AUTOPERCEPCION Y TERAPIA SISTEMICA

Alberto Carreras. Universidad de Zaragoza




ABSTRACT

1. Las teorías sobre la construcción mental, lingüística, social... de la realidad han removido en el último cuarto de siglo la terapia familiar y otros ámbitos de la psicología. En consecuencia, la subjetividad misma, que hace parte de esa realidad construida, debe aparecer también como un producto que se elabora. Así como la autoconciencia, insigth, self y otros conceptos que se refieren a la percepción de nosotros mismos como unidad.

Bajo la idea construida de un "yo" unificamos seleccionadas experiencias internas, asignándoles un sentido coherente, distinguiéndolas así del resto de la realidad. Ahora bien, para el constructivismo, la pluralidad, la fragmentación de las experiencias, y su compleja elaboración estarán en el origen del self, en lugar de la simplicidad e inmediatez con las que Descartes concebía su "yo pienso". No se ve ya la conciencia como un jefe jerárquico o un piloto de la nave, pero tampoco se la considera subordinada al inconsciente; más bien el punto de partida es la coexistencia paralela, igualitaria y algo anárquica de muchos "yoes", no siempre conscientes; tantos como relaciones establecemos. Incluso se cuestiona su continuidad temporal (¿un self o muchos selves discontinuos, construidos a propósito para cada ocasión?).

2. Según esto, los síntomas patológicos de la autopercepción no hay que considerarlos como efecto de una enfermedad destructiva, sino como defectos en la construcción unificada del "yo". Ya sean debidos a problemas orgánicos ya a la dificultad de integrar las variadas imágenes reflejadas de nosotros mismos.

Dado que la autoconciencia no es un espejo de nuestro interior, sino una construcción bio-psico-social, mediada por el lenguaje, la arbitrariedad será habitual. Por ello, habrá que considerar que solo existe una diferencia de grado entre la dinámica normal y la patología; una progresión desde los sesgos que constantemente caracterizan nuestra autopercepción y autovaloración cotidiana hasta los síntomas de la esquizofrenia o la demencia.

3. Los construccionistas han elaborado nuevas técnicas terapéuticas, muchas de las cuales influyen en la reconstrucción del "yo", y se han especializado en provocar cambios a través del lenguaje. Los antipsiquiatras ya habían hablado del efecto de las etiquetas verbales, las definiciones, los calificativos...; hoy los constructivistas trabajan además con las metáforas, los escritos, el contraste de opiniones y, sobre todo, las narrativas.

Mas hay que tener en cuenta que la transformación de nuestro lenguaje acerca de nosotros mismos se acompasa con el cambio de las relaciones interpersonales. En efecto, a la terapia familiar no sólo le interesa relativizar la realidad, sino también atender a los problemas de la autopercepción, combinando la atención a los aspectos conductuales y relacionales con el interés por los intrapsíquicos.
Se postula una cierta correlación entre los problemas de la autopercepción y autoestima con los problemas de expresión y representación de las relaciones en el seno de la familia.
 
 

AUTOPERCEPCION Y TERAPIA SISTEMICA

En las últimas décadas las terapia sistémica ha asumido abundantemente las teorías postmodernas: ya no pretende describir con objetividad el mundo de las relaciones familiares y habla en cambio de muchas realidades subjetivas e intersubjetivas, llámense constructos mentales, metáforas, discursos, narraciones o escritos. El terapeuta ya no es presentado como aquél que tiene la versión más correcta de la realidad o la mirada más profunda o el discurso más verdadero, sino que entra, como uno más, en el juego de las subjetividades.

En otras ocasiones (1) he criticado los excesos subjetivistas y antirrealistas de algunos constructivistas radicales, así como su cinismo al negar la verdad, aunque sea relativa o local. Pero estas críticas no han llevado a abandonar el sano constructivismo realista. Desde él quiero ahora dirigir la observación hacia nosotros mismos, hacia lo que podemos llamar autoconciencia, autopercepción, insigth, etc., conceptos que tienen que ver con el conocimiento reflexivo. Este es uno de los principales significados del término consciencia, que constituye una de mis líneas de investigación (2).

Pues igual que cualquier otra realidad, la del yo es una construcción mental y lingüística. No goza de ningún privilegio sobre otros constructos. La percepción que tenemos de nosotros mismos no tiene más garantías de acierto que cualquier otra percepción, a pesar de lo que digan los cartesianos o los fenomenólogos. Igualmente construidos, el yo y el no-yo se definen e implican mutuamente, como los conceptos de realidad "externa" e "interna". Este es el primer punto que podemos discutir.

Quiero ahora probar que las teorías constructivistas pueden ayudar a conocer mejor los mecanismos de nuestra autopercepción, así como los errores y patologías más habituales en este proceso. Además permiten tender nuevos puentes entre lo intrapsíquico (sentimientos, emociones, inconsciente) con lo ambiental, conductual y relacional.

La posibilidad de enlazar tales perspectivas de análisis y de terapias es uno de los actuales retos que tiene planteado el movimiento psicoterapéutico que hoy se reúne en este Congreso.

Teoría de la multifrenia y la conciencia como montaje.

Como he dicho, los terapeutas familiares ya están al corriente de la influencia de las teorías constructivistas sobre la terapia familiar. Por ello no me entretendré ahí y haré hincapié solamente en dos teorías "constructivistas" sobre el yo o la autoconciencia. Se trata de las teorías de Kenneth J. Gergen (3) y del cognitivista Daniel Dennett (4), que considero representativas de otras muchas (5).

Gergen habla de un yo saturado en las múltiples relaciones que establece con los otros; un yo troceado, multifacético, producto de la vertiginosa multiplicación de las comunicaciones de la época actual. Su concepto de multifrenia evoca la pluralidad de aspectos y la dificultad de concluir un proceso de unificación de la personalidad, o de elaborar una única autoimagen; más bien renunciamos a ella y nos aceptamos como personalidades plurales en distintos contextos.

Frente a los mitos de personalidades íntegras, la postmodernidad presenta la personalidad multifacética. No cree en un yo formado por un núcleo inmutable y rodeado de una periferia versátil. No en una identidad personal profunda, diferente de las apariencias superficiales. Piensa, en contra, que en cada momento desplegamos unos rasgos del yo que en otros momentos quedan inhibidos o relegados por rasgos competidores. Algunos son congruentes entre sí, pero no siempre: podemos ser sumisos en unos momentos y altivos en otros; a veces somos responsables, comprometidos, exigentes, o todo lo contrario; en ocasiones somos capaces de expresar emociones sutiles mientras que en otros momentos somos impenetrables; podemos ser simpáticos y antipáticos, egoístas o solidarios, etc. según los contextos. Y afortunadamente, pues uno de los criterios de buena salud mental es el no ser rígidamente monofacético.

Gergen hace corresponder los rasgos de ese yo desmembrado con los de la realidad extern. En cocreto con las relaciones sociales que creamos y mantenemos a través de continuas interacciones. En cada relación nuestro yo se define de una manera diferente, creándose una nueva dimensión o un nuevo rasgo suyo.

Se inspira en James (1980), quien había hablado de la dimensión social (que no la única) del autoconcepto en términos plurales: "un sujeto tiene tantos mis sociales como personas hay con las que interactúa y que reaccionan ante él" (6). Si tenemos en cuenta la proliferación de las relaciones en el mundo actual, comprenderemos la dificultad que tenemos para unificarlas en un yo coherente. Como ejemplo, Gergen nos insta a pensar la cantidad de gente con la que el yo se relaciona a lo largo de un solo día: familiares próximos y lejanos de generaciones anteriores, posteriores o de la nuestra; compañeros de trabajo en el lugar de trabajo, por teléfono, correo, mails...; jefes y subordinados, colegas, amistades, vecinos y conocidos con los que nos comunicamos a distancia o en presencia, en nuestros trayectos, tiendas, lugares de reunión; alumnos, clientes que vemos a lo largo del día, etc.

Ante esta dispersión no es la división del yo lo que parece problemático sino el camino hacia la unificación. No existe una autoimagen unificada y total. Lo único que tenemos siempre son imágenes parciales y momentáneas de nosotros mismos. Considerado como un constructo, el yo es variado y fragmentado, por ser distinto en cada momento. Autores como Strawson (1997) ven este concepto como el que unifica nuestra experiencia interna en un momento, pero niegan su continuidad en el tiempo. Al variar la autoimagen de un momento a otro, tenemos un nuevo self, por lo que debemos hablar(7) de muchos selves sucesivos. ¿Dónde queda la unidad del yo ?

El problema de la unidad es tanto mayor si, como Gergen y otros muchos constructivistas sociales, olvidamos la continuidad de nuestro organismo biológico y su consecuente conciencia corporal, uno de los engranajes más importantes de nuestra autoimagen y sostén de todos los demás rasgos de personalidad. Pues nuestro cuerpo, junto con la capacidad de nuestro cerebro para evocar situaciones y vivencias que han tenido lugar en tiempos y lugares diferentes, son los pilares de nuestra unidad mental.

El problema ahora sería el de probar que a cada organismo le corresponde un self o una autoimagen más o menos estructurada. Y Dennett nos recuerda que esto no es así en los casos de extrema patología. No hay correspondencia entre un cuerpo y una personalidad, pues se dan organismos con personalidades duales o múltiples, desconectas unas con otras. Y a la inversa, se dan personalidades compartidas, identificaciones con otros cuerpos del presente o del pasado.

Y ello es así porque, para Dennett, nuestro yo mental es una construcción realizada por un constructor tan poco fiable como es nuestra consciencia. De modo que para construir el self o otras representaciones no sólo partimos de la pluralidad de experiencias y de relaciones, como afirman James o Gergen, sino de múltiples y diferentes versiones de cada una de ellas; versiones o variaciones que constituyen nuestra conciencia en diferentes momentos.

Dennett elabora lo que yo denomino como teoría del "Montaje". Según ella, los contenidos de la conciencia serían, en cada momento, un montaje de fotogramas de diversa procedencia, originales y retocados, actuales y pasados, a los que intenta dar sentido. Y en este aspecto, la conciencia procede de la misma manera poco fiable que la memoria de momentos lejanos.

Pues ni una ni otra constituyen un reflejo fiel de nuestra experiencia interna, sino que resultan del juego competitivo de sinapsis neuronales, en las que se entremezclan activaciones sensoriales con expectativas, recuerdos evocados, imaginaciones, etc. El resultado de este juego competitivo no es más que una de las múltiples versiones que ofrece la conciencia en cada momento.

Por ello Dennett ha denominado su teoría como modelo de "Versiones Múltiples". Según él, no hay un fluyo de experiencias internas que la conciencia seleccione en cada momento, garantizando su verdad y su realidad. Pues la consciencia no es un espectador de lo que pasa dentro de nosotros, sino un constructor de versiones, que intentan dar sentido a multitud de "fotogramas" internos. Y el "yo" es uno de esos productos, del que constantemente se están produciendo nuevas versiones.

Equiparando los procedimientos deformadores de la conciencia y de la memoria, Dennett coincide con Greenwald (1980) (8), quien considera el yo como un historiador personal que pone en orden el conocimiento y manipula el pasado. De igual manera, Wixon y Laird (1976), lo habían considerado un historiador impreciso de nuestras vidas, semejante a los historiadores "revisionistas" que justifican el presente cambiando el pasado. En este sentido, Dennett nos habla de dos formas de manipular la historia: la staliniana y la orwelliana, según que la mistificación sea a priori (antes de su primera aparición a la consciencia) o a posteriori. Los de Michie y Jaynes antes citados van en la misma línea, considerando la consciencia como una constructora de historias y explicaciones post-factum; elaborando narraciones que dan sentido a nuestra experiencia interna, como las explicaciones que se monta el sujeto que ejecuta despierto órdenes que se dieron cuando estaba en estado hipnótico.

Hablar de montajes, conlleva hablar de falsedades y errores, en alguna medida. No sólo la memoria nos traiciona, como percibimos constantemente en nuestra vida, sino también la conciencia inmediata; no sólo hacemos montajes con los recuerdos de un pasado lejano, sino con los datos que creemos presentes. Estos siempre son introducidos dentro de esquemas que les dan sentido, y entremezclados con imágenes e ideas previas que vienen a añadirse o a sustituir a otras actuales dada su fuerza psicológica en cada momento. En resumen, nuestra conciencia no es una foto de nuestro interior, sino resultado de una pugna entre sinapsis neuronales, unas activadas in situ y otras evocadas o fabricadas por la imaginación o la propia dinámica del cerebro. Sólo algunas de ellas suben al podio de la conciencia.

Consecuencias terapéuticas.

1. Según esto, los síntomas patológicos de la autopercepción no hay que considerarlos como efecto de una enfermedad destructiva, sino como defectos en la construcción unificada del "yo". Ya sean debidos a problemas orgánicos, ya debidos a los sesgos y deformaciones habituales, ya a la dificultad de integrar las variadas imágenes reflejadas de nosotros mismos.

Puesto que la conciencia no es un espejo de nuestras experiencias, la autoconciencia no será una imagen fiel de nosotros mismos, sino una construcción bio-psico-social, mediada por el lenguaje. El influjo de la micro y de la macrocultura es fundamental en estas construcciones. Y las deformaciones, más o menos importantes, son habituales. Por todo ello, pude considerarse que solo existe una diferencia de grado entre la dinámica normal y la patología; esto es, una progresión de deformaciones, desde las formas inadecuadas de percibirnos y valorarnos cotidianamente, que no llegan a impedir una notable adaptación, hasta los síntomas extremos de la esquizofrenia o la demencia.

El objetivo de las terapias constructivistas será el de producir nuevas construcciones del self, para reemplazar a las anteriores, aprovechando la pluralidad de aspectos de cada yo y el carácter convencional de todas las construcciones. Se trata de lograr que las nuevas historias permitan una mayor adaptación.

2. ¿Se puede establecer una correspondencia entre problemas relacionales (que son conductuales, interpersonales) y problemas de autoconciencia (que son personales, subjetivos)? Desde la aparición de la terapia familiar se ha intentado tender puentes entre las estructuras y dinámicas de las familias -observables desde fuera- y los síntomas internos que caracterizan tradicionalmente la enfermedad mental. Por ejemplo, hacer corresponder una tipología familiar con una categorización de problemas individuales (alcoholismo, anorexia, maltrato...); o un tipo de doble vínculo comunicacional para cata tipo de psicosis, como pretendió el joven Sluzky.

La integración que propongo ahora como proyecto remonta a una investigación anterior sobre percepción y expresión de las relaciones familiares. Más concretamente, sobre cómo los diferentes miembros de la familia perciben y declaran sus propias preferencias y las de los demás hacia los otros miembros (9), expresándose de este modo también las alianzas y los rechazos.

Pues la forma en que percibimos y expresamos las relaciones constituye un tercer término, que media y modula los dos polos que Gergen, siguiendo a James, habían hecho corresponder: el polo de las relaciones (externo) y el de la autoconciencia (interno).

Cuando examinamos la percepción y expresión de las relaciones familiares -y de otras que nos importan en la vida- encontramos problemas como el de la indefinición de la relación o encubrimiento de las diferencias, y el de la incongruencia entre las declaraciones de los distintos miembros de la familia. Hallamos que una persona sobrevalora o infravalora su relación con otros miembros de la familia, en comparación con las valoraciones que los demás realizan. También hay personas que acumulan declaraciones de preferencia, mientras que otros se ven rechazados por sus preferidos o nadie declara su preferencia hacia ellos.

Dado que la relación con los demás condiciona nuestra interpretación de sus mensajes, parece lógico suponer que los problemas en la percepción y expresión de las relaciones pueden producir problemas a la hora de elaborar e integrar la imagen que los demás nos devuelven de nosotros mismos, es decir problemas en la autopercepción y autoestima.

Pienso que las dificultades para autoevaluarse y autodefinirse, las concepciones imprecisas de la personalidad, o las dificultades para unificar las imágenes e ideas de un yo, pueden derivarse bien de la indefinición de las relaciones entre los miembros de una familia, bien de la incongruencia entre estas definiciones. La benevolencia con nuestro yo, su embellecimiento y la megalomanía, o, por el contrario, la imagen depresiva de uno mismo, quedarían también relacionados con la sobrevaloración o infravaloración de las relaciones que los demás declaran haber establecido con nosotros.

Los géneros de atribución, la inculpación o exculpación, la sobrestimación o infraestimación de nuestra influencia en los acontecimientos puede depender de la influencia que los demás nos otorguen en ellos, aun teniendo en cuenta una tendencia a sobrestimarla por la dificultad de descentrarnos.

Finalmente, el "olvido" de aspectos fundamentales de nuestro "yo" puede tener relación con el olvido que los demás tienen de ellos en sus diferentes formas de comunicarse con nosotros.

Estos serían algunos ejemplos de cómo los problemas de comunicación familiar pueden originar autopercepciones poco adaptadas para nuestra vida.
 
 

NOTAS

1. Por ejemplo, en "Las diferencias y mis diferencias con el constructivismo subjetivo", en A. Carreras (ed.): Conocimiento, ciencia y realidad, Mira editores, 1993.

2 Ver A. Carreras: Tras la consciencia, Zaragoza, Mira editores, 1999.

3 K. J. Gergen (1991): El yo saturado, Barcelona, Paidós, 1992; K.J. Gergen (1994): Realidades y relaciones, Barcelona, Paidós, 1996: McNamee, S. y Gergen, K.J. (1992): La terapia como construcción social, Barcelona, Paidós, 1996.

4 Ver D. Dennett (1991): La conciencia explicada, Barcelona, Paidós, 1995.

5 Desde la perspectiva del construccionismo social que representa Gergen pueden verse los artículos de D. Wheelwell (1997): "Origins and history of consciousness", en Journal of Consciousness Studies, 4 nº 5/6, pp. 532-40 y los de T. R. Burns: "The social construction of consciousness" part 1 & 2, en Journal of Consciousness Studies, 5, 1 y 2 , pp. 67-85 y 166-84. Sobre el papel de la consciencia como constructora de narraciones e historias explicativas, en la línea de D. Dennett, pueden verse también los artículos de Michie (1994 y 1995): "Consciousness as an engineering issue" en Journal of Consciousnees Studies 1, nº 2, pp. 182-95 y 2, nº 1, pp. 52-66, así como J. Jaynes (1976): The Origin of Consciousness in the Breakdown of the Bicameral Mind, Boston, Houghton Mifflin Co., a los que aludo en el capítulo "Unidad o pluralidad. Jerarquía o anarquía de la mente" de Tras la consciencia.

6 Dentro de la tradición de la conciencia como espejo de las miradas de los otros. Tradición que pasa por Hegel, para quien la autoconciencia sólo llega a ser en sí y para si en la medida en que lo es para otra autoconciencia. Después de James, Cooley (1902) consideró el aspecto social y especular como el único constructor de nuestra autoimagen. Para G. Mead nuestro self es consecuencia del reflejo que nos proporcionan los "otros significativos".

Sobre estos autores y la metáfora del self como espejo, ver el artículo de Monpeceres, M. Angeles: "El self", en J. Ramón Bueno (comp.): Psicología social, Edit. Gales, 1999.

7 STRAWSON, Galleen: "The self" en Journal of Consciousness Studies, 4, nº5/6, pp. 405-28. Con este artículo, Strawson inaugura una polémica sobre el self en la mencionada revista, que ya ha dedicado 5 números monográficos al tema Models of the Self.

8 Sobre Greenwald, Wixon y Laird ver el artículo de M.A.Monpeceres citado en la nota 6. Greenwald, A.G. (1980): "The totalitarian ego: fabrication and revision of personal history", en American Psychologist, 35, pp. 603-18; Wizon, D.R. y Laird, J.D. (1976): "Awareness and attitude change in the forced-compliance paradigm: the importance of when" en Journal of Personality and Social Psychology, 34, pp. 376-84.

8 Sobre ello publiqué un avance ("Preferencias en el seno de la familia") en las Actas de las XIII Jornadas Nacionales de Terapia Familiar, publicadas por la FEATF en 1995, pp. 61-77.