|
Aprender de los iguales
Víctor Manuel Juan Borroy
Cuadernos de Pedagogía, 200, febrero 1992
La Escuela Infantil es un escenario propicio
para el desarrollo de diversas relaciones de colaboración y
cooperación. Descripción de la experiencia realizada en el CP
«Hermanos Marx» de Zaragoza en el segundo grado de Preescolar,
para fomentar la relación entre iguales.
Parvulario, práctica pedagógica
En el CP Hermanos Marx de Zaragoza, iniciamos
una reflexión sobre el valor de las relaciones entre iguales en
Educación Infantil.
Aunque desde los años setenta numerosas
investigaciones han demostrado la importancia de la interacción
del alumno con sus compañeros (Coll, 1984 y 1990; Johnson,
1981; Forman y Cazden, 1984), estas relaciones no han sido
sistemáticamente desarrolladas en nuestras escuelas. Esto, a mi
juicio, es debido a los siguientes factores:
—La formación psicopedagógica que los
docentes hemos recibido, basada en determinadas interpretaciones
de la teoría de Piaget que consideran al niño como un ser
asocial y otorgan al aprendizaje un marcado carácter
robinsoniano (Edwards y Mercer, 1988).
—La creencia de que la única relación
positiva para favorecer el aprendizaje es la relación
profesor-alumno, y en consecuencia, la tendencia a evitar y
eliminar las relaciones que se establecen entre iguales en las
aulas, puesto que son consideradas como fuentes potenciales de
perturbación.
El curso pasado nos propusimos fomentar en
una clase de segundo de preescolar las relaciones entre iguales.
OBJETIVOS GENERALES
* Desarrollar en los niños las competencias
grupales mediante una dinámica general de funcionamiento que
permitiera al niño sentirse miembro de un grupo al que acudir
para ofrecer o pedir ayuda, un grupo en el que resolver los
conflictos y en el cual todos los niños fuesen considerados
como «agentes de desarrollo» (Riviere, 1984).
*»Favorecer la «transmisión horizontal del
conocimiento». Intentar que los niños se enriquecieran,
progresaran y aprendieran unos de otros.
* Ser conscientes de la cantidad de valores,
roles, normas, etc., que transmitimos —y por lo tanto
sancionamos y legitimamos— cuando interactuamos con los
alumnos, para comprobar lo que ocurría cuando eran éstos
quienes dirigían sus intercambios, quienes iniciaban la tarea
de organizar y construir el conocimiento con sus compañeros.
* Desarrollar en los niños y niñas ese
sentimiento que aparece en todas las declaraciones de principios
de nuestro sistema educativo: la solidaridad.
DIVERSIDAD DE RELACIONES
Las relaciones que se establecen entre
iguales en la Escuela Infantil son muy diversas, pero nosotros,
en nuestra exposición, vamos a reunirlas en torno a dos grandes
categorías:
Tutoriales
Estas actividades son las que con más
facilidad se desarrollan en nuestras escuelas, puesto que su
dinámica sigue unas pautas bastante similares a las de la
interacción profesor-alumno. Un niño dirige la actividad que
está realizando con uno o varios compañeros, actuando como
mediador en el aprendizaje: rellenar libros de ejercicios, leer
en voz alta, ayudar a construir un puzzle, etc.
Cooperativas
Todavía es menos conocido el valor
intelectual de las relaciones de colaboración y cooperación
entre iguales.
Forman y Cazden (1984, p. 144) explican este
hecho en los siguientes términos: « Quizás
esto se deba, en parte, a que la colaboración exige un entorno
de trabajo que está muy lejos del aula tradicional [...] La
colaboración exige una tarea mutua, en la cual los compañeros
trabajan juntos para producir algo [...], pocas veces se
encuentran en las escuelas planificaciones que promuevan la
colaboración, ni éstas son estudiadas por educadores o
psicólogos». La
colaboración siempre implica exposición de puntos de vista,
negociación, consenso, etc.
NUESTRA EXPERIENCIA
Comenzamos realizando estas actividades en
plan experimental. Los jueves, aprovechando la presencia de la
profesora de apoyo, salíamos del aula con un grupo de niños
—nunca más de cuatro o cinco— para realizar alguna
actividad grupal. Grabábamos las verbalizaciones de los niños
para ayudarnos en la reflexión y evaluación de la experiencia.
Luego encomendábamos a algún niño o niña
que actuara de tutor en una actividad concreta (supervisar cómo
otro niño repasaba las letras de lija, enseñar a jugar a la
oca, ordenar secuencias, etc.), mientras trabajábamos en los
rincones. Después pasamos a planificar actividades para todo el
grupo-clase, del estilo de la que a continuación exponemos.
Los espacios y tiempos en el aula estaban
diseñados para favorecer intercambios entre los niños. Así
combinábamos situaciones en un grupo amplio, con tareas que
eran realizadas en talleres o rincones.
Como ejemplo, una actividad
Un día Pilar nos canta el Romance del Conde
Olinos. A todos nos gusta mucho. (Los romances también los
descubrimos durante este curso.)
Cuando ya hemos trabajado la canción
suficientemente —lenguaje, ritmo, etc.-, hacemos una actividad
grupal cooperativa.
Estamos sentados, como todas las mañanas, en
asamblea y yo propongo:
—Ahora vamos a hacer grupos de trabajo. En
grupos de cuatro chicos o chicas, vais a dibujar en este papel
grande (que yo había dividido en cuatro viñetas) la historia
del conde Olinos. Aquí dibujaréis el principio de la historia
y aquí el final. Recordad que primero os tenéis que poner de
acuerdo sobre que vais a dibujar en cada cuadro.
Empezamos a distribuir las mesas por el aula
y formamos los grupos. Yo intervengo bastante en la composición
de estos equipos, puesto que pretendo que en ellos haya niños
con diverso grado de competencia o nivel de madurez. Necesitamos
mucho espacio. Algunos grupos se instalan en el suelo, otros
ocupan los rincones (plástica, biblioteca, matemáticas, etc.),
que en este momento pierden su significado. El material
necesario se reduce a ceras, lápices y papel para difuminar.
Al principio hay algo de ruido. Es necesario
hablar, exponer, negociar qué vamos a dibujar primero. Algunos
grupos están recitando el poema para recordar. Poco a poco
todos se centran en la tarea.
—Yo hago el caballo bebiendo en el mar—
dice Irene.
—Bien, pero también había un castillo—
le contesta Germán.
—Yo dibujo el castillo y tú lo pintas,
¿vale?
—Vale.
Durante un momento, casi todos los grupos
olvidan que estoy allí. Voy pasando por entre los niños
animando su trabajo, dando sugerencias cuando me las piden, pero
respetando las decisiones del equipo. Tomo algunas notas
(«Estás apuntando lo que hacemos, ¿verdad, profe?», me dice
Mari Carmen). Este clima me sorprende. La verdad es que cuando
estamos los veintinueve juntos, me cuesta mantener el interés y
la atención de todos.
Hay un grupo que todavía no ha empezado a
trabajar, y los veo con «cara de enfadados» y los brazos
cruzados. Raúl incluso se ha vuelto de espaldas.
—A ver, ¿qué pasa aquí?
—Es que todos queremos dibujar el castillo
y, además, Elisa no me da la pintura rosa.
—Bueno, pero hay que hacer muchas cosas
además del castillo y también podéis usar un poco cada uno la
pintura rosa. ¿Qué más cosas hay en la historia?...
Poco a poco van cediendo sus resistencias y
se ponen a trabajar. Estas situaciones me parecen
particularmente interesantes. Procuro que ellos mismos
encuentren las salidas al conflicto, no darles soluciones
(«Este trabajo es de todos y os tenéis que poner de
acuerdo»), pero a veces hay que ayudarles.
—¿Qué es ésto, Diego?
—Son las lanzadas que le tiran al conde
Olinos.
En el seno de los grupos las verbalizaciones
no cesan en ningún momento. Atendiendo a sus conversaciones
encontramos muchas sugerencias, opiniones, discusiones sobre lo
que más conviene dibujar, recomendaciones sobre el color,
planificación de la acción, etc.
Conforme pasa el tiempo, en algunos niños va
desapareciendo la motivación inicial y comienzan a moverse por
el aula. A veces son sus compañeros quienes les hacen volver al
equipo. Otras veces el educador —apelando al interés del
grupo—, quien nunca juega un papel pasivo.
Todos los grupos están terminando. Cuando
Fernando me da el trabajo de su equipo, pregunta:
—¿Lo hemos conseguido?
—Sí, claro que sí.
Cuando regresan del recreo, con todo el
grupo, cada equipo explicará a los demás su dibujo. Hablaremos
de las dificultades y problemas que hemos encontrado.
Felicitaremos a los grupos que mejor han trabajado, y también
haremos algunas críticas. Esta evaluación colectiva por parte
de los niños creo que es muy positiva. Estamos aprendiendo a
escucharnos, a guardar un turno, a respetar las opiniones de los
demás, etc.
Al día siguiente retomaremos este tema, y
haremos grupos para realizar una actividad tutorial. Podemos
proponer a los niños escribir una frase para cada viñeta. En
este caso, unos niños dirigirán a otros. La consigna es que
todos tienen que escribir algo y cualquier cosa que se escriba
debe contar con la aprobación de todo el grupo.
Valoración global
La experiencia ha sido en general muy
positiva. Para los niños fue algo nuevo el hecho de poder
aprender de otros, ayudar a otros. Al principio, para el niño
es muy complicado confrontar sus puntos de vista con los de sus
compañeros. A medida que avanzaba el curso y los niños iban
acumulando una experiencia de trabajo grupal, cambiaba el clima
de comunicación creado. Nuestra experiencia nos demuestra que
los niños de Preescolar son capaces de asumir unas normas de
funcionamiento del grupo, del mismo modo que asumen las normas
de actuación en los rincones, el lugar que ocupa el material en
el aula, etc.
Algunas de las observaciones extraídas de mi
cuaderno de notas son las siguientes:
—El criterio de si la tarea está bien
hecha no es del educador. Hay que buscar la aprobación del
grupo, de todo el grupo. Esto les lleva a planificar primero la
acción —este aspecto, el de la planificación de la propia
actividad, también suele ser poco considerado en Educación
Infantil— después, hay que explicar, negociar y ponerse de
acuerdo.
—Cuando el grupo ha de resolver los
problemas que surgen en el transcurso de la actividad, se
precisa de más tiempo que cuando es el adulto quien los
resuelve, pero hay una mayor interiorización de los objetivos
que se consiguen. Al principio, eran muy frecuentes las disputas
por el lapicero, por la hoja, por las pinturas, etc.; después
se produjo un aprendizaje.
—Al hacer grupos basados en la competencia
individual de cada niño, se confirma que los de más baja
competencia son los que tienen mayores problemas para llegar a
un acuerdo y para iniciar las tareas. Pero también se constata
la evolución positiva de estos grupos a lo largo del curso.
—Una vez que los grupos se han centrado en
el trabajo cooperativo, es fácil apreciar que hay muchas
sugerencias por parte de los niños: «Mira, los pájaros se
hacen así». «Ese árbol es muy pequeño.» «Esta pieza es
tuya, de la patita.» «El que encuentre una ficha de... que me
la dé».
—El conflicto por sí mismo es
enriquecedor. La actividad grupal exige a los niños: exponer,
negociar, censurar, llegar a un consenso, exigir, considerar la
tarea como algo nuestro.
—Cada vez son más capaces de ceder,
incluso en tareas como formar un puzzle por parejas o en grupos
de tres: permiten que otro les quite la pieza, dialogan mucho,
hay una distribución de la imagen en zonas. Cada uno se ocupa
de buscar las fichas que formarán el dibujo.
—Si hay un miembro del equipo que se
distrae, le llaman la atención y le piden que colabore.
—Hay transferencia de esta forma de
trabajar en grupo a otras situaciones que yo no había
propuesto. Así, en los talleres y en los rincones comparten
materiales y organizan juegos en común.
—En las actividades tutoriales, el niño o
la niña que asume el papel de dirigir afianza lo que ya domina,
y el tutor descubre pistas o caminos para alcanzar los
objetivos. No se aprecian sentimientos de superioridad o de
inferioridad.
—En el rincón de los inventos, los niños
son capaces de ponerse de acuerdo y atribuir significados a
objetos y representaciones que en un principio no los tenían
(construcción de un barco con bloques o invención de una casa
con sus personajes). En este tipo de actividades es fácil
apreciar la construcción de un conocimiento compartido, de la
comprensión conjunta.
—El papel del educador no es pasivo. En
ningún momento podemos caer en la inhibición. Sobre todo al
principio es necesaria nuestra intervención para facilitar el
proceso. Las intervenciones del educador, en este sentido, son
abiertas: introducir elementos de debate en el grupo, señalar
pistas, abrir algunos caminos.
Si tal como sostienen algunas investigaciones
las relaciones entre iguales resultan determinantes para el
desarrollo afectivo, social e intelectual, los docentes
deberíamos otorgarles toda la importancia que merecen. En el
caso de alumnos con necesidades educativas especiales, la
interacción con sus iguales en el aula puede convertirse en una
poderosa estrategia en manos del profesor.
Bibliografía
-Coll, C.: Aprendizaje escolar y
construcción del conocimiento, Barcelona: Paidós/Educador,
1990.
-Coll, C.: «Estructura grupal, interacción
entre alumnos y aprendizaje escolar», Infancia y Aprendizaje,
27 y 28 (1984), Madrid: Aprendizaje.
-Edwards y Mercer: El conocimiento
compartido, Barcelona: Paidós/MEC, 1988.
-Forman y Cazden: «Perspectivas vygotskianas
en la educación: el valor cognitivo de la interacción entre
iguales», Infancia y Aprendizaje, 27 y 28 (1984),
Madrid: Aprendizaje.
-Luque y García: «Una experiencia global y
compartida», Cuadernos de Pedagogía, 170 (mayo de 1989)
Barcelona: Fontalba.
-MEC: Diseño Curricular Base: Educación
Infantil, Madrid: 1989.
-Riviere, C.: «Psicología de Vygotski:
Sobre una larga proyección de una corta biografía», Infancia
y Aprendizaje, 27 y 28 (1984), Madrid: Aprendizaje.
|