La Huesca de Vicente Campo y los usos públicos de la Historia
Alberto Sabio Alcutén
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Cuenta Mario Benedetti que en nuestra sociedad no existen olvidadizos, sino “olvidadores”; no existen individuos que olvidan sin querer, sino gentes que quieren y hacen olvidar. Por eso hay mucha amnesia del pasado, mucho silencio, demasiado vapor, muchísima bola de humo, y en cuanto uno comienza a hablar del ayer, siempre salen los autodenominados « apolíticos » que piensan que todo son inventos de gentes vulgares. Todo este ajuar de la memoria ha saltado en Huesca al debate público a propósito del homenaje previsto, con monumento incluido, a Vicente Campo, alcalde de la ciudad durante la dictadura de Primo de Rivera y luego entre 1947 y 1953, en pleno franquismo de posguerra.
Cuando Vicente Campo accedió por segunda vez a la alcaldía de Huesca en 1947, se dejaba sentir en la ciudad un discurso poblacionista repleto de elementos que iban más allá de criterios estrictamente demográficos. Sin un importante aumento de población –base, a juicio del franquismo, del enriquecimiento de la nación-, no sería posible la gran política imperial a la que el país supuestamente estaba destinado. Hubiera sido lógico que este discurso poblacionista viniera acompañado de un auténtico esfuerzo reconstructor en el tema de la vivienda, máxime después de valorar con insistencia la destrucción de edificios durante el asedio de la ciudad. Pero el ayuntamiento presidido por Vicente Campo no contempló el asunto de la vivienda popular como prioritario.
Piénsese que, poniendo como telón de fondo el asedio de la ciudad, Huesca canalizó bastantes subvenciones del Estado durante los años cuarenta, aprovechando la presencia de José Moreno Torres, defensor de la ciudad, en la Dirección General de Regiones Devastadas. El problema está ahora en ver cómo se utilizaron esos dineros. Y sobre esta cuestión fundamental ha de destacarse una hipertrofia del gasto público hacia fines militares y eclesiásticos. Se reconocen problemas acuciantes de vivienda, pero continúan alojándose dependencias militares en la ciudad, para los que el Ayuntamiento debía entregar terrenos como solares. Quedó como herencia para los años posteriores el “infierno con derecho a cocina”, es decir, una fuerte demanda de viviendas de tipo social y un acusado déficit de las mismas.
Algo más sobre el Ayuntamiento encabezado por Vicente Campo hasta 1953. El concejal Lacasa era partidario de un aumento moderado de los impuestos, sin establecer los gravámenes máximos permitidos por la ley; sin embargo, Vicente Campo reclamaba un refuerzo importante de las cargas impositivas ya existentes y la creación de nuevos arbitrios. Algún concejal prefería no modificar sustancialmente los gravámenes municipales al darse cuenta de que se cargaban las tintas sobre el impuesto indirecto, profundamente injusto. El mismo Lacasa apostaba por establecer “una tributación sobre la renta, que es el único índice cierto de capacidad económica para que sirviera el impuesto”. Nada de nada: hubo que esperar a la consolidación democrática para que apareciese nuestro Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF), mucho más justo y progresivo. Democracia, ésa es la palabra clave. Vicente Campo nunca fue alcalde gracias al normal desenvolvimiento democrático; llegó al Ayuntamiento de Huesca como consecuencia de una rebelión militar y de tres años de guerra de exterminio. El que fuese un simple eslabón en la construcción del Parque no compensa lo anterior, aunque tuviese un talante personal más tolerante que el de otros franquistas ultramontanos.
Por entonces, el Ayuntamiento era más un pilar burocrático y administrativo que una institución política, sobre todo si tenemos en cuenta el rechazo a la política y la apatía parlamentaria de la que el franquismo hizo gala. Se identificaba al parlamentarismo con recuerdo de regímenes anteriores. Esta provocada apatía política llegó a ocasionar en el Ayuntamiento de Huesca, presidido por V. Campo, la supresión, dentro del orden del día, del apartado de ruegos y preguntas para huir de cualquier vestigio de parlamentarismo. Por lo demás, Campo Palacio fue partidario acérrimo del nacional-catolicismo y eso le vino bien en unos momentos en que el falangismo comenzaba a resultar molesto a nivel estatal e internacional por el triunfo en la Segunda Guerra Mundial de los aliados frente al nazismo hitleriano.
Sin duda alguna, la desmemoria fue un déficit de la transición a la democracia. Se olvidó entonces y años más tarde no han faltado gentes que han hablado de un revival que huele a naftalina. Más bien lo que rechina y barrunta a alcanfor es levantar en pleno 2004 un monumento a lo que significó Vicente Campo, más allá de su propia persona.
Alberto Sabio Alcutén es profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza (Facultad de Huesca).
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