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Me
corresponde, en nombre de mis compañeros galardonados,
dar las gracias a la Junta de Andalucía, por las
distinciones con las que nos han honrado. El hablar en
nombre de quienes me acompañan en este acto, me da una
cierta libertad para asumir, lo que es, sin duda, un
merecido honor.
Y
digo merecido porque no puedo evitar, de nuevo, el
recuerdo de una famosa anécdota atribuida a Don Miguel de
Unamuno. Se cuenta que en un acto parecido a éste, al
mostrar su agradecimiento al Monarca que le había
concedido una importante distinción, dicen que dijo:
"Muchas
gracias, Majestad, por un premio que tanto me
merezco". y se cuenta, también, que ante la extrañeza
del Rey:
"Pero
Don Miguel, todos los galardonados, en situaciones
semejantes afirman que no se lo merecen"
"Y
tiene razón" dicen que dijo el original Rector de la
Universidad de Salamanca.
Pues
bien, permítanme que aproveche tan singular historia para
atribuir a mis compañeros galardonados los méritos magníficos
que tienen, y reservar para mí el inmerecimiento,
prometiendo, que haré lo posible por conquistar lo mucho
que aún me falta, y corresponder, así, a la benevolencia
y generosidad de la Junta de Andalucía y de su
Presidente. Y digo esto, no por recurrir al socorrido y
vacío tópico de una falsa modestia, sino a la esperanza
ofrecida por nuestro genial paisano, a quien me
enorgullece recordar ahora, y que en uno de sus más
iluminadores poemas nos enseñó a entender el camino como
la suma de los pasos que damos por él, y a hacer camino
al andar.
Porque la vida es camino y horizonte. Tiempo e ideales. Y
eso no se nos agota mientras alentemos, mientras no se nos
haya acabado el deseo de mirar, de entender, de progresar.
Y aunque la vida tenga sus edades, sus estaciones, y pueda
estar acabando nuestro particular otoño, hay una fuerza
que nos mantiene en el tiempo, como una pequeña primavera
que alumbra cada mañana, y que nos hace creer que el
invierno está lejos, incluso que no vendrá nunca, porque
sabemos que hay, -camino adelante-, un par de ideales que
no se apagan, que recogerán otros caminantes, aunque
nuestros pasos no sean ya capaces de alcanzarlos.
En
una famosa expresión de uno de los grandes filósofos del
siglo pasado, glosada e interpretada cientos de veces, se
sostenía la dura tesis de que el hombre es un "ser
para la muerte" (Sein zum Tode). No era extraño que,
en un feroz siglo de guerras y violencia, el dicho de
Heidegger, adquiriera ya la categoría de lema
irrebatible, de frase hecha, a la que se llega con ese
apelmazamiento del lenguaje, tan abundante en nuestro
tiempo, que nos impide pensar y nos paraliza la
inteligencia.
Una
frase que ha sido glosada múltiples veces y asumida por
muchos profetas e interpretes de la melancolía y la
claudicación. Tesis brillante, encajada en el corazón de
la gran obra heideggeriana, pero que hoy, a pesar de
tantos pesares, no queremos ni debemos admitir. No es
extraño que el aire que oreaba las luminosas y, paradójicamente,
ofuscadoras páginas de "Sein und Zeit",
sirviesen, como se ha escrito, para consolar a los
soldados alemanes en la última guerra europea que, al
parecer, llevaban el libro de Heidegger en sus mochilas.
No creo que los jóvenes que iban a morir en tan bestial
contienda, supiesen una palabra de la filosofía de
Heidegger, ni les importase saber que el filósofo les había
escrito una inhumana jaculatoria de resignación.
Pienso,
sin embargo, con todo el respeto para el filósofo de
Friburgo, que el ser humano no es, en absoluto, un
"Ser para la muerte", sino un "ser para la
vida" (Sein zum Leben). Ese, digamos, regodeo en la
mortalidad es una actitud enfermiza que nos va llenando de
oscuridad y fantasmas la existencia.
A pesar de que parece que no hemos entrado aún en otro
tiempo, y que el pestilente humo de las bombas traspasa
los aún limpios cielos del nuevo siglo con el despiadado
terrorismo de las noticias, hay un punto de optimismo que
nos obliga a creer, que ese camino de la violencia podría
desaparecer si tuviéramos ante él, para andarlo, otro
horizonte ideal. Un horizonte, que no pudiera enturbiar el
enfatuado pragmatismo de los belicosos, de los teóricos
del hombre como lobo del hombre.
Estoy
convencido de que tan siniestra expresión aunque fuera
formulada por un filósofo de la política, en un
determinado contexto de la historia inglesa, es una
ponderación pesimista de hechos de la naturaleza que,
desde hace ya siglos, podía combatirse y dominarse. Para
ello era preciso fomentar la educación en la justicia, en
la generosidad, en la piedad, en la amistad, y en todas
esas virtudes y sentimientos tan reales, tan encarnados en
la misma estructura de la condición humana, y con mucha más
fuerza aún que la trágica y supuesta claudicación ante
la barbarie. Como decía Bernanos, en su inolvidable
reportaje sobre la guerra civil, "la cólera de los
imbéciles llena el mundo".
Un
ser, pues, para la vida. Eso es lo que verdaderamente
somos. Precisamente el sentido de esa vida, el derecho a
esa vida, es una de las exigencias esenciales de la
democracia. Una democracia que empieza por los derechos de
nuestro cuerpo, por nuestro derecho a vivir, a poder hacer
andando y sin tropiezos el camino desde las asombrosas
cualidades de nuestro cuerpo, nacido como ser indigente,
que necesita siempre de los otros y que, según se afirma
ya en los comienzos de la filosofía, de esa indigencia
brotaba la política, como teoría de la justicia, de la
lucha por la utópica y siempre punzante igualdad. Una política
que armonizase las múltiples indigencias y los múltiples
dones.
En
este camino me gustaría encontrarme, para merecer la
generosidad y la amistad con la que hoy nos ha regalado
Andalucía y su Junta. Un camino en el que están mis
compañeros, mis amigos, galardonados. A algunos de ellos
no los conocía personalmente, pero sí sabía algo de sus
particulares senderos. Por ejemplo, de Christine
Ruiz-Picasso, que lleva el apellido de uno de los más
grandes genios del arte, o del sonido de esa voz
prodigiosa de Carlos Alvarez. Por cierto y entre paréntesis,
los que tal vez por el ejercicio salvaje de la docencia
-salvaje quiero decir desde el punto de vista de una voz
que ha tenido que esforzarse sin haber sido educada- somos
más sensibles al sonido de la voz humana, se nos hace un
verdadero gozo el escuchar a quienes poseen, tan hermoso
don.
Había
visto actuar muchas veces a Juan Diego y a vivir en la
pantalla sus creaciones como si su vida, ésta que hoy es
premiada, fuera capaz de transfigurarse en otras vidas, y
enseñarnos, así, a salir de la caverna de nuestro,
tantas veces, angustiado, clausurado, existir.
Cuánto entusiasmo, también, cuantos puros ideales de
superación en el hacer camino al andar de Francisco Fernández
Peláez. Cuanta imaginación, generosidad y talento de
Antonio Medina Lama, por fecundar nuestro suelo, por
inventar en él la riqueza.
Hace
unos meses leí, con asombro, una entrevista a Ginés
Morata. Me sentí tan identificado con su pensamiento, que
quise buscarle, conocerle. Hoy la Junta de Andalucía nos
ha facilitado ese encuentro. Recuerdo que hace años, en
Berlín, oí, por la radio, unos fandangos de Antonio Nuñez
y tuve una extraña conmoción. Inmerso en otro mundo
cultural, hablando una lengua que no era realmente la mía,
aquel misterioso murmullo sonoro, aquella fuerza que parecía
empujar a lo mejor de nuestro animo, de nuestra
sensibilidad, me llamaba desde una patria mucho más
profunda que las convencionales y carcomidas recetas de
otros deleznables patriotismos.
Siempre
he creído que una imagen no vale más que mil palabras, y
no porque las imágenes no sean expresión del mundo y
hagan brillar nuestros ojos u oscurecerlos también, sino
porque si no somos lenguaje, si no somos palabra personal,
si no hemos aprendido a crear nuestro lenguaje interior,
no podemos ver nada, sentir nada. Carlos Pérez Siquier
nos ha enseñado esas imágenes que hablan, esa superficie
de la mirada que es voz y diálogo.
Creo, también, que le sobran merecimientos a Elisa Pérez
Vera, mi rectora en la UNED y una sabia amiga, y
excepcional personalidad que reencuentro aquí, después
de tantos años de distancia.
Sé
de la obra ingente del Doctor Povedano, de su capacidad
para percibir la medicina, la ginecología como una función
social, como una de las tareas más cercana a ese camino
de la vida que mencionaba. Una de las personas que más he
admirado y querido en mi familia fue mi suegro, el Doctor
José Macau, ginecólogo de la maternidad de Santa
Cristina de Madrid, y no puedo por menos de evocar, en
este instante, su memoria.
Por
último Enriqueta Vila, historiadora como yo, aunque sean
distintos los territorios que cultivamos. Pero en ellos
hay algo que, estoy seguro, nos identifica. En los
primeros textos en los que aparece la palabra
"historia", "historiador" (histor)
significa "el que ve", "el que es
responsable de decir lo que ve" (martir,
"testigo", dicen las glosas de la Ilíada), de
comunicar lo que ha vivido, lo que ha interpretado en los
textos desde la lucha por la utópica pero siempre posible
objetividad.
Y
ahora no tengo más remedio que decir unas palabras sobre
mí mismo, aunque en el equipo de mis compañeros, a
quienes siento ya como amigos, me encuentro protegido. Un
viejo dicho de la sabiduría griega afirmaba que "son
comunes las cosas de los amigos" y algo común nos ha
enlazado a nosotros doce.
Pero,
tal vez yo, el más viejo del grupo y, probablemente, el
andaluz más alejado de Andalucía por esos andares de la
vida, tenga que justificar ante Uds. ese mi inocente y
aparente despego. Efectivamente soy de Sevilla, un poco
por azar, porque mis padres eran de Salteras, no muy lejos
del barrio de Triana, donde nací. Pero la profesión
militar de mi padre le llevó, después de Sevilla, al
Ferrol, a La Coruña y, poco antes de la guerra civil, al
regimiento de Artillería de Vicálvaro, un pueblo que se
está convirtiendo, en barriada dormitorio de Madrid, y
que por la voracidad inmobiliaria ha perdido parte de su
encanto.
Después
de la guerra civil, viví en Madrid hasta concluir mi
Licenciatura en la Universidad. Y más tarde he estudiado
y trabajado en la Universidad de Heidelberg, y he sido
catedrático de Instituto en Valladolid y Alcalá de
Henares y catedrático de Universidad en La Laguna, en
Barcelona y, finalmente, en Madrid.
Muchas
veces me he preguntado de dónde soy, aunque mis raíces
de diez o doce generaciones estén en Salteras. Pero nunca
me ha inquietado ese aparente desarraigo porque, en ningún
momento, me he sentido desarraigado. Después de la guerra
civil, pasaba los veranos, para reponerme del hambre
madrileña, en Salteras, en casa de mi madrina Fernanda,
casada con un tío de mi padre, que murió muy joven. Yo
fui, para ella, el hijo que no tuvo, y glosando, salvadas
las diferencias, al paisano a quien tanto admiro y que
tanto me acompaña, fue mi infancia y adolescencia el
recuerdo del olor del jazmín, de un patio de Salteras.
¿Mi
patria?: Mi lengua y el mundo real o literario que la
cobija. Y un poco también el Neckar que fluye junto a
Heidelberg, a cuya vera pasé diez años de mi juventud
con Montse, y donde también se asienta mi memoria, porque
nada hay más inmóvil que un río que fluye. Y el
Pisuerga, y el Teide, a cuya sombra, en la Laguna, di mis
primeros paso de catedrático universitario y donde nació
mi hijo pequeño, Fernando ¿Y por qué no la suave curva
del Mediterráneo, en las costas de Barcelona, en cuya
Universidad trabajé once años?
¿Mi patria? ¿Y por qué no los años de Berlín, esa
ciudad sorprendente, paradójicamente tan poco prusiana,
en la que han vivido alguno de las personalidades más
libres y creadoras de nuestro tiempo (Bertold Brecht,
Albert Einstein, Max Plank, Käthe Kolwitz, Clara Zetkin,
Rosa Lusenburg, Otto Klemperer, George Grosz, Robert Koch,
Hans Scharoun, Walter Benjamin, Rudolf Virchow, Lovis
Corinth, Lise Meitner, Paul Hindemith, etc.) y donde pude
presenciar toda las conmociones que provocó la caída del
muro?
¿Mi
patria?... Pero un día, en mi casa de Berlín, sentí,
por la radio, un fandango de Antonio Núñez, y esa voz de
mil resonancias y matices, me trajo el recuerdo de las
manos de madrina Fernanda, y el olor del jazmín de su
patio y el frescor del pozo. ¡Mi patria!, dije. Mi
pueblo, mi gente, mi memoria.
Hijo
predilecto me han hecho Uds. Nada más hondo que la
palabra hijo, por donde discurrió, en sus orígenes el
fluido de la sangre, hecha amistad. En los primeros textos
que encontramos en la historia literaria de Occidente, los
amigos eran los que vivían bajo el mismo techo del clan
familiar, los amigos eran los padres, los hermanos, los
parientes consanguíneos. Pero la amistad acabó por
democratizarse, se secularizó, como justicia y
solidaridad, como afecto y concordia, como diálogo e
inteligencia. Este carácter filial es el que yo asumo y
que yo agradezco a mi tierra y a quienes, como hijo pródigo
pero memorioso, me han adoptado y convertido en hijo
predilecto.
Pero
déjenme que esa predilección, que aún no merezco, la
transfiera a uno de los recuerdos más intensos de mi
vida. Poco después de 1953, cuando vivía en Alemania,
comenzaron a llegar a las grandes ciudades industriales próximas
a Heidelberg, las primeras oleadas de trabajadores españoles,
sobre todo andaluces. Jóvenes más o menos de mi edad,
huidos de una tierra que no les daba cobijo y en la que
habían nacido, la mayoría de ellos, con un No de plomo
sobre sus cabezas. No a la educación, no a la cultura, no
al trabajo, no a la esperanza. Con un entusiasmo, una
energía, un talento, que habría merecido mejor patria,
habían tomado su hatillo, su maleta de cartón y se habían
escapado a más duros, pero más acogedores climas.
Traté
a algunos de esto trabajadores, a los que di clase de gramática
alemana; a ellos, a quienes nadie les había enseñado la
española. Pero era tal su afán por aprender, su
inteligencia y aplicación que me parecía y me sigue
pareciendo un crimen que estos compatriotas no hubieran
tenido patria. "Madrastra de tus hijos
verdaderos", creo que escribió Lope sobre su país.
Y
pienso que el "Nunca máis", que estos días,
como el no a la violencia, atruena entre nosotros, se
extendía hacia ese recuerdo: Que nadie tenga que emigrar
de ningún país porque reine en él la más inhumana
desigualdad, la más cruel e hipócrita de las
injusticias.
Permítame,
Señor Presidente, que transfiera a esos andaluces, la
predilección con la que me habéis acogido, mientras
evoco el rostro de mis padres, y aspiro el olor del jazmín
del patio de madrina.
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