Un Grupo Escolar

animado por el espíritu de

Joaquín Costa

 

Víctor Juan

[en VV. AA.: La imagen de Joaquín Costa. 150 aniversario del nacimiento de Joaquín Costa.

Huesca, Ediciones Suelves, 1996, pp. 45-50]

 

   
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En 1869, Joaquín Costa sufría el examen de los estudios de maestro en la Escuela Normal oscense desarrollando el tema "Circunstancias que debe reunir el local escuela. Muebles y enseres necesarios". Tras hacerse maestro y bachiller en Huesca, al tiempo que trabajaba de albañil, cochero, criado... partiría a Madrid para iniciar una carrera universitaria vertiginosa: en 1872 se licenció en Derecho; en 1873 en Filosofía y Letras; en 1874 se doctoró en Derecho civil y Canónico y, para terminar, en 1875 se doctoró en Filosofía y Letras. Una progresión intelectual como la de Costa llamó la atención de Francisco Giner de los Ríos y pronto nacería una relación de admiración y afecto entre dos personas acentuadamente diferentes. En 1875, Costa renunció al título de profesor supernumerario de la Universidad de Madrid por solidaridad con Giner, separado de la cátedra y encarcelado en Cádiz por no acatar la Circular del marqués de Orovio, ministro de Fomento, que conculcaba la libertad de cátedra. Al año siguiente, colaboró en la fundación de la Institución Libre de Enseñanza (ILE) formando parte de su Junta Facultativa y dirigiendo el Boletín de la ILE (1880-1883). Aunque con el paso del tiempo se distanció de los planteamientos de la Institución, nunca lo haría de Giner.

La esencia del pensamiento pedagógico de Joaquín Costa puede encontrarse en su intervención en el Congreso Pedagógico Nacional que se celebró en Madrid en 1882. Allí, en un clima francamente hostil a los planteamientos de la ILE, sostuvo la necesidad de secularizar la enseñanza, el valor educativo de la intuición y de las excursiones escolares, la necesidad de abrir la escuela a la vida, la conveniencia de enviar a nuestros universitarios a formarse en centros extranjeros. Pocos años después, cuando España se sumía en un profundo pesimismo producto de pérdida de las últimas posesiones en Ultramar, Costa defendió, con la pasión y vehemencia que caracterizaron todo lo suyo, que en la escuela se formaría el nuevo tipo de hombre que necesitaba la nación. Para tan ambiciosos objetivos no servían las viejas escuelas unitarias y la graduación de la enseñanza se convirtió en una de las principales banderas del regeneracionismo. En diciembre de 1900, Costa escribió en el El Eco de Cartagena, con motivo del establecimiento de la primera escuela graduada en aquella población, que África empezaba en los Pirineos y Cartagena era la Covadonga de la enseñanza que iniciaba la reconquista y europeización de España. Cinco años antes de morir, Costa escribió un bello y breve texto para el discurso de clausura de la Asamblea Municipal Republicana en Zaragoza titulado "Los siete criterios de gobierno", que Eloy Fernández Clemente ha calificado como la herencia pedagógica de Costa. Volvió a destacar entonces la necesidad de renovar las instituciones docentes; dedicar la mejor parte del presupuesto nacional a la escuela; mejorar la formación del profesorado; la necesidad de introducir en la escuela los métodos intuitivos, la educación física, la enseñanza de oficios, etc.; la transformación radical de la vieja universidad, "fábrica de licenciados y proletarios de levita"; y la fundación de colegios españoles en los centros científicos europeos y americanos.

"¿Qué mejor monumento a Joaquín Costa que una escuela modelo a su nombre?"

Se cumplían en 1921 diez años del fallecimiento de Joaquín Costa y tras una década proyectando homenajes para perpetuar la memoria del polígrafo aragonés, había llegado ya el momento de concretar todos aquellos buenos deseos. El día uno de febrero el Ayuntamiento de Zaragoza había aprobado una proposición de Antonio Mompeón Motos, concejal y gerente de Heraldo de Aragón, que sería muy grata al espíritu de Costa que defendía que "todo español está obligado a defender la Patria con los libros en la mano". Mompeón proponía unir todas las cantidades recaudadas de distintas sociedades y organismos para levantar una escuela dedicada a Joaquín Costa. Aquella escuela debería estar dotada de todos los adelantos y servicios modernos, cantina, ropero, gimnasio, jardín, etc. Además llevaría en su entrada, en emplazamiento visible para el público y para los alumnos, la estatua de Costa sobre un pedestal. El Ayuntamiento cedería los terrenos y solicitaría de los representantes en Cortes aragoneses que el Estado subvencionara las obras.

El 2 de enero de 1923, Miguel Angel Navarro, arquitecto municipal y autor del proyecto de la escuela Costa, escribía en las páginas de Heraldo de Aragón que aquella escuela honraría al Ayuntamiento y sería una muestra de interés por la enseñanza. Conocedor de las últimas tendencias de la pedagogía, exponía que no se trataba de levantar un edificio para cultivar exclusivamente la inteligencia. Cada día se daba más importancia a las escuelas al aire libre, frente a los almacenes de niños, y se iba comprendiendo la necesidad de diseñar grandes patios de recreo anexos a la escuela para favorecer el ejercicio corporal. Cuando la obra estuviera concluida, recibirían instrucción mil niños zaragozanos de los dos o tres mil que callejeaban por la ciudad porque no cabían en las escuelas. El solar destinado a este grupo escolar estaba situado en el Campo del Sepulcro, angular al Paseo María Agustín y a la nueva avenida de la Estación que se abriría cuando el Ayuntamiento poseyera los terrenos, entonces todavía propiedad del ramo de Guerra. La edificación proyectada ocuparía unos ocho mil quinientos metros cuadrados de los cuales se edificarían cinco mil cuatrocientos aproximadamente repartidos en tres plantas. El arquitecto Navarro anunciaba que el edificio se desarrollaba en tres naves convergentes. Las dos fachadas se destinarían a las clases y la central albergaría el comedor, la cocina de la cantina escolar, el ropero, la sala de baños y duchas con piscina para la natación, un gran salón de actos, de cerca de quinientos metros cuadrados, que podría servir para conciertos, teatro o cinematógrafo. El edificio terminaba en unas amplias terrazas cubiertas que podrían utilizarse para la enseñanza al aire libre, gimnasia, y para instalar un laboratorio. Anunciaba un proyecto, quizá el único, que no se llevó finalmente a la práctica. Se pensaba emplazar un monumento dedicado a Costa -Benlliure, entre otros, hizo un boceto- en un templete circular trazado al estilo del renacimiento español "rasgando el edificio en toda su altura y coronado por artística cúpula de vidrio representativa del firmamento, que irradie suave luz azulada sobre la obra escultórica que a su vez sea centro de una fuente". Desde el punto de vista económico, la ejecución material de la obra representaba unas ochocientas mil pesetas. Aquel mismo invierno se proyectaba comenzar las excavaciones para emprender la cimentación del edificio y proceder a la plantación de árboles en el futuro patio de recreo.

Pero las obras no se realizaban según los plazos establecidos y la inauguración se fue retrasando. En septiembre de 1928 se estudió la posibilidad de abrir la escuela habilitando al menos espacios para clases, pero faltaban muchas cosas por hacer: todavía no se habían desalojado los locales en los que se examinaron los aspirantes a la Academia General Militar; era preciso completar la carpintería; faltaba la instalación eléctrica, la pintura y la decoración del salón de actos y del vestíbulo; tampoco se disponía de mobiliario y aunque todos estos trabajos se acometieran de inmediato serían precisos tres o cuatro meses para ultimar todos los detalles.

Por fin el Grupo escolar se inauguró el 24 de noviembre de 1929. En un acto tan rentable políticamente estuvieron presentes todas las autoridades y personalidades de la ciudad desde el arzobispo Rigoberto Doménech, pasando por el rector, Antonio de Gregorio Rocasolano, el alcalde Enrique Armisén, el gobernador, los presidentes de la Audiencia y de la Diputación, el director de la Academia General Militar, Francisco Franco y, en representación del ministro, Miguel Allué Salvador, director general de Enseñanza Superior y Secundaria, quien manifestó que "la historia hará de seguro justicia cabal a estas dos grandes figuras de la España del siglo XX: Costa, el político de las grandes ideas, y Primo de Rivera, el estadista de las fecundas realidades". En la prensa se decía que no faltaba nada: había comodidad, espacio, luz, higiene, alegría, ventilación, calefacción, lavabos, baños, duchas, jardín de recreo, salón de teatro, museo, biblioteca, cantina, material abundante y selecto, personal técnico y subalterno, etc. Aquel edificio era una muestra del reconocimiento al trabajo que los maestros estaban realizando en la escuela, representaba la confianza de un pueblo, Zaragoza, en sus maestros. El mismo día de la inauguración Heraldo de Aragón dedicó una página entera a comentar los aspectos más sobresalientes del nuevo edificio y destacaba el trabajo realizado por cada uno de los gremios: Francisco Vicente Morales realizó la cimentación; Muñoz y Trigo, las puertas de hierro de la entrada; los mármoles del vestíbulo, Joaquín Beltrán; la ebanistería, Antonio Royo; la decoración del hall, Santos Horno; la casa Loscertales amuebló los despachos de los directores y del secretario del Grupo Escolar; los baños, las duchas, el desagüe para la piscina, los retretes, los lavabos y los urinarios fueron suministrados por Miguel Fandos; Manuel Abenia colocó las tarimas, las rampas y el escenario del salón de actos; Joaquín Guiral, los aparatos de alumbrado; la viuda de Francisco Mas, las persianas de las ventanas; la escalera de madera, Miguel Romanos Nadal; Vicente García pintó el Grupo Escolar; José María Montserrat colocó el "Linoleum Nacional" que servía de pavimento y la librería "La Educación" suministró el material didáctico necesario.

Los frecuentes visitantes del Grupo escolar se sorprendían de todos los detalles que completaban esta escuela: desde los soberbios muebles del despacho, rematados simulando patas de león, en recuerdo al "León de Graus", regalados por un grupo de emigrantes del Centro Aragonés de Barcelona y elaborados en horas robadas al sueño, hasta la pulcritud de la cantina escolar.

Pedro Arnal Cavero y el Grupo Escolar Joaquín Costa

Pedro Arnal Cavero fue el primer Director de la escuela Costa, cargo que ocupó durante veinticinco años hasta que, en 1954, se jubiló. El Costa fue la gran aventura profesional de este maestro que se declaraba costista convencido y uno de los "cachorros del león". Para entender lo que esta escuela supuso para la educación zaragozana hay que detenerse en el carácter que Arnal quiso imprimirle. Desde 1923 dedicó varios artículos a puntualizar lo que debía ser el edificio escolar en sus aspectos arquitectónico y pedagógico. Para Arnal, la escuela Costa demostraría a los ciudadanos la importancia de la educación. Era conveniente que los zaragozanos se familiarizaran con la idea, que conocieran los planes de técnicos y autoridades para que la iniciativa fuera de todos. El modélico Grupo Escolar iba a ser el primero en contar con piscina y duchas y esta idea produjo cierta sorpresa:

"A gentes de estrechez mental, que no les cabe en la cabeza una palangana tan grande, les hemos oído preguntar con cierto asombro si es verdad que en un Grupo van a hacer un departamento para que los niños y niñas tomen duchas, se bañen y aprendan a nadar. No debe sorprendernos oír esos asombros y aspavientos, porque estamos rodeados de hidrófobos y de los que, si pueden, clavan los dientes".

Hoy todavía sorprende la monumentalidad del edificio que hace pensar en una solución escasamente funcional. Hay que considerar que se trataba de levantar un monumento vivo a la memoria de Costa. El arquitecto consiguió este objetivo, pero además aquel edificio ofrecía posibilidades nuevas desde un punto de vista estrictamente pedagógico. Desde los primeros años de nuestro siglo, la escuela inició una lenta transformación consecuencia, por una parte, de las nuevas exigencias sociales y, por otra, de la influencia de los principios de la Escuela Nueva y del movimiento higienista que reclamaban mayores condiciones materiales a los edificios escolares. La escuela era algo más que el estrecho marco del aula en el que se enseñaba a leer, escribir y contar y exigía disponer de espacios para la educación física, la música, el laboratorio, los talleres, la reunión del claustro. Espacios para archivos, exposiciones, lugares para la celebración de actos en los que participaban todos los niños y maestros. Espacios, en suma, para la comunicación y el encuentro.

Pero lo más importante de la futura escuela no era el edificio suntuoso, ni la bella arquitectura, ni la soberbia fábrica, ni la fachada, ni el cuerpo espléndido. El alma de aquella escuela, sería la organización didáctica, los planes de enseñanza, el personal docente, la orientación que se adoptase y, en resumen, la ideología que presidiera su complejo funcionamiento. No se podía esperar a que el edificio estuviera terminado para plantear estas cuestiones. Arnal Cavero proponía organizar una escuela de aprendices en la que se impartiera música, gimnasia, corte, labores especiales, etc.; crear una sociedad de antiguos alumnos de la escuela y de padres. El calendario escolar de este Grupo no debería ser como el del resto de las escuelas, puesto que estaría abierto todo el año y se organizarían cursos de vacaciones. Los niños podrían ir todos los días del año a su escuela a trabajar, a jugar, a bañarse o a descansar. Si se establecía un Patronato con las suficientes competencias, al estilo de los que funcionaban en Madrid o Barcelona, el Grupo escolar podría cumplir dos objetivos: el nacional, impartiendo todas las materias según el vigente Plan de 1901, y el regional, el local, el que llevaría un sello auténticamente costista y que se lograría con la implantación de talleres, laboratorios y oficinas de experimentación y práctica útil.

Todas estas propuestas pasaban por una adecuada selección del profesorado. El claustro sería el alma de la escuela, y sin una adecuada selección de sus componentes, la de Costa sería una escuela más. Aquellos maestros deberían de acudir a la escuela antes que los alumnos y marcharse bastante después. Debían estar dispuestos a sacrificar las vacaciones y no se encontrarían maestros dispuestos a tanto por el sueldo que recibían del Estado. Arnal soñaba con instalar una Villa Escolar "Joaquín Costa" en el Moncayo, hijuela del Grupo Costa, que cumpliría las funciones de sanatorio, preventorio, escuela graduada y colonia permanente.

Como recordaba Ricardo del Arco en 1930, el edificio zaragozano evocaba las primeras ideas pedagógicas del joven Costa, quien ya en su examen de revalida de 1869 pedía a la escuela que tuviera un patio con árboles y algunos cuadros para el cultivo. Esta escuela superaba el criterio que mantuvo Costa ante el tribunal hacía sesenta años. Hacer realidad las doctrinas de Costa era el difícil reto del profesorado que trabajaba en esta escuela.

El Grupo Escolar Joaquín Costa de Zaragoza fue, tal y como quisieron sus promotores, una escuela modélica. Cuando se inauguró, sorprendió a propios y extraños, hasta tal punto que muchos ciudadanos se preguntaban si aquel edificio podía ser una escuela. Quizá hoy podamos pensar que es poco funcional, que quizá le faltaba la dimensión práctica. También podemos pensar que Miguel Angel Navarro logró hacer realidad aquello que le encargaron: levantar un monumento vivo en memoria del león de Graus. En la primera ocasión que el arquitecto presentó el proyecto a la ciudadanía se preguntaba si lo esencial de esta escuela era gran edificio y contestaba negativamente, pero "un gran edificio -concluía- debe ser su base".