Katia Acín

Antón Castro               

 

 Katia Acín (Huesca, 1923) ha cumplido uno de los sueños de su vida: exponer sus grabados junto a la obra, clásica y de vanguardia, de su padre Ramón Acín, escultor, pintor, pedagogo, profesor de dibujo y periodista, asesinado en 1936 con su mujer. La UNED de Barbastro ha propiciado el reencuentro. Katia rememora la relación y muestra fotos inéditas.

 “Nadie me vio llorar por mis padres”

--Cierre los ojos por un momento. ¿Cuál es el primer recuerdo que le acude a la cabeza?

         --Quizá la casa de la Ena, donde vivíamos. Era acogedora y misteriosa, y al mismo tiempo entrañable, curiosa y ¡tan bonita!. Mi padre la había convertido en un museo: iba de aquí para allá en busca de objetos para el futuro Museo de Oficios del Alto Aragón que soñaba. Mientras mi hermana Sol estaba muy pegada a mi madre, yo me sentía próxima a mi padre. Me llevaba a las bibliotecas, a los pueblos, a ver aleros de casas. Creo que estaba muy ilusionado conmigo: dibujaba muy bien y era muy reflexiva.

         --¿En qué era tan reflexiva?

         --Me gustaba pensar por mi cuenta. Recuerdo que, ya en la posguerra, la profesora recitó una vez el poema de Santa Teresa de Jesús, “Vivo sin vivir en mí”, y yo dije de golpe: “Qué bonito si pudiera creérmelo”. Se quedó estupefacta. Con mi hermana hacíamos teatro en un teatrillo de títeres que nos había regalado papá. Representamos “La fiera de la bravía” de Shakespeare, entonces se llamaba así, y “El mercader de Venecia”. Hacíamos entradas y se las vendíamos a toda la familia y vecinos, la función era en el estudio grande de mi padre.

         --Díganos cómo era esa casa encantada.

         --Sí, sí, estaba encantada. Vivíamos con una sensación de libertad grande. En el estudio de mi padre había una gran estufa de hierro y una gran alambrada alrededor. Había sillones tapizados, la librería era un altar barroco con un San Miguel grande; teníamos una esfera armilar y otra esfera universal. Mi padre conservaba libros antiguos, de vidas de santos, de Ciencia, de narrativa. Yo recuerdo que nosotras teníamos unos libros grandes de Julio Verne, ilustrados con dibujos negros, que luego han desaparecido. Mi padre era un renacentista, le interesaba todo y escribía muy bien. Era un auténtico manitas. Por casa venían muchos amigos...

         --Sorprende la gran cantidad de amigos que tenía su padre, el entusiasmo y el respeto que parecía despertar en la ciudad.

         --Era de la CNT y, por lo tanto, el garbanzo negro de los conservadores, pero sí tenía amigos: Silvio Kossti acudía por las tardes, era guapísimo, nos traía caramelos rellenos; Rafael Sánchez Ventura, que nos prometía que nos iba a regalar un burro enano que llegaría de Egipto; Honorio García Condoy, que venía desde Zaragoza. O Ricardo Compairé: juntos salieron a hacer fotos, y Compairé le pedía año tras año que le preparase el escaparate de la farmacia para un concurso, que ganó varios años. Y también venía gente del cine. Recuerdo que a mi padre le hicieron una película: él entraba y salía, pintaba, paseaba entre los armarios y los libros, se asomaba a la calle del Aire o al jardín. No sé si sería Luis Buñuel.

         --¿Llegó a conocerlo de niña?

         --Muy poco. Nos enteramos de la ayuda de la lotería, con que se financió “Las Hurdes. Tierra sin pan” y todo eso. Fue verdad que a mi padre le tocó la lotería. En torno a 50.000 pesetas, creo. Años después, cuando Buñuel vino a España, a principios de los 60, hablamos y me dijo: “¿Es verdad que te has casado con un falangista y tu hermana Sol con un militar?”. Le dije: “Yo me he casado con un abogado y mi hermana con un músico alemán”. Volvió a recibirme otro día y me dio 60.000 pesetas, que eran como los derechos de autor o la devolución del préstamo de mi padre. Fue todo un gesto. Volvimos a verlo alguna otra vez en Madrid.

         --Ramón Gómez de la Serna fue invitado por su padre a impartir una conferencia en Huesca...

         --Le conocimos. Éramos muy pequeñas. Nos regaló a mi hermana y a mí dos cuentos escritos y dibujados por él: “El gorro de Andrés” y “El marquesito del circo”. El clima de mi casa era ideal: teníamos una inmensa sensación de tolerancia, de alegría, de cariño. Mi padre, cuando estuvo en la cárcel en los años 30, nos enviaba sus cartas con palomas dibujadas, cartas de esperanza, como si soñase con un mundo nuevo para todos.

         --Hablemos de su madre Conchita Monrás. Las fotos revelan una gran personalidad...

         --La tenía y a mí me parecía hermosa. Tocaba el piano; había estudiado con las monjas de Santa Rosa. Antes de irnos a la cama, siempre nos interpretaba a Mozart, Granados o Chopin. Era una mujer muy moderna: jugaba muy bien al tenis. Mi abuelo Joaquín Monrás, catedrático de literatura, fue quien trajo el fútbol a Huesca.

         --En las fotos siempre se percibe un clima de afecto entre sus padres, como algo especial.

         --Se lo puedo decir, y creo no estoy mitificando nada. Mis padres vivían un enamoramiento absoluto. Por eso se murió mi madre: cuando vinieron a buscar a mi padre, ella se fue detrás. Mi padre le dijo: “Quédate con las nenas. No las dejes”. No le hizo caso. A mi padre lo mataron en la tapia del cementerio el seis de agosto de 1936 y a ella unos días después. Muchos años después nos enteramos que mi madre le había dicho a una vecina: “Dales un beso a las niñas por mí”. Ese debió ser su último pensamiento, pero nunca nos dijeron nada. La compenetración entre mi padre y mi madre era total. Jamás les oí una palabra más alta que otra.

         --¿Intuía usted que su padre andaba metido en política?

         --De alguna manera sí. Alguna vez lo habían venido a buscar, pero no lo encontraron. Tenía una especie de escondrijo en la casa.

         --Su padre siempre sale en las fotos triste. ¿Era así?

         --Es cierto, pero era alegre. Cuando los mataron, mis tíos nos dijeron que había caído una bomba en la cárcel, que se había incendiado, y que mi padre y mi madre se habían quemado. “¿Tú te lo crees?”, le dije a mi hermana. “No, claro que no”. Le diré una cosa: a mí nadie me vio llorar nunca por mis padres. No quería que me viesen: me iba al sótano o un cuarto donde nadie me viese y allí me desahogaba, lejos del mundo.

         --¿Les sería muy difícil asumir el espanto, la pérdida?

         --Lo fue. Yo me callaba, no contestaba, pero me sentía muy orgullosa de mis padres. Transigía, me dejaba ir. Mi cabeza estaba en otro sitio. Tenías que vivir y vivir, y reías y hacías teatro como los demás que te ocultaban lo que había sucedido. E hice lo indecible por recuperar íntimamente lo que había perdido, lo que había sido: aquel ambiente de libertad. Piense que nosotras no fuimos al colegio hasta el Bachillerato. Me hizo mucha ilusión meter los libros en una caja de madera.

         --¿Cómo fue su vida, la suya y la de su hermana, tras el asesinato de sus padres?

         --Inicialmente estuvimos en Jaca con mis primas, y luego ya nos quedamos a vivir con mi tío Santos Acín y su mujer Rosa Solano. Santos era todo lo contrario que mi padre: conservador, creyente, muy católico, 20 años mayor que mi padre. Pero nos trataron con cariño, no tengo más que palabras de gratitud. Nos cambiaron el nombre, nos vestimos de luto; yo pasé a ser Ana María Acín y mi hermana Marisol. Tuvimos que hacer la primera comunión y todo eso. Y pudimos estudiar: yo hice Historia Medieval y mi hermana Filosofía y Letras. No queríamos que nadie tuviese compasión de nosotras.

         --¿Era eso lo que percibían: compasión?

         --Yo creo que sí. En Huesca se nos miraba con compasión, con paternalismo, con tristeza. Nadie se metió con nosotros. Al fin y al cabo, la nuestra era una historia demasiado terrible. Yo también sabía que cuando iban a fusilar a gentes como mis padres, la gente salió a aplaudir al balcón y a la ventana. He intentado olvidar, no consumirme en el rencor.

 

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La historia de Katia impresiona y provoca admiración. Se casó con el abogado y secretario de ayuntamiento Federico García Bragado, parió cinco hijos y con 40 años, una vez que se le había negado una y cien veces la posibilidad de una interinidad, se presentó a las oposiciones libres. Pidió ayuda a la Divina Providencia, que se colaba en casa entre los chiquillos y le ayudaba a estudiar hasta diez o doce horas al día. Aprobó la oposición y se marchó de profesora a Binéfar, al instituto, del que fue directora; estuvo en Zaragoza, en Huesca. Cuando se acercaba a la jubilación, viuda ya, decidió emprender otra travesía: se marchó a Canarias un año. Siempre fue una aventurera, igual que lo era de niña cuando se subía a los árboles e imitaba las aventuras de Tarzán, o incendió la hierba del Hortal, el jardín que tenía en su casa. Su madre se quemó hasta las cejas para apagarlo.

De vuelta, no se conformó. Recobró algo que siempre había soñado: su aplazada condición de pintora, de dibujante. Y no se le ocurrió otra cosa, en 1988, que ingresar en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Barcelona, y se especializó en grabado. Realiza una obra próxima a la inspiración de su padre, dominada por la figura humana, no exenta de dolor, desgarro y melancolía.  Algunas de sus piezas ya han sido adquiridas en Alemania, han ilustrado publicaciones como “Claves” o “Turia”, y ahora figuran en Barbastro –con las pruebas de artista—  en  una emocionante muestra en la UNED de Barbastro. Katia pasa a la sala contigua y se encuentra con la obra de su padre, la misma que veía a diario en su hechizada Casa de la Ena, antes de que apareciese el relámpago de la barbarie.

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El cine. “De niña, iba mucho al cine Olimpia. Me encantaba. Mi padre era amigo del que pasaba las películas, que estaba casado con una sobrina suya. Iba a ver el pase en privado y luego nos autorizaba a asistir o no”, recuerda Katia.

Fermín Galán. “Mis padres le querían muchísimo. Tenían retratos suyos en casa. Cuando fue fusilado, en 1930, mi madre iba con la madre de Fermín Galán a contratar a la catedral de Huesca una misa, coincidiendo con el aniversario de su muerte. Lo hacía por cariño, respeto y caridad. A veces, íbamos con la señora, mi madre, mi hermana Sol y yo hacia la colina de las afueras, ‘Las montañas’, donde lo habían enterrado. Mi madre colocaba un redondel de piedras en torno a la tumba, y luego volvíamos. Era un rito emocionante. Mi padre estuvo implicado en la sublevación de Jaca. Se marchó a Francia para que no lo pillasen, y cuando volvió fue aclamado y aplaudido en Barbastro y Jaca”.

Ramón José Sender. “Un hermano de mi madre se casó con la hermana mayor de Sender, Amparo. A me dio clases su hermana Sunny. Mi padre y Sender no se llevaban muy bien. A veces, las dos familias coincidíamos veraneando en Saqués, en el valle de Tena. Recuerdo una tremenda discusión del escritor y mi padre de política, recién llegado Sender de Rusia. Nunca había oído gritar tanto a mi padre. En cambio con Manolo se entendían muy bien. Lo fusilaron, como a mi padre, iniciada la guerra civil. Había sido alcalde republicano de Huesca”.

Memoria. “Mi emociona exponer con mi padre. Él era un artista total, yo una artesana. Era un idealista, generoso y desprendido. No puedo quedarme sola en la exposición porque me emociono. Se me hace irresistible”.