Página Principal Mi página en UNIZAR
     
   
       El paso del tiempo magnifica la leyenda de Ramón Acín Aquilué (1888-1936). Quienes lo conocieron o frecuentaron su Casa de Ena, en la calle de las Cortes de Huesca, aún creen haber visitado un paraíso en la tierra: un auténtico refugio de la creación, de la felicidad y de la ternura. Más de medio siglo después de que el periodista, político, pedagogo y artista fuese fusilado el seis de agosto de 1936, el geólogo José Manuel Ontañón Sánchez aún recordaba las visitas que había hecho al domicilio de los Acín Monrás, de la mano de su madre María Sánchez Arbós, quien, en el fondo, es la espiral que abre esta historia de amor, de admiración y música.
     Marieta —así la llamó Pepín Bello—, que sería expulsada de la Enseñanza por el régimen de Franco y que publicó en una corta edición “Mi Diario” (México, 1961), era amiga de Ramón y Conchita, y los veía a menudo en aquella casa encantada, en la que había libros ilustrados de Gómez de la Serna, pinturas, esculturas populares, jaulas, un sinfín de objetos. A su hijo se le iban a quedar grabadas en la memoria una caja de música y una melodía.
     El profesor e historiador de la pedagogía Víctor Juan Borroy fue uno de los editores de los Mi Diario (DGA, 2000) de María Sánchez Arbós. Como sabía que ésta había estado casada con Manuel Ontañón y Valiente, se le ocurrió mirar en las páginas amarillas si en Madrid había algún Ontañón Sánchez. Al cabo de unos días contactó con el citado José Manuel Ontañón Sánchez, que era geólogo, que había trabajado en los Nitratos de Chile y que había creado su propia empresa. Le gustó mucho un detalle que también tendrá un cierto simbolismo en esta narración: se había casado con una mujer que se dedicaba al cultivo de las rosas.
     Ontañón y Víctor establecieron una relación muy cariñosa, alimentada con cartas y llamadas de teléfono, y el recuerdo de la caja de música empezó a convertirse en una obsesión. «Además —recuerda Víctor—, Ontañón decía que aquella melodía también la tocaba su abuelo José Ontañón Arias, amigo de Francisco Giner de los Rios y de Joaquín Costa, bibliotecario del Senado y profesor de canto; la tocaba al armonio para sus nietos. Un día, poco antes del homenaje que le rendimos a Ramón Acín en Huesca el 12 de diciembre de 2004, recibí por correo una carta apaisada con unas cuantas notas. Ontañón, casi ciego ya, le había tarareado la melodía a un nieto, que la había trascrito al pentagrama, y anunciaba el posible título de la obra: La última rosa del estío.
 
   
       Víctor Juan inició entonces sus pesquisas en Internet, y en una página brasileña encontró el fragmento La última rosa del verano de la ópera Martha del músico alemán Fiedrich von Flotow (1812-1883), que había sido estrenada en Viena en 1847. La bajó, la grabó en un cedé y se lo envió. En cuanto lo recibió, Ontañón lo llamó y le dijo: «Ésta es la melodía. No la había escuchado desde hace 70 años. Me hace recordar aún más el último verano que pasé con Ramón Acín». El día del homenaje al escultor y a su familia en Huesca, tras los discursos, sonó esa pieza tocada a la guitarra y con flauta tenor. Víctor Juan evoca así aquel día, marcado por un silencio conmovedor: «Casi 70 años después del asesinato de Concha y Ramón aquellas notas volvían a acariciar el aire y nos reconciliaban, en parte, con la memoria». Unos días más tarde, en una de las tertulias literarias de los sábados por la mañana en el entorno de la librería Antígona, el bibliófilo y escritor José Luis Melero dijo: «Tendríamos que recuperar la caja de música de Ramón Acín». Se conjeturó que la pieza debió ser muy famosa en su tiempo y que el artista de las pajaritas pudo adquirirla en uno de sus viajes a París. Víctor Juan, que ha dedicado una novela a Acín y a su discípulo Paco Ponzán, quemado por los nazis en Francia, se entusiasmó con la idea. A partir de ahí, se inició la tarea: Víctor Juan y José Luis Melero, con otros amigos, fueron a ver la tienda de cajas de música Redondo, en el Tubo. Les pareció que ninguna se adaptaba del todo, porque eran muy barrocas o muy pompier, porque tenían excesivas filigranas o resultaban muy exóticas.
     «No se acomodaban al espíritu del artista, amigo de Lorca, de Gómez de la Serna, de Luis Buñuel, que realizó su obra con materiales pobres», señalan ambos. Entonces contactaron con el arquitecto Basilio Tobías, que asumió la tarea de diseñar «una caja austera, compacta, sencilla, apaisada» que albergase tal vez un chip con la reproducción de la música, aunque muy pronto cambiaron de opinión. No sería un chip, sino un auténtico mecanismo de los de siempre. El azar quiso que se cruzase en la elaboración de la quimera el impresor y coleccionista Paco Boisset: le contaron su deseo, y éste se ofreció de inmediato para publicar un folleto que contase la historia que estaban viviendo. «Ésta es una de esas cosas inútiles en las que siempre me gusta tanto participar», dijo.
 
   
       Los promotores de la idea se plantearon de inmediato quién podría ser el ebanista que pudiese hacer una caja así, basada «en un croquis elemental en el que la caja impone sus propias reglas». Pensaron en un luthier, en alguien que estuviese habituado a construir el corazón de un violín, que dominase el secreto de los ensamblajes, que fuera delicado. La titiritera y músico María José Menal les sugirió el nombre de Óscar Sánchez, y éste se implicó de inmediato en la tarea. Les advirtió que se trataba de una obra complicada y laboriosa, y que sólo podría hacer 20 ejemplares. Víctor Juan explica: «Óscar, que hizo del proyecto algo muy suyo, pasó a ser para nosotros "el artesano de lo imposible"».
     El autor de La tarea de Penélope. Cien años de escuela pública empezó a hacer indagaciones acerca de quién construía mecanismos musicales de este tipo. Dio con la figura de Philippe Sayous, un profesional de cajas de música y de autómatas con tienda en París, en la calle de Sèvres, cerca de donde tenía su estudio el arquitecto Le Corbussier. Cuando se le contó el proyecto, Sayous dijo: «En mis talleres, todo es posible». Era marzo de 2005, Sayous les dijo que el mecanismo musical tendría 28 láminas y que lo iba a encargar a una fábrica de Suiza, en Saint Croix, fundada en 1865.
     Pasaban los días, Óscar Sánchez acumulaba las maderas de roble en su taller y descartaba el uso de cualquier barniz, aunque empleó un aceite natural que tiñó la madera; Víctor Juan lo define como un «enamorado de la madera y del trabajo reposado. Halló unas bisagras de acero que no se han comercializado y ha logrado un ensamblaje perfecto».
 
   
       El arquitecto Basilio Tobías perfeccionaba la caja, insistía en la sobriedad de las líneas, en la ausencia de ornatos, y evocaba el libro Las siete lámparas de la arquitectura de John Ruskin; para él Sánchez encarna la lámpara del sacrificio. Paco Boisset hacía 20 folletos numerados con un papel especial, inglés, con su pulcritud incomparable. Víctor Juan iba dando pequeñas pistas del empeño en su página web como quien realiza una novela gráfica con entregas y con sucesivos «continuará», y Víctor Pardo descubría nuevos datos del fusilamiento: el relato del zapatero Juan Arnalda, el mejor amigo de Acín, que se disfrazó y pudo escapar de la ciudad; el grito de los enemigos del escultor: “Matadlo, matadlo”, que se oía desde las ventanas cuando se produjo la leva; la visita posterior a su casa de dos o tres camiones para apropiarse del arte y los objetos. Todos se preguntaban: «¿Habrían reparado los saqueadores en la caja de música?».
     Transcurrían los meses, y no llegaban los mecanismos, que se habían pagado por adelantado. La empresa suiza había dicho que no podía hacer menos de 40, y el ebanista sólo ha hecho 20 cajas. Con lo cual, cada uno de los patrocinadores del proyecto recibirá una caja completa y un mecanismo en solitario. Sayous recordaba con alguna ironía: «Trabajamos con proveedores suizos a los que les gusta tomar su tiempo».
     Les envió un mecanismo similar para avanzar en la construcción de la caja, y finalmente se sumó al proyecto María José Menal con la ardua confección de las pajaritas de hojalata que culminan la caja. “María José se ha roto las manos de doblarlas, pero las pajaritas han adquirido vida propia”.
     Por fin, llegó el mecanismo musical con la pieza La última rosa del verano, la música que sonaba en casa de Ramón Acín, de Conchita Monrás y de sus hijas Katia y Sol. El viernes, en Casa Emilio, los promotores de la idea se reunían para repartir las 20 cajas y celebrar la admiración hacia Ramón Acín, «que representa la bondad, el sueño del conocimiento y la libertad que se rompió con la guerra civil. Hemos recuperado la vida, la alegría: en esta tierna melodía también se oyen las risas de Katia y Sol en el edén».
 
     
 
NOTAS:  
Artículo publicado en Heraldo de Aragón el 18 de septiembre de 2005.  
Reproducido con el permiso de su autor, Antón Castro.  
Ver en formato PDF:
:: Página 1 (450 KB)
:: Página 2 (1.520 KB)
 
Diseño basado en el tema para Wordpress «Jakarta» de Jose Mulia.  
Última actualización: 29 de octubre de 2005.  
Diseño de esta página Miguel Moliné