Ramón Acín, apología de la libertad

Antón Castro                

 

   
 

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amón Acín llevaba impresa en el rostro una languidez de gitano. Usaba patillas de bandolero y tenía descarnadas las facciones, angulosas y pétreas. El cabello vuelto hacia atrás le otorgaba un sello de rebeldía, de confrontación permanente contra todo: contra las alamedas y los claustros por donde paseaba, contra los sacerdotes, contra la negra provincia en que medraba. Parecía un desasosegado irremediable que demandaba libertad por las esquinas. Libertad y más aire. Libre vuelo en paz por los recodos y las avenidas. Aunque esa imagen novelesca es engañosa. En el fondo, este creador, este hombre que fue tantos hombres -pintor, pedagogo, político, dibujante, periodista y escultor-, era un caballero apacible y enérgico, lastimado por una infinita tristeza y una inocencia dulce y lenta.

Nació en el verano de 1888, creció y se despidió del mundo en la Casa de la Ena, una mansión solariega que parecía un palacio doméstico de espesas paredes, techos altos y barandas a la calle y a las colinas de la ermita de San Jorge. Las estancias estaban salpicadas de un fulgor de sombra y oro, y las alcobas se multiplicaban entre muebles lacados, consolas, arcones, pasillos umbrosos y quinqués de cobre. En su interior creó un edén de pajaritas de papel y de cuadros enigmáticos, un laberinto de intimidad donde revelaba el envés de su personalidad pública: su candor, su sensibilidad inabarcable, su talento imaginativo frente al lienzo o al papel en blanco y su melancolía. y ese paraíso se prolongó desde la niñez, cuando vivía bajo la protección de su padre, el ingeniero agrimensor Santos Acín, hasta sus últimos días, cuando ya era un republicano combativo y un artista reconocido que exploraba los caminos de la vanguardia y la investigación más osada.

Varias anécdotas dispersas jalonan sus comienzos. Las fiestas de San Lorenzo, con sus fanfarrias y aquellos gigantones de espanto que meneaban en los desfiles sus hercúleas mazas; los soldados de plomo; los tiovivos de colores y el circo con su mujer sierpe, los equilibristas, los renos y los violinistas húngaros. Otra imagen entrañable se impone en su infancia: la figura beatífica del pintor local Félix Lafuente, con sus pobladas barbas, su magisterio artesanal y aquel caballete que paseaba por las afueras en busca de un ángulo original de la ciudad. Ramón Acín asistió a sus clases en los ornados salones del Museo Provincial y de él aprendió a trabajar al natural y a desarrollar con precisión una copia, un bodegón o un paisaje que se abre camino entre las montañas precípitas del Pirineo. Las clases eran amenas y entrañables; discurrían bajo la muda mirada de los lienzos místicos de los hermanos Bayeu. El joven intentó ser químico, pero la vocación gráfica lo disuadió de ello. Con algo más de 22 años, se trasladó a Madrid e intentó encontrar un lugar entre la bohemia de principios de siglo. Allí realizó una obra incipiente y tradicional, con derivaciones satíricas. Reprodujo estampas del casticismo, figuras tradicionales de la zarzuela, deambuló entre los setos de la Castellana y las fuentes de alabastro de los edificios señoriales y estampó su primera colaboración en la prensa con una firma irónica: Fray Acín.

De regreso a Huesca -que sería siempre el epicentro de su revuelta-, empezó a colaborar en el Diario de Huesca con sus viñetas críticas sobre la actualidad. Afrontaba, con un gran sentido del humor, las males del país: el descontento de las gentes, la subida de precios, la obsesiva presencia del clero, el alcohol o el machismo, etc., y no dudaba en rescatar, con evidente desparpajo, personajes baturros. Los trazos eran sencillos y de gran eficacia. Conocía a los grandes dibujantes alemanes, el modernismo catalán acaudillado por el exquisito Ramón Casas y se han encontrado, entre sus materiales de aquella época, grabados japoneses y modélicos libros de ilustración con increíbles fábulas orientales. Por entonces, el director del periódico altoaragonés era Luis López Allué, quien alternaba con brillantez las columnas de opinión con numerosos relatos de carácter tradicional, que el joven artista solía acompañar con dibujos muy logrados. Pero quizá lo más resonante de aquella etapa sea su faceta de caricaturista: Acín -como sus admirados Castelao o Luis Bagaría- lograba piezas de una gran expresividad y una estilización indiscutible. Les agregaba una pequeña leyenda, cargada de intención y de mordacidad. Además, había inaugurado un estudio en los bajos de su casa y, casi de inmediato, fue saludado por un cronista local como un libertario de la pintura. Con relativa frecuencia, desmayaba el tiempo con el escritor Manuel Bescós, Silvio Kosti, que llegaría a ser alcalde de la ciudad, y se aficionó a la fotografía, a raíz de sus viajes por toda la provincia con el farmacéutico y documentalista Ricardo Compairé. La memoria local aún los recuerda a ambos por Alquézar, Benabarre o Aínsa, amarrados a las arcaicas cámaras, o en las cúspides nevadas, departiendo con los leñadores o los pastores pirenaicos, envueltos en pellizas de oveja y rodeados de canes.

El primer arrebato de audacia estaba a punto de llegar. En 1913, junto a un grupo de amigos, fundó en Barcelona el periódico semanal La Ira, que pretendió ser el órgano de expresión del asco y de la cólera del pueblo. Sus miembros, según escribió Ángel Samblancat, otro oscense ilustre y anarquista, aspiraban a que la política se haga con pasión y con fervor y con ansia y con violencia La estancia en la Ciudad Condal no fue demasiado larga, pero sí duró lo suficiente para que la expresividad de Acín se decantase también hacia el género literario y se hizo corresponsal de la prensa aragonesa. Durante años, a la par que acrecienta y consolida la calidad de su producción artística, desarrollará una apasionante tarea en el periodismo. La denuncia, en algunos casos corrosiva, será permanente, pero de su pluma también saldrán justas reivindicaciones sociales, manifiestos, necrológicas de amigos, críticas de arte o textos atravesados por el amor al país, elaborados con un estilo ajustado y rico, no exento de arabescos, frase corta y un sentimiento sincero.

En 1916, vuelve a recalar en Madrid. Establece su residencia en el Torreón de Velázquez, que luego sería ocupado por Ramón Gómez de la Serna. Allí, entre sus corredores sombríos y sus ventanales abiertos a la colmena de la gran urbe, instalaría el autor de Greguerías sus magníficas colecciones de libros insólitos, de muñecas de plástico y de cera, de retratos y de dibujos. Algunos años después, alrededor de 1927, coincidiendo con una conferencia que dio en Huesca, presentado precisamente por el aragonés, Gómez de la Serna recordó que el Torreón de Velázquez se lo había cedido el "raro Acín", que tenía por insólita costumbre arrojar un zapato a la calle cuando quería que el conserje le sirviese algo. Ramón Acín aprovechó su permanencia en Madrid: estudió, observó de cerca las nuevas tendencias del arte, maduró en su vertiente política y ganó una plaza de profesor de dibujo para la Escuela Normal de Maestras y Maestros de Huesca.

Casi paralelamente al ingreso en su nueva ocupación, inició sus clases particulares de dibujo en la Casa de la Ena y emprendió una tarea esforzada de renovación pedagógica. Era como si reemplazase al maestro Lafuente en sus oficios del pasado. No cesaba ni un momento: trabajaba sin descanso, inventaba revistas con los anarquistas altoaragoneses, y suscitaba polémicas a ciento. Ya no se trataba sólo del vigor punzante de sus viñetas ni de la toma de postura con cierta hostilidad ante conflictos candentes, sino de empeños tan insólitos como Las corridas de toros en 1970: un conjunto de caricaturas de asunto futurista e intención desacralizadora, a propósito de la fiesta nacional. El tono es beligerante y paradójico; los dibujos estilizado s al máximo, repletos de gracia y delicadeza, y el único protagonista que sale bien para- do de la ceremonia sangrienta es el caballo. Ningún editor quería publicar un volumen que lo hubiese enfrentado con las figuras en alza de los diestros locales y, por si fuera poco, Acín tenía el atrevimiento de cuestionar la construcción de un nuevo recinto taurino. Con brillantez y un acento jocoso incuestionable, proponía que se edificase en su lugar un campo de deportes. El tomo va dedicado a Conchita Monrás, con la que se había casado ese mismo año de 1923. Era una mujer apasionada, juncal y sensible, que tocaba perfectamente a Mozart en su inmenso piano de cola. Sus hijas Sol y Katia la han recordado como una criatura extraordinaria y simpática, dotada de una gran vitalidad.

La política seguía apasionándole y paso a paso fue asumiendo nuevos compromisos, responsabilidades que, una y otra vez, pondrán en peligro su pellejo. Acín era un confeso antifascista y su actitud militante era conocida por todos. La tarea del creador y la misión del sindicalista que defiende al obrero se entrecruzaban en muchas ocasiones. A veces, la falta de comprensión era unánime y la ausencia de libertad de expresión daba con sus huesos en la cárcel. No obstante, Ramón Acín jamás descuidó su formación estética. En 1926, se desplazó a París donde coincidió con Luis Buñuel, al que le financiaría en 1932 la película Tierra sin pan merced a un agracia- do boleto de lotería. Visitó las galerías de arte y algunos estudios de artistas de renombre; estuvo en los grandes museos, vagó con la mirada perpleja por los cafés de la medianoche, por Le Rotonde con el doctor Aznar y el cineasta y los boulevards atestados de demoiselles y genios desheredados, y aspiró aquellos perfumes de iconoclastia, que se traducirían en una obra de claro signo postcubista y en la búsqueda de un lenguaje radical. Su valentía y su rectitud fueron siempre inamovibles. Firmes como los sillares de la catedral. En 1928, Acín se quedó solo en el homenaje a Francisco de Goya y defendió a capa y espada el criticado Rincón de Goya, un monumento racionalista de líneas netas que diseñó Fernando García Mercadal. No se amilanó pese a las deserciones, algunas muy célebres como la de Zuloaga, y redactó un texto feroz contra la ignorancia, el cazurrismo y el temor a las nuevas artes. Y justo al año siguiente, celebró su primera exposición verdaderamente importante en Barcelona, en la galería Dalmau, donde mostró resoluciones originales en chapas de una sola pieza y pinturas de inspiración cubista.

En 1930, Acín desde su militancia en la CNT colaboró en la sublevación de Jaca de Galán y García Hernández, y en la posterior huelga de trabajadores que debería celebrarse en Huesca. Pero al fracasar, se vio obligado a exilarse en París e incluso se planteó muy seriamente quedarse allí a vivir con su mujer y sus hijas. Sin embargo, la proclamación de la República facilitó su retorno y favoreció diversas exposiciones en Madrid, en Zaragoza (precisamente en el Rincón de Goya), en Barcelona e incluso en Huesca. A lo largo de un lustro se fueron observando las mudanzas y los logros de un artista de “rebeldías modestas pero continuadas”: piezas de láminas metálicas, cartones de embalar que adoptaban formas surrealistas, pinturas, siluetas y figuras ingenuas de gran fantasía. Las muestras no pasaron desapercibidas en ningún sitio. Ni desde el prisma estrictamente creativo ni humano. Algunos críticos subrayaban la orientación tan diferente a la de Pablo Gargallo que le confería a sus diseños el altoaragonés y otros recalcaban su talante humanista, su exaltada bondad, su afirmación en la solidaridad con el pueblo y sus íntimas tragedias. La participación en la revuelta de Jaca le otorgaba una aureola casi legendaria e incluso, en círculos privados, se elogiaban actitudes que no dejaban lugar para el equívoco o el recelo: Ramón Acín, sin hacer ostentación de ello, socorrió a muchos compañeros y a sus familias en períodos de extrema necesidad, aunque en la Casa de la Ena no sobraba nada.

En su domicilio, la intimidad había sido arrebatada desde hacía tiempo. El universo familiar estaba asediado por sombras exteriores, por indicios funestos y veladas amenazas. Sin embargo, más de medio siglo después, sus hijas seguían recordando el clima de exquisita convivencia y de total seguridad que se percibía, la sensación de habitar una felicidad sumergida en medio de jaulas doradas, mesas filipinas e instrumentos de música. La madre tocaba el piano al atardecer, el padre pulimentaba lámina tras lámina en su estudio o fundía estatuas y relieves; ellas, bajo el rumor del viento, jugaban en la explanada del Hortal con la pelota y los muñecos de trapo entre briznas y acacias, o releían aquellas cartas con palomas que su padre les había mandado alguna vez desde el calabozo. y al anochecer, con el temor dibujado en el rostro, Conchita Monrás despedía así a su marido, que acudía a las reuniones del sindicato: “Moncico, Moncico, vuelve pronto”. De repente, la situación se agravó y la casa de los Acín empezó a llenarse de gente, de pasos clandestinos y de voces murmura- doras en el salón de la biblioteca. Una tarde, una de las niñas lloraba asomada al balcón de las rejas o en alguna estancia interior, sin razón aparente. Su madre le preguntó por qué plañía, y la muchacha contestó con una frase enigmática: "porque te matarán". Algunos días después estalló la Guerra Civil y las calles se llenaron de estruendos, de soldados y de estertores en las cunetas de la noche.

El 6 de agosto, una columna de falangistas, armados con fusiles, sacó al escultor de su casa. Una voz desesperada clamó desde arriba: “Ramón, Ramón”. Esa misma madrugada lo fusilaron ante las tapias del cementerio. Dos semanas más tarde, su esposa Conchita, fue abatida del mismo modo: llevaba el cabello desgreñado, la ropa hecha jirones y el corazón invadido de furia, de desesperación y de mazmorras.