RAMÓN ACÍN (1888-1936):
UN ARTISTA EN EL PERIÓDICO

Antón Castro
Algunos supimos de la existencia de Ramón Acín Aquilué (1888-1936) un poco tarde. Habíamos oído su nombre, quizá lo confundiésemos al principio con el del joven crítico, narrador y profesor Ramón Acín Fanlo, y nos llamaba la atención, de entrada, su muerte: aquel relato terrible del hombre bondadoso que había convertido su casa en un museo y en un paraíso, donde lo detuvieron a principios de agosto de 1936 en Huesca, su ciudad; fue fusilado al anochecer el día seis. Luego vimos sus obras, leímos algunas monografías, la de Felipe Alaiz y la de Miguel Bandrés Nivela, y repasamos la entrada "Ramón Acín Aquilué" que le dedica Manuel García Guatas en la Gran Enciclopedia Aragonesa. La muestra antológica de 1988 (no llegamos a ver la primera recuperación del artista, en Huesca también, en 1982) que organizaron las diputaciones de Huesca y Zaragoza, coincidiendo con el centenario de su nacimiento, nos puso ante un hombre incomparable, de trayectoria tan compleja como rica, fascinante, capaz de ser un artista de su tiempo (pintor, escultor, dibujante, caricaturista con sello propio, aunque con coincidencias con Luis Bagaría y Daniel Castelao, sobre todo), pedagogo y profesor de dibujo, político entregado desde mediados de la segunda década del siglo XX al anarcosindicalismo, periodista gráfico y literario (o "artigráfico", como dice Miguel Bandrés en su libro: La obra artigráfica de Ramón Acín. 1911-1936, publicado en 1985 por el Instituto de Estudios Altoaragoneses) y, sobre todo, nos hallamos con un ciudadano comprometido en una doble dirección: con el arte y con la sociedad, que, en su caso, equivale a decir con los desheredados del mundo.
Aquel catálogo, con estuche, diseñado por José Luis Acín, contenía trabajos de grandes especialistas como Manuel García Guatas, comisario de la muestra, José-Carlos Mainer, Carlos Forcadell, Miguel Bandrés, Federico Balaguer, Sol Acín Monrás, su hija menor, Félix Carrasquer y Antonio Saura; la muestra, además, incorporaba un trabajo videográfico de Emilio Casanova e Isabel Biscarri sobre uno de los libros más osados, un ejemplo de futurismo infrecuente entre nosotros, de Acín: Las corridas de toros en 1970, un volumen de dibujos estilizados, concebido en 1921 y publicado en 1923 por Vicente Campo, donde crítica abiertamente los usos y costumbres de la tauromaquia y el proyecto de construcción de un coso taurino en Huesca, que se debatía por esos años. El único que salía bien parado en las viñetas era el caballo, que fue uno de los animales que siempre le obsesionaron. No tanto como a Gericault, claro. En uno de sus artículos, repleto de erudición, hacía una evocación de los équidos más célebres de la historia. La mitología era un elemento que dominaba y que incorporaba con frecuencia a sus textos literarios.

SOL Y KATIA: MEMORIA DE LA PÉRDIDA
Existen dos detalles personales que han engrandecido ante mis ojos la figura de Acín. Un encuentro, que duró casi un día completo, con Sol Acín, su hija menor, ya fallecida. Sol, que poseía un talante pudoroso y un barniz enigmático, desovilló muchos de sus recuerdos, primero en un restaurante y luego en su propia casa. Invocó al padre y a la madre, Conchita Monrás, que había sido pianista y estaba dotada de "una gran vitalidad", y dibujó con palabras encendidas de serenidad y melancolía el ambiente en que había vivido, el clima particular de magia y creación, de arte e intimidad, que se palpaba en su casa de la calle de las Cortes, en el pequeño jardín que poseían, llamado El Hortal, y el viaje de casi medio siglo entre tinieblas y silencio con aquellos fantasmas, Conchita y Ramón, cuyo nombre apenas se podía pronunciar.
Sol, que tenía alma de poetisa y publicó un poemario, Hacia ese cielo oscuro (Ámbito literario, 1979), recordaba con nitidez el día en que su padre fue arrebatado del hogar familiar: había un viento especial, aleteante y cargado de presagios. Jovencísima, embrujada por la figura del escultor que había mandado una carta desde la cárcel de Huesca en 1933, a ella y su hermana, con un dibujo con una paloma, vivió aquel día funesto con intranquilidad: como quien atisba una presencia inquietante y terrible y no acaba de verle el rostro o los signos del maleficio que envía. Antes, tal vez unos días atrás, su madre la descubrió llorando en un rincón; le preguntó: "¿Por qué lloras?". Y ella respondió de golpe: "Porque te matarán". Lo que me impactó también fue ese momento de amor y decisión en que Conchita Monrás salió tras los asaltantes, y luego asesinos, gritando, y se perdió por las calles abrazada a su esposo. Dos semanas después, el día 23, correría la misma suerte que su esposo. Sé que no es este el lugar de deslizarnos hacia el romanticismo, pero también me hechizó la historia de amor de Conchita Monrás (hija del profesor tarraconense Joaquín Monrás, que impartía sus lecciones de literatura en la Escuela Normal de Huesca, como el artista), cómplice, esposa y musa, y Ramón Acín. Sol, y Katia más tarde, me recordaron otro instante. Un día, una de las dos hermanas, le dijo a la otra: "¿Tú te crees eso que nos han dicho, que la cárcel se incendió durante un bombardeo y que nuestros padres se murieron dentro, quemados?". "No, claro que no". Aquel diálogo, ocurrido tan sólo unos días después del crimen, que fue en Huesca, su amada ciudad, revelaba que las dos intuían los pormenores de la catástrofe. Luego, vino el silencio, la ocultación, la necesidad irremediable de vivir con ese dolor indecible en el costado y en la sangre.
Algunos años después conocí a Katia, que recompuso su existencia y vive una segunda juventud en la creación: culminó en plena madurez, y con los hijos criados y "colocados", su licenciatura de Bellas Artes y se especializó en grabado. Ha querido el azar o el destino que ahora se haya producido un reencuentro entre la inspiración paterna y su propio mundo de artista. Y eso ocurrió en concreto en una muestra conjunta, de padre e hija, que se exhibió en la UNED de Barbastro. "Me emociona exponer con mi padre. Él era un artista total, yo una artesana. Era un idealista, generoso y desprendido. No puedo quedarme sola en la exposición porque me emociono. Se me hace irresistible", nos decía. Hace menos de dos años, tuve la oportunidad de vivir una de las experiencias más hermosas que he tenido nunca como periodista: Katia me llevó a su casa oscense y me mostró el universo íntimo de su padre, o lo que ha conseguido recuperar y retener de él: los cuadros, los muebles, los mapas, los dibujos, los objetos, las múltiples fotografías familiares, en cierto modo la atmósfera de una existencia irrepetible, cargada de leyenda.
Ramón Acín, apasionado del arte popular, coleccionista de objetos y defensor del antiguo sueño de la Corona de Aragón, recogía piezas de escultura popular o patrimonio donde podía. Exquisito a su modo (le gustaban mucho los grabados japoneses ukiyo-é o los relojes de sol, de los que fue coleccionista), una de sus utopías constantes era crear un gran Museo del Altoaragón, como anuncia varias veces en sus textos. En aquellos dos encuentros con Sol y Katia, levanté acta del mito, reinventé la existencia de un creador humilde de talante casi oceánico que se había convertido para mí en un mito. Eloy Fernández Clemente, tanto en su enciclopedia del Aragón de los años 20, Gente de Orden, como de viva voz, ha dicho que "Ramón Acín es nuestro Federico García Lorca"; en el catálogo Carlos Forcadell también establecía un cierto paralelismo entre Lorca y Acín, entre Granada y Huesca.
La frase, que quizá sea inexacta, tiene su miga porque con Ramón Acín como ocurría el poeta, cuando estabas con él no hacía frío ni calor, "sólo hacía Federico", según palabras felices de Jorge Guillén. La misma sensación tuve yo al revisitar el universo de Acín a través de sus hijas: cuando hablabas de Ramón Acín no existían las estaciones ni las provincias. Sólo existía Ramón Arsenio Acín Aquilué, el escultor de los materiales pobres, chapas y cartulinas y cartones, el hombre que intuyó la elegancia del minimalismo en sus pajaritas mucho antes de que el término fuese popular o de que alguien lo hubiera formulado. Sólo existía Ramón Acín, el escritor amateur, el reportero ocasional que había dicho: "Yo, al escribir, no hago literatura, escribo sujetándome el hígado o apretándome el corazón". Sólo existía Ramón Acín, el artista que no reconocía influjos de elite y que era capaz de decir: "Los niños han sido mis mejores maestros". Al parecer, poco antes de morir soñaba con hacer una película surrealista protagonizada por niños. Bueno, quizá entre sus maestros se hallasen Goya y Velázquez, en primer lugar, a los que había copiado en El Prado, que fue una fuente inacabable de incitaciones y de técnicas artísticas, y también aquel entrañable Félix Lafuente (1865-1927), a cuyas clases acudía de joven al Museo Provincial de Huesca y le dedicaría luego, tras su óbito, necrológicas muy sentidas. Otros nombres clave podrían ser Ismael González de la Serna, al que conoció en París, Leonardo da Vinci, Pablo Gargallo y humoristas de la talla de Luis Bagaría, Castelao y Bon. Y los artistas de vanguardia, entre ellos los caricaturistas alemanes: a algunos tuvo oportunidad de conocerlos y de verlos durante sus estancias en París, que en los años 20 era la capital del mundo y del arte. Existe un bonito detalle de modernidad tipográfica: Acín solía diseñar programas de mano para conferencias, y uno de los más curiosos y logrados es el que confeccionó con motivo de la conferencia que dio en Huesca, en mayo de 1927, el escritor Ramón Gómez de la Serna.

UN AMANUENSE DE LAS EMOCIONES
No fue Ramón Acín un teórico del arte. Solían decir de él que era vago, un punto diletante. Lo daba casi por todo por una tertulia, por un diálogo apasionado con los amigos -Ángel Samblancat, Joaquín Maurín, Felipe Alaiz, López Allué, Manuel Bescós Silvio Kossti, o el propio Ramón Gómez de la Serna, que lo llamó "el raro Acín" que le había dejado el Torreón de Velázquez-, y durante los años 20 no se escondió de criticar a la burguesía moribunda y varada en ideales trasnochados, ni a la iglesia y a la espiral de conservadurismo que la envolvía, ni a la sociedad reaccionaria de su ciudad, demasiado obstinada en mirarse el ombligo. Pero lo hacía siempre con contundencia y con buenos modales, con el encanto irresistible de un hombre bueno, conciliador, libertario y progresista, dotado de una increíble imaginación.
No fue Ramón Acín un teórico pero tampoco un vago, tenía algo formidable que le caracterizó y le hizo asentarse y evolucionar constantemente: su infinita curiosidad y la ausencia de dogmatismo. Era, desde sus convicciones y sus ideales, un paradigma de tolerancia y un amanuense de las emociones. Tenía amigos por doquier y despertaba, por lo regular, un sentimiento de simpatía. En 1928, Ricardo del Arco, que se hallaba en los antípodas de su pensamiento, le cursó una carta abierta de adhesión a su idea de un monumento para López Allué y le expresó su admiración "a la labor artística realizada por usted con una unción que parecía presentir un destino de ultratumba". Basta leer las críticas a sus exposiciones en la galería Dalmau (1929), en el Rincón de Goya (1930), hecha la salvedad de los Hermanos Albareda, que representaban la zafiedad y la ausencia de mirada de la crítica artística, o en el Ateneo de Madrid (1931); los elogios van más allá de la obra en sí misma, muy considerable; varios críticos elogian la faceta más valiosa: su condición de "gran hombre". Su personalidad borraba casi de un plumazo las suspicacias que podía despertar su ideología, al menos hasta cierto punto. Cuando se puso en marcha la maquinaria pesada del rencor, se multiplicaron sus enemigos y fue uno de los primeros en caer abatido. ¿Cómo sería el Ramón Acín de después de la Guerra Civil? ¿Qué hubiera podido hacer aquel creador libre, fantasioso, que se acomodaba a los materiales modestos y que poseía un sentido invulnerable de modernidad y de juego, de enredo pugnaz que es el arte verdadero?
Estamos sin duda ante una criatura laboriosa que, sin renunciar a sentirse ciudadano universal que se oponía a la guerra de Marruecos o a la política de invasiones de Alemania durante la I Guerra Mundial, se sentía oscense por los cuatro costados. Hay muchos textos y viñetas que confirman este extremo: dibujó las calles, glosó los gigantes, recordó a los oscenses de mérito, y también a los anónimos, de su tiempo. Ésa fue una de sus primeras lecciones que nos ha dejado: uno puede sentirse ciudadano de la tierra, ocupado y preocupado por todo lo que ocurre más allá de tu horizonte inmediato, pero no precisa renunciar jamás a su espacio minúsculo, al placer de reconocerse en el vecino, en las callejas, en un ámbito que nos recibe a diario y nos asume como integrante coral de su paisaje. Y ese sentimiento de aragonés hasta la médula y de pertenecer a un enclave concreto no lo perdió jamás. "Por mi nacimiento, soy oscense, y por mis ideales, soy de la Patria Grande que va de Polo a Polo, de mar a mar", escribió en uno de sus artículos. ¡Qué paradójico y terrible que te maten allí donde te has sentido príncipe, paisano, hermano de los otros, en la propia morada que eliges y que te elige!
Ramón Acín desarrolló una importante labor como periodista desde muy pronto. Tras haber pasado por el estudio de Félix Lafuente, se matriculó en Zaragoza en Ciencias Químicas, pero abandonó pronto la carrera y se trasladó a Madrid en 1910. Vivió la bohemia de la capital y realizó varios cuadernos de apuntes y de bocetos rápidos de personajes pintorescos que hallaba en La Castellana, especialmente. Ya en 1911, colaboró en la revista Don Pepito con viñetas y caricaturas con la firma de "Fray Acín". Esa actividad ya no la dejaría nunca. La colaboración en prensa y la pasión por los periódicos constituyeron una de sus aficiones constantes, casi un deber. Acín viajó sin cesar, vivió en Barcelona en varias ocasiones, en Madrid, en Granada, en Toledo (residió en estas ciudades, en concreto, a raíz de la "bolsa de viaje" por dos años que le concedió la Diputación de Huesca) o en París, y eso le permitió escribir y dibujar en diversos medios, y ser cofundador de algunos de ellos como La Ira o el decenario Floreal, y tener secciones más o menos fijas en El Diario de Huesca, en el cual fue toda una institución, El Ideal de Aragón o Heraldo de Aragón, en el que participó de manera más fugaz, pero también en El Ebro o Solidaridad Obrera, publicaciones ambas de Barcelona.
La Ira nació en Barcelona en 1913 y recogía, desde una orientación anarquista, el espíritu revolucionario de "La Semana Trágica" de 1909. El grausino Ángel Samblancat, ideólogo del proyecto, dijo que los integrantes del semanal -"jóvenes de una extremada osadía y de un denuedo sin límites"- aspiraban a que "la política se haga con pasión y con fervor y con ansia y con violencia...". El periódico no pasó inadvertido ni tampoco el posicionamiento de Acín, que recordaría años después: "El año 13, vine por primera vez a Barcelona. Venía de paso para París. Me había largado de casa con mucha melena en la cabeza y pocos cuartos en los bolsillos, y por todo equipado, la Vida de Pedro Saputo el de Almudébar (pues me habían encargado unos dibujos de este libro)". La Ira sólo publicó dos números; era tan incómodo que fue cerrado y sus redactores fueron encerrados por unos días. Acín no perdió el tiempo: hizo viñetas, redactó un artículo mordaz contra la guerra de Marruecos, atacando a los señoritos y burgueses que podían dejar de ir a cambio de dinero. "Id vosotros, soldados de cuota, a Marruecos, a la guerra; sentad plaza, jóvenes hijos de capitalistas, sportmans adinerados... Id vosotros, que en vuestros paseos militares por Alhucemas o por Tetuán podréis elegir lugar donde instalar algún hotel para querida mora o moro abultadamente bragado... Id vosotros que estáis acostumbrados delante de las prostitutas a encender vuestros cigarrillos con billetes de Banco". Este fue un asunto para él particularmente traumático: le dedicó varios artículos en otros medidos como Solidaridad Obrera, en 1923 y en 1925. Y es curioso, idéntica radicalidad volvería a emplear contra los alemanes durante la II Guerra Mundial.

EL ESCRITOR, EL HOMBRE DE ACCIÓN
Acín, pese a que el anarquismo no eludía la lucha en la calle y la violencia y que estuvo detrás de la conjura civil de la Sublevación de Jaca en diciembre de 1930, fue siempre un pacifista. Fermín Galán solía pernoctar en su casa y dejó este recuerdo de los Acín: "Me maravilla cada vez que voy a casa de Acín. Son ideales él, su mujer y sus niñas. ¡Su casa entera! ¡Acín ha encontrado la compañera! ¡Ha tenido suerte!". Katia Acín nos contó una anécdota especialmente emocionante: "Mis padres querían muchísimo a Fermín Galán. Tenían retratos suyos en casa. Cuando fue fusilado, mi madre iba con la madre de Fermín Galán a contratar una misa a la catedral de Huesca, coincidiendo con el aniversario de su muerte. Lo hacía por cariño, respeto y caridad. A veces, íbamos con la señora, mi madre, mi hermana Sol y yo hacia la colina de las afueras, 'Las montañas', donde lo habían enterrado. Mi madre colocaba un redondel de piedras en torno a la tumba, y luego volvíamos. Era un rito emocionante. Mi padre estuvo implicado en la Sublevación de Jaca. Se marchó a Francia para que no lo pillasen, y cuando volvió fue aclamado y aplaudido en Barbastro y Jaca". Ramón Acín era reñidor si se terciaba (ha recordado Katia la discusión a grito pelado que mantuvieron en una ocasión Ramón José Sender y su padre camino del castillo de Montearagón) y en su primera época no se mordía la lengua ni aplacaba la energía del trazo en las viñetas, a las que colocaba siempre una pequeña frase o un diálogo lleno de humor, ironía y escasa aquiescencia con los poderes establecidos. Era anticlerical y antimilitarista. Si al principio parecía moverse en la órbita de un regionalismo un tanto localista, amasado con el baturrismo y el costumbrismo, influido por López Allué, la evolución de Acín no dejaría lugar a dudas. El impulso revolucionario estaría siempre presente, tanto en política como en concepciones artísticas, pero cada vez más sus textos escalaban nuevas esferas de complejidad. Le marcó mucho, al principio, Luis López Allué (que fue alcalde de Huesca, escritor costumbrista y director del Diario de Huesca, al que modernizó mucho a partir de 1912) y otras amistades oscenses como Felipe Alaiz, al que había conocido desde niño, Manuel Bescós Silvio Kossti, escritor y alcalde también de Huesca, o Ricardo Compairé, el farmacéutico y fotógrafo, con el cual colaboró a menudo: tanto en el diseño de escaparates como en su trabajos de documentalista de las tradiciones.
Tras aquel primer paso por Barcelona, Acín volvió a Huesca y se incorporó como colaborador con viñetas, caricaturas y textos a Diario de Huesca, hasta el punto de que confeccionó algunas de sus portadas de las fiestas de San Lorenzo y dio a conocer algunos de sus proyectos y sueños, que a veces se quedaba sólo en eso, en bocetos, en proyectos que no siempre se llevaban a cabo. Desde sus páginas se atrevió a todo y cuando estaba fuera no podía pasar sin enviar sus crónicas: igual mandaba una crónica sobre un estreno de López Allué en el Centro Aragonés de Barcelona que remitía sus vivencias personales en la ciudad o cursaba una carta pública al autor de Capuletos y Montescos. Ya en 1913, con apenas 25 años, explicaba sus intenciones: "Mis artículos tendrán estribillo: serán sonetos con estrambote; cantarán la belleza del paisaje, la excelencia del clima, lo suntuoso de la edificación, la aplicación y el talento de los hombres, la hermosura de las mujeres, el florecimiento del comercio, el encanto del vivir moderno, la grandiosidad del mar, pero al final diré que aquel baturro que le enseñaban cosas muy grandes y muy maravillosas: 'Todo está muy majo, pero comparau con lo que hay en mi pueblo...'".
Se anticipó en la defensa de asuntos que siguen de palpitante actualidad, como la emigración, la necesidad de canales de riegos para el Alto Aragón, abogó por la unión de Aragón y de Francia a través del tren de Canfranc (cuya apertura en 1928 glosó), insistió en la necesidad de la repoblación forestal de las serranías y se opuso a la parcelación de la tierra. Amén de otras inquietudes, fue uno de los pioneros en recordar que el Altoaragón, y Huesca en particular, precisaba un sólido fomento del turismo; llegó a solicitar en varios artículos colaboración para publicar la "Guía Turística del Alto Aragón" (en este caso, en 1928, y a través de las páginas de la revista aragonesista El Ebro). Eso sí, atacaba a los malos restauradores del patrimonio y narró, con auténtico entusiasmo y conocimiento del paisaje y de la historia, crónicas de viajes por Ansó, Fraga ("Sin duda alguna, dos de las emociones más intensas que se pueden gozar y sentir en la vida, son las visitas a las villas altoaragonesas de Fraga y Ansó", escribió en 1923), Alquézar (objeto de un óleo sobre cartón de 1916), Torla, Barbastro, Jaca, Anzánigo, Ayerbe (a su feria le dedicó un óleo sobre lienzo, datado entre 1918 y 1922, una impresionante panorámica inspirada en una fotografía), etc. Nada le pasaba inadvertido: si había conocido a un personaje pintoresco, muy amigo de viajar, como Miguel Navarro, acababa dedicándole unas líneas. Le contó Silvio Kossti que había presenciado "un espectáculo maravilloso; un espectáculo fuertemente estético y pleno de emoción": un entierro en Ansó. Y luego narró él, con hermosas descripciones, a partir de la defunción de Navarro, la ceremonia. E incluso, con una textura más narrativa, contaba historias de animales que parecían fábulas. También el fútbol, que empezaba a llegar a la ciudad con gran fuerza (Katia Acín dijo que lo había introducido su abuelo Joaquín Monrás), fue objeto de su atención en varias piezas. Prefería un campo de deportes a una plaza de toros, y destacaba el valor moral del deporte por encima de la tauromaquia. Y ya que de deportes hablamos, el artista rindió homenaje con mucho humor e ingenio a Valentín Izquierdo que había realizado cinco horas de vuelo en un aparato sin motor.
Además, ofrecía noticias puntuales de personajes que le atraían: desde el pintor Juan Bautista Acher, "Shum", condenado a muerte, hasta Miguel Alarcón, también artista que iba de pueblo en pueblo con sus pinceles, o comentaba la enfermedad del periodista Mariano Añoto, por no citar nombres más conocidos como Joaquín Costa, del cual se sentía heredero, López Allué o Silvio Kossti (a los que solía dedicar artículos en los sucesivos aniversarios de su muerte), Félix Gazo, Félix Lafuente o sus múltiples amigos anarquistas. Hasta fue capaz de reclamar la oportunidad de que Huesca celebrase el centenario de Beethoven con audiciones de sus piezas musicales. En su sección "Tríptico" leíamos en 1927: "Goya y Beethoven. He aquí dos vidas paralelas para un nuevo Plutarco. Los músicos oscenses tienen la palabra. Una audición bien ensayada de obras de Beethoven, no es mucho pedir; pónganse al habla para ello con don Pedro Montaner, que en cosas de Beethoven, en nuestro pueblo, es su profeta". Sol Acín contaba que su madre solía tocarles el piano antes de irse a la cama y que su compositor predilecto era Mozart. Katia incrementaba esa lista con otros nombres: "Antes de acostarnos nos interpretaba a Mozart, Granados y Chopin. Era una moderna: jugaba muy bien a tenis".
Ramón Acín poseía una gran facilidad como escritor. Su estilo sencillo y elegante y su fértil imaginación lo mismo le inspiraban un artículo abierto sobre la lluvia que le permitían redactar la trágica crónica de la muerte de un espectador con el estoque del torero. O era capaz de remitir un artículo en 1935 -que tendría, dicho sea de paso, gran eco- en el cual se proponía para alcalde de Huesca. Le respondió con entusiasmo María Cruz Bescós, hija de su finado amigo Manuel Bescós, que recogía el guante y le etiquetaba de "Artista, genio creador, forjador de ilusiones, hombre de imaginación". Acín, y así lo hizo hasta el final de sus días, se erigía en defensor de la libertad y del anarquismo, se declaraba "enemigo irreconciliable" en el campo de las ideas políticas de sus amigos comunistas, y apenas ocho meses antes de morir escribió uno de sus mejores artículos antibélicos en el que se oponía tajantemente a la guerra de Abisinia.

LA VIDA, EL ARTE, LA POLÍTICA
Los escritos de Ramón Acín, acompañados la mayoría de las veces de sus dibujos, contemplan otros asuntos recurrentes: evoca una y otra vez juegos de infancia, vinculados al tiovivo, a los Gigantes y Cabezudos y la vivencia íntima de la ciudad; aunque también recrea otros instantes de su juventud, tanto en Barcelona como en Madrid o París. Nos pareció especialmente significativo un artículo-necrológica de 1930 dedicado al doctor Pedro Aznar: "Hace unos pocos años que en el café de La Rotonda, de París, solíamos encontrarnos, entre otros camaradas, el doctor Perico Aznar, Luis Buñuel, el cineasta, y yo; los tres aragoneses. Llegábamos al café de los museos, de los laboratorios, de los estudios, de las galerías de arte. En nuestro carnet de Europa, cada día habíamos anotado un nuevo saber y una nueva inquietud y cada día teníamos más fe en nuestra firmeza y en nuestros caminos. Cada uno fue por su lado y ya no habíamos vuelto a reunirnos los tres para recordar los momentos de la Rotonda. (...) Pedro Aznar ha encontrado la muerte antes de llegar, pero la muerte le ha cogido en su camino recto. Sencillo, humano, que vale tanto como haber llegado. Amigo Buñuel: Tornémonos nidos de gusanos, antes que torcer nuestros caminos, comenzados caminos: caminos rectos, sencillos, henchidos de independencia y de humanidad". Ya sabe el lector de sobras la relación entre Buñuel y Acín: el oscense le regaló una parte del premio de un billete de lotería para que rodase, entre abril y mayo de 1932, el falso documental "Las Hurdes. Tierra sin pan", inspirado en la realidad y en los estudios del profesor Maurice Legendre. Y en 1933, recién publicado su libro La voz apasionada, con prólogo de Antonio Machado, Acín presenta a sus paisanos al poeta y marino oscense Julio Castro, que pasaría a la historia con el nombre de Julio Alejandro de Castro, guionista de Buñuel en seis películas y dramaturgo de enorme mérito en la España de la primera posguerra. No podemos dejar al margen de este apartado tan personal, la elegía a su hermana Enriqueta, fallecida en junio de 1936. "Mi hermana era un gran corazón. (...) Mi hermana Enriqueta guardaba, del primero al último, todos los recortes de mis artículos, cosa que, más quizá por sobra de abandono que por falta de vanidad, no lo hacía yo. Había que tener el cariño sin límites que ella me tenía, para ser guardador de cosas de tan poca monta. (...) Cuando la vida termine en la faz de esta pobre Tierra, fallado por todos los soles y todos los mundos que alumbren y rueden, debería celebrarse un concurso que premiara a los buenos hermanos. Y todos veríais en el más allá, que la sombra de mi hermana Enriqueta y la sombra mía, cogidos los dos de sus manos de sombra, avanzaban tranquilas, serenas, seguras, recogiendo el mejor galardón".
La selección de algunos párrafos de Ramón Acín prueba la calidad y la limpidez de su prosa, su sentido afectuoso, la precisión de sus conceptos, su voluntad de comunicación y su hondura mezclada con un humor muy peculiar. Sol Acín nos dijo aquella tarde: "Siempre he pensado que mi padre tenía un gran sentido del humor, una intuición inmediata y yo me imagino que poseía una gracia especial para contar las cosas, casi un modo de interpretación. Recuerdo una anécdota que me contaron: En una ocasión, gente muy importante de la política discutía acaloradamente y él permanecía callado. De pronto se dirigieron a él y le preguntaron: 'Acín, ¿y tú qué opinas?'. Respondió: 'Hay que adecentar las cárceles'. Tenía un humor fino, aragonés, con una gracia especial y una cierta picardía. Era muy buen psicólogo y hablando con él, el interlocutor se sentía escuchado. Comunicaba".

LA LIBERTAD Y GOYA
Nos quedan otras vertientes decisivas del escritor Ramón Acín. Sus textos políticos, que no se andan por las ramas: ya hemos hablado de sus posiciones anticlericales o antimilitaristas (mantenidas desde 1913 hasta su muerte), hizo crónicas de mítines como el de Lerroux en Huesca en 1923, eso sí, su comentario fue crítico desde las primeras líneas: "De nuevo ha venido Lerroux, como hace veinte años, a que nos calemos el gorro frigio, pero hoy no encuentra un dios que se lo cale; están en quiebra las boinerías, las coronerías, las morrionerías, las gorrofrigerías (pasen las palabrejas) porque estamos en tiempos de llevar la cabeza despejada y libre, sin enseñanzas carnavalescas, distintivos de la misma farsa y disfraces del mismo baile". Habló de desavenencias ideológicas con Andrés Nin y Joaquín Maurín, que no contaminaban el afecto fraternal que les profesaba a ambos, o publicó numerosos artículos sobre su palabra favorita: libertad. Decía en 1932: "La libertad relegada, pero la más sugestiva, la libertad enaltecedora por excelencia (íntimamente, como la anterior colectivamente) es la libertad especulativa. Libertad subjetiva que hace al hombre libre, bellamente libre... Modera los 'espíritus libres' de Nietzsche. La libertad moral es incompatible con las tinieblas cerebrales".
La práctica de la libertad era también decisiva en la enseñanza: él se sentía inmerso en la corriente de la Institución Libre de Enseñanza, de la cual escribió, y la llevó a la práctica en la Escuela Normal de Huesca, tal como han recordado amigos y alumnos como los pedagogos Félix Carrasquer, Evaristo Viñuales y Francisco Ponzán. Escribió Viñuales: "Su campo pedagógico no se encerraba solamente en las aulas, ni en su estudio, ni en sus lecciones. Era abierto a todos los vientos como su alma de artista rebelde y de idealista consagrado. Un verdadero pedagogo, que enseñaba en clase, en su casa, en el café, en la calle... en la vida, oreada y clara como noche de luna (...) que sabía poner tal dulzura en los reproches, que a nadie enojaba y a todos convencía... (...) Fuiste un hombre que naciste para amar y que has sido víctima de tu sublime gran amor". Ponzán lo recordó así: "Me indicabas que si la verdad podíamos considerarla como la cima de una montaña, al elegir la senda para llegar a ella, eligiera la recta sin temor a los obstáculos, aunque en el camino dejara jirones de mi existencia". Carrasquer recuerda unas palabras que, "en síntesis", le dijo Acín en un café oscense, que resumen de la evolución de su pensamiento y de sus actitudes desde los tiempos de La Ira: "A mí me parece que es más rentable y a la vez susceptible de aportarnos íntima satisfacción, intentar atraernos a las gentes por la fuerza de nuestros razonamientos, que expuestos con ademán seguro y resuelto pero exento de nerviosismos y estridencias y permaneciendo abiertos siempre al diálogo con todo el mundo, nos harán acreedores a la confianza y respeto de quienes no nos comprenden todavía y habremos ganado la batalla al egoísmo y a la indiferencia que predominan por doquier".
Decíamos algunas líneas más arriba que Ramón Acín no había sido un teórico del arte. No lo fue ni lo pretendió, pero no era un inconsciente. Tenía su formación, enriquecida constantemente gracias a su ansiedad de conocimientos y a su desvelo; leyó, vio y aprendió sin descanso. Asumió compromisos constantes como verifica la evolución de su propia obra artística, jalonada de admirables intuiciones y logros adscritos al lenguaje de las vanguardias y a la modernidad sin paliativo alguno, y los asumió en sus escritos en prensa o en la presentación de sus exposiciones. Un ejemplo muy claro y si se quiere colateral, que data ya de 1920, es el "Manifiesto dirigido a los jóvenes de Huesca para la creación de una Agrupación libre" que, según Acín, "no tendrá otra finalidad que luchar contra todo lo viejo y caduco, contra la injusticia y la inmoralidad, contra los políticos de la vieja escuela, contra los que se opongan al avance de las nuevas corrientes democráticas que invaden el mundo y que son savia y vida para los pueblos". A primera vista, este parece un manifiesto claramente político, pero el autor no olvida la cultura. "Tomamos por bandera el amor a la cultura, el culto de la fraternidad y de la libertad, y así el fracaso nunca será con nosotros: podremos ser pocos, más entonces tocaríamos a más amor".
Y donde mostró su entereza y su audacia fue en los actos para la celebración del Centenario de Goya. Defendió la figura del artista de Fuendetodos, el nuevo arte y el edificio racionalista del Rincón de Goya, y criticó los fastos vacuos (corridas de toros, conferencias, bailes, cohetes, exposiciones...) y la soberbia de algunos. "Ni se ama a Goya, integralmente me refiero, ni se le comprende; o, lo que es peor, no se le quiere comprender. Contrasta la valentía y desenfado de él con la cobardía más beata de los más panegiristas. No le presentan como es, sino como quieren que sea. Antes que aceptar su rebeldía no dudan en presentarlo como inconsciente de sus juicios extremos. Pero: 'Lo que eres, eso eres'. El Centenario de Goya debió haberse celebrado en silencio. Se le ha despertado y va a creer que se celebra el primer aniversario de su muerte (...) Como no echen triple llave a su sepulcro de San Antonio de la Florida, Goya se nos va otra vez a Burdeos". Y en cambio elogió el papel de los artistas aragoneses y se mostró entusiasmado con el Rincón de Goya: "...quedará como ofrenda de un puñado de artistas aragoneses que lo patrocinó y lo impuso, ese edificio sencillo y bello, que el arquitecto Mercadal, nuevo, tectónico, cubista, hijo de su tiempo y como Goya más allá de su tiempo, levantó en Zaragoza, en el Rincón de Goya (rinconcico y gracias, Maestro), en el Gran Parque Primo de Rivera". Y es especialmente emocionante leer su defensa del monumento y su conocimiento de diferentes teorías arquitectónicas, que le permiten negar que ese edificio pertenezca al furgón de cola de la arquitectura. "Los artistas aragoneses sentimos gran placer en haber puesto el primer jalón en España con este Rincón de Goya, que, con los insultos y pedradas que recibe de la estulticia andante, es el San Esteban, el protomártir de la nueva arquitectura española".
He aquí un paseo por la obra periodística de Ramón Acín, contaminada de todas sus preocupaciones: la vida cotidiana, sus paisajes oscenses, su propia biografía y el amplio círculo de amigos en el que se movió, la justicia social, la denuncia, el amor a los parias, la pedagogía, el arte, la modernidad, la guerra. Una obra dispersa, considerable y valiente, que le define y le autorretrata: constituye un afluente más de ese gran tronco de conocimiento y de sensibilidad, de pasión e intensidad, que es el hombre total, Ramón Arsenio Acín Aquilué, aquel creador infatigable al que le arrebataron la vida junto a las tapias del cementerio, hacia las once de la noche, un caluroso seis de agosto de 1936. Con esos disparos que multiplicaban las tinieblas del mundo se interrumpía un fogonazo en expansión de arte, ternura y vida. No fue la única existencia truncada, no, hubo casi un millón de muertos y cientos de miles de historias personales incomparables, pero Ramón Acín era único. Tenía un sitio entre nosotros y era imprescindible. Y por eso resulta imposible olvidarlo.
ANTÓN CASTRO