Félix Carrasquer (1905-1993)

El compromiso militante con la educación y la libertad

Víctor M. Juan Borroy

[Artículo publicado en Aula Libre, 83, marzo 2006]

 

 Félix Carrasquer Launed era el hijo del secretario del ayuntamiento de Albalate de Cinca. En una época de tremendas desigualdades sociales, esta circunstancia hubiera bastado para que creciera alejado de los hijos de los agricultores o jornaleros. Pero sucedió justo lo contrario: prefería su compañía y se recuerda a sí mismo robando pan en casa para dárselo a los niños que no tenían[1].

Cuando acudió a la escuela sufrió una terrible decepción. Había aprendido a leer en su casa. El maestro le advirtió que allí se iba a obedecer, quiso pegarle, Félix se escapó y decidió que no volvería a la escuela. Para que reconsiderara su decisión, le encomendaron el cuidado de unas cabras. Enseguida se manifestó su miopía y su padre pensó que lo más conveniente era que no estudiara y que aprendiera, llegado el momento, un oficio. Aquello lejos de incomodarle, le hizo un niño feliz. Pasaba el día en el monte, leyendo y observando la naturaleza. Creció lejos de la presión autoritaria de los padres y de la escuela. Quizá ésta es una de las razones de su defensa de la autogestión, la libertad y la cooperación en todos sus proyectos educativos.

 

Barcelona: pan, libros y sueños

En 1919 decidió trasladarse a Barcelona, una ciudad que representaba el sueño de la libertad, la posibilidad de asomarse al mundo, la promesa de ampliar horizontes, la conquista de la independencia y las indudables oportunidades culturales. “No hice otra cosa –sostiene Casrrasquer- que devorar libros y soñar”. En Barcelona descubrió las bibliotecas populares, los ateneos libertarios y las librerías de lance de las inmediaciones de Las Atarazanas. Leía insaciablemente hasta que le vencía el cansancio. Su pasión por la lectura motivó que sólo aceptara trabajos que le dejaban tiempo para leer, tiempo para conocer, tiempo para aprender. Así decidió colocarse en un horno de pan. Trabajaba por la noche y tenía gran parte del día libre. Ya había leído a Cervantes, Pereda, Quevedo, Santa Teresa y algunos escritores más que formaban la biblioteca de su padre en Albalate de Cinca. En Barcelona descubrió a Shakespeare, Dickens, Voltaire, Zola, Turguenef, Dostoievski, Baroja, Azorín… y husmeando por la bibliotecas llegó a Malatesta, Proudhon, Anselmo Lorenzo, Pi i Margal, Ricardo Mella, etc.

“Si no puedo leer, la vida me importa un comino”. Ésta fue la contestación de Félix Carrasquer cuando el doctor Barraquer le diagnosticó la grave dolencia que terminaría dejándole totalmente ciego y le recomendó que leyera lo menos posible, que dejara descansar sus ojos. “Si no puedo leer, la vida me importa un comino”. Cómo me recuerda esta actitud a Joaquín Costa cuando en su diario de juventud escribió: “Si no puedo estudiar, no quiero vivir”. Las dos frases resumen la pasión por el conocimiento, el deseo de saber, de apropiarse del mundo, la pretensión de entenderlo todo.

En Barcelona, la ciudad modernista que bullía cultural y políticamente, Carrasquer comenzó a forjar su conciencia, su manera de entender la realidad. Durante los primeros años veinte, conoció el pistolerismo de la patronal, el movimiento obrero, y, sobre todo, el anarquismo. Una mañana escuchó unos disparos desde la puerta de la panadería en que trabajaba. Habían asesinado a Salvador Seguí, el noi del sucre.

Desde 1919 a 1936 Félix Carrasquer pasaría períodos en Barcelona o en Albalate, como si el destino le llevara y el trajera de las orillas del Cinca a la costa mediterránea. Durante toda su vida, en distintos momentos -al volver a Albalate, tras el exilio, al salir de la cárcel- Félix Carrasquer hacía pan con las mismas manos que le ayudaban a orientarse, con las manos de escribir y de escrutar el mundo, con las manos que buscaban la esencia de las cosas, con las manos de acariciar a las personas que amaba.

 

La única revolución posible

Después de leer novelas y poesía, Carrasquer descubrió el ensayo. Le apasionaban los libros de historia, de sociología y de filosofía porque le permitían entender el mundo. La Escuela Moderna de Ferrer, el método de Decroly, el pensamiento pedagógico de Pestalozzi o la escuela del trabajo de Kerchensteiner iniciaron su preocupación por la educación. Llegó al convencimiento de que sólo la educación propiciaría la auténtica revolución, de que sólo desde la educación podría construirse un nuevo modelo de sociedad y comenzó a leer sin tregua ni descanso obras de Tolstoi, Decroly, Giner de los Ríos, Pedro de Alcántara, Manuel Bartolomé Cossío, Coussinet… Se planteó estudiar magisterio, pero le bastó leer la relación de materias que componían el plan de estudios para concluir que no iba a aprender nada, que su paso por la Escuela Normal de maestros no habría de aportarle nada que no hubiera aprendido en el tiempo que había dedicado a las lecturas pedagógicas.

A finales de 1929 volvió a Albalate de Cinca. Allí organizó una asociación cultural, una biblioteca popular, una cooperativa, una compañía de teatro que recorrió con sus obras todos los pueblos de la ribera. Aquellos años fueron el ensayo ideal para los proyectos que Carrasquer impulsaría más tarde.

En 1932 se produjo un hecho determinante en la vida de Félix Carrasquer: la ceguera. Mientras representaba una obra de teatro en Torrente de Cinca comenzó a sufrir los efectos de un desprendimiento de retina. Tras una dolorosa intervención en la clínica del doctor Barraquer, se confirmaron los peores pronósticos. Entonces se propuso aprender a escribir con la antigua máquina de su padre. Y lo consiguió antes de quedarse ciego.

En diciembre de 1933, cuando mejor funcionaba el grupo cultural que había organizado y se habían consolidado las conferencias, el grupo de canto y las veladas de lectura, Carrasquer tuvo que abandonar Albalate de Cinca, como consecuencia del movimiento revolucionario. Dejaban demasiadas cosas atrás, los sueños, el entusiasmo, la ilusión por lo que habían conseguido… Atravesando el monte se trasladó a Lérida acompañado de Castro, otro joven albalatino. En Lérida les acogió Pepita Uriz, profesora de la Escuela Normal de Maestras y directora de la residencia de estudiantes de magisterio. Unos días más tarde una compañera les llevó a su casa. Félix Carrasquer no podía dejar de pensar en los sueños rotos, en las consecuencias de la violencia. Habían querido imponer la revolución, pero nada se conseguiría jamás con la violencia. La violencia no podía inaugurar el tiempo de la libertad. Era preciso educar al ser humano, cambiar su mentalidad, dotarle de las herramientas intelectuales precisas para que se liberara de supersticiones y creencias atávicas. Este camino solo podía recorrerse por la educación. Además de estas reflexiones, en Lérida coincidió con Patricio Redondo, José Tapia y Herminio Almendros, el principal introductor de la pedagogía de Freinet en España[2]. Carrasquer intuyó el potencial educativo, formativo y emancipador de la imprenta, de la palabra y de la escritura, tal y como él mismo había experimentado. Escribir le permitía apropiarse del mundo, reconstruirlo, volver sobre él. En todas las iniciativas educativas en las que participó Carrasquer la imprenta Freinet tuvo un destacado lugar.

 

La escuela Eliseo Reclus

En 1935, de nuevo en Barcelona, Carrasquer expuso al Ateneu Enciclopedic de Les Corts su proyecto de creación de una escuela libertaria que finalmente abrió sus puertas en el número 184 de la calle Vallespir. La libertad, la autogestión, la cooperación y la solidaridad fueron los principios nucleares de esta experiencia educativa[3].

En la escuela de la calle Vallespir coincidieron los cuatro hermanos Carrasquer: Félix, José, el único que había estudiado magisterio, Francisco y Presen. José dejó su plaza de maestro en Aguilar (Huesca) para poder oficializar con su título de maestro esta escuela[4].

La experiencia de la escuela Eliseo Reclus influyó en los proyectos educativos posteriores de Carrasquer. La organización de la escuela es un ejemplo del interés pedagógico de este ensayo.

Se trabajaba con la imprenta escolar, publicaban una revista titulada Ferrer, un evidente homenaje al fundador de la Escuela Moderna. Los niños decidían por sí solos qué trabajos escolares iban a realizar, se organizaban en grupos, resolvían colectivamente los problemas. La disciplina dejaba paso a la libre iniciativa y la colaboración. Se trataba de crear un funcionamiento basado en la libertad, la cooperación, la ayuda mutua. Un elemento esencial era la asamblea de niños y de maestros. Junto a los principios pedagógicos propiamente libertarios[5] en la Escuela Eliseo Reclús se incorporaron los principios de la Escuela Nueva.

Matilde Escuder, la mujer que se convertiría en la compañera de Félix Carrasquer, era maestra en Ibiza y desencantada de la escuela tradicional y de la formación que había recibido en la Escuela Normal, acudió a Barcelona para estudiar el funcionamiento de las escuelas racionalistas. Cuando visitó la escuela regentada por los hermanos Carrasquer se llevó una grata sorpresa al comprobar que “niños y niñas de todas las edades iban de un lado para otro con seguridad y holgura, unos para consultar en la biblioteca, con el profesor o con un compañero; algunos trabajando en la imprenta, dibujando, calculando o tomando medidas; otros, agenda y lápiz en mano, disponiéndose para salir a la calle en busca de algún dato interesante. Todo era muy distinto a aquel silencio impuesto, de la inmovilidad o el orden riguroso que casi todos nosotros hemos conocido en la escuela de nuestra infancia”[6].

José Carrasquer se responsabilizó de la clase de los niños mayores. Se sirvió de la imprenta, del proyector de cine, y de todas las herramientas que pudo reunir para los talleres. Pronto trabajaron con el método de proyectos de Kilpatrick. El algodón, la revolución francesa, el transporte, el vestido, la primera internacional de los trabajadores fueron algunos de los temas que desarrollar los chicos y chicas de esta clase organizados en grupos libremente constituidos. La clase se convertía en una bulliciosa colmena.

La escuela Eliseo Reclus estuvo abierta a participación de la comunidad. Personas vinculadas con el Ateneo acudían a las aulas a trabajar con los niños: coser, modelar con arcilla, talleres de carpintería, de pintura, etc.

 

La guerra civil. El pasado compartido. La escuela de militantes de Monzón

Cuando la Escuela Eliseo Reclus había superado el centenar de alumnos, cuando mejor funcionaba y había razones fundadas para el optimismo, estalló la guerra civil. En 18 de julio de 1936 había 10.000 libertarios –entre ellos José y Francisco Carrasquer- en las calles de Barcelona, defendiendo la ciudad de los sublevados.

“Hubiéramos podido continuar las clases algún tiempo –escribió Félix Carrasquer-, pero estábamos unidos al pueblo y solidarizados con sus vivencias. De ahí que mis hermanos, después de haber luchado en la calle se fueran al frente con los primeros grupos que salieron hacia Aragón”[7].

A Félix Carrasquer le encomendaron la dirección de la maternidad de Barcelona, pero impresionado por la lección de cooperación y solidaridad que Aragón le dio al mundo con la creación de las colectividades[8], decidió abandonar su trabajo en la Maternidad para colaborar en la gestión y organización de las colectividades ya que según su propio testimonio, “por todas partes bullía el entusiasmo y la euforia (…); pero algunas de las colectividades que visité carecían de una administración responsable y de una previsión de futuro. Todo se fiaba al azar a la improvisación sobre la marcha”[9].

Félix Carrasquer redactó el proyecto de la Escuela de Militantes que finalmente se instaló en Monzón[10], un centro destinado a formar a los gestores de las colectividades.

A principios de 1937, la escuela comenzó a funcionar con cuarenta jóvenes de ambos sexos de 14 a 17 años, aunque predominaban los varones, en régimen de internado en una torre con un amplio huerto.

Los principios pedagógicos de la Escuela de Militantes podían resumirse en la necesidad de que la educación abarcara aspectos técnicos, ideológicos y animación sociocultural; que las relaciones entre alumnos y profesores se basaran en la libertad y la solidaridad, eliminando la autoridad; que la autogestión presidiera el funcionamiento económico y administrativo y que las decisiones se tomaran en asamblea; el aprendizaje autónomo, ligando teoría y práctica; y, finalmente, la escuela debería vincularse a la vida regional, convirtiéndose en un foco de irradiación cultural hacia el entorno. Por eso los domingos salían por los pueblos en misión de solidaridad pedagógica y de recreo.

El Plan de Estudios combinaba la formación teórica o intelectual con la práctica. No hay que perder de vista que los jóvenes que se formaban en este centro estaban destinados a ser los gestores y dinamizadores de las colectividades. Se trataba de introducir un poco de racionalidad en aquel movimiento romántico y entusiasta, pero alejado, en ocasiones, del rigor y de las exigencias de la realidad. El plan de estudios comprendía materias como el perfeccionamiento del lenguaje oral y escrito; la historia de la evolución social; nociones prácticas de aritmética y geometría, contabilidad; psicosociología –preparación para dinamizar, las reuniones, favorecer la toma de decisiones, estimular la participación, etc.; trabajos agrícolas y ganaderos. Además se publicaba una revista mensual Colectivización.

En agosto de 1937 comenzaron los ataques de los comunistas contra las colectividades. La Escuela de Militantes sufrió estas hostilidades. Además, a finales de septiembre Monzón padeció un terrible bombardeo y un proyectil cayó en el huerto de la escuela. Los chicos insistían en abandonar aquel empazamiento, sobre todo los de Albelda. Decían que la colectividad tenía allí una torre –Torre Moncasi- idónea para la Escuela. Allí se trasladaron en el invierno de 1937. Con este cambio de ubicación se inició el peregrinaje y la decadencia de la escuela. La guerra impuso sus urgencias. En 1938 la escuela tuvo que trasladarse a Caspe, luego a Llançá, en la comarca de Figueras. Allí Félix Carrasquer recibió la noticia de que su hermano José había muerto en el frente de Teruel, cerca de Mora de Rubielos. A finales de octubre de 1938, la escuela se instaló en Sant Vicens dels Horts. Cada día anunciaba de un modo más contundente la derrota de la República. Desapareció el entusiasmo, las colectividades fueron desmanteladas, la insolidaridad se manifestaba cuando se extendía el miedo…

 

El exilio

El 25 de enero de 1939, cerraron la Escuela de Militantes y tanto los estudiantes como los adultos responsables del centro cruzaron la frontera francesa y fueron conducidos a Portanlier, cerca de Suiza. Junto a otros trescientos refugiados se instalaron en una antigua fábrica de automóviles. En los meses siguientes casi todos los chicos de la escuela volvieron con sus familias. Félix Carrasquer pudo visitar a Madame Descoudres, conoció a Piaget, a Bobet y a Claparède en el Instituto J.J. Rousseau. Después fue conducido al campo de Argèles donde se reunió con Presen, su hermana, y con varios chicos de la Escuela de Militantes. El 14 de abril de 1940 Carrasquer salió de Argèles en dirección a una finca que el Gobierno republicano español tenía en Château de la Vallete, en Presigny, cerca de Orleans. Se trataba de una residencia para mutilados e inválidos de la guerra. El director de este centro era José Ontañón, un prestigioso profesor de la Institución Libre de Enseñanza poco habituado a tratar con trabajadores. Félix Carrasquer se sirvió de su capacidad de persuasión y de sus dotes organizativas para convertir aquella masa de hombres en ruinas, ahogados en sus propios rencores, en una comunidad que aprendía y que afrontaba con coraje el futuro. Organizaron el trabajo y el estudio. Combinaban el trabajo manual en las tierras y en los talleres con el estudio de la lengua francesa. Cuando el programa mejor funcionaba y se había iniciado una trayectoria prometedora, la invasión alemana les obligó a abandonar la finca. Carrasquer fue detenido y conducido primero a Vernet y posteriormente a Noé. Sufrió todas las penalidades de los campos de concentración. A finales de marzo de 1943 logró fugarse. En mayo llegó a Andorra y el 10 de junio, escondido en un camión de leche, entraba en Barcelona -otra vez Barcelona-, “con el corazón algo oprimido y la cabeza llena de proyectos”[11]. Comenzaría entonces su particular lucha contra la dictadura del general Franco. Carrasquer hacía pan e imprimía boletines –como Represión o El Martillo-, para denunciar las torturas y la irracionalidad del Régimen, para mantener el ánimo y la esperanza del pueblo resistente. Como aquella España era un nido de confidentes, Carrasquer fue detenido y encarcelado durante un año.

Al salir de la cárcel, aceptó ir a Madrid con el encargo de reorganizar el Comité Nacional de la CNT. Sabía que lo iban a detener. “Caímos como estaba escrito”. El fiscal solicitó pena de muerte. Finalmente fue condenado en el consejo de guerra a 25 años de prisión, de los que cumplió 12.

 

“Seguiré en pie, seguiré aprendiendo”

Félix Carrasquer aceptó el compromiso que su tiempo y la sociedad le exigían. Ni los años de cárcel, ni las penalidades que hubo de soportar durante el exilio mermaron su esperanza inquebrantable en un mañana mejor. Félix Carrasquer mantuvo su compromiso militante con la educación y con la libertad. Los doce años de reclusión en la cárcel de Ocaña no debilitaron sus convicciones. En cuanto recobró la libertad quiso trasladarse a Barcelona. Como las autoridades le prohibieron vivir allí, consiguió un pasaporte con autorización sólo para salir del país. En 1960 se instaló en Francia y organizó una granja-escuela en Thil, en el alto Garona, con el propósito de formar una colectividad y un centro de estudios.

A pesar de no haber cursado la carrera de magisterio, a pesar de no haber asistido a la escuela más que dos días en toda su vida, Félix Carrasquer fue uno de los grandes educadores aragoneses del siglo XX. Creyó radicalmente en el potencial emancipador y transformativo que encierra la escuela, en la necesidad de educar en libertad, en la bondad del ser humano, en la capacidad del individuo para protagonizar y autodirigir su propio proceso de aprendizaje, en las infinitas posibilidades que encierra la cooperación. Fue capaz de levantar varios proyectos educativos basados en los principios de la pedagogía libertaria y en los postulados de la Escuela Nueva. Todas estas iniciativas fueron interrumpidas por las guerras, por la brutalidad de la sinrazón, pero dejaron en el horizonte de nuestras aspiraciones pedagógicas el referente utópico de lo que pudo ser.

Félix Carrasquer fue un intelectual comprometido con el tiempo y la época en que vivió, un hombre que planteo una reflexión permanente sobre la sociedad, la libertad, la condición humana, la educación y la justicia. Gozó de la amistad de intelectuales y destacados activistas libertarios como Ramón J. Sender, Ramón Acín, Paco Ponzán, Evaristo Viñuales, Felipe Aláiz o Antonio Ejarque.

A pesar de los rumbos que han tomado tanto la sociedad como la educación durante las últimas décadas –o, quizá, justamente por eso- es necesario reivindicar la vigencia del pensamiento de Félix Carrasquer, el hombre que sabía hacer pan, el intelectual de manos útiles, el hombre que veía nítidamente aquello que otros no llegaban a intuir.


NOTAS


[1] La revista Anthropos dedicó una de sus monografías a Félix Carrasquer. En ese número, Félix Carrasquer escribió un extenso artículo “Autopercepción intelectual de un proceso histórico. Notas autobiográficas”, imprescindible para entender su trayectoria personal y profesional. Véase Anthropos, noviembre de 1988, Nº. 90, pp. 13-30.

[2] Recientemente se ha publicado el conmovedor diario que redactó Herminio Almendros desde que salió de Barcelona hasta que se instaló definitivamente en La Habana. Almendros, Herminio: Diario de un maestro exiliado. Edición al cuidado de Amparo Blat y Carme Doménech, Valencia, Pre-textos, 2005.

[3] Carrasquer, Félix: Una experiencia de educación autogestionada. Escuela “Eliseo Reclus”, calle Vallespir, 184. Años 1935-1936, Barcelona, edición del autor, 1981.

[4] José Carrasquer había estudiado magisterio en la Normal de Barcelona. Destinado en Aguilar, un pueblo cercano a Graus, compró una imprenta para trabajar con la metodología de Freinet. Los niños de la escuela publicaban una revista titulada Sencillez. Según Félix Carrasquer, su hermano José “hizo maravillas. Además de las clases cotidianas reunía al pueblo por la noche, les daba algunas clases y, sobre todo les contaba cuentos, les hacía cine con una máquina pequeñita movida a mano, dado que no había electricidad. Dio vida a un poblado que estaba dormido (…) se segó una vida plena de ilusiones y promesas. Es lo de siempre, la maldita guerra, que a menudo fomentamos en las escuelas con esos ditirambos patrioteros, más propios del clan que de las sociedades apellidadas civilizadas” Carta de Félix Carrasquer desde Thil-Levignac a Enrique Satué). Véase Satué, Enrique: Caldearenas. Un viaje por la historia de la escuela y el Magisterio rural, Huesca, Edición del autor, 2000., pp. 275-276.

[5] No es éste el momento de detenernos en el análisis de estos principios que podemos resumir en: la educación es inseparable de la revolución; la necesidad de aprender en libertad; la educación debe desarrollar al hombre integralmente; la educación debe promover lo específico de cada persona; la educación no reduce su acción a la infancia; la educación no está circunscrita a las instituciones escolares (importancia de ateneos, bibliotecas, grupos de teatro, etc.); la educación debe hacer al hombre moral y solidario.

[6] Escuder, Matilde, Prólogo a la obra Carrasquer, Félix: Una experiencia de educación autogestionada. Escuela “Eliseo Reclus”… op. cit., pp. 11-12.

[7] Carrasquer, Félix, Una experiencia de educación autogestionada. Escuela “Eliseo Reclus”,… op. cit. p. 156.

[8] Willemse, Hanneke, Pasado compartido. Memorias de anarcosindicalistas de Albalate de Cinca (1928-1938), Prensas Universitarias de Zaragoza, 2002. [Traducción y presentación de Francisco Carrasquer].

[9] Carrasquer, Félix, La escuela de militantes de Aragón. Una experiencia de autogestión y de análisis sociológico, Barcelona, Ediciones Foil, 1978, p. 22.

[10] Carrasquer, Félix, Las colectividades de Aragón. Un vivir autogestionado promesa de futuro, Barcelona, Laia, 1986.

[11] Carrasquer, Félix: “Autopercepción intelectual de un proceso histórico. Notas autobiográficas”… op. cit., p. 28.