunque es difícil establecer cifras concretas, algunos datos apuntan que entre 1939 y 1940 llegaron a México unos 10.000 españoles. La guerra europea trajo consigo importantes dificultades para los españoles refugiados en Francia. Algunos de ellos fueron detenidos y devueltos a España donde se enfrentaron a las cárceles franquistas y, en algunos casos, a un destino más trágico. Hasta febrero de 1942 no volvió a embarcarse un número importante de refugiados.

La JARE otorgó ayudas para impulsar la creación de iniciativas empresariales (metalurgia, carpintería, explotaciones agrícolas, laboratorios farmacéuticos, constructoras, etc.). Los republicanos españoles también fundaron en México sus propios colegios. El primero de ellos, El Instituto Luis Vives, se fundó en agosto de 1939, apenas unos meses después de terminada la guerra civil. A finales de 1939 abrió sus puertas en la calle Córdoba de la capital mexicana el Instituto Hispano-Mexicano Ruiz de Alarcón que, contra todo pronóstico, se iba a convertir en la "oveja negra de los colegios del exilio". No contaba con ninguna subvención de organizaciones oficiales, pero personalidades mexicanas -como el propio Lázaro Cárdenas- colaboraron económicamente. Componían el claustro un magnífico grupo de profesionales: José Giral, José Luis de Loma, Pedro Carrasco, Enrique Rioja, Santiago Hernández Ruiz, Concepción Tarazaga... El colegio empezó a impartir clases en febrero de 1940. Incluía en su oferta educativa jardín de infancia, primaria, secundaria, preparatoria y enseñanzas especiales de educación física, música, estudios jurídicos y mercantiles. Pronto alcanzó varios centenares de matrícula. El Instituto solicitó ayuda a la JARE que se la concedió becando a 291 alumnos. Todas las fuentes hacen responsable del fracaso en la gestión económica al director, Pedro Martul, un maestro que había ejercido en Santander antes de la guerra civil y que parece que finalmente abandonó México y volvió a España. La JARE comisionó a Jesús Revaque para inspeccionar el funcionamiento del Centro. Muchos maestros abandonaron este proyecto, a otros se les rebajó el sueldo y, en 1942, desapareció definitivamente.

Suerte bien distinta ha merecido el prestigioso Colegio Madrid que nacía para satisfacer las necesidades de escolarización que dejaba el fracasado Instituto Hispano-Méxicano Ruiz de Alarcón. El Madrid comenzó las clases en junio de 1941 con 440 alumnos, todos ellos hijos de españoles. Fue nombrado director del centro Jesús Revaque. En esta primera etapa el claustro estaba compuesto por Santiago Hernández Ruiz, Ángeles Gómez, Baudilio Riesco, Ricardo Fernández, Agustín Salas, José Albert, Jesús Bernández, José Gil, Ramón Fontanet, José Acero, Narciso Costa, María Leal, Goldfrey Gladston, Helena Martínez, Alicia Díez, Antonia Simón, Juana Just, Teresa Vilasetrú, Pilar Vallés, María Monte, Carmen Orozco, Valentina Rivero, Marcelina Mestre, Carmen Álvarez Coque, Florence Scalir y Rafaela Camoin. Durante los primeros años de funcionamiento en el Colegio Madrid podía cursarse la enseñanza primaria y el jardín de infancia. Se recogieron en este centro dos grandes influencias que en España fueron largamente silenciadas: la institucionista y las aportaciones de la Escuela Nueva que se traducirían en la práctica en excursiones, enseñanza al aire libre, clases especiales de carpintería, encuadernación, labores femeninas, agricultura, etc.).

Como hemos visto, Santiago Hernández estuvo presente desde el principio, en las más importantes iniciativas pedagógicas del exilio mexicano. Hasta 1947 trabajó en el Colegio Madrid. Aquel mismo año fue nombrado supervisor de Educación Normal e inspector de Normales, al tiempo que profesaba en la cátedra de Historia en la Escuela Nacional de Maestros, integrándose plenamente, de esta manera, en el sistema educativo mexicano.

Santiago Hernández Ruiz vivió en México casi cincuenta años y tuvo un sentimiento de gratitud hacia un país que tan generosamente acogió a los refugiados españoles. Como él mismo declaraba en una entrevista con Covarrubias, cuatro hombres le merecían especial respeto y reconocimiento: Lázaro Cárdenas, Francisco Larroyo, Agustín Lemus Talavera y Lucio López Iriarte.

México fue la patria propicia para la pedagogía española, que pudo seguir una evolución más natural de la que en España se pudo disfrutar tras la Guerra Civil, que supuso la mutilación de una tradición educativa que empezaba a ser muy prometedora. Gran parte de este patrimonio lo han recuperado los educadores españoles en tiempos bien recientes.

Hoy queda mucho de Santiago Hernández en México: miles de alumnos que le conocieron y le trataron y otros que crecieron con sus libros escolares en la cartera, pero sobre todo, sus descendientes, unas "generaciones mexicanas" que transmiten el respeto, el cariño y la necesidad de conservar vivo el recuerdo y la memoria del fundador de esta saga. En este sentido, es necesario destacar la ejemplar tarea de Jaime Hernández Puig, panicense, viajero constante a su primera patria, que considera a su padre como el lider de una familia que se aglutinó alrededor de aquella dulce mujer que había nacido en Valderrobres y de aquel aragonés titánico de Atea.

El Proyecto Principal nº 1 de la Unesco

En 1975, Alejandro Covarrubias publicó un libro dedicado a dar testimonio de la persona e ideas de Santiago Hernández Ruiz, con quien había compartido una década de trabajo (1957-1966) en favor del desarrollo de la educación en América Latina, en el marco del Proyecto Principal Nº 1 de la UNESCO. Oscar Pamperein (Chile) y José Blat Gimeno (España) asumieron la dirección regional del Proyecto. Junto a ellos, un reducido grupo de especialistas se repartió por los distintos países: Julián Juez (España), en San Pablo de Lago (Ecuador); Luz Vieira (Argentina) y Vicente Lema (Bolivia), en Pamplona, (Colombia); Covarrubias (Chile) y Chávez (Ecuador), en Jinotepe (Nicaragua); Campos (El Salvador), en Honduras; Márquez (Argentina) y Oliveros (España), en Sao Paulo (Brasil); Sacristán (España), en Lima; Carmen Lozano (Chile) y Sebastián Ferrer (España), en la Oficina Regional de Santiago. Cerraba esta lista de colaboradores Santiago Hernández Ruiz, quien fue nombrado experto itinerante del Proyecto, una forma de denominar la inspección.

Los trabajos que se desarrollaron en el seno de este Proyecto fueron muy variados, pero todos ellos se dirigían a mejorar las condiciones de escolarización de los niños. Así, Santiago Hernández trabajó en formación del profesorado, de inspectores, supervisores y planificadores, etc. En su ánimo estuvo siempre el convencimiento de que cabía organizar la escuela unitaria de forma que se cosecharan importantes resultados. Para ello no tuvo inconveniente incluso en trabajar directamente en las pequeñas poblaciones que visitaban, para demostrar cómo organizar una escuela con un único maestro. Covarrubias señala que Hernández Ruiz tenía la virtud de no perturbar los proyectos que ya estaban en marcha. La suya era "una pedagogía natural y humana que se incorpora al torrente de la vida escolar, procurando elevar la utilidad de la educación desde dentro y en un marco de respeto a los educadores y a los padres de familia".

Una vez concluido el Proyecto, volvió a México donde ocupó, desde 1967, las cátedras de Didáctica Superior y Técnica de la Dirección y Supervisión de Escuelas; Metodología de la Enseñanza Superior y Programas de Enseñanza en la Universidad Nacional Autónoma, hasta su jubilación. A partir de este momento, sus estancias en España fueron más prolongadas.

Las memorias: Una vida española del siglo XX

Amando de Miguel denomina memorialistas a las personas que estampan sus recuerdos, que escriben su biografía y afirma que el estudio de estos textos es uno de los mejores métodos para comprender el pasado más inmediato. Analizando algunos de ellos, llega a la conclusión de que hay memorialistas que ocultan la realidad, que la falsean, que tratan de justificarse; que hay muchos que callan cualquier detalle íntimo para hablar, simplemente, de las personas que conocieron. Un magnífico ensayo sobre la literatura auto-referencial es el de la profesora Anna Caballé que ha estudiado en Narcisos de tinta la literatura autobiográfica española de los siglo XIX y XX. En esta obra se analizan las principales tradiciones de este tipo de relatos: estructura, tópicos, la relación entre memoria y olvido, los problemas relativos a la veracidad... Casi todos ellos tienen en común que los autores, como en nuestro caso, reflexionan sobre sus vivencias desde la madurez. Es en ese momento cuando reconstruyen la infancia y la juventud, las primeras experiencias amorosas... En este proceso se dan cita la memoria y, unida a ella, el olvido porque vivir es, en parte, un ejercicio de olvido. La memoria y el olvido son, pues, dos caras de una misma moneda. No es posible exigir al memorialista que nos muestre el pasado objetivo, al modo de las películas o las fotografías que han congelado para siempre una parte de la realidad. En los relatos autobiográficos el pasado es representado en el presente, lo cual supone que "no es el pasado como ha sido, sino el pasado como ahora, en este momento, es recordado, revivido en su representación".

Santiago Hernández Ruiz nos ofrece en este texto el testimonio, la crónica personal -sin duda con sus inevitables silencios- que hay que entender como la experiencia destilada en el alambique de los ochenta años desde los que escribía. Algunos episodios se recuerdan despojados del dramatismo con que se vivieron las situaciones. Si en lugar de encontrarnos ante unas memorias extensas, maduras y reposadas pudiéramos leer estos mismos episodios recogidos en el diario de una persona que escribe al tiempo que están ocurriendo las cosas, sin un margen temporal tan amplio para la reconstrucción literaria de los hechos, la impresión que nos brindaría el relato sería, sin ninguna duda, más descarnada. El tiempo borra de la memoria algunas impresiones y, al mismo tiempo, favorece análisis más ricos y sosegados de la realidad.

Igual que hemos señalado para la historia en general, también para la Historia de la Educación se consideran las memorias, autobiografías, diarios, epistolarios, etc. como una fuente todavía por explotar para entender cómo fue la vida cotidiana de las instituciones escolares y cómo los jóvenes se apropiaron del currículum que se transmitía en ellas. Tratándose de un educador, estas memorias se convierten en una fuente valiosísima para estudiar la Historia de la Educación de, prácticamente, este siglo. Además, la literatura autorreferencial ha sido escasamente cultivada por los maestros, y esta circunstancia otorga un valor añadido al texto de Santiago Hernández.

Por otra parte, vivimos un tiempo en el cual nos invaden mensajes invitándonos a la desmemoria y al olvido. Sin necesidad de profundizar demasiado en los análisis, puede apreciarse el empeño de algunos en negar todo valor a la historia. En la época más reciente, la nuestra ha sido una dramática historia que, lejos de querer olvidar, puede convertirse en un valiosísimo medio de aprendizaje sereno. No nos conformemos con la simple fórmula que les fue ofrecida a aquellos navegantes que acompañaban a Ulises que prefirieron "quedarse en puertos donde se ofrezca a su astragalado paladar el dulce olvido de la flor de loto".

Santiago Hernández tituló acertadamente estas memorias suyas Una vida española del siglo XX porque fue testigo de los más importantes acontecimientos sociales y políticos de este siglo en España: la monarquía de Alfonso XIII; la dictadura de Primo de Rivera; la II República; la Guerra Civil (Guerra Vil que escribía don Santiago); el exilio; el reencuentro con una España en la que no se percibían síntomas de oposición generalizada, pero en la que era evidente que la gente vivía al margen del régimen oficial; la España desarrollista de los años sesenta que empezaba a recibir considerables contingentes de turistas; la transición; la restauración de la monarquía; el triunfo del PSOE en las elecciones de 1982...

En estas memorias el lector encontrará la lúcida perspectiva de un octogenario. Hernández Ruiz se nos muestra como un testigo crítico y consciente de la actualidad nacional e internacional. También se podrá comprobar cómo el destino, una suma de casualidades al fin y al cabo, empujó a este hombre a situarse en el bando que perdió la guerra, a comprometerse políticamente justo en el preciso momento que entre los republicanos se extendía el sentimiento de que ya todo estaba perdido. Por eso salió muy pronto de España y, posteriormente, de Francia. Parece claro que más que su republicanismo -heredado de su padre- fue la colaboración con el último Ministerio de Instrucción Pública, presidido por el anarquista Segundo Blanco, quien le ofreció el cargo de secretario general del ministerio, lo que le empujó a abandonar España.

En el texto que ahora se edita, fiel absolutamente al manuscrito de Hernández Ruiz, no hemos incluido algunas reflexiones del autor sobre la situación internacional: conflictos y puntos de tensión, situación política y económica. Se asomaba el autor al mundo desde la perspectiva de los ochenta años y, con esas particulares lentes, analizaba demasiado esquemáticamente, con precipitación unas veces, con demasiada pasión en no pocas ocasiones, lo que estaba ocurriendo. Hemos considerado que se trataba de juicios demasiado globales que hubieran requerido mayores dosis de argumentación y, además, se trataba de situaciones que él no vivió directamente. Aunque este texto fue redactado para ser leído, el autor no lo corrigió y, posiblemente, él mismo hubiera suprimido alguno de estos pasajes. También hemos obviado la transcripción literal de algún artículo de la prensa de la época que Hernández Ruiz ofrecía al lector para apoyar unas ideas que ya quedan bastante claras en su propio texto. Asimismo hemos abreviado algunos detalles de su rica experiencia como experto itinerante de la Unesco, por entender que no aportan nada esencial al propósito del autor, quedando bien patente el fructífero trabajo desarrollado para mejorar y extender la educación en América Latina. Se trata de inventarios de escuelas, estadísticas de asistencia, episodios excesivamente localistas y, por lo tanto, poco significativos para la lectura que ahora se pretende; descripciones del paisaje que impresionaron a este maestro cuando visitaba las regiones correspondientes en compañía de doña Josefina. Sólo en dos ocasiones no compartió el viaje con su mujer: en la primera misión, que coincidió con los preparativos de la boda de su hija Isabel y cuando, en 1964, iba a nacer su tercera nieta, Isabel Berjón, noticia cablegráfica que recibió Santiago Hernández el 23 de febrero mientras se encontraba en Iquitos.

Mucho hemos meditado la posibilidad de completar el texto de Hernández Ruiz con notas a pie de página. Finalmente, nos ha parecido que la extensión de este relato invitaba poco a alargarlo más. Por otra parte, hemos preferido que el lector interesado contraste la versión que da el autor por su cuenta, según sus necesidades, para evitar el riesgo de "cerrar" o encorsetar, excesivamente, la lectura. Este es un texto que no necesita de demasiadas referencias externas para ser interpretado y tampoco podíamos elaborar un texto paralelo que complicara la tarea del lector.

Porque somos fundamentalmente memoria todavía hoy es necesario recuperar a estos españoles que vivieron, padecieron y protagonizaron algunas de las más excepcionales circunstancias de nuestro último siglo de historia.

En estas memorias también se descubre a un hombre apasionado por la vida, por los sencillos placeres que la existencia depara. Encontrará el lector en este texto la amargura de un español a quien le robaron su país, su carrera y al que le despojaron de la familia. Santiago Hernández nos ofrece un retrato personal de esa España que era, como el mismo escribía, "más mía que del Dictador". Pero junto a tanta adversidad, nuestro autor encontró una felicidad individual en el seno de una familia que se multiplicó en su segunda patria.

apéndice bibliográfico

Santiago Hernández fue un publicista que se formó en la prensa y su obra es extensa y diversa. En Zaragoza fueron muy frecuentes sus artículos en El Magisterio de Aragón y en La Educación. Prácticamente desde los primeros números, fue colaborador fijo de El Magisterio Nacional, órgano de expresión de la Asociación Nacional del Magisterio que el propio Hernández terminaría dirigiendo durante su estancia en Madrid.

Con Letras españolas, una cuidada antología literaria, Santiago Hernández Ruiz obtuvo el premio del concurso "Nacional de Literatura" de 1928. En el prólogo se mostraba muy crítico con las lecturas infantiles que terminaban siendo, la mayoría de las veces, "ridículas pamemas, ñoñeces insulsas, que lo aburren (al niño) y son objeto de desprecio". Con la lectura de este libro, los escolares podrían familiarizarse con las obras de Gómez de la Serna, Azorín, Valle Inclán, Pereda, Ramón y Cajal, Castelar, Valera, etc. De cada uno de estos autores (sesenta y cinco en total) recogía Santiago Hernández unas breves notas biográficas y algunos comentarios generales sobre su obra.

Esta actividad literaria propició que Enrique González Villanueva, propietario de la librería "La Educación" de Zaragoza, le encargase tres libros de lecturas que Hernández Ruiz entregó a este editor con tres títulos: Mis amigos y yo; Un año de mi vida y Curiosidades. Tras la Guerra Civil, en sus obras, propiedad de la librería "La Educación", no podía figurar su nombre, pero como nada había en ellas que no pudiera leerse, continuaron publicándose nuevas ediciones, pero con algunas modificaciones en el título. Por esta razón, Mis amigos y yo pasó a titularse Mis camaradas y yo; Un año de mi vida siguió en los escaparates con el título de Un año escolar y Curiosidades, se tituló a partir de entonces Conocimientos.

Gracias a la buena aceptación de estas obras, Santiago Hernández publicó La legislación de Primera enseñanza de la República; El Maestro y Disciplina escolar, ambas en la editorial Salvatella (Barcelona). También colaboró en la revista pedagógica Avante de esta editorial catalana. En Cooperativas escolares Santiago Hernández defendía que hay en el hombre una tendencia natural a la cooperación, a dar ayuda a quienes le rodean y educando esta tendencia se llegaba al cooperativismo. El objetivo esencial de las cooperativas escolares era que el niño pudiera ver los resultados -sencillos- de las mismas, pero que contribuirían a que, ya adulto, fuese un miembro activo y consciente de la sociedad, capaz de trabajar junto a otros para mejorarla. También en esta obra hacía Hernández Ruiz una mención especial a Paniza, población que siempre recordó con cariño:

"Queda, por último, un orden de actividades asequible a todas las escuelas. Nos referimos a las fiestas escolares, cuyas posibilidades como fuente de ingresos son tan reconocidas por muchos compañeros: recitaciones, representaciones teatrales, concursos deportivos, atraen un público numeroso, que abona con gusto una pequeña bonificación para contemplar las habilidades de los niños. Por este medio, el autor de la presente obra mejoró el moblaje de las escuelas de Paniza (Zaragoza), y dejó simiente como lo dejan las actividades que se emprenden con entusiasmo. He aquí párrafos de una carta que su alumno Mariano Higueras le dirigió en los días en que se escribían estas líneas:

"Con mucho gusto por mi parte, tengo que decirle que hemos hecho una función de teatro en beneficio de la biblioteca que usted, con muy buen acuerdo, fundó, y que tuvimos un gran éxito sus discípulos de la superior. Todo esto agrada, primero a D. Fermín, hoy maestro de Paniza, y luego al pueblo entero, con lo cual queda satisfecho nuestro deseo. Se recuerdan sus hechos y todas las ilusiones que le embargaban cuando estuvo aquí y que nosotros probaremos a realizar. Hoy contamos ya con libros de gran importancia agrícola y literaria, el pueblo toma algo de interés en esto, y esperamos dar otras funciones para comprar e instalar en las escuelas un aparato para medir la acidez de los vinos, con lo cual creo que el pueblo despertará".

Tal y como recuerda Hernández Ruiz en sus memorias, él y Domingo Tirado Benedí, también aragonés e inspector, fueron, quizá, quienes más voces redactaron para el Diccionario de Pedagogía de la Editorial Labor, dirigido por Luis Sánchez Sarto. En el exilio mexicano algunos aragoneses mantuvieron fecundos vínculos como el que se estableció entre estos dos inspectores y los hermanos Sánchez Sarto. En México, muy pronto, recibió el encargo de redactar la Ciencia de la Educación; preparó algunos libros para las escuelas, que tuvieron una gran aceptación. Tras el éxito de sus obras para uso escolar, Hernández Ruiz abordó la redacción de libros de pedagogía, de antologías de autores clásicos, de ensayos eruditos, como el que dedicó a Miguel Servet o a analizar la historia universal de la humanidad en El correr de los siglos. Una historia total de hombre (dos tomos). Además de las ya mencionadas, podemos señalar las siguientes obras de Santiago Hernández:

Metodología General de la Enseñanza (con 15 colaboradores españoles e hispanoamericanos). México, 1949.

Organización Escolar (con 27 colaboradores españoles e hispanoamericanos). México 1954.

La clase. México, 1955.

La escuela y el medio. México, 1958, 2ª.

Antología pedagógica de Platón. 2ª edición. México 1958.

Pedagogía natural. México, UTEHA, 1960.

Metodología de la aritmética en la escuela primaria. México, 1960.

Psicopedagogía dos intereses, Cía, Editora Nacional, Sao Paulo, 1960.

Disciplina escolar, Fernández, México, 1967.

Antología pedagógica de Platón. Fernández, México, 1969.

Antología pedagógica de Aristóteles. Fernández, México, 1969.

Antología pedagógica de Quintiliano. Fernández, México 1969.

La escuela completa de maestro único. Fernández, México, 1972.

Manual de Didáctica General. Hernández, México, 1972.

Fracasos escolares. Escuela Española, Madrid, 1982.

 

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Este libro que hoy podemos leer es deudor de muchas personas y circunstancias. Tengo por costumbre detenerme, siquiera brevemente, en este capítulo de agradecimientos. Sin saberlo, el propio Santiago Hernández Ruiz me puso tras la pista de sus memorias cuando, en un artículo en Andalán firmado por Jesús Jiménez en julio de 1983, anunciaba que las tenía prácticamente terminadas. Releyendo aquella entrevista pensé muchas veces que si esas memorias existían, había que editarlas y, sin demasiada confianza, traté de ponerme en contacto con los herederos de Santiago Hernández. Cuando su hijo me llamó desde México, en la primavera de 1997, y me dijo que ponía las memorias de su padre a mi disposición, saboreé la satisfacción que nos regalan las cosas que más valoramos y que a veces parecen empeños vanos. Desde entonces hemos cruzado docenas de cartas y, en algún momento, he temido abrumar con mis dudas y peticiones a la familia de don Santiago. Aquella misma noche de abril hablé con Eloy Fernández Clemente que me ha concedido desde hace tiempo el privilegio de su amistad y de sus inestimables consejos. Juntos hemos creído que merecía la pena editar Una vida española del siglo XX para que todos nosotros nos conozcamos un poco mejor. En estos meses de gestiones, de ultimar detalles, de buscar financiación, aventura que yo imaginaba más compleja de lo que en realidad ha sido, nunca he estado solo del todo gracias, en primer lugar, a la generosidad del Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad de Zaragoza, representado por su Director, Agustín Ubieto; al apoyo del Instituto de Educación Secundaria "Santiago Hernández Ruiz" de Zaragoza; al ayuntamiento de Paniza donde, como me decía Félix Julián Vitaller tanta ley se le ha tenido a don Santiago; a la emoción que despertó esta edición en Antonio Higueras, un panicense que siempre ha estado muy próximo a la familia Hernández Puig; a la activa Asociación Cultural La Atalaya de Cubel, que ya rindió en 1988 un homenaje póstumo a este maestro; al ayuntamiento de Valderrobres, donde tantos momentos de felicidad disfrutó Santiago Hernández. Esta lista da una idea de cómo nos encontramos ante una hermosa empresa colectiva. Personalmente, ha sido un honor gestionar esta fácil colaboración, supervisar la edición y redactar estas páginas introductorias.