Soneto a Luis Felipe

Damián Torrijos,

Heraldo de Aragón, Huesca, 25 de septiembre de 2004

Los desencuentros suelen obedecer a un defecto de lenguaje: no tanto a usarlo mal como a emplear idiomas distintos. Así, es obvio que Antón Castro y Luis Felipe le pegan a dos lenguas diferentes. El uno se refugia en ese hablar masónico y contubernista de los intelectuales; el otro nos ilumina con el tono sacramental y espontáneo de quien revela la Verdad. Aquel, por lírico, es torticero el pillín sin remedio; este, por prócer, está llamado a tener bustos en el parque. Los escritores y los ediles están para eso: para tocar las narices e imponer las manos, respectivamente. Yo, por fortuna, he visto la luz. Aquí donde me ven, yo, que además de escritor soy malo, he estado en un tris de suplicar a Luis Felipe que, por decoro, no se ponga palanganero. Estaba tan de veras antoncastrizado que casi lo hago en verso. Verbigracia:

Para mi contento tente, Luis, y tente tieso.

Si has de cumplir no escribas laudes de mala gana;

poca fe inspira tu devoción de palangana

y deja el corazón contrito y el gesto avieso.

 Para mi solaz deshazte, grita, ¡sé travieso!

Mejor es que ruede tu cabeza en la Campana:

seas antes badajo de la verdad galana

que piltrafa de un mentir tan barbiespeso.

 Silencia cuando menos el prurito carcamal

y repunta a tiempo tu candor de serafín,

 que luego anochece cuanto estuvo de matinal.

O dirán de ti a tu paso, con voz ceremonial:

 allá va Luis Felipe, que iba para delfín

y por beberse el mar acabó en pez abisal”.