HISTORIA DEL ISLAM ANDALUSÍ

RESEÑAS

HELENA LUCIA MAZO

HISTORIA DEL ISLAM ANDALUSÍ

FILOLOGÍA HISPÁNICA2000-2001

IKRAM ANTAKI, La cultura de los árabes, Méjico: Siglo XXI, 1989.


1

EMILIO DE SANTIAGO SIMÓN, Las claves del mundo islámico (622-1945), Barcelona: Planeta, 1991 4

TOR ANDRAE, Mahoma, trad. de José Gaos, Madrid: Alianza Editorial, 1987. 7

É. LÉVI-PROVENÇAL, La civilización árabe en España, trad. de Isidro de las Cagigas, Madrid: Espasa-Calpe, 1980. 10

MONTGOMERY WATT, Historia de la España islámica, trad. de José Elizalde, Madrid: Alianza, 1974. 13

TITUS BURCKHARDT, La civilización hispano-árabe, trad. de Rosa Kuhne Brabant, Madrid: Alianza, 1979. 16

DANIEL CUÑAT, Al-Andalus. Los omeyas, Madrid: Anaya, 1991. 19

MARÍA JESÚS VIGUERA, Los reinos de taifas y las invasiones magrebíes, Madrid: Editorial MAPFRE, 1992. 22

LEOPOLDO TORRES BALBÁS, Artes almorávide y almohade, Madrid: Instituto de Estudios Africanos, 1955. 26

JUAN VERNET GINÉS, Lo que Europa debe al Islam de España, Barcelona: El Acantilado, 1999. 28

Ante nosotros tenemos una selección de libros de temática muy diversa en torno al Islam, desde la historia hasta el arte y las ciencias, todo ello para intentar componer una panorámica que nos haga comprender un poco mejor el mundo de unos pueblos a la vez tan próximos y tan distantes.

Aunque estas sean palabras que el lector utiliza como primer contacto, para el que las escribe surgen después de una larga reflexión, fruto de todas las lecturas. Por eso ahora puede decir qué ha aprendido en su periplo como lector que también ha sido y puede advertir al nuevo viajero de cuáles son las enseñanzas más importantes. No es fácil reducirlo todo a un par de líneas, pero quizá sea importante señalar dos aspectos sin los que el lector no podrá comprender nada de lo que aquí se sigue. Del primero nos advierte Tor Andrae en su prólogo: vamos a mirar un pueblo al que tenemos tan cerca que vemos remotamente lejos. Él nos enseña una de las maneras de enfrentarse al Islam: desde lejos, para llegar a acercarlo a nosotros. Es Ikram Antaki quien nos ofrece la segunda forma de conocer esta cultura: desde dentro de la propia cultura árabe, desgajar todo aquello con lo que se ha vivido día y noche para intentar comprenderlo. Los resultados serán totalmente distintos y de aquí lo que el lector debe aprender es que no tiene nada que ver el mundo que nos enseñan los autores occidentales apasionados del Islam del que nos muestran los que han sufrido dentro de él. A partir de ahí el lector escogerá con qué mundo se queda.

IKRAM ANTAKI, La cultura de los árabes, Méjico: Siglo XXI, 1989.

Algo debe haber sido inmensamente grande, para permitir a un pueblo beber de sus propias fuentes durante casi ocho siglos. [...]

Hay, en la cultura de los árabes, muchas cosas que deben ser salvadas, rescatadas del olvido, utilizadas para construir renacimientos y para la enseñanza de los demás pueblos. Pero hay también en la cultura de los árabes, lo detestable y lo injusto, lo mediocre y lo destructor, lo que dio cabida a la maldad, la pereza, la ausencia de solidaridad, la malicia en lugar de la inteligencia, el conformismo en lugar de la duda, la tradición de los helenos y la tradición de los bárbaros.

Es de seres pensantes escoger en todo ello lo que se quiere. Y los últimos respiros de este milenio son un tiempo propicio para hacerlo.

IKRAM ANTAKI

Llevo unos minutos ante la pantalla del ordenador totalmente desconcertada intentando asimilar de alguna manera los que acabo de leer en La cultura de los árabes. Lo único que puedo decir es que me ha quedado una sensación agridulce que ha dominado desde la lectura de las primeras páginas. Se trata, sin lugar a dudas, del sentimiento de la autora al escribir estas páginas, profundamente personales. Ella misma declara que es una mujer árabe, antropóloga y poeta, que vive en Méjico y que ha llegado a los cuarenta años, edad que permite al hombre mirar atrás y contemplar el mundo que lo ha hecho crecer. Nos ofrece, pues, una versión de la cultura de los árabes vista por los propios árabes, pero hay que tener en cuenta que no son los árabes que viven en su país natal, sino aquellos que han estudiado en Europa o Estados Unidos y que ahora han buscado un lugar de refugio que los proteja de la cultura en la que les tocó vivir. Sus palabras están siempre precedidas de la nostalgia y el odio, del intento de comprender y de hacer comprender su propia esencia(1).

Los límites del libro se trazan desde el principio: hablar de la cultura de los árabes para comprenderlos, no reducirse a la economía y la historia sin conocer realmente el fondo cultural que subyace a todo ello. Se trata de hablar de los árabes, pero no como raza sino como pueblo en el que tuvo origen el Islam, religión que sustenta la vida diaria tanto de los musulmanes no árabes como de los árabes no musulmanes. Desde los orígenes hasta nuestros días, Ikram Antaki ofrece la evolución de un pueblocondenado a vivir en un de las zonas más miserables del planeta, que, gracias al surgimiento de una fuerte religión, llega a constituirse, en un breve período de tiempo, en el imperio más fuerte y más culto. La nueva religión les ofrecerá una forma de vida que guarda mucho de su pasado tribal y esto es quizá lo que los ha llevado a los extremos que vemos hoy en día. Es importante ver que en este libro se omite la historia de al-Andalus, por ser un campo demasiado extenso y rico para una obra que pretende ser de carácter general.

La autora quiere distinguir bien entre dos mundos antagónicos: el cultural y el real. El problema estriba en que la realidad vuelve cada vez con más fuerza a unos orígenes desconocidos, mientras el mundo cultural, después de su eclosión, ha quedado reducido al silencio. Solo las últimas décadas de este siglo han empezado a permitir que el mundo pensante se desarrolle, pero los miedos continúan, teniendo en cuenta que la realidad se hace cada vez más dura.

El mundo cultural está totalmente dominado por la lughat, la lengua árabe clásica, como símbolo de los orígnes, lengua en la que está escrita el Corán, utilizada por Muhammad. La palabra es hecho, por eso tiene un valor tan importante para los musulmanes y es también la belleza que se percibe por todos los sentidos. La autora nos habla de toda la evolución de la literatura, desde las misteriosas mualakat de la época preislámica hasta la literatura de este siglo y de aquí deducimos los dos grandes problemas que de ella se desprenden. En primer lugar está el de la lengua: la escritura nunca se fijó en la ammiya, el habla de la calle. El segundo problema está relacionado con el uso de la lughat para la literatura, ya que supone la perfección de los textos que se componen con ella. El resultado es que los árabes nunca se fijaron en la tradición literaria griega. Aprendieron de su filosofía y de su ciencia, pero ignoraron por completo su literatura, lo cual los llevó a un inevitable estancamiento.

La evolución de la literatura describe un período de culminación muy temprano, seguido de una larga crisis que domina desde la ocupación de los otomanos hasta el despertar que llega con Napoleón. Estas mismas fases se pueden describir también para el pensamiento filosófico y para el arte(2).

Dentro del aparato filosófico, a parte de ver la herencia de Al Farabi, Ibn Sina, Al Ghazali e Ibn Rushd en Occidente, es especialmente interesante el desarrollo del Islam en las diversas corrientes que han llegado a nuestros días.

Tras la descripción del paraíso artístico y del olvidado mundo de la música, llegamos al mundo real: economía, sociedad, educación. Es aquí donde se produce el gran choque con la cultura árabe, ya que nos resulta realmente difícil comprender ciertas formas de comportamiento ante aspectos como el desarrollo económico o la enseñanza. Es importante destacar lo que la autora dice sobre la dificultad de desarrollo industrial: mientras que la sociedad árabe es por excelencia comerciante y desde muy tempreno ofrece formas de producción destinada exclusivamente al comercio, la revolución industrial, que llega a través de Occidente, no puede evolucionar, pues no se entiende el concepto de que hay que invertir para la renovación de los sistemas de fabricación. Otro de los obstáculos depende de que la religión musulmana no permita el crecimiento industrial, sino de que hay un choque con fenómenos como la introducción de la mujer en el mundo laboral o la producción de bebidas alcohólicas.

Pero el apartado que más nos choca es el que la autora dedica a introducirnos dentro de la sociedad. Es la enseñanza la responsable de que se sigan manteniendo con tanta fuerza ciertas creencias: desde el hogar se vive el ambiente en el que el padre tiene todo el poder, luego se aprende a entrar en un mundo en el que el individuo no existe como tal, sino como parte de una totalidad. La autora va desarrollando los temas cada vez con mayor amargura e ilustra las explicaciones con ejemplos que encogen el corazón. Resulta difícil comprender que para este mundo es mayor delito opinar que la fiqh es absurda que el incumplir alguna de esas leyes en las que entra todo tipo de normativa, desde moral y ética hasta jurídica. También nos choca muchísimo toda la institución del matrimonio y, por supuesto, el papel de la mujer. Pero lo más duro es ver que es una sociedad en retroceso: la misma autora señala que fueron mejores los tiempos de los orígenes del Islam que todo lo que se ha dio sucediendo después.

En su intento por reafirmarse, la sociedad árabe ha ido en busca de su pasado y ha desenterrado tradiciones que iban mucho más allá de los orígenes de su religión, se ha apoderado de costumbres de las que Muhammad no llegó a hablar, y con ello solo ha conseguido crear un mundo aún más deteriorado. Antaki nos deja con el gran interrogante en la cabeza: ¿hasta dónde llegaremos?. Este repaso general debería servirnos tanto a los de dentro como a los de fuera, para reflexionar acerca de aquello que debemos escoger como correcto dentro de nuestra historia para poder seguir adelante. La autora, en su mayoría de edad, ya es capaz de reflexionar sobre el mundo que la rodea, y esto es lo que pide para todo el mundo árabe, que también se encuentra ya en su mayoría de edad: que se observe y se comprenda para saber hacia dónde debe caminar.

EMILIO DE SANTIAGO SIMÓN, Las claves del mundo islámico (622-1945), Barcelona: Planeta, 1991

Una vez más, como en los días en que el avance de los guerreros árabes puso a su fe en contacto con el helenismo y engendró un nuevo y fructífero linaje, el Islam se encuentra hoy día cara a cara con una civilización extraña que desafía a muchos de sus valores y recurre seductoramente a muchos de sus seguidores.

B. LEWIS

Es difícil afrontar una reseña de un libro como el de Emilio de Santiago Simón, por cuanto resume en sus páginas la historia de todo el Imperio musulmán. Se reunen trece siglos de historia (622-1945) en un solo volumen y ni siquiera muy extenso. Por eso nos resulta complicado analizar esta obra y su contenido.

El objetivo del libro es difundir las que, en opinión del autor, son las claves del mundo hislámico a lo largo de su existencia. Esta obra forma parte de una colección de 26 manuales en los que diversos autores estudian la historia desde diversos puntos de vista. Se recoge desde la Prehistoria hasta la Segunda Guerra Mundial y es en ese marco donde debemos analizar el libro. Como se deduce de este grupo de obras, no se pretende con este libro hacer un examen muy exhaustivo de la historia del mundo árabe, sino dar únicamente las pautas generales que sirvan de introducción o de cultura básica de cara a un lector poco instruido en el tema que se trata. El conenido del libro es básicamente histórico, pero no descuida aspetos geográficos, artísticos y políticos.

En el primer capítulo del libro, el autor estudia los inicios del mundo musulmán y lo hace fundamentalmente desde el punto de vista geográfico y social. En Arabia, en el año 622, la estrucura social consistía en unos escasos pueblos, relacionados entre ellos por caravanas comerciales o por incursiones de ataque, que tenían en común una lengua y una forma de vida. Estos pueblos se organizaban en tribus muy unidas cuya defensa correspondía a los propios miembros y basaban su supervivencia fundamentalmente en la agricultura. En el segundo capítulo, se analiza la historia de Mahoma y su evolución para convertirse desde un simple comisionado hasta el Profeta de la religión islámica. El matrimonio de Mahoma con una mujer rica le permitió vivir sin preocupaciones hasta los cuarenta años, fecha en la cual recibió su primera revelación. A partir de entonces, su vida cambió radicalmente, siendo lo más importante su huida de La Meca a Medina, la generalizada aceptación de su fe por los pobladores de esta ciudad y la ofensiva final sobre La Meca en el año 630. La vida de Mahoma finalizó en el año 632, no sin antes haber tenido un enorme éxito político y militar, dotando de cohesión y unidad a unas tribus antes dispersas, todo ello con base en una nueva fe asentada en cinco pilares fundamentales.

El tercero de los capítulos del libro analiza la expansión del Imperio musulmán y las conquistas llevadas a cabo. Tras la muerte de Mahoma, hubo una gran confusión en Medina, ya que no existía un sistema sucesorio claramente delimitado y aceptado por todos. Esto produjo una serie de luchas internas entre los distintos linajes. No obstante, a pesar de estas luchas, se produjo una expansión enorme del Imperio musulmán, anexionando territorios como Egipto, Irak o Siria, y gozando además del favor de la mayor parte de los pobladores de estos lugares, lo que sin duda favoreció la rápida difusión de las nuevas ideas. Las luchas internas por el poder fueron las protagonistas de los siguientes años de la historia musulmana, hasta la llegada de la dinastía de los Omeyas, cuya historia se desarrolla en el cuarto capítulo del libro, y que trataron de recuperar la perdida cohesión y de transformar la anarquía reinante en esos momentos en una administración organizada y dotada de los medios necesarios para funcionar correctamente. Con esta dinastía llegó la arabización de los sistemas administrativos y monetarios, así como la oficialización de la lengua árabe en los documentos oficiales. El sistema político de los Omeyas se basó en una institución califal con tintes de monarquía autocrática y en la importancia de la religión, produciéndose un cambio en los modos de vida y dando un nuevo concepto de la comunidad musulmana.

En el quinto capítulo se estudia la dinastía de los Abbasíes, que aniquiló cruelmente a la mayoría de los miembros de la dinastía Omeya. El período de gobierno de los Abbasíes se caracterizó por un gran esplendor en todos los órdenes y por su voluntad de cambio respecto al estado anterior. Esta voluntad se manifiesta claramente en el hecho de que la capital del Imperio se trasladó hasta la ciudad de Bagdad. Durante esta época, se trató de consolidar el Imperio sobre la antigua tradición iránica y se produjo el mayor apogeo de la institución califal. No obstante, también esta dinastía llegó a su fin, debido a la desafortunada decisión de uno de sus miembros de dividir en dos el Imperio para rapartirlo entre dos hermanos. Este hecho dio lugar a una guerra civil y un gran desorden que derivó en el nacimiento de un sinfín de pequeños reinos y al nombramiento simultáneo de dos califas, uno de la dinastía abbasí y otro de la fatimí.

El sexto capítulo de la obra versa sobre la historia y evolución del Occidente Islámico, resumiendo muchísimo la evolución de al-Andalus, dividiéndola en tres etapas: la primera, de mayor esplendor, bajo el gobierno de los Omeyas; la segunda bajo el dominio de los pueblos magrebíes (almorávides y almohades); y la tercera el período de subsistencia del Sultanato nazarí de Granada bajo el dominio cristiano. Expone los inicios comunes con el resto del Imperio musulmán, y la posterior y progresiva separación, naciendo una rica y floreciente provincia con características especiales y peculiaridades en el arte y la cultura. Describe también el ocaso de la civilización musulmana en la Península Ibérica, hasta la época de los moriscos y su definitiva expulsión del territorio español.

En el séptimo capítulo de la obra, expone la importancia de los nuevos estados musulmanes, prestando especial atención a los turcos, los mamelucos y los mongoles, que influyeron en gran medida en los países del Oriente musulmán. En especial el territorio de Irak se vio muy afectado por las incursiones de las tribus mongolas dirigidas por Gengis Kan, y Egipto por los mamelucos turcos en el siglo XIII.

El octavo capítulo recoge brevemente la evolución del Imperio Otomano, desde sus orígenes sobre el año 1258 hasta la toma de Constantinopla. El imperio otómano descansaba sobre un poder absoluto del sultán, cuya voluntad no podía ser rebatida. La época dorada de este imperio se desarrolló entre los siglos XV y XVI, en que consiguen dominar una parte del Mediterráneo Oriental (Bosnia, Austria,...) y parte del Imperio musulmán (desde el Golfo Pérsico hasta las montañas del Atlas). Tras esta tremenda expansión se inició el declive del imperio otómano, debido fundamentalmente a la organización y mentalidad medievales, que no se adaptaron a las novedades sociales y comerciales.

Por último, el capítulo final de la obra nos acerca a la situación actual del mundo musulmán, especialmente después de las dos Guerras Mundiales. En él trata someramente el problema arabo-israelí, explicando el origen del mismo, y lamentándose por el hecho de que sea un problema todavía no resuelto y sin visos de resolverse.

En conclusión, el objetivo que pretende el libro es alcanzado, ya que el lector consigue una idea clara de lo que fue y todavía es el Imperio musulmán. Si bien, considero que hay que tener presente que se trata únicamente de una obra general, que no entra en ningún momento al detalle de los acontecimientos históricos y que no debe ser suficiente para una persona que pretenda conocer a fondo el mundo musulmán y todo lo que él conlleva. Creo que es un prólogo interesante para un estudio posterior más a fondo de los temas recogidos en la obra y es de destacar la importante labor de resumen llevada a cabo por el autor. Por otra parte, debemos destacar también la enorme calidad de las fotografías recogidas en el libro, así como de los comentarios a las mismas redactados por D. José María Valverde, catedrático de la Universidad de Barcelona.

 

É. LÉVI-PROVENÇAL, La civilización árabe en España, trad. de Isidro de las Cagigas, Madrid: Espasa-Calpe, 1980.Siglos antes de que el Renacimiento hiciese brotar de nuevo las fuentes semiexhaustas de la cultura clásica, fluía en Córdoba y corría hacia el resto de Europa el río caudal de la más rica civilización que conociera el Occidente durante la Edad Media, de la civilización que supo conservar las esencias de la vida pretérita del viejo mundo y transmitirlas transformadas al nuevo mundo.

E. LÉVY-PROVENÇAL

Este libro es el resumen de tres conferencia pronunciadas por el autor en El Cairo en 1938 sobre la civilización árabe en el Occidente Musulmán. El objetivo de estas conferencias y, por lo tanto, también el del libro es situar en su verdadero emplazamiento la civilización árabe hispánica, considerándola tanto dentro del cuadro de la civilización común a todas las tierras del Islam, como en el de la civilización del Occidente de la Europa medieval. En resumen, quería hacer comprender a los egipcios la verdadera importancia que había tenido el Occidente musulmán y el esplendor del mismo en relación al resto del Imperio islámico, intentando acercar un poco esa tierra lejana y excéntrica que fue al-Andalus y mostrar su verdadera grandeza.

Para este objetivo, lo primero que hace el autor es dividir el Imperio musulmán en dos territorios que él llama, a pesar de que parte de los autores no están de acuerdo, el Oriente musulmán y el Occidente musulmán. En la primera parte, explica la historia del Occidente musulmán, pero antes lo define como la parte del imperio compuesta por la Península Ibérica y el África menor. El hecho de unir la Península con los pueblos del norte de África, lo justifica el autor porque entre ambos territorios había multitud de cosas comunes, como son la civilización, la forma de las casas, los sistemas de cultivo y la estrucura del territorio. Llega incluso a explicar que a veces se dudaba si se había cruzado el Estrecho de Gibraltar o no, puesto que las costumbres y la apariencia de ambas orillas eran exactamente las mismas. En esta primera parte se expone la historia de este Occidente musulmán, prestando especial atención al período de gobierno de los Omeyas, fundamentalmente con Abderraman III, que supuso una ruptura radical con Oriente, consituyéndose al-Andalus como un territorio independiente del resto del imperio islámico. Eso supuso una separación de los caminos de al-Andalus respecto del resto de las zonas musulmanas. Durante el gobierno de los Omeyas, el Occidente musulmán vivió su período de mayor auge, destacando una primacía cultural y social de la Península ibérica sobre la zona del Mogreb. Tras este período de apoteosis, el califato se fue descomponiendo en multitud de reinos de taifas y eso supuso un enorme desmembramiento y pérdida de esa posición de privilegio. Se inició al mismo tiempo con gran fuerza la Reconquista por parte de los cristianos y, en particular, con la recuperación de la ciudad de Toledo se produjo la decadencia política musulmana. No obstante, esta decadencia no se manifestó en todos los ámbitos de la vida diaria, ya que en esta época se produjo un importante apogeo cultural. En los años siguientes tuvo lugar un nuevo empuje de las fuerzas musulmanas de manos de los almorávides y los almohades, que entraron en la Península con el objetivo inicial de resistir la presión cristiana y, después, decidieron establecerse, derrocando el poder anterior. Estos pueblos fueron, tras largos años de lucha, derrotados por los cristianos, que completaron la Reconquista al conseguir recuperar Granada. El resultado final de estos años de batallas fue un Occidente musulmán dominado desde el punto de vista político por los países del norte de África, pero en el que la supremacía cultural y espiritual seguía estando en la Península Ibérica.

En la segunda parte de la obra, el autor expone la influencia del Oriente musulmán en al-Andalus. Así, en el siglo XI destaca que la Administración española era una copia de la que había en Bagdad, sin que apenas aparecieran elementos peculiares. Además, también contribuyó a esta enorme influencia el hecho de que todo lo que venía de Oriente era acogido con verdadera admiración por los habitantes de la Península. En este influjo de información tuvo especial importancia Ziryab, un músico de Bagdad que introdujo en España las modas orientales, los tratamientos de belleza, los gustos musicales y otras muchas cosas que cambiaron el modo de vivir de la sociedad andalusí. No obstante, no podemos perder de vista el hecho de que al-Andalus era una provincia lejana y particularista del Islam, lo cual produjo que, con el paso de los años, se fuera perdiendo el vasallaje y se fuera adquiriendo una sustantividad propia. Esta lejanía y el contacto continuo de los habitantes musulmanes de al-Andalus con los cristianos españoles y los europeos, produjo que el desarrollo de la Península se fuera separando paulatinamente del del resto de los países del imperio musulmán, facilitando una cultura particular y unos frecuentes intercambios recíprocos del ambiente social y artístico que fueron muy enriquecedores tanto para al-Andalus como para el resto del Imperio islámico.

En la tercera parte, el autor analiza las influencias que tuvo el Occidente musulmán y que hicieron acentuarse las particularidades de las que venimos hablando. Entre ellas, destaca fundamentalmente la influencia de los cristianos que siguieron viviendo en la Península sin convertirse al Islam y, en menor medida, las de los judíos y los eslavos traídos a al-Andalus como esclavos. Como no podía ser de otra manera, la confluencia en España al mismo tiempo de todos estos grupos de pobladores, con unas costumbres tan distintas, enriqueció mucho el intercambio de culturas, produciendo el nacimiento de la ciencia y el arte más avanzados que existían en esa época y haciendo que el período de dominio musulmán sea uno de los más avanzados y fecundos de la historia de la Península y que haya que estar muy orgullosos del legado que de él nos ha quedado. Esta época ha influido de modo singular en determinadas ramas y, tal y como señala el autor al final de la obra, se pueden percibir incluso hoy en día reminiscencias de la cultura árabe en aspectos tan cotidianos como el idioma, el arte y el pensamiento.

El objetivo buscado por la obra se logra perfectamente, ya que el autor consigue reflejar la especialidad de un territorio como al-Andalus que, a pesar de estar lejos, nació directamente del imperio musulmán y solo con el paso del tiempo fue adquiriendo circunstancias particulares que lo convirtieron en la zona culturalmente más avanzada de Europa. No podemos perder de vista que el objetivo de las conferencias que sirven de base a este libro era explicar la importancia de este territorio a personas que probablemente no tenían ningún conocimiento previo de historia española. Debemos destacar la facilidad con que el autor consigue introducir toda la información necesaria de modo completo y ordenado, a pesar de la brevedad de la obra, no dejando lagunas ni cabos sueltos en la exposición.

En definitiva, la valoración de la obra es francamente positiva, tanto desde el punto de vista de los contenidos, como desde el punto de vista de la técnica narrativa, constituyendo, en mi opinión, una estupenda obra de referancia a la hora de analizar la historia de la civilización árabe en España.

MONTGOMERY WATT, Historia de la España islámica, trad. de José Elizalde, Madrid: Alianza, 1974.Aquel hombre que, partiendo de la tradición europea occidental, encuentra en la belleza de la Alhambra algo que conmueve su sensibilidad, estará reconociendo el gran valor intrínseco de esta expresión del espíritu de la España islámica y adquiriendo así la clave que le permitirá profundizar en la comprensión de toda una cultura.

MONTGOMERY WATT

El objetivo que pretende el autor con este libro es difundir la historia de la España islámica y para ello analiza tres puntos de vista fundamentales. En primer lugar, aquel que estudia la España islámica considerada en sí misma, como unidad independiente, tratando su grandeza y su legado. En segundo lugar, el que considera la España islámica como una parte del mundo islámico, viendo si aporta algo a esa cultura o se limita a recibir pasivamente sus costumbres. En tercer lugar, analiza la España islámica como parte de Europa, viendo la influencia que tuvo en la forma de pensar y de actuar del resto de los pueblos europeos.

Para llevar a cabo este objetivo, el autor no analiza directamente estos aspectos hasta el final de la obra, si bien en los primeros diez capítulos nos va llevando a su destino exponiendo la historia de la España islámica. Explica su bagaje social y cultural, desde la conquista musulmana hasta el fin de la reconquista y la política de los Reyes Católicos. En los primeros capítulos expone la conquista musulmana, la cual se vio favorecida por la debilidad de las fuerzas visigodas que habitaban entonces la Península y por una buena recepción de los españoles. Esta conquista se hizo de forma peculiar, permitiendo a los habitantes cristianos y judíos convertirse en grupos protegidos, conservando sus costumbres a cambio de un tributo que debían pagar a los musulmanes. Para favorecer la conversión de estos ciudadanos, se otorgaban una serie de beneficios a los musulmanes, dando lugar a una sociedad de composición muy variada: en el esplendor de la España islámica, la sociedad estaba compuesta en su mayoría por muladíes (o musulmanes ibéricos) que se convertían para poder disfrutar de esos privilegios y por la atracción que sentían hacia la cultura musulmana. El segundo grupo en población eran los mozárabes (o cristianos bajo el dominio musulmán) que no adoptaban la religión islámica, si bien estaban maravillados por la cultura y la ciencia de los árabes. El resto de la población estaba formado por un gran número de beréberes y un pequeño contingente de árabes. Estos últimos, a pesar de no ser un gran número, ejercían una enorme influencia en el resto de los habitantes de al-Andalus, debido a su superioridad cultural y alta posición social.

Esta composición social y la adaptación de la cultura árabe al clima y las costumbres de la Península generó que al-Andalus se convirtiera en la envidia del resto de los pueblos europeos en relación a las ciencias, la agricultura, la medicina y la industria. Pero no debe entenderse, como explica perfectamente el autor, la España islámica solo como una parte del Imperio, sino que se trataba de una unidad específica dentro del mundo islámico. La prueba de ello es que la cúspide cultural y política de la España islámica se produce con el califato Omeya independiente, estando en el poder en al-Andalus esta saga durante dos siglos después de su eliminación en el resto del imperio islámico. La Península no se limitó a recibir cultura pasivamente, sino que aportó gran número de artistas, figuras y puntos de vista. Este hecho se percibe también al analizar el legado cultural que ha dejado; la concepción que los poetas nacidos en la Península tenían del amor y de la mujer aportaba un enfoque nuevo, casi cristiano, a la poesía islámica. De la misma manera, en la Península nacieron unos géneros literarios que después serían aceptados por el resto del Imperio, como fueron las moaxajas y el cejel.

La historia de la España islámica puede dividirse fundamentalmente en dos períodos. El primero de ellos llega hasta el siglo XI, en el que prevalece el elemento árabe, principalmente su cultura y ciencia, y el segundo desde entonces hasta el siglo XV, en el que predomina el aspecto religioso islámico, de la mano de los almorávides y almohades. No obstante, estos pueblos no conectaron con los ciudadanos y sus dirigentes no fueron apoyados, lo que ayudó también al refuerzo de los católicos y al nacimiento, no solo en la Península, sino también en el resto de los pueblos europeos, de un fervor religioso cristiano necesario para reaccionar contra las invasiones musulmanas. El crecimiento de este sentimiento, junto a la unión de los reinos de Aragón y de Castilla, provocó el impulso final de la Reconquista, que dejó la España islámica reducida al Estado de Granada durante mucho tiempo, hasta que por fin también este cayó. Pero la influencia de los musulmanes no acabó allí, sino que siguió habiendo una convivencia pacífica de los mudéjares y los cristianos en territorio conquistado que fue muy provechosa desde el punto de vista artístico.

Vemos que el autor, a lo largo de los capítulos, va consiguiendo probar lo que quería y llega, por tanto, al final del camino que había previsto recorrer. Demuestra que la España islámica debe ser considerada como una unidad, ya que tenía unas peculiaridades en relación al clima, a sus habitantes y a la forma de vida, que no permitían que este territorio fuera conquistado sin más, sino que hicieron necesaria una adaptación y aclimatación de los musulmanes. Esta aclimatación, junto a la buena acogida de la población española, produjo una evolución cultural incluso más allá de la propia del Imperio Islámico, destacando figuras universales, como Averroes o Ibn Jaldun. Así entramos en el segundo de los objetivos del autor, que nos prueba que España no se limitó a recibir pasivamente el influjo islámico, sino que llevó a cabo una tarea creadora e incluso llegó a exportarse y generalizarse su uso en el resto del Imperio.

Únicamente falla un poco el autor en su exposición al tratar de explicar la influencia de la España islámica en el resto de Europa. Está clara en relación al nacimiento del fervor cristiano que inspiraría las Cruzadas, pero no tanto en el resto de los aspectos. Se limita a nombrar teorías que afirman que la influencia árabe se percibe en obras artísticas de otros países, como la Chanson de Roland, pero no aporta más datos, lo que nos lleva a dudar de la efectiva influencia de al-Andalus en determinados aspectos de la vida europea.

El autor acaba lamentándose, y debemos hacerlo con él, por el hecho de que la imagen que hemos heredado del Islam y de las obras derivadas de dicha religión, sea la imagen del enemigo y que, por tanto, debe ser mirada con desprecio o miedo. Deberíamos ver más allá de esa herencia e intentar conocer las obras artísticas musulmanas y mudéjares con otros ojos, admirando su belleza e intentando conocer la inspiración de la que nacieron esas obras.

Por último, decir que, aunque la obra está bien estructurada, se echa de menos en determinados pasajes una mayor involucración del autor, ya que se limita en demasiadas ocasiones a enumerar teorías sobre ciertos temas, sin exponer su opinión personal o añadir argumentos de su propia cosecha. Creo que debería añadir más cosas propias ya que, si pretende llegar a un objetivo, debe dar argumentos originales que lo apoyen.

TITUS BURCKHARDT, La civilización hispano-árabe, trad. de Rosa Kuhne Brabant, Madrid: Alianza, 1979.

Para comprender una civilización hay que amarla, y esto sólo se consigue gracias a los valores permanentes, de validez universal, que implica. Estos valores suelen coincidir fundamentalmente en todas las culturas auténticas, es decir: en todas aquellas culturas que no sólo sirven para el bienestar físico, sino que se preocupan por el hombre total anclado en lo eterno. Sin tales valores, la vida no tiene sentido.

TITUS BURCKHARDT

En su intento por dar a conocer la cultura hispano-árabe, Titus Burckhardt abre su libro con estas palabras estremecedoras que nos invitan a cogerlo de la mano y seguir sus pasos hacia el mundo que nos presenta. Desde el primer momento queda clara la intención del autor, pues no esconde la visión personal que pretende darnos, como también anuncia que no va a dar lecciones magistrales de historia. No se trata de que sepamos más o menos fechas y datos históricos ­aunque estos tampoco faltan -- sino de ofrecer una visión con la que no solo conozcamos, sino también comprendamos esta cultura.

En este paseo por la cultura hispano-árabe hay que empezar adentrándose en lo más profundo, que es todo aquello que domina la vida espiritual. La mezquita representa los fundamentos de la religión musulmana y su concepción estética y arquitectónica son el reflejo de la actitud que mostrarán ante el mundo sus seguidores. Para Titus Burckhardt la mezquita de Córdoba es la imagen de todo lo que históricamnete tuvo lugar en al-Andalus, al menos durante la época omeya, que supone el esplendor de la dinastía de los omeyas. La mezquita representa, en sus distintas fases de construcción, las sucesiones que hubo al califato, las fases de mayor esplendor. La concepción del espacio de oración como lugar no jerarquizado, destinado a la enseñanza, inundado de la palabra divina, nos deja ver los elementos realmente importantes para el Islam.

Titus Burckhardt parte de la religión como la base de esta cultura, porque define un modo de vida que va a condicionar todos los aspectos de la vida. A partir de aquí será necesario ver todos estos puntos para ir dibujando poco a poco historia y cultura, vida y pensamiento. El autor va trenzando los temas, los va relacionando, a medida que avanza en el relato de los hechos históricos. Todo es importante, desde la sociedad hasta la forma de vida, pero nos lo presenta de tal manera que incluye todo poéticamente.

Cada capítulo del libro lo dedica a un aspecto fundamental claro y allí se ve desde el dato histórico hasta la anécdota. Primero nos expone la gran variedad racial, que supone uno de los aspectos más característicos de esta civilización. Aquí incluye los pactos que se hicieron, pero también las desavenencias que se produjeron. Luego pasamos del pueblo llano y la convivencia en las calles, al mundo de los gobernantes. Aquí es donde podemos ver cómo se llega al califato de Córdoba, como este evoluciona y acaba en la decadencia tras la sucesión de los distintos califas.

Una vez conocemos a los habitantes de las tierras de al-Andalus, Burckhardt los sitúa en el plano de la ciudad. Aquí aprovecha el autor para adentrarnos en las calles estrechas, con sus mercaderes, cada uno de un gremio, cada uno de una raza. Incluso nos habla del modo de vestir, para que esas imágenes se vuelvan aún más coloridas.

El siguiente capítulo reúne cielo y tierra metafóricamente. Después de conocer la producción artesanal, nos lleva a comprender el sistema de agricultura, pero más que en el sentido técnico, en el sentido espiritual, es decir, expone el sistema del calendario, la importancia de los astros para el cultivo de la tierra, en una unión de dos mundos. Avanza de tal manera que relaciona el calendario con la medicina y aprovecha para introducir la teoría de los humores, que es esencial en la concepción que se tiene del hombre en la época medieval. Las formas de curación están relacionadas con la medicina, claro está, y entre ellas la música se encuentra como uno de los métodos para conseguir el equilibrio de los humores.

Hemos ido ascendiendo, desde el cultivo de la tierra hasta la música, y esta última lleva a Burckhardt a hablar de lo más elevado dentro del mundo árabe, que es la lengua y la literatura. Para el musulmán la palabra es acción, decir es hacer, por eso la lengua es tan importante. Aquí aprovecha el autor para acercarnos al árabe, nos explica su funcionamiento: es una lengua que en todas sus palabras conserva una idea original. Según Burckhardt, esto hace que sea una lengua de poetas y así es como empieza a hablar de la literatura árabe y de sus formas.

En este ascenso por el que nos ha ido llevando el autor, es quizá la literatura caballeresca la que más nos acerca al mundo espiritual, principalmente porque en ella lo esencial es la concepción del caballero, que debe luchar por su religión. Este capítulo incluye las bases de la vida nómada como principio que regula la concepción de una mujer que luego pasará a ser la protagonista de la caballeresca.

Todo este ascenso estaba destinado a llegar a su fin, y así lo demuestra el capítulo dedicado, en principio, al ajedrez. No solo se trata de ver cuál es el origen de este juego, sino que, a través de una anécdota, el autor nos introduce en lo que acabará siendo la decandencia de la época de taifas y, de ahí, de al-Andalus. Por este capítulo vemos pasar a Alfonso VI de Castilla, a al-Mutamid, a los almorávides, a Rodrigo Díaz. La llegada de los almorávides intenta ser un retorno a los valores verdaderos que representan los nómadas y que se pierden con la vida sedentaria. Lo mismo sucedió con los almohades. Los hechos históricos se suceden precipitadamente y de este modo nos hacemos conscientes de que la riqueza cultural no impidió que las luchas internas que dominaron desde el principio llegasen a desaparecer.

Vuelven los aspectos espirituales, la filosofía y la ciencia. Los siguientes capítulos anuncian ya el final de una civilización rica que llega a tener una gran influencia más allá de sus fronteras. El autor nos muestra la asimilación de Platón y Aristóteles, que yan importante fue luego para Occidente. Pero la arquitectura y el arte también dejaron sus huellas. El capítulo que dedica a Toledo muestra que aquí es donde se produjo la culminación de este proceso.

Poco a poco el mapa de al-Andalus ha ido perdiendo sus dimensiones y parece que el ascenso más arriba ya no es posible. Granada simboliza el deseo de mantener esa especie de paraíso que quiso ser el Islam andalusí. El último capítulo del libro vuelve a utilizar el arte como la muestra de una cultura, de un momento histórico. Según Burckhardt, la Alhambra representa el paraíso y su arte no se puede llamar decadente. No obstante, la belleza de este espacio no pudo hacer frente a los problemas que en estas tierras se vivieron desde el primer momento.

El autor, después de habernos atrapado y de habernos paseado por las calles de al-Andalus, ofrece una periodización detallada y una serie de entradas bibliográficas clasificadas por temas, para que el lector pueda continuar conociendo más profundamanete la historia de al-Andalus.

Sin lugar a dudas se trata de una visión muy personal de la civilización andalusí y de su historia. Pero es precisamente lo que este libro tiene de poético aquello que nos permite entrar más profundamente en la cultura musulmana. Se podrían escribir muchas más páginas, como declara Burckhardt en el prefacio, pero aquí encontramos lo esencial para hacernos una idea clara de todo lo que tuvo lugar durante ocho siglos en la Península Ibérica.

DANIEL CUÑAT, Al-Andalus. Los omeyas, Madrid: Anaya, 1991.

Daniel Cuñat pone en nuestras manos un libro a modo de manual informativo que nos quiere llevar a comprender cómo se llegó al período omeya de al-Andalus. Para ello encuentra necesario informar al lector de todas las causas externas e internas y eso nos obliga a explorar en los mismos orígenes de la cultura árabe: un viaje acelerado de Oriente a al-Andalus sin olvidar ningún detalle necesario para comprender los problemas políticos y sociales que el Islam trasladó a la Península y que constituirán la base de su desarrollo político e histórico.

Resulta imposible hacer un resumen de este libro, pues la tarea de D. Cuñat ha sido, precisamente, la de reunir toda la historia del Islam hasta el final del califato omeya de al-Andalus en un número muy reducido de páginas, de tal manera que cualquier párrafo del libro contiene información importante. Lo mejor es resaltar aquellos datos más interesantes.

Un dato esencial es la situación de Arabia en la época preislámica: la organización en tribus contribuye a dos aspectos que tendrán enorme trascendencia. Por un lado supone una gran rivalidad entre los pueblos del norte y los del sur, que viene dada por un sistema de vida totalmente diferente: pueblos sedentarios y pueblos nómadas luchan por tener la economía más fuerte y por sobrevivir en un medio realmente hostil. Por otro lado, la tribu siempre va a defender a sus individuos, de tal manera que va a estar siempre ligada a la guerra.

Otro de los datos esenciales está relacionado con el anterior. Se trata del problema dinástico que surge tras la muerte de Mahoma y de las sucesiones de los cuatro primeros califas. La marcha de Mahoma a Medina y su establecimiento allí del poder ya supuso una significativa ruptura con respecto a la organización social. Toda la trama nos demuestra que la fuerza económica era realmente importante en el sistema político, de tal modo que la tribu de los Kuraish, la que mayor poder económico tiene en la Meca, es la que se disputa, en último término, el califato: omeyas y abbasíes son las dos familias que se enfrentan.

Con la expansión de los primeros califas el Islam llega a la Península en un momento de debilidad del poder visigodo. Los habitantes de estas tierras sienten la falta de una fuerza como la del anterior imperio romano, de tal manera que la ocupación de estas tierras resultó poco complicada. De los hechos de la invasión hay que señalar las dos oleadas de representantes del Islam, por una parte la dirigida por Musa ben Nusayr y, por otra, la de Tarik. Cada uno llevaba su séquito de soldados, pero estos pertenecían a pueblos distintos: unos eran árabes y otros eran beréberes. Estas diferencias se verán reflejadas en la repartición de las tierras, ya que los primeros se hicieron con las mejores tierras y los segundos fueron destinados a los territorios más arduos. Esto, sin duda, creará una situación que se irá haciendo cada vez más tensa y que llegará a las peores consecuencias.

Otro dato importante es la revuelta antiomeya que se levanta en Tánger en el año 740. Para impedir que este movimiento se trasladase a la Península, se hace llegar un ejército sirio que ocupará extensas tierras de Andalucía y el Algarve. Poco a poco tiene lugar un mayor distanciamiento entre la capital de Damasco y al-Andalus.

El hecho definitivo se produce con el fin de la dinastía omeya en Damasco. Con la llegada de la familia abbasí al poder se llevará a cabo la destrucción de todos los miembros de la familia omeya, excepto Abd al-Rahman, que será quien establezca la dinastía omeya en al-Andalus. Si esto fue posible se debe a dos factores esenciales. Por un lado, tuvo el apoyo de los pueblos beréberes en los que se refugió, pues su madre procedía de allí. El factor fundamental es, sin embargo, la situación de vacío político que inundaba la Península. Perece ser que los grupos sirios que habían llegado a nuestras tierras suponían una fuente de unidad, por pertenecer a un tronco común. Está claro que su predilección por la dinastía omeya, combinada con la fuerza política, favorecieron que se viese con buenos ojos el ascenso al poder de Abd al-Rahman. La definitiva aceptación de este omeya se debió, sin duda, a que supo dar solución rápida a aquellos problemas que más castigaban el desorden político.

El éxito de la nueva situación política se debió a la eficacia en el mantenimiento de una situación más o menos pacífica con los cristianos del norte y en la aplicación de impuestos igualitarios tanto para cristianos como para musulmanes y judíos. El sistema político que se lleva a cabo es totalmente independiente de la corte de Bagdad, pero al-Andalus seguirá siendo emirato. Con los primeros gobernadores la situación adquiere un carácter de paz, al menos aparente, aunque se suceden las revueltas.

El siguiente paso importante en el gobierno de al-Andalus viene dado por la proclamación de Abd al-Rahman III como califa. Esta tiene lugar por la presión que ofrecían los fatimíes del Magreb. Era una manera de defender la legitimidad de los omeyas ante estos y ante los abbasíes. A partir de entonces habrá cambios, sobre todo en el ejército, que empezará a tener mercenarios eslavos y beréberes. Esta política será llevada a su máxima expresión a medida que avanza la dinastía omeya.

El esplendor político y cultural al que se llegó con el califato será el inicio del fin. Es al-Hakam II quien representa el interés por la cultura, pero este interés nublará la capacidad de gobierno del nuevo califa, que será puesta en manos de Almanzor. Este personaje es el que acaba definitivamente con la dinastía omeya en al-Andalus, ya que llevará a cabo su propia política militar y económica. Fueron especialmente perjudiciales las campañas militares que hizo contra los cristianos, ya que rompió con la estabilidad que habían mantenido los anteriores emires y califas. Almanzor se dedicó a tomar una postura de ataque que empezó a provocar grandes decepciones en su ejército de mercenarios a causa de las derrotas.

Los siguientes califas tenían solo un papel formal, pues los sucesores de Almanzor heredaron también su papel político. Los últimos veinte años del califato omeya verán pasar ante sus ojos diez califas y poco a poco surgen distintos focos de poder que ponen en duda la soberanía de Córdoba.

Tras intentar resumir las palabras de D. Cuñat vemos que no es nada fácil la tarea que él ha llevado a cabo en este libro. Hemos tenido que pasar por alto muchos detalles que resultan esenciales para la comprensión de todos los hechos que tienen lugar durante el período omeya de al-Andalus. Por eso es necesario tener en cuenta el valor de este trabajo en el que el autor ha tenido que saber ver los hechos fundamentales y exponerlos, no solo con el menor número de palabras, sino también con un vocabulario accesible para un público muy amplio.

El autor cumple, sin duda, su propósito de introducirnos en este período de nuestra historia, pues lo hace de forma clara y con unos criterios históricos bastante correctos. Ha pensado en el lector: ha partido de la idea de que su conocimiento del tema es totalmente nulo y tiene que conseguir que este tenga ahora un dominio de la materia que le permita acceder a otros libros más específicos. El lector crece con el libro y esto supone un gran logro para el escritor.

MARÍA JESÚS VIGUERA, Los reinos de taifas y las invasiones magrebíes, Madrid: Editorial MAPFRE, 1992.

Para Ibn Jaldn, como para todos los musulmanes ortodoxos, el estado perfecto es el teocrático, cuya base natural es la realeza (...), que sólo tiene estabilidad si puede apoyarse en una clase étnica firmemente unida a ella para bien o para mal. Esta clase que bien puede recibir el nombre de nobleza, participa en el poder del soberano y es todo en justicia mientras encarne la ley teocrática y posea las virtudes guerreras sin las cuales no puede cumplir su deber. Sin embargo el disfrute del poder llega a corromper a los que lo ostentan; poco a poco la nobleza guerrera se convierte en nobleza de funcionarios; el egoísmo y la comodidad suplantan a las virtudes guerreras, espirituales o físicas, originales de la nobleza. Entonces se hace necesario que toda clase dominadora sea relevada por otra.

Este relevo está asegurado normalmente, (...), por el antagonismo, siempre cambiante, entre sedentarios y nómadas. Cada civilización (umrn) culmina en una sociedad urbana y en ella se agota, ya que la vida urbana conduce a la pérdida de todas las virtudes varoniles, que el nómada posee en grado máximo: valor, energía, sentido de la solidaridad y el caudillaje van implicados a la esencia del nomadismo.

TITUS BURCKHARDT

La civilización hispano-árabe (p. 132-133)

María Jesús Viguera encamina su trabajo hacia un profundo análisis de la situación política de al-Andalus en la época en que empiezan a surgir las primeras taifas hasta que Granada queda como única representante del Islam en la Península, de los siglos XI al XIII. Como ya anuncia la autora, estos siglos son caóticos para al-Andalus, pues los hechos históricos se suceden desordenadamente en comparación con el período omeya, aparentemente más calmado. Primero tiene lugar la fragmentación en taifas que no aportará la anhelada estabilidad política. Las siguientes invasiones, tanto las de almorávides, por una lado, como las de almohades, por otro, tampoco hará posible levantar un al-Andalus destinado a desaparecer.

El libro está pensado para un lector que conoce el mundo islámico y que ya ha leído sobre las anteriores etapas históricas de al-Andalus. La autora nos introduce de pleno en estas tierras y en todo el caos político. Las primeras páginas sirven como advertencia: se nos anuncian las fases que se van a estudiar en el libro y se hace una breve situación geográfica y social, pues es necesario ser consciente de la diversidad de pueblos que confluyen en la Península y de los conflictos que tenían que acabar surgiendo tras tantos siglos de convivencia. Una vez el lector está preparado, M. J. Viguera pasa enseguida a la acción.

Primero vemos un análisis de las causas del deterioro del poder omeya, que será lo que provocará el surgimiento de las taifas: algunas capitales importantes con familias influyentes, se negarán a reconocer a los sucesores de Almanzor y a partir de ahí se irán sucediendo los hechos políticos. El poder de Córdoba empieza a temblar y se empiezan a oír los gritos disconformes de bereberes y eslavos. Poco a poco descubrimos que el conflicto no solo tiene que ver con los árabes omeyas que hasta entonces habían tenido el poder, sino que la cosa va más allá.

A partir de entonces empiezan a surgir las primeras taifas, que tendrán al frente bien una representación árabe, bien bereber o eslava. Para dar cuenta de todas las taifas que surgieron en el siglo XI, M. J. Viguera hace un análisis detallado de cada una de ellas y de su evolución hasta las invasiones de los almorávides. Vemos que las más débiles irán siendo absorbidas por las más fuertes; así lo vemos con las taifas de Zaragoza, Valencia y Sevilla, que fueron acumulando tierras. Pero la nueva situación ya no se sostiene durante más tiempo, pues, a los problemas internos de cada taifa, hay que sumar la presión de los ejércitos cristianos. El ritmo de todos los capítulos de esta primera parte del libro es casi agonizante, pues casi todo se reduce a una infinita sucesión de nombres y de batallas. El mismo lector ansía encontrar una solución o un cambio de ritmo de los hechos. Esto lo encontraremos en la segunda parte, que analiza las invasiones almorávides.

Para comprender los hechos que tuvieron lugar durante la etapa en que al-Andalus vuelve los ojos hacia el Magreb es necesario analizar las relaciones que la Península tenía con el norte de África y, luego, comprender qué era tan importante en la organización de los almorávides. En el siglo XI la resistencia contra los cristianos se hace insostenible, así que será necesario pedir ayuda a los representantes de la misma religión. Será entonces cuando al-Mutamid decide que prefiere ser dominado por los almorávides que por gente que no es de su religión y así pactará con Ysuf b. Tfn para que sus tropas lo ayuden.

La fuerza de los almorávides les viene inspirada por la pureza de su religión: ellos son los representantes del rito mlikí, introducido por Ibn Ysn. Con esto serán capaces de controlar el Magreb y de seguir proclamando su verdadera fe en los territorios degradados de al-Andalus. Su respaldo legal se basó en la sumisión teórica al califato abbsi y, por tanto, constitución de un emirato. De esta manera consiguen dominar al-Andalus y mantenerse bastante firmes frente a los cristianos. Pero, poco a poco, los almorávides verán deteriorado su poder en el norte de África y tendrán que reducir sus intervenciones en la Península. Así será como surgirán las segundas taifas.

A partir de 1120 el poder de los almorávides se ve atacado por una nueva ideología político-religiosa. Su ideólogo fue Muhammad b. Tmart, que proclamaba ser inspirado de Dios y defendía ante todo la unicidad de Dios. Aquí es donde los almohades encuentran su fuerza y su principal objetivo era destituir a los almorávides y a todos aquellos cuya religión estaba deteriorada. Ellos estaban destinados a expandir la verdadera fe tanto por Oriente como por Occidente.

Esta tercera parte del libro vuelve a ser un análisis muy detallado de la organización política de los almohades: la autora nos habla de sus tres primeros califas y de todo su séquito de ayudantes, su ejército, sus campañas militares. Vemos que, con el tiempo, el poder del califa se irá deteriorando, de tal modo que serán los visires y secretarios los que se harán con el gobierno. Los califas que sucedieron a los tres primeros ya no pudieron levantar cabeza: su propio sistema político se desmoronaba y los cristianos continuaban ejerciendo una fuerte presión.

Se dice que la batalla de las Navas de Tolosa en 1212 supuso la gran derrota de los musulmanes en la Península. Es cierto que fue entonces cuando empezó el retroceso definitivo del Islam, pero los problemas que habían ido acarreando venían de muy lejos y esta derrota fue una más, aunque quizá la más fuerte.

Fue entonces cuando surgieron las terceras taifas: aún quedaban algunos dispuestos a desvincularse totalmente del poder de los almohades, que les había fallado, para continuar una lucha perdida contra los cristianos. El siglo XIII supone la pérdida de casi todas estas taifas, excepto de la de Granada. La taifa de Valencia, por ejemplo, fue una de las que luchó hasta verse totalmente indefensa contra los cristianos. Lo mismo sucedió con la de Murcia.

Tras leer estas páginas, queda bastante clara la agonizante situación de al-Andalus entre los siglos XI a XIII. Esto lo consigue la autora con la detalladísima descripción del funcionamiento del sistema político de las taifas y de los gobiernos almorávides y almohades. Se suceden un tremendo número de califas, emires, gobernantes, que nos dan una clara idea de la inestabilidad política.

Por otra parte, los documentos son muy variados, desde cartas hasta testimonios de la época, como historiadores y poetas. Esto nos acerca mucho más a la época y es una muestra del gran trabajo realizado por M. J. Viguera.

El resultado obtenido tiene un gran valor científico y puede que ese sea, en parte, uno de los inconvenientes del libro para cierto sector de lectores: en muchas ocasiones, uno se pierde entre los nombres árabes y echa en falta algo que sirva de explicación más comprensible. El dato empírico resulta útil para el historiador, pero limita el acceso al lector poco experimentado en la historia del Islam andalusí. Está claro que la autora no pretende escribir un libro divulgativo, pero hay que notar que ciertas partes resultan mas pesadas por la ausencia total de explicaciones. Así, en la primera parte, la explicación de las primeras taifas se reduce prácticamente a los gobernantes que tuvo cada una de ellas. Sin embargo, el rumbo del libro cambia cuando se explican las invasiones magrebíes, ya que se dan las razones que llevan al cambio de poder, la base religiosa, su deterioro. En ese sentido, se echa en falta un poco de equilibrio en el conjunto de la obra.

Un último aspecto que cabe destacar tiene que ver con la edición del libro. Si esta obra resulta impertinente de leer se debe a la enorme cantidad de errores tipográficos que plagan el libro: se confunden las palabras, los acentos, en varias ocasiones encontramos sujetos que no coinciden con el verbo, etc. Esto resulta enojoso a la hora de seguir los hechos históricos, que ya de por sí son bastante complicados.

En definitiva, la impresión general del libro es, en el plano científico, muy positiva, pues hay una buena elaboración del material. En el plano que podríamos denominar literario o estilístico, la obra resulta poco satisfactoria, al menos para el lector poco acostumbrado a la lectura de libros de historia.

LEOPOLDO TORRES BALBÁS, Artes almorávide y almohade, Madrid: Instituto de Estudios Africanos, 1955.

La unión de al-Andalus y Berbería bajo el imperio de los beréberes africanos, durante poco más de un siglo de paz y orden, tuvo como consecuencia la expansión del arte andaluz al otro lado del Estrecho, por comarcas en gran parte de civilización rural, escasas, hasta entonces, en grandes centros urbanos, a juzgar por los pocos datos conocidos, tributarios culturalmente de Bagdad por intermedio de Ifriqiya (Túnez) y de su capital Qairawan. Tanto los fundadores del imperio almorávide ­nómadas del Sáhara-- como del almohade ­rudos montañeses del Atlas-- carecían de tradición artística capaz de modificar o suplantar la existente. La unión política favoreció la difusión de la civilización andaluza por las comarcas de la orilla meridional del Estrecho de Gibraltar, libradas de la influencia de Oriente. El que llamamos impropiamente almorávide, lo mismo que el almohade, son en Berbería artes andaluzas importadas, consecuencia de las de los reinos de taifas, con aportaciones orientales.

LEOPOLDO TORRES BALBÁS

Una obra tan breve como la que ahora tenemos en nuestras manos es la muestra de que con pocas palabras es suficiente para transmitir unos conceptos determinados y ello se consigue gracias a una exposición muy clara de la idea que el autor pretende demostrar. Loepoldo Torres se centra en el tema de las artes almorávide y almohade, desde la arquitectura hasta las artes ornamentales, y se dedica a demostrar la tesis de la que parte: los pueblos beréberes que vinieron a la Península carecían por completo de una cultura propia, de tal manera que su edificios van a tomar las artes arquitectónicas de las tierras ocupadas. Lo que estos pueblos aportan es su manera de comprender el Islam: representan la pureza de la religión y se oponen al exceso al que había llegado la Península, pues suponía un alejamiento total de la verdadera base del Islam. Esto se traduce en el arte con una gran sencillez de formas y austeridad en la decoración.

Para demostrar su tesis el autor hace un repaso de las construcciones que se realizan por estas poblaciones, no sin antes hacer una introducción a los acontecimientos históricos que tuvieron lugar en la Península entre los siglos XI y XII. En el plano artístico, el autor señala que esta fue la etapa más próspera para el Islam andalusí. Esto se debe a que fluyeron las formas entre Oriente y Occidente en ambos sentidos.

Una de las cosas que le interesa señalar al autor es ver si hay alguna diferencia entre el arte que se hizo en al-Andalus y en las tierras del norte de África durante esta época. El punto de partida son las mezquitas, el monumento más importante para estos pueblos que representan la religión en su estado más puro. No resulta fácil establecer comparaciones con mezquitas de la Península, ya que no se conserva ninguna. No obstante, el autor se aventura a decir que debió de ser mucho más richo en ornato lo que se construyó en la Península. Esto lo sabemos por referncias literarias y algunos vestgios, como la Giralda. Más adelante vemos que también la arquitectura palaciega nos sirve para dar mayor base a esta hipótesis.

El autor nos describe cómo son las nuevas mezquitas haciendo un estudio de las que se conservan de esta época en el norte de África. Los almorávides introducen cambios en la estrucutra, como la sustitución de las columnas por pilares, además de cambios en el material de construcción: se pasa a utilizar el ladrillo. Todo esto da como resultado unos edificios menos ligeros. Los almohades añaden a esto un aumento de las dimensiones del edificio. Todo indica que hay un deseo por conseguir edificios fuertes y severos, pues los alminares también adoptan formas poco esbeltas.

La vida palaciega no parece pertenecer tampoco al mundo de los almorávides ni de los almohades: heredan de al-Andalus lo que este había tomado de Oirente, Irak y Persia. Lo que se conserva de estas edificaciones indica que también hubo una evolución hacia el lujo por parte de los mismos almorávides y almohades.

Quizá una de las construcciones más características de los pueblos beréberes son las fortalezas y murallas, que eran imprescindibles para proteger sus territorios en la lucha contra los cristianos. El resultado es una gran número de torres militares situadas en puntos estratégicos en toda la Península y en el Magreb.

Otro aspecto importante es la decoración arquitectónica, donde triunfan las formas que provienen de al-Andalus. Las formas siguen siendo las mismas, pero simplificadas, en armonía con el ideal religioso que promueven.

Un último aspecto del arte lo representan las artes decorativas, pero el autor señala que aquí nos es fácil distinguir los cambios de las dinastías. Cada trabajador seguiría imprimiendo las mismas formas de siempre en sus productos. El autor hace un repaso a los elementos más importantes que se conservan de esta época, desde muebles hasta joyas y alfombras, y señala sus características.

Leopoldo Torres completa sus explicaciones con 48 láminas comentadas y plantas de algunos de los edificios de los que habla en el libro. Las explicaciones del autor se basan siempre en edificios cuyas imágenes aparecen en estas láminas, de manera que nos va remitiendo a ellas para que las explicaciones queden más claras. Además de mezquitas, palacios y fortalezas, también incluye artículos que ilustran el apartado de las artes ornamentales.

El resultado es una obra muy clara y detallada que ilustra perfectamente las características esenciales del arte que se produce con los almorávides y los almohades.

JUAN VERNET GINÉS, Lo que Europa debe al Islam de España, Barcelona: El Acantilado, 1999.

España, la primera entre las naciones en la defensa de la Europa cristiana durante los siglos de la Reconquista, fue la primera también en acoger y transmitir al Occidente europeo lo mucho que, en los diarios contactos de paz y de guerra, recibía en el campo de la cultura y del arte de aquel mismo mundo oriental al que se oponía en el campo de batalla.

E. CERULLI, Il "Libro della Scala"

No es posible reducir a unas páginas el inmenso volumen de conocimientos que Juan Vernet plasma en esta obra y parece claro, tal y como nos anuncia desde el prólogo, que a él tampoco le resultó fácil concentrar en 500 páginas todo aquello que Europa debe al Islam de España. Su intención, en realidad, no es la de ecribirlo todo, sino más bien la de dar cuenta de las aportaciones de la cultura árabe(3) a modo de inventario, como el mismo autor declara desde el principio. Tampoco podemos pensar, claro está, que lo único que se encuentra en este libro es una lista de todo aquello que se escribió en al-Andalus, ya fueran traducciones o bien obras inspiradas en el propio territorio peninsular. Lo que Juan Vernet elabora es una complicada red de relaciones entre las obras que llegaron a la Península a través de los árabes, cómo se tradujeron y se ampliaron, dando lugar al desarrollo científico, y cómo se extendieron luego por el resto de Europa. Se trata de un camino complicado para conseguir un fin que puede parecernos ambicioso, pero debemos pensar en la finalidad que el autor propuso para esta obra.

Su intención no es la de presentarnos un estudio sobre un aspecto determinado de la cultura o de una llamada al trabajo de un campo que no se ha investigado. Lo que pretende Juan Vernet no es anular lo que se ha escrito o superarlo, sino, por una parte, mostrar a los incrédulos, a los que rechazan la cultura árbe, que en realidad les debemos mucho, y, por otra, iniciar a los lectores en este mundo, mostrándoles todo lo que se ha escrito, abriéndoles las puertas a lecturas más específicas sobre aspectos que podían desconocer y que les hayan llamado la atención.

En este sentido, se trata de una obra abierta a un amplio sector, ya que en ella encontramos información que puede interesar a médicos, a cintíficos, a matemáticos, a filólogos, además de incluir anécdotas de carácter más cotidiano. Todo, en conjunto, nos hace ver que cualquier aspecto de la vida puede estar marcado por el sello árabe.

El estudio pretende hacernos ver las distintas fases de desarrollo cultural en al-Andalus y, para ello, el autor inicia su trabajo con una introducción histórica que da cuenta de los acontecimientos históricos, siempre en fucnción del interés científico. Vemos la evolución del Islam, desde una religión minoritaria hasta llegar a ser un sistema de vida que se difundió rápidamente. Cada etapa de expansión, cada sistema político, propició el desarrollo cultural en unas zonas más que en otras, en unos temas más que en otros. Para entender cómo llegó a desarrollarse la ciencia en la península es necesario establecer cuatro etapas, según deducimos de las palabras de Vernet.

Los siglos en los que se produce la expansión del Islam son poco fructíferos, pero, una vez asentado el poder, será posible interesarse por la cultura. Las primeras versiones escritas del Corán y las interpretaciones darán paso al nacimiento de la cultura árabe. Posteriormente, tras los problemas suscitados por la sucesión al califato, con la dinastía abbsí al frente, el centro cultural se concentra en la corte de Bagdad. Aquí es donde se empieza a asimilar y a traducir toda la herencia cultural de los pueblos ocupados. Conocen la ciencia de los griegos y reciben el saber de China y de Siria. A partir del siglo X algunas provincias se independizan y esto provoca un cambio en los centros emanadores de saber. Al-Andalus será una de estas provincias independientes. Si hasta entonces la península había tenido un papel poco relevante en las ciencias, tras el impulso de Abd al-Rahmn II (206/822-238/852), se irá promocionando el estudio y las traducciones, hasta llegar a la época del califato de Córdoba (929-1031), que supondrá su apogeo cultural. La tercera gran fase tiene lugar en la época de taifas. Es ahora cuando se empiezan a desarrollar las ciencias en la península, de manos de los grnades autores: Avempace, Avenzoar, Averroes. El gran cambio se produce con la derrota de los almohades en las Navas de Tolosa (609/1212), pues supondrá la congelación del quehacer cinetífico. No obstante, el interés por Oriente lleva a que continúen las traducciones, promovidas ahora por Alfonso X, y a que la ciencia árabe se extienda por Europa, gracias a personajes como Federico II de Hohenstaufen (1194-1250).

El siguiente paso es el de comprender de dónde sale toda la ciencia que la cultura árbe elabora. Para ello el autor toca dos puntos: lo que los árabes toman de la Antigüedad en matemáticas, astrología y medicina, y el sistema de traducciones que se siguieron, del griego, siriaco, sánscrito, pahleví al árabe, del árabe y del hebreo al latín y a las lenguas romances.

El lector ya está preparado para recibir una enorme cantidad de información acerca de todo lo que llegó a la península a través del árabe. A partir de ahora, Juan Vernet ofrece el panorama científico dividido en tres bloques, que corresponden a las distintas fases del desarrollo cultural: los siglos X y XI no suponen creación, sino más bien refundición y traducción por lo que respecta a lo que queda más allá de la Marca Hispánica. Parece ser que la Cataluña del siglo X consiguió acumular una gran nivel cultural, gracias al número de mozárabes que se instaló en estas tierras. Parece que este punto geográfico actuó como puente entre al-Andalus y Europa, pues se estableció una red entre Barcelona y el Rin.

El siglo XII supone un cambio, ya que las traducciones del árabe al latín se organizan en torno a la Escuela de Traductores de Toledo, creada por el arzobispo Raimundo (1125-1152). Se establece un sistema de trabajo y llega a haber traductores especializados para cada materia, pues así se aseguraban que los resultados fuesen coherentes, sin errores científicos. Además, se amplía el campo de interés, que va desde la filosofía, ciencias ocultas, matemáticas, pasando por la astronomía, astrología, óptica, alquimia esotérica, alquimia exotérica, hasta la medicina.

El movimiento cultural hacia Occidente en el siglo XIII se ve promovido, además de por los monarcas europeos, por el surgimiento de las primeras universidades, con lo cual tenemos diversos factores que llevan a la realización de traducciones del árabe a las lenguas romances. Por otra parte, la conquista de Persia por los mogoles favorece la llegada de nuevas ideas de Oriente, que llegan a Europa no solo por la península. Esta época promueve sobre todo la filosofía, los estudios de la religión y también todo aquella que tiene que ver con las ciencias ocultas, creencias que estaban muy arraigadas. Pero la lista de las materias que ahora interesan es mucho más amplia. Hay una continuación de los estudios de matemáticas, astronomía, astrología, alquimia y la medicina. Además, nacerá la curiosidad por nuevos campos, como por ejemplo la elaboración de instrumentos astronómicos que llevará a la construcción de relojes que funcionan con engranajes. El apartado que el autor dedica a la técnica nos da una idea de los inventos que se promovieron en la época para la mejora de la calidad de vida: sistemas para la conservación del frío, métodos para la fabricación de la seda, la pólvora, la elaboración de cerámica, etc. Los avances en náutica van a ser muy importantes, pues promoverán nuevas técnicas de navegación, además de mayores conocimientos geográficos. Otras nuevas materias de estudio serán la botánica, la zoología y la geología, aunque estas estarán menos promovidas que las anteriores.

Como podemos comprobar, el aparato más importante del libro está dedicado a la ciencia. Las aportaciones al mundo del arte y de la literatura también tienen su espacio en el estudio de Juan Vernet, aunque, en este caso, sigue un procedimiento distinto al empleado para el campo científico. El mismo autor señala que no es posible marcar una serie de períodos cronológicos que indiquen diversas oleadas de influencia. Por eso aquí lo que encontramos es una exposición en diversos apartados que corresponden a las aportaciones que se hacen en el arte, en la épica, en la lírica y en la narrativa.

Respecto al arte dice muy poco. En cuanto a la literatura, J. Vernet introduce algunos de los debates más famosos, como el que hace referncia al origen de la lírica romance, que ha dado lugar a famosos debates dentro del ámbito de la filología románica. En la narrativa se tratan dos aspectos distintos: por una parte se hace referencia a la enorme repercusión que tuvo la cuentística árabe en la literatura europea, gracias a la traducción de libros como Las mil y una noches, Sendebar o Kalla wa-Dimna. Por otra, el autor nos introduce en otro debate famosos, que es la influencia que tuvo el mundo árabe en la concepción de la Divina Comedia de Dante. Si este punto es importante se debe a la gran trascendencia que tuvo esta obra sobre la literatura universal posterior.

Como vemos, el autor se mueve por un campo muy amplio de trabajo, deteniéndose, eso sí, en el mundo de la ciencia, cuyo dominio demuestra a largo del libro. La enorme información bibliográfica que añade en notas a pie de página nos sirve como puerta a una investigación más precisa y detenida.

Pero toda esta riqueza de materiales se ve contrarrestada por dos factores. En primer lugar hay que señalar que en algunos casos los temas que trata quedan fuera del alcance del lector poco docto en ciertos aspectos. Así, no es difícil perderse en el mundo de las matemáticas si se desconoce el funcionamiento de tablas egipcias o la forma de numeración en Grecia. Otro tanto puede encontrarse el lector que no se sabe manejar en literatura, pues se perderá entre las discusiones surgidas en torno a la muwaaha. Por otra parte, hay que señalar que en algunos casos, el amor por la cultura árabe ha llevado al autor a ir demasiado lejos en las atribuciones y en la concepción de la influecnias. Un ejemplo lo vemos en la exposición de las similitudes que hay entre la épica en lengua romance o en lengua germánica y la épica árabe. Juan Vernet no llega a afirmar, pero sí insinúa, que algunas de estas características compartidas proceden de la influencia árabe. Resulta difícil asumir que algunos de estos rasgos sean visibles en una epopeya como el Hildebrandslied, que data del siglo IX.

A pesar de ello, la lectura de Lo que Europa debe al Islam de España resulta muy interesante, pues está elaborado con gran minuciosidad, y transmite la gran admiración que el autor siente por una cultura tan importante como la árabe. Consigue, sin duda, tentarnos a la lectura de más libros relacionados con el tema.

1. Está claro que esto no tiene nada que ver con los occidentales, amantes de la cultura árabe, que se dedican a contar su historia. Esta visión contrasta mucho con las obras dedicadas a períodos concretos de la historia del Isalm, como es todo lo que alcanza hasta los siglos XIII y XIV o hasta la caída del reino de Granada en al-Andalus. La riuqeza cultural que supone esta época tanto para Occidente como para Oriente hacen que los historiadores se entusiasmen, como se puede ver en Juan Vernet en Lo que Europa debe al Islam de España y en La cultura hispano-árabe de Titus Burckhardt. Creo que es interesnate tener en cuenta estas diferencias.

2. Y también se pueden extender a la evolución económica, que también empezará a florecer o a levantar la cabeza cuando llegue Occidente a estos territorios.

3. Parece necesario señalar, tal y como hace J. Vernet, que se habla de la cultura árabe para hacer referencia a aquello que se escribió en lengua árabe, bien fuese por manos árabes, judías, persas, turcas.