En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso

 Llegué aquí hace pocos días acudiendo al mandato de su majestad el Rey don Fernando quien me hizo llamar para venir a trabajar a la Alhambra.

Tras toda una vida en un reino cristiano llego aquí, donde la huella de los míos sigue todavía fresca, y me siento descolocado. Creí que el hecho de profesar una misma fe establecía una comunidad que me unía a todos los musulmanes de todo el mundo y de todos los tiempos, pero no es así. Yo pensaba que conocía la Aljafería y, sin embargo, ¡cuántas sorpresas me reserva todavía! Venir a Granada ha supuesto comenzar a captar la verdadera esencia de la obra de al-Muqtádir. Descubrir la Alhambra me ha permitido desentrañar los aspectos más ocultos del palacio "saraqustí" (2.)

 

 Desde que llegué, mi sensibilidad se ha agudizado y es estimulada constantemente. Cuando asciendo por la cuesta del Darro, en mi cabeza, las imágenes recordadas se superponen a las reales. Comienzo a sentir el rumor del río corriendo alegre junto a mí. Su proximidad hace que mis manos se sientan hidratadas por su frescor, mis labios se humedecen con su sola presencia y transmiten su sensación a la lengua y al paladar, el agua penetra por todos los poros de mi cuerpo, mi garganta incluso se siente regada. Mis ojos perciben los infinitos matices que la luz de la luna y del sol imprimen a un tiempo sobre la superficie inquieta, susurrante, incontrolable que fluye sin detenerse adaptándose a los accidentes del camino. Mi olfato se recrea en el espectáculo y se pierde entre los aromas que impregnan el ambiente

 

 

 

 

Ante esta visión, imagino el Ebro, mucho más caudaloso, más poderoso, haciendo que sea el cauce el que se amolde a él y no al revés, como le ocurre al pequeño Darro. Sin embargo, todo su vigor se apaciguaba en las cálidas noches en las que los cortesanos celebraban refinados encuentros en los que los invitados, elegantemente vestidos y maravillosamente perfumados, disfrutaban de los laúdes, versos, canciones y bailes que se interpretaban para ellos. Las barcas, envueltas en la fiesta e iluminadas por antorchas, navegaban, bajo el pálido reflejo lunar, hacia ningún sitio, con el único propósito de que sus tripulantes disfrutaran del momento.

 

¡Oh, cuanta hermosura!¡Qué delicados placeres los de aquel venturoso pasado!

 

 

Avanzo hacia la Alhambra. Ya comienza a divisarse allí, a lo lejos, entre las colinas. El cálido sol recorta su perfil irregular. Los merlones de la alcazaba rasgan el cielo con dureza y ocultan las elegantes líneas que dibujan el contorno del recinto palacial. Los colores del edificio combinan en perfecta armonía con los diversos verdes que revisten estos parajes. El edificio parece hundir sus raíces en la tierra, es un elemento más brotado del suelo que se funde con el entorno. Es el Paraíso que surge de las entrañas del mundo y que se oculta tras sus muros.

 

 

 Esto me obliga a reconstruir en mi memoria el camino que unía, en Saraqusta, mi casa con el palacio de al-Muqtádir (3).Al dejar atrás los muros de la ciudad veía imponente, alzada sobre una elevación del terreno que subrayaba su majestad, la fortaleza que, al igual que la granadina, ocultaba un universo placentero y sorprendente para el visitante.

 

 Al atravesar la puerta por la que entro a la Alhambra no puedo evitar recordar ese único acceso que debilita la solidez de la muralla de la Aljafería. Aparece incrustado en uno de sus lienzos, entre dos grandes torres. Es como un niño que, sabiéndose vulnerable, acude a refugiarse entre las faldas de su madre quien, a su vez, busca cobijo en los protectores brazos de su amado.

 

 Recorro salas y habitaciones, ¡tan bellas! ¡tan coloridas!¡tan llenas de frescor y de vida!

Estas sensaciones chocan frontalmente con las que se experimentan tras introducirse en el recinto de la Aljafería. Apelo a mi olfato obligándole a buscar algún recuerdo pero se esfuerza en vano tratando de percibir el aroma del azahar o de la albahaca. Mi oído se deleita al sentir que el desagradable estruendo de las obras del palacio que, a pesar de la distancia, aún le atormenta, se diluye en la tranquilidad de estos jardines.

 
 

 En la Alhambra cada rincón es un reducto del placer, cada detalle un hermanamiento con la creación. En la Aljafería, sin embargo, todo se ha vuelto gris. La obra humana se ha impuesto a la naturaleza.

 Tras deambular por estos lugares descubro que, bajo las obras que cubren hoy la parte central de la Aljafería, se oculta todavía la huella indeleble, la señal marcada a fuego que el soberano más grande que conoció Zaragoza, al-Muqtádir bi-llah, imprimió para siempre en su magna obra.
 

 

 

En efecto, el palacio de Comares, cuyo aspecto es todavía radiante, me revela una estructura sorpresiva muy similar a la que yo llevo en el recuerdo. Sin embargo ¡qué diferencia! Parece que el Palacio de la Alegría(4) hubiera trocado su risa en llanto ante la ausencia de su añorado rey.

 

 

 

 Hoy todo es diferente. La tierra se ha tragado la vida, ha sido implacable. En el lado sur, una iglesia ha enterrado para siempre las antiguas dependencias. El patio se está convirtiendo en un claustro monacal. Y el lado norte ¿también desaparecerá?

Se me encoge el alma ante el desolador futuro que se le avecina al salón del trono. El de la Alhambra se encuentra en el interior de una sólida torre que se alza altiva subrayando la majestad del soberano, mientras que el de la Aljafería, en breve, habrá de soportar sobre sus techos la humillación de sostener el peso del salón de los verdugos de Granada.

En la Fortaleza Roja(5) quedé deslumbrado por el escenario que se articulaba en torno al sultán y que dejaba al recién llegado a merced de sus caprichos.

Al entrar por primera vez en el patio de Comares, la alberca, que se sitúa justo en el centro, me impidió avanzar en línea recta, obligándome a humillarme ante la majestad de alguien a quien intuía presente pero que no podía ver. Además, la cegadora luz solar invadía todos los rincones, atravesaba el pequeño estanque y salía con un vigor renovado que impactaba en mis retinas impidiéndome ver las zonas que estaban en penumbra. Me sentía indefenso y perdido. No sabía cuál era el itinerario que debía seguir. Estaba seguro de que, desde la sombra, varios pares de ojos acechaban mis torpes movimientos, aunque, al menos, tenía la tranquilidad de que, entre ellos, no estaban los de ningún poderoso nasrí (6) Por si esto fuera poco, mi vista, herida por los reflejos que invaden el patio, hubo de atravesar una antesala sumida en las sombras que da acceso, por fin, a la tan ansiada estancia. Pero ¡oh, fatalidad! aún tuve que padecer una agresión más ya que en esta sala el monarca se disponía justo delante de un vano por el que la claridad entraba a raudales, de modo que, durante unos segundos, llegué a temer que aún estuviera allí.

Esto me llevó a imaginar a al-Muqtádir orgulloso, sentado en su salón dorado, parcialmente oculto tras esa columna que, cual velo, protege su intimidad, con la cara en penumbra y envuelto por miles de destellos luminosos que partían del sol, impactaban sobre el agua y, a través de ella, salían disparados hasta estamparse en los blancos paneles de yeso que revestían las paredes y que, insultantemente, los escupían contra el sufrido visitante.

¡Así fue la Aljafería y así es todavía la Alhambra! Y yo, maldito instrumento del destino, estoy aquí para destruirla.

 

 Hasta aquí llega el relato de nuestro artesano mudéjar, a quien he arrebatado su personalidad para meterme en su piel y convertirlo en narrador de mi propia historia porque, aunque parezca imposible, yo experimenté algo muy parecido a lo que a él le tocó vivir. Cómo a él, la vida me llevó de la civilización cristiana a la musulmana, de la Aljafería a la Alhambra.

A pesar de que yo lo he utilizado como un mero artificio literario, el hijo de Mofferiz existió realmente, y así lo atestigua el documento suscrito por Fernando II de Aragón y fechado el 13 de Marzo de 1492 (7), en el que el rey solicita que sea enviado a Granada para trabajar en las obras de su nuevo palacio.

En las palabras que he puesto en su boca se puede leer perfectamente mi propio encuentro con la Alhambra teniendo en cuenta solamente que he hecho algunas adaptaciones cronológicas. Obviamente, yo ya he conocido la Aljafería y la Alhambra con importantes cambios que en 1492 no estaban allí y que por lo tanto el artesano no puede describir. Sin embargo, lo que a mí me impacta y me produce la experiencia estética que estoy tratando de explicar es, precisamente, lo que él pudo observar. Por eso, en este sentido, la distancia temporal no tiene demasiada importancia.

Además, he escogido situar mi relato precisamente en este periodo histórico por dos motivos:

1.- Por un lado, para subrayar la visión del mudéjar, es decir, del musulmán que vive entre cristianos, porque, desde el punto de vista personal, mis circunstancias me hacen coincidir de algún modo con nuestro artesano. Aunque yo no soy musulmana, ese mundo ejerce sobre mí una gran fascinación y me hace pertenecer a una minoría que vive inserta en un mundo de cultura occidental cristiana que permanece al margen de lo islámico; igual que Ibn Mofferiz en una sociedad mayoritariamente cristiana, pertenecía a la comunidad mudéjar.

2.- Por otro, en esta época y en estas dos ciudades, se ve claramente el esplendor y la decadencia de al-Andalus. Zaragoza era una ciudad vencida y asimilada a la cristiandad de cuyo pasado islámico no quedaban sino vagos recuerdos inconexos que Ibn Mofferiz no es capaz de comprender hasta que los contextualiza a la luz de lo visto en Granada, donde todo el legado musulmán se mantiene aún incólume.

Esto, en cierto sentido, sigue siendo así. Visitar la Aljafería constituye un continuo ejercicio de imaginación: hay que borrar las calles que hoy la circundan, visualizarla encaramada a lo alto de una loma y alejada de la ciudad, suponerla blanca y reluciente...

 

Sin embargo, Granada, a pesar de que ha dejado de pertenecer al mundo islámico desde hace mucho tiempo, todavía conserva un regusto encantador que puede percibirse a cada paso. No es sólo la Alhambra, son sus colores, sus olores, sus aguas y sus vistas. Es el Albaicín y la Alcaicería. Es el ambiente que se respira en la calle de la Calderería que me hace sentir como si estuviera en Bizerta o en cualquier otro lugar del Magreb. Sí, Granada sigue sabiendo, sigue oliendo a té a la menta

La propia ciudad, el entorno, el hecho de ver carteles en árabe... predispone el ánimo para adentrarse en una atmósfera diferente.

 

 

 

 
Además, la Alhambra, a pesar del tiempo, a pesar de las obras y a pesar del palacio de Carlos V, todavía conserva su aislamiento y esa fusión entre la arquitectura y la naturaleza tan del gusto musulmán. Se aprecia perfectamente cómo sus constructores buscaban conseguir el placer en todos sus rincones, porque, como dice María Jesús Rubiera, la estética musulmana es "la estética del placer"(8).

A lo largo de mi camino me sentía como un visitante extraño, igual que Ibn Mofferiz, me veía como un viajero medieval ajeno a aquel lugar (pues era la primera vez que lo visitaba), pero, al mismo tiempo, sentía una especial vinculación con esa ciudad. No es sólo que me hiciera sentir a gusto, es que estar allí me hacía entroncar con una larguísima tradición que arranca en la Meca en el año 622 y que dura hasta hoy. Estaba en un lugar hermoso que marca uno de los hitos más tristes de la historia del Islam: el 2 de Enero de 1492 los reyes cristianos, Isabel y Fernando, invadieron el reducto más occidental del mundo islámico y crearon lo que, desde entonces, ha sido para los musulmanes el "paraíso perdido".

Como es de esperar, el "paraíso" derrocha belleza por doquier. No son cosas espectaculares, es la propia creación que se manifiesta ante los ojos del creyente como la obra de Dios. Desde la ciudad, el palacio se divisa en lo alto, pero no hace falta llegar a él para disfrutar. Basta con acercarse al "pequeño Darro", sentir el rumor de sus aguas y dejarse impregnar tal y como lo hace Ibn Mofferiz. El camino, te envuelve en la naturaleza. Todos los pequeños detalles son percibidos en la mentalidad musulmana como expresiones de la belleza divina.

Anegada mi sensibilidad por tantas impresiones, varios sentimientos se dieron cita en mí. En aquel momento, yo era como un volcán que expulsaba lava incandescente desde el interior. Una inmensa alegría me invadió y, en forma de magma ardiente, atravesaba mi cráter para salir hacia el exterior.

Pero, junto a esta efervescencia, me envolvió una inmensa gratitud serena hacia todos aquellos que me han enseñado a amar el islam. Personas como Joaquín Lomba(9) y libros como El collar de la Paloma(10) o La civilización hispano-árabe (11) me vinieron a la cabeza. A algunos los conozco personalmente, pero a muchos otros no. He contactado con ellos a través de sus obras y me emociona pensar que, aunque nos separen siglos de historia o kilómetros de distancia, hay algo, tan hermoso como la Alhambra, que nos une y que establece entre nosotros un precioso vínculo.

Adentrarme en este "paraíso" fue, para mí, como destapar un bote de perfume y dejarme embriagar por todos los matices que despide, sólo que la experiencia fue mucho más rica pues todo mi ser se vio implicado. Mi yo fue empujado hasta alcanzar una ósmosis perfecta uniéndose al edificio y al entorno. Al respirar, penetraba en mis pulmones el aire fresco que corría entre las hojas; al tragar, el agua se colaba en mi interior al tiempo que cubría mi piel y pugnaba por atravesarla. Mis oídos se veían inundados por una confusión de sonidos en los que se mezclaba el gemido del viento, el doloroso crujido de las hojas al ser pisadas por mis propios pasos, el rumor de los surtidores al escupir sobre los estanques, el susurro de las mariposas, el piar de las aves y, seguramente, muchos otros que se fundían con ellos y que no pude llegar a aislar. Mis ojos fueron los grandes protagonistas y las grandes víctimas. El palacio estableció con ellos una especie de juego cruel: ofrecía belleza y deleite a raudales pero, de vez en cuando, desprendía un reflejo cegador, una sombra impenetrable...

Las albercas se convirtieron por unas horas en mis venas y mis arterias, y sus aguas en mi fluido vital.

 


 1.- Estas son las palabras con las que se inicia el Corán y, en el mundo árabe, en general, se comienza todo tipo de cartas, documentos, conferencias... con ellas.

2.- Es el gentilicio de Saraqusta, nombre árabe de Zaragoza.

3.- Rey zaragozano de la dinastía Hudi que construyó el palacio de la Aljafería en el siglo XI.

4.- Nombre con el que también es conocida la Aljafería.

5.- Nombre con el que también se conoce a la Alhambra. Procede de la traducción del árabe de su nombre "al-hamra", "la roja".

6.- Dinastía bajo la que estuvo el reino de Granada hasta 1492.

7.- Archivo de la Corona de Aragón, Reg. 3-571, fols. II Vol. 1. Publicado en DE LA TORRE Y DEL CERRO, Antonio. "Moros zaragozanos en las obras de la Aljafería y de la Alhambra". Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1935. Págs. 252-253.

8.- RUBIERA MATA, María Jesús. La arquitectura en la literatura árabe, datos para una estética del placer. Madrid. 1981.

9.- Catedrático de Filosofía de la Universidad de Zaragoza.

10.- IBN HAZM. El collar de la paloma. Madrid. 1997.

11.- BURCKHARDT, Titus. La civilización hispano-árabe. Madrid. 1995.

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