ENTRE EL DOGMATISMO Y EL ESCEPTICISMO. LAS DIFUSAS Y MOVILES FRONTERAS DE LA CIENCIA.

Alberto CARRERAS
Departamento de Filosofía .
Universidad de Zaragoza. 50009 ZARAGOZA

 Las opiniones sobre la ciencia caen a veces en el dogmatismo: creer sin crítica todo lo que en su nombre se dice. Algunos sin embargo se van al extremo opuesto: al escepticismo, puesto en boga por algunos filósofos de la ciencia. Estos equiparan por su lado negativo el saber científico con el de cualquier otro tipo de conocimiento, o de "pseudociencia" como aquí denominamos.
 Pero lo mismo sucede con las llamadas pseudociencias. Las opiniones sobre ellas pueden igualmente caer en ambos posicionamientos radicales: credulidad dogmática y descalificación total.
 Quienes así piensen, sin matizaciones, acerca de la ciencia o de las pseudociencias ni serán buenos historiadores ni buenos epistemólogos.
 De ello deseo ocuparme en esta conferencia. Pienso que los juicios extremos sobre ellas ni son adecuados ni pueden dimanar de un pensamiento racional y razonado. En consecuencia, las críticas indiscriminadas a todas las pseudociencias tampoco ayudan a prestigiar la razón.

 ¿Qué es de la religión?

 Antes de pasar adelante me siento obligado a definirme en relación a nuestro contexto: el presente Congreso organizado por la Asociación A.R.P. Cuando se habla de una Alternativa Racional a las Pseudociencias parece que se presupone una identidad entre ciencia y pensamiento racional, mientras que se equiparan, en el bando opuesto, las pseudociencias con el pensamiento no-racional o irracional. Como si ambas parejas de conceptos fuesen coextensivas. Como si racionalidad e irracionalidad no se entremezclaran en las ciencias y en las pseudo. Como si  las ciencias agotasen el ámbito de lo racional y las pseudociencias el de lo irracional.
 Pero desde sus comienzos el llamado pensamiento racional fué más amplio que la ciencia e incluyó el complejo filosófico-científico-tecnológico. Hago hincapié en el lógico  que distingue la técnica -puramente pragmática- de la tecnología  -que es una técnica impregnada de teoría e interactiva con ella . Lo mismo sucede en el bando opuesto: el pensamiento irracional o no-racional nunca se ha limitado a las pseudociencias. Siempre ha incluido a la religión, más o menos evolucionada; así como a la mitología, que a veces se solapa con la religión y a veces con el pensamiento mágico. Y ha incluido muchas formas de relacionar ideas que no entran dentro de ninguna lógica formalizada, como los sueños, las fantasías, las asociaciones de ideas por sentimientos personales, etc.
 Por ello el logos  o la razón, desde que adquirió la mayoría de edad en Grecia, se ha presentado frecuentemente como alternativa global a toda creencia no racional. Y como tal ha librado históricas batallas contra la mitología o la religión. Mencionemos la medicina hipocrática, la historia que comienza Hecateo antes de los grandes Herodoto, Tucidides o Jenofonte, o la filosofía de Heráclito y en general de los primeros filósofos de la Jonia. Todos ellos, bajo el estandarte del logos , criticaron las falsas explicaciones que habían dado los poetas y mitólogos acerca de las enfermedades, de los acontecimientos históricos o del origen y naturaleza del universo. Explicaciones pretendidamente inspiradas por las divinidades. Ya fueran las divinas Musas o su madre Nemosine, ya fuera cualquier otro Dios de otra religión.
 ¿Por qué limitamos ahora el alcance del pensamiento racional y lo reducimos a la ciencia oponiéndola a las pseudociencias y dejando que la religión se esfume del campo de batalla? Pues yo pregunto: ¿qué diferencia epistemológica existe entre: a) creer en espíritus fantasmales que vagan por el mundo, moviendo los objetos de un sitio a otro en contra las leyes físicas conocidas, asustando de este modo a los mortales y b)  creer que los hombres poseen almas espirituales e inmortales, pero que éstas se encuentran sólo en el limbo, en el cielo o en el infierno? Pero además, todo buén católico, por citar ejemplos conocidos, creerá también que estos espíritus pueden manifestarse a algunos de sus debotos, como siguen haciendo los santos y beatos que el Vaticano produce en cadena.  La diferencia entre el primer tipo de creencias y el segundo estriba en algo tan poco racional como el grado de santidad de los muertos o de sus contactos en este mundo, certificado por la Iglesia. Y no digamos nada de la demonio-logía, ciencia de los demonios, extremo aberrante de la teo-logía o ciencia de Dios, en la que también deben creer todos los científicos católicos. ¿Cuál es la diferencia entre una pseudociencia y una teología o una religión para que el pensamiento racional las distinga y les dé un tratamiento diferente?
 El racionalista que critica las pseudociencias y al mismo tiempo respeta las venerables creencias religiosas suele dar dos tipos de respuestas a esta pregunta. Una es epistemológica, concierne a la razón teórica. La otra entra dentro del campo de lo que Kant denominó razón práctica;  es decir concierne a la ética o a la moral: las pseudociencias -nos dirá- son engaños; y quienes las cultivan son unos embaucadores que aprovechan la credulidad de la gente. Mientras que científicos y religiosos son gente honesta en sus creencias, personas que buscan la verdad. Esta respuesta es bastante ingénua si con ella se agrupa a todos los pseudocientíficos en el campo de los mentirosos y a todos los predicadores de creencias religiosas o eclesiásticos, junto con los científicos, entre los hombres honestos. Además no resiste ningún examen empírico porque se contradice con los hechos.
 La otra respuesta parece más sólida y apela a la distinción kantiana entre lo que podemos conocer y lo que no podemos conocer. Para este filósofo, todos nuestros conocimientos, aunque construidos por nuestro entendimiento, están basados en datos brutos que nos llegan a través de la experiencia sensible. Algunos de estos conocimientos constituyen la ciencia, otros nuestro pensamiento cotidiano. En cambio la religión y la metafísica, al utilizar conceptos que no han sido extraidos de la experiencia ni pueden serlo, quedan fuera de juego. Son nulos  en el ámbito del conocimiento teórico (aunque no en el práctico). No podemos asegurar su verdad porque ni siquiera podemos hablar de ellos con propiedad. Pero por esa misma razón tampoco podemos decir o demostrar que sean falsos. La religión queda de este modo al margen de toda crítica racional posible.
 Mientras nos mantengamos en los límites de lo no empírico  permaneceremos en el campo de las creencias religiosas, que pueden ya convivir en armonía con la ciencia. Pues una religión de tal modo depurada nunca entrará en conflicto o competencia con ella. Solo cuando hagamos afirmaciones sobre fenómenos de la experiencia, utilizando conceptos que nos remitan a ella, entraremos en el campo del conocimiento teórico y en el de la ciencia. Y tenga cuidado el que aquí penetre, porque aquí hay cotos de caza y cazadores furtivos.
 Así, aunque tanto las pseudociencias como la religión tienen puntos en común, como es el de apelar a explicaciones misteriosas y no verificables, las primeras se diferencian de esta última en que hablan acerca de hechos empíricos y pretenden dar explicaciones de fenómenos perceptibles. En cuanto tales entran en competencia y en posible conflicto con las explicaciones científicas. La religión en cambio sólo en casos excepcionales, considerados como milagros, introducirá lo sobrenatural o arracional en el mundo de la experiencia.
 Pero en el momento en que una religión pretenda extraer de sus libros sagrados o de sus fuentes de inspiración algún tipo de explicación sobre fenómenos empíricos (tales como la aparición de las especies vivas, el modelo de sistema solar, etc.) entrará en el ámbito de las pseudoexplicaciones. Para evitarlo, para no enfrentar la religión con el pensamiento racional, los griegos (a partir de Teágenes de Regio en el siglo VI), y después los judios (como los esenios o como un Filón de Alejandría), defendieron la interpretación alegórica o moral de los mitos politeistas y de los textos bíblicos que hacían referencia a fenómenos empíricos.
 Hoy día sigue habiendo muchos científicos del tipo kantiano, aunque no lo sepan. Como el filósofo de Königsberg han limitado el campo de la razón para dejar espacio a la fe. Para mayor abundamiento, el neopositivismo lógico llegó al mismo resultado que Kant por distinto camino, consagrando en el siglo XX esta misma separación entre ciencia -lo experimentable y, por tanto, verificable- y todo el resto de ideas poéticas, ontológicas, religiosas, etc. Para los neopositivistas todo este último paquete de ideas y afirmaciones, carecen de sentido. Sólo hay lugar a la discusión en el ámbito de la experiencia empírica. Y el criterio que propusieron para delimitar este campo fue el principio de verificabilidad.  Según él, las hipótesis que propongamos deben ser verificables.  En caso contrario carecerán de sentido y serán pseudocientíficas.
 En resumen, para este tipo de pensadores racionalistas la religión queda limpiamente a salvo de toda crítica y no entra en competencia con la ciencia. Pero el precio  que se paga para ello es el de amputar amplios componentes del campo racional, dejando a la ciencia como su único representante y asignando a las pseudociencias el papel de único adversario.
 Ya he manifestado otras veces  que esta estrategia ha resultado nefasta para el pensamiento racional, que ha quedado limitado, dividido y por tanto debilitado. En virtud de ella se deja a cargo de los charlatanes y de todos los irracionalistas el campo de las grandes cuestiones filosóficas que han impulsado el pensamiento de los hombres.
 La ciencia por su parte, abandonada a sus propias fuerzas o con la menguada ayuda que le ofrecen estas filosofías tan áridas y claudicantes, no ha conseguido encontrar su identidad ni fundar teóricamente su superioridad frente a las llamadas pseudociencias. Antes bien se autodestruye en este empeño quedando reducida a la nada. Porque si aplicamos estrictamente cualquiera de los criterios que se han propuesto para deslindar la ciencia de las pseudociencias (verificabilidad, falsabilidad, etc.) ninguna ley o afirmación pretendidamente científica pasará el examen.
 Pues por desgracia para los kantianos y neopositivistas no hay criterios absolutos para distinguir lo empírico de lo teórico, ni la ciencia de la pseudociencia. A pesar de que muchos filósofos, desde Platón hasta Karl Popper, se han pasado la vida intentando encontrarlos. Por el contrario, los límites entre ciencia, pseudociencia y religión son variables y difusos como pretendo recordar en esta conferencia. Cada uno de nosotros tiene su idea sobre lo que son las ciencias y las pseudociencias y pensamos que los demás la comparten con nosotros. Pero si entramos a discutir a fondo esta distinción veremos que no hay acuerdo. Yo mismo daré mi propio criterio, pero no espero que sea compartido por todos.
 Por otro lado ya he dicho que la respuesta ética no está tampoco confirmada por los hechos. No es una novedad decir que los científicos engañan, se inventan datos o los falsifican para mantener sus teorías. Pero este verano lo manifestaba de manera contundente John Maddox, el veterano director de la prestigiosa revista Nature . Manipulaciones de datos y falsificaciones famosas han tenido lugar en todas las especialidades, y parece ser que desde el mismo Newton: en física, en paleontología, en biología, etc. sin mencionar las ciencias sociales, instrumentos muchas veces de prejuicios e ideologías políticas. Sobre la honestidad o desinterés de las religiones oficiales no hablaré porque no pienso que nadie crea en ella, ni en la actualidad ni en ninguna época histórica.
 Puesto que ni la epistemología ni la ética proporcionan un criterio de diferenciación, la ciencia sólo puede justificarse en su reconocimiento social y colegiado. Así se ha podido decir: "Biología es aquello que hacen los biólogos", y lo mismo para otras disciplinas. Pero un hecho tan pragmático como éste, que depende de tantos factores, presupuestos e intereses no tiene ningún rango teórico. Si nos atuvieramos a él, la ciencia de hoy puede ser considerada pseudociencia mañana, como ahora podemos considerar la de antaño o los saberes oficializados dentro de otras culturas.
 En ausencia de criterios válidos pienso que mejor que la autoaniquilación, o que dejar fuera del ámbito racional al 99,9 % de nuestros conocimientos, lo que conviene hacer es ampliar el concepto de lo racional, tal como fué entendido en sus orígenes. Pues la ciencia oficial de hoy no tiene derecho a acaparar por decreto la racionalidad para sí sóla.  Y tampoco hay motivos para limitar lo irracional a las pseudociencias. Opino que la alternativa racionalista no debe tenerlas como único objetivo de crítica. La razón, alejada de todo dogmatismo, tiene también problemas para convivir con creencias y dogmas religiosos, aunque a éstos no les llamemos pseudociencias.

   Las variables y borrosas fronteras de la ciencia

 A lo largo de este excursus  creo que he avanzado ya las principales tesis que deseaba sostener: que los límites de la ciencia son difusos y variables y que el pensamiento racional ni es dogmático ni absolutamente incrédulo. Para justificar lo primero basta con apelar a nuestra memoria histórica.
 Desde que apareció la ciencia o "episteme", como el dominio más seguro del conocimiento racional, filósofos y científicos han intentado sin éxito aparente deslindarlo de otros tipos de saberes o de falsos saberes.
 Platón dedica infructuosamente todo su Teetetes  para encontrar una definición convincente de ciencia (la ciencia no es sensación, ni puede definirse como opinión verdadera, ni siquiera como opinión verdadera acompañada de razón). Finalmente el idealismo de Platón le llevará a establecer un criterio deductivista de la ciencia a partir del conocimiento de las esencias o Ideas.  Su captación intelectual permitirá ordenar correctamente los niveles inferiores de conocimiento: tanto el pensamiento abstracto de las ciencias como las opiniones cotidianas basadas en las percepciones de lo sensible. Pero ¿quién le asegura al filósofo y a sus seguidores que han conocido las esencias verdaderas y que no se han equivocado? Desde luego ninguno de sus numeros críticos, desde Aristóteles y Epicuro hasta ahora se lo creerán.
 Aristóteles borra la contraposición entre el conocimiento sensible y la lógica en el camino hacia la ciencia, buscando en la inducción una síntesis de ámbas. Sin embargo se mantendrá en una cierta aporía. Mientras legitima la inducción y la abstracción, como caminos para llegar desde la percepcción sensible e individual a las verdades abstractas y universales de la ciencia, sigue pensando que ellas no ofrecen la seguridad de la deducción y mantiene el ideal deductivista de su maestro Platón. Ideal que se materializa en una ciencia articulada por el silogismo categórico. Pero tropieza con el mismo problema que Platón: bajo esa perspectiva deductiva, todo conocimiento tiene que fundarse en una premisa más general, hasta llegar a unos primeros principios. Estos no son ellos mismos demostrables; por tanto, no son científicos. Podrán considerarse conocidos por intuición o ser tratados como axiomas indemostrables o hipótesis. De cualquier manera, sin garantía de verdad plena. En consecuencia, toda la ciencia se fundamenta en la no ciencia.
 La ciencia moderna difiere mucho de la clásica. Si ésta era cualitativa , con Leonardo y Galileo se desarrollará la ciencia de las ecuaciones; la ciencia de una naturaleza "escrita en lenguaje matemático". Si en la antigüedad la ciencia era una especulación desvinculada de la técnica y de sus aplicaciones sociales, la nueva nace de la mano de los ingenieros.
 Pero tampoco la ciencia moderna ha sido capaz de encontrar su identidad o establecer criterios de demarcación. En los albores de la modernidad, Francis Bacon intentó fundamentarla en la lógica inductiva, a partir de la observación empírica, por medio de tablas de presencia y ausencia. Descartes apelará a la bondad divina para garantizar que nuestro conocimiento del mundo no es engañoso y justificará la ciencia cuando esté basada en una buena lógica deductiva. Pero la inducción de Bacon fué pronto criticada por Hume, perteneciente a su misma corriente empirista. Y la refutación de Hume, renovada recientemente por Popper se ha mantenido firme. En cuanto a la ciencia racionalista cartesiana, sus tesis sobre las ideas innatas, primeros eslabones de las cadenas deductivas, es tan poco racional como su apelación a la garantía divina para poder justificar las ciencias.
 En nuestro siglo los neopositivistas, como ya dije anteriormente, inventaron el principio de verificabilidad, pero, como sus críticos han hecho notar, el mismo principio es inverificable y si lo aplicamos rigurosamente ninguna ley o hipótesis general de la ciencia será científica. Todas ellas caen en el agujero negro de los enunciados carentes de sentido.
 La misma suerte le tocaría a la ciencia si se siguiera el criterio de falsabilidad enunciado por Popper. Su discípulo Lakatos y sus rivales Kuhn y Feyerabend, entre otros, se han entretenido en demostrar que las hipótesis científicas resisten a toda pretendida falsación.
 Basten estas selectas menciones para apreciar que la definición o demarcación de la ciencia va variando con el tiempo, igual que las fronteras de los paises.
 Peor aún, las fronteras políticas, aunque variables con los vaivenes del tiempo, suelen estar bien definidas en cada momento y protegidas con fortificaciones militares, salvo en todos los casos litigiosos. En el dominio de la ciencia los límites son difusos, de manera que los litigios fronterizos son la regla y no la excepción.
 Volvamos a la historia griega. Frente a los primeros filósofos científicos de Jonia, que querían deslindar sus conocimientos del mito y la religión, aparecieron aquellos otros filósofos que, con razonamientos semejantes a los suyos, intentaron compatibilizar y sintetizar estos tipos de saber. Los más famosos de estos filósofos, aunque tuvieran predecesores, fueron los pitagóricos. De su doctrina dualista, mezcla de ciencia y religión absorverá Platón muchas de sus teorías sobre el alma y el cuerpo, sobre el ascenso al pensamiento racional y sobre la posibilidad de integrar la ciencia o episteme con los mitos religiosos "buenos" . De este modo, a través de Platón y del cristianismo platonizado por San Pablo nos llegará a Occidente una rama de esa horrible mezcolanza de racionalismo y misticismo que es el pitagorismo.
 Otra rama de la misma fuente nos llegará por vías ocultas y frecuentemente subterráneas. Protegiéndose de la religión cristiana hasta el Renacimiento alimentará las pseudociencias: la astrología, la alquimia, la psicología de las reencarnaciones, etc. Todas ellas se reunieron en el siglo I en el famoso corpus hermeticus,  atribuido a Hermes Trimegisto a quien se identificó con el Dios egipcio Tot.
 Aunque sea anecdótica la vía de llegada merece señalarse que esta mezcla de saberes caracterizó el pensamiento de muchos pensadores del Renacimiento y de la Edad Moderna. Estuvo presente en uno de los máximos representantes de la ciencia occidental, Isaac Newton o en uno de los más insignes filósofos sobrellamados "racionalistas", como Leibniz, que se inspiró en las corrientes esotéricas para su teoría de las Mónadas.
 Durante mucho tiempo, la alquimia fué la única actividad experimental en el dominio de la composición de la materia. Ligada a unas teorías místicas de la afinidad y de la semejanza fué el soporte empírico del que irá naciendo la química moderna, y luego la biología, por un lado, o la física atómica por otro.
 Resultaría dificil decidir si estas ciencias modernas son más descendientes de la alquimia o de las librescas explicaciones, basadas en argumentos de autoridad, que daban los representantes de la ciencia medieval.

Un caso concreto: la psicología

 Como psicólogo desearía llamar la atención sobre la dificultad de cribar lo científico que hay en mi propia disciplina, igual que en otras ciencias humanas o sociales, de lo pseudocientífico. Bien sea debido a la juventud o bien a la complejidad de esta ciencia en la que cohabitan muchos paradigmas.
 Sólo queda claro el cambio que la "ciencia del alma" ha sufrido a lo largo de la historia. Salvo contadas excepciones, hasta bien maduro el siglo XIX esta disciplina no entró en el campo de las ciencias. Y hasta ahora sigue constituyendo una mezcla bastante difusa de teorías .
 El psicoanálisis no ha sido reconocido como ciencia por muchos médicos y filósofos. Su más conocido crítico quizás sea el ya mencionado Karl Popper. Pero dentro del psicoanálisis hay que distinguir partes. Un núcleo doctrinal muy ligado a la experiencia clínica y que Freud consideró hipótesis de trabajo, consciente de su caracter provisional, pero a sabiendas también de que eran las únicas que por el momento le permitían explicar los fenómenos neuróticos que estudiaba. Hipótesis que fué matizando y cambiando. Algo distinto de las extrapolaciones posteriores o de la proyección de estas hipótesis al campo de lo antropológico y cultural (mito del padre asesinado...).
 El primer núcleo doctrinal, cuya esencia es el papel decisivo de lo no consciente y la desconfianza en la introspección o en la conciencia ha pasado al patrimonio cultural de la humanidad. Sus hipótesis energetistas sobre la doble y luego triple estructura de la psique son más dependienes de los paradigmas culturales de su tiempo y esperaban, según él, el adelanto de la biología y de la neurología para confirmarlas o matizarlas.
 El dominio de la libido sexual en sus diferentes fases fué una hipótesis por la que Freud apostó fuerte y a la que nunca renunció. Aunque fuera extremada, hay que reconocer el mérito de Freud de haberla resaltado frente al puritanismo de la época. También defendió una teoría no genética de las enfermedades mentales, que todavía hoy puede mantenerse o hacerse compatible con rasgos genéticos y epigenéticos. Ninguna de sus hipótesis es incompatible con el pensamiento racional.
 El psicoanálisis aparece como una mezcla de ciencia hipotético-deductiva, que da cuenta de muchos hechos observados, junto con otra serie de hipótesis inverificables, más fantasiosas o gratuitas, y una serie de técnicas con las que consigue éxitos desiguales. Se trata de una doctrina naturalista de la psique, compatible incluso con el reduccionismo biológico que postulará el neopositivismo. Aunque no un reduccionismo tan estrecho que deje de lado todos los demás tipos de explicación causal.
 Frente al psicoanálisis, el paradigma conductista se presentó como la alternativa de una verdadera psicología científica, cumpliendo todos los requisitos exigidos por el positivismo: sólo toma en cuenta hechos observables (estímulos, conductas y efecto de estas conductas). Tales hechos son contabilizados y las tasas de incremento, positivo o negativo, de unos puestas en relación con las frecuencias de los otros constituyen las leyes de los diversos tipos de aprendizaje y de modificación de conductas. Al atenerse a los hechos observables este modelo prescindía de todo lo que pasaba en el interior de nuestra cabeza. Por eso ha ido cediendo espacio a un tercero: la psicología cognitiva, que tiene en cuenta las representaciones mentales y todos los esquemas, procesos y estrategias que median entre las estimulaciones o perturbaciones del medio y las conductas. El modelo principal de este nuevo paradigma es la metáfora, o mejor dicho la descripción, de la mente como procesadora de información. Psicólogos cognitivos han trabajado con ingenieros, matemáticos y técnicos de Inteligencia Artificial para estudiar estos mecanismos internos.
 El conductismo atomizaba la conducta en estímulos, respuestas y refuerzos puntuales. Como alternativa se desarrolló también la psicología de los sistemas, que, frente a la causalidad lineal E-R resalta las interacciones sistémicas de todos estos elementos y el papel de los sistemas de relaciones interpersonales dentro del contexto donde aparece y se desarrolla la enfermedad mental: la familia y las redes sociales. La principal de sus escuelas toma sus bases teóricas de la cibernética .
 El conjunto de todas estas teorías psicológicas está lejos de dar una explicación contundente de los fenómenos psíquicos y de promover una tecnología cuyos resultados sean tan exitosos como los de la ingeniería eléctrica o térmica.
 Multitud de teorías satélites o alternativas intentan cubrir los espacios teóricos. Sin grandes pretensiones científicas muchas veces sus técnicas obtienen unos resultados comparables a las otras grandes corrientes: análisis transaccional, terapia gestáltica, psicodrama, sofrología, control mental, energética, etc.
 En este bosque ¿Quién es capaz de establecer un lindero entre la psicología como técnicas, como tecnología, como ciencia y como pseudociencia? ¿O sólo la consideraremos ciencia cuando sea capaz de reducir lo psicológico a lo biológico, igual que la medicina?
 Este criterio equivaldría a considerar como único tipo de explicación científica el reduccionista. Pero ello ni los biológos, ni los físicos, ni geólogos,  ni ninguna otra comunidad científica puede sostenerlo. Junto a las explicaciones reduccionistas todas estas ciencias poseen teorías sobre las interacciones entre elementos del mismo nivel.
 En cuanto a la expulsión del psicoanálisis en su totalidad del campo de la ciencia parece que es tirar el burro con la paja. Ningún criterio que se aduzca para justificarlo es objetivo.

 He hablado de la psicología; pero podríamos mencionar la medicina. Aquí el espíritu corporativista es importante y es el campo donde menos se puede aplicar aquello de que "la medicina es aquello que practican los médicos". O considerar que es ciencia lo que se estudia en las Facultades y no-ciencia lo demás. Unas veces se expulsa del campo racional a todas las llamadas medicinas alternativas sin discriminación o ponderación alguna: acupuntura, digitopuntura, bioenergética, etc. mientras que otras veces se las admite. O sólo se consideran ciencia cuando son practicadas por médicos. Un ejemplo: la osteopatía, medicina de las fuerzas y las tensiones que sólo los médicos titulados pueden practicar, es reconocida como ciencia en 15 universidades. Pero como las otras medicinas no bioquímicas, está basada en la codificación de antiguas prácticas de curanderos y "arregla-huesos", sistematizadas por Andrew Taylor Still, como leo estos días en el periódico zaragozano  que señala su existencia. Otro ejemplo: el auge de las medicinas alternativas ha conseguido, por ejemplo, que la Universidad de Zaragoza, como otras muchas en el mundo, imparta un Master de Medicina Natural. Estas medicinas alternativas consisten en unas técnicas, relativamente efectivas para la curación de muchas dolencias, basadas en la acumulación de observaciones empíricas a lo largo de siglos y basadas en unos hipótesis teóricas que no carecen de lógica, aunque se hallen a veces contaminadas de misticismo.
 De nuevo, los límites son difusos y no hay claros criterios demarcadores. Pero ésto que parece normal en el campo de las ciencias humanas y sociales se da también en las ciencias de la naturaleza, en las cuales tampoco hay muros de Berlín o estrictos criterios de demarcación, sino que éstos van variando con el tiempo.
 Pero otro error sería el de equiparar a todas las ciencias y pseudociencias por los aspectos negativos que comparten. Es la igualación que lleva a cabo el escéptico indiscriminadamente. Del hecho de que ninguna de ellas pueda enseñarnos el trofeo de una verdad incontestable no se sigue que sean igualmente falsas. Este argumento escéptico lo utilizan muchos pseudocientíficos para arrebatar a la ciencia oficial su monopolio doctrinal.

 Entre el dogmatismo y el escepticismo.

 El dogmatismo es incompatible con el pensamiento racional; es una reliquia de la religión; un quiste que ha infectado a veces la razón sin ninguna justificación.
 Pero el escepticismo es la reacción extrema contra él y tampoco parece satisfacernos. Al suspender su juicio  ante todo, el escéptico no establece distinciones entre ciencia y pseudociencia, entre pensamiento racional e irracionalidad.
 Frente a estos dos extremos abogo por una postura más matizada, que tenga en cuenta la complejidad del conocimiento humano, la diversidad de sus fuentes, así como sus diferentes modos de guardar, organizar y sintetizar las informaciones. Muchos de ellos se entremezclan en ciencias y pseudociencias ya que ámbas acumulan conocimientos empíricos y no carecen de lógica. En el campo de las ciencias humanas es más dificil aún distinguir uno de estos tejidos de empirie y lógica frente a los otros.
 En otra ocasión  he hecho pública mi posición intermedia. Y puesto que ya me he extendido aquí en rechazar el dogmatismo me toca ahora recordar brevemente las razones que me separaban de los escépticos. Decía que fuera cual fuera la naturaleza última de las cosas, en nuestro mundo hay diferencias entre ellas. Estas diferencias y sus relaciones son lo que nos importa y el objeto de conocimiento. Sin ellas no podría haber ningún flujo ni proceso energético y por consiguiente no existiríamos. Estas diferencias y las relaciones que establecen entre ellas mantienen una correspondencia probabilística con las diferencias que establece nuestra mente y sus sistemas de ideas. Dependiendo nuestro pensamiento tanto de nuestra forma de conocer como de las diferencias objetivas de realidad externa que perturban diferentemente nuestro sistema cognitivo es probabilísticamente cierto que muchos de nuestros conocimientos se correspondan parcialmente con esa realidad.
 Con los escépticos he reconocido que existen engaños perceptivos y que nuestros modelos teóricos de la realidad son muy limitados y sesgados. Pero frente a sus tesis he afirmado una correspondencia parcial entre pensamiento y realidad. Nunca estaremos seguros de la verdad de una teoría concreta ni de la existencia de un objeto que corresponda a una percepción determinada. Pero sabemos que una buena proporción de nuestro conocimiento depende de factores objetivos y está adecuado a la realidad.
 Hay un riesgo en cada afirmación que hagamos. Nuestros enunciados son como apuestas a una ruleta. Pero podemos correr ese riesgo sabiendo que tenemos posibilidades de acercarnos a la realidad. Y que además tenemos la posibilidad de detectar y corregir nuestros errores, si no nos empecinamos en engañarnos. Podemos aprender a jugar y a convertir la ruleta en ajedrez.

 A modo de conclusión

 Con esta concepción probabilística del conocimiento deseo aquí reivindicar un concepto de logos  o razón más cercano al original y más amplio que la pura lógica, pero que le permitirá deslindarse de las pseudociencias y de la religión.
 Oponiéndolo a los mitos, Heráclito decía que el logos  era lo común.  No era propiedad exclusiva de algunos hombres superiores. Estaba al alcance de todo hombre normal, suficientemente entrenado. Y además hablaba de lo común. Daba explicaciones basadas en regularidades cotidianas que podían ser observadas y discutidas públicamente y no fundadas en revelaciones divinas.
 Aquí estriva su parentesco con la Democracia, con la que frecuentemente ha ligado su suerte el pensamiento racional. A este pensamiento público o común Heráclito oponía el mundo del dormido, de los sueños, de las fantasías y especulaciones; un mundo privado, impenetrable.
 Ser público significa que no tiene secretos. Por ello todas sus afirmaciones podrán ser cuestionadas, discutidas y juzgadas por la comunidad científica del presente y del futuro y, en última instancia, por todos los hombres. Por eso se podrán descubrir sus errores y sus limitaciones.
 El pensamiento racional está sujeto así a mecanismos de control. Podrá engañar y a menudo cometerá grandes equivocaciones. Pero a diferencia del saber religioso y de las pseudociencias él mismo y con sus propios métodos los puede detectar y corregir.
 Permítaseme llevar más adelante la comparación con la política: la democracia no supone la ausencia de abusos, corrupción e ilegalidades entre los políticos. Tampoco la ciencia está libre de engaños, autoengaños, trampas y errores. Los científicos no son, como hombres, más honestos que los pseudocientíficos; o importa poco que lo sean. Y se equivocan como todos. Pero la democracia tiene medios públicos para poder controlar esta corrupción, detectarla, juzgarla y castigarla. De igual modo, el pensamiento racional, en el que incluyo la ciencia, la filosofía y la tecnología además de una gran parte del pensamiento cotidiano de los hombres, nos lleva a errores. Pero tarde o temprano éstos son detectados y pueden ser corregidos.
 Por supuesto que relacionar la ciencia con la democracia no es sostener que la verdad de una teoría se decide por mayoría de votos. Por desgracia para nuestra especie las mayorías se equivocan en ciencia tanto como en política. Igual que se equivocan las minorías, las personalidades, los regímenes aristocráticos y los dictatoriales. La razón y la ciencia no llegan a la verdad por votación, pero como no basan su saber en la autoridad de seres superiores ni en revelaciones divinas. Todo lo que afirman es expuesto públicamente y puede ser criticado por todos los que quieran repetir los experimentos o refutar sus argumentos.
 Junto al hecho de que extrae su saber de la experiencia cotidiana, pienso que es este caracter dialogante y antidogmático, su sometimiento al control público, el lo que da su caracter racional y razonable a la ciencia. Es el que le permite avanzar descubriendo errores y apostando por nuevas conjeturas e hipótesis explicativas. De todo ello carecen las pseudociencias.
 Puede parecer que este criterio para separar la ciencia de la pseudociencia sea poco académico o banal. Pero, por seguir con la comparación, es tan trivial como el que distingue una democracia de una dictadura.

  Una distinción elaborada entre técnica y tecnología puede encontrarse, por ejemplo, en José Sanmartín y otros (eds.): Estudios sobre sociedad y tecnología,  Brna., Anthropos, 1992. La filosofía de la tecnología, relativamente reciente, está recuperando un espacio que le pertenecía aunque nunca le fué reconocido. El equipo de Invescit es el que más a trabajado el tema en España con varias publicaciones en ed. Anthropos en colaboración con algunos de los pioneros del tema como el Prof. Carl Mitcham.
2 Notablemente en mi artículo "Por una ontología científica" en E. VIÑUALES (edr.): Astronomía: actualidad e historia, Zaragoza, Seminario Interdisciplinar - MIRA editores, 1991, pp. 9-23
3 Cito a Madox por estar situado en un privilegiado puesto de observación. Tras su intervención este año en el curso "Ciencia y Comunicación" de la Universidad Complutense declara a "ABC de la Ciencia" (pág. 44-45): "Hay investigadores ansiosos por publicar en 'Nature' y a veces se esfuerzan al máximo, incluso recurriendo a trucos sucios para intentar convencernos. Es un problema muy difícil. Hay gente que directamente hace trampas y se inventa resultados. Por eso es importante que estemos todos al acecho ante este tipo de cosas. Es sorprendente lo facilmente que ocurren y lo difícil que resulta detectar estas trampas". Recordemos casos recientes como el de la fusión fría o el robo del virus del Sida, por no citar otros más antiguos.
4 Se le denomina ciencia cualitativa porque buscaba el conocimiento de las cualidades y esencias de las cosas, como clave de su explicación. "Aquello por lo que una cosa es lo que es". Lo que la convertía en una ciencia puramente verbal. Un perro es tal porque tiene como esencia la canidad, y es blanco porque tiene la cualidad de la blancura, como una piedra lo es porque tiene la esencia de la petreidad, o un círculo la redondez. De igual manera que la honradez o la castidad son aquellas virtudes por las que un hombre es honrado o casto. Algo que Moliere satirizó con la famosa "fuerza dormitiva" del opio con la que se explican los efectos relajantes y soporíficos de éste.
5 La no contradicción entre la ciencia y la buena doxa es defendida por Paltón en muchas ocasiones, en las que utiliza el mito como complemento o vomo vía paralela a la razón. Notablemente en Fedón,  donde se trata de la inmortalidad del alma, pero también en República, Fedro, Timeo  y otros muchos de sus diálogos. De sus argumentos se deduce que la buena doxa u opiniones son las que nos ayudan a ser buenos ciudadanos, ésto es a respetar las Leyes. Sobre el doble tratamiento del mito (aceptación y crítica) según los casos, puede verse M.Angel Granada: "Mito versus retórica sofística      , pp. 25-39.
6 Freud nunca puso en cuestión el caracter biológico y neurológico de los procesos psíquicos, manteniendo ideas reduccionistas. En varias ocasiones lamenta las limitaciones de la fisiología de la época que apenas le permitían afirmar más que los procesos "se desarrollan en el encéfalo" . Su desinterés por lo biológico y neurológico fué sólo metodológico. Siempre pensó que los fisiólogos encontrarían un día el sustrato biológico de los "constructos" teóricos que él elaboraba (como el yo,  el preconsciente,  los instintos... ). Y ello desde su Proyecto de una psicología para neurólogos  (1895) hasta sus últimos escritos, en los que sigue afirmando que "el futuro podrá enseñarnos a influir directamente, con sustancias químicas particulares, sobre las cantidades de energía y sobre su distribución en el aparato psíquico [...] por ahora no disponemos de nada mejor que la técnica psicoanalítica". Y entre uno y otro, en 1913:  "Habremos de recordar que todas nuestras provisionalidades psicológicas habrán de ser adscritas alguna vez a sustratos orgánicos". Cfr. S.Freud: Obras completas (9 vols.),  Madrid, Biblioteca Nueva
 Estas confesiones biologistas de Freud no le hacen partícipe sin embargo de una concepción genética de la enfermedad mental. No todo lo biológico es genético.
7 Además de cualquier manual de historia de la psicología puede encontrarse un resumen y buena introducción a la psicología conductista en el libro de J. Quintana: Psicología de la conducta. Análisis histórico,  Madrid, Alhambra, 1985. Un manual sobre la psicología cognitiva, especialmente centrada en el Procesamiento de Información clásico es el libro de M. Vega: Introducción a la psicología cognitiva., Md., Alianza, 1984.
8 Me estoy refiriendo a la llamada terapia sistémica, que nace en Palo Alto alrededor de G. Bateson, con su trabajo de 1956 "Hacia una teoría de la esquizofrenia" , recolpilado en G.Bateson 1972  (Pasos hacia una ecología de la mente , Bs. Aires, Carlos Lohlé, 1985)  y comienza a difundir P. Watzslawick en 1967  (Teoría de la comunicación humana, Barcelona, Herder, 1981). Los comienzos de las ideas cibernéticas (retroacción, homeostasis...) que Bateson aplicó a la comunicación humana se han visto enriquecidas por las teorías de lo que H. Maturana llama 2ª cibernética.
9 Se trata de la contraportada de El Heraldo de Aragón del día 26-10-93.

10 La característica del escéptico es la epojé  o la suspensión de juicio, ante cualquier afirmación. No debemos confundirla con la epojé  fenomenológica de Husserl, que consiste en suspender el juicio en el tema de la existencia de un mundo exterior. O ponerlo entre paréntesis. Los escépticos antiguos no se atrevieron nunca a una duda tan radical o lunática. Ni en los 10 modos de Enesidemo, ni en los 5 modos de Agripa, que son los motivos o argumentos que conducen a la suspensión del juicio, se argumenta la puesta en cuestión del mundo exterior. Por el contrario su máxima práctica de tomar la vida como guía, o la experiencia según Sexto Empírico, la presuponen. Ver J-P Dumont: Les sceptiques grecs. Textes choisis, Paris , PUF, 1966 y del mismo autor Le scepticisme et le phénomène,  Paris, Vrin, 1972. También los trabajos y recopilaciones clásicos de V. Brochart: Les sceptiques grecs,  1887, reimpr. en Vrin, 1962 (trad. cast. en editorial Losada), de N.Maccol: The Greek Sceptics, Pyrrho to Sextus, 1869, de A. Goedeckemeyer, 1905 o L. Robin, 1944.

11 en "Las diferencias y mis diferencias con el constructivismo subjetivo" en A. Carreras (ed.): Conocimiento, ciencia y realidad,  Zaragoza SIUZ / MIRA editores, 1993