Tenemos derecho a no olvidar

-Intervención de Víctor Pardo Lancina-

Hoy es 12 de diciembre, y se cumple por tanto el 74 aniversario, septuagésimo cuarto aniversario de la sublevación en Jaca de los capitanes Galán y García Hernández, a los que hemos recordado al pie de sus tumbas en el cementerio, también a los alcaldes Mariano Carderera y Manuel Sender, a Mariano Santamaría, Miguel Sauras Serveto y a Concha y Ramón, naturalmente. La de hoy, por tanto, es una jornada de rememoraciones.

En Málaga, a esta misma hora, se está rindiendo tributo a los cuarenta marinos leales a la República, que fueron hundidos en el submarino C-3 por un barco alemán fletado por el ejército sublevado. Dentro de un rato en Jaca, se inaugurará una calle y un monolito dedicados a Desideria Giménez Móner, «La Cazoleta», «¡el luto de la montaña!» como escribe en un romance que lleva su nombre el juez y exiliado Gregorio Oliván. «La Cazoleta», militante de las Juventudes Socialistas Unificadas, fue fusilada con 16 años el mismo día que fue asesinado Ramón Acín, el 6 de agosto de 1936. La Cazoleta murió por el delito de haber llevado una bandera en la manifestación del 1º de mayo de aquel año de aquel fatídico 1936

Podemos decir, por todo ello, que la de hoy es una jornada luminosa, aunque en esta ciudad todavía haya quien se empeñe en rescatar y glorificar en piedra a oscuros personajes sacados del pozo de la más negra historia. Jornada luminosa, digo, porque el motivo que aquí nos convoca lo es: la reparación de una deuda histórica, un acto de justicia con la memoria, el reconocimiento cívico de las figuras de Ramón Acín y Concha Monrás, que vivieron en esta casa y desde aquí fueron llevados a las tapias del cementerio porque representaban lo que más odiaba el sanguinario régimen que los asesinó: la inteligencia, la libertad, la justicia, la ética y la integridad. Cargos, todos ellos, que convirtieron a dos personas dignas, Ramón y Concha en peligrosos delincuentes. Muchos «buenos vecinos de Huesca», de los que hablaba Max Aub en su Gallina ciega, aplaudieron cuando eran detenidos por conocidos señoritos falangistas que aparcaban sus coches de muerte en esta calle. Algunos otros «buenos vecinos» callaron y miraron para otro lado. La democracia, esta democracia amnésica y corta de miras, ni a unos ni a los otros ha juzgado de ningún modo. Para las víctimas no ha habido justicia y también por eso hemos sido convocados aquí, en la calle de las Cortes número 3.

Así pues, esta ceremonia de hoy es un alegato contra el olvido, porque no tenemos derecho a olvidar, porque olvidar sería tanto como volver a matar a Concha Monrás y a Ramón Acín.

La colocación de la placa es un gesto de reconocimiento y de gratitud, del que también queremos hacer partícipes a Katia y a la desaparecida Sol, quienes a pesar de todo, supieron guardar y entregarnos el recuerdo y la obra de sus padres. Tiene una sencilla leyenda, pero bien podíamos haber escrito: En esta casa vivieron y se amaron Concha y Ramón; aquí nacieron Katia y Sol y crecieron jugando en el hortal y leyendo los cuentos ilustrados que les traía Ramón Gómez de la Serna; aquí Concha soñaba con un mundo nuevo mientras interpretaba en el piano a Mozart o a Chopin; aquí dibujaba Ramón las pajaricas que hoy son símbolo de la ciudad, y mostraba sus cuadros y sus esculturas a «Silvio Kossti», Honorio García Condoy, Evaristo Viñuales, Paco Ponzán o Rafael Sánchez Ventura; entre sus muros se conspiró contra la política inicua, los arribistas, los caciques y la clericanalla. Aquí se organizó un viaje a Las Hurdes que forma parte de la historia de España y es un hito en la historia mundial del cine. Las puertas de esta casa estuvieron siempre abiertas para las gentes de buen corazón, hasta que un día la casa fue saqueada y la barbarie arrasó con todo.

Por ello, este acto tiene un inequívoco carácter simbólico y busca la reparación de un gran olvido. Tarea ésta, la de la recuperación de la memoria histórica, en la que no cejaremos hasta que los nombres de todos los asesinados en la Guerra Civil, como hoy los de Ramón y Concha, puedan leerse inscritos en su propia placa. Es lo que podemos hacer por ellos, por nosotros y por nuestros hijos, por la libertad y por la justicia. Muchas gracias y ¡viva la República!